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Contrasentidos
del neodesarrollismo
Por
Claudio Katz[1]
Enviado por el autor, 09/08/2012
La
desaceleración de la economía argentina es ya visible en
muchos terrenos. La tasa del crecimiento sufre una abrupta caída
y en los próximos meses se sabrá si el estancamiento
desemboca en recesión. Hay un repliegue de la industria y la
construcción que acentúa la escasa creación de empleo de
los últimos años y posibilita la destrucción de puesto de
trabajo.
COYUNTURA
Y PRONOSTICOS
Existen
opiniones contrapuestas sobre la duración e intensidad del
freno económico. Algunos analistas estiman que la paralización
productiva será corta, si en el semestre en curso repunta el
nivel de actividad del principal socio del país. Consideran
que las medidas de estimulo fiscal adoptadas por el gobierno
brasileño repercutirán positivamente sobre Argentina. También
pronostican que el ciclo ascendente se reabrirá en el 2013,
si se confirman las previsiones de cosecha récord con precios
elevados. El aluvión de dólares resultante de esas ventas
aliviaría las necesidades fiscales, en un ejercicio con
menores vencimientos de la deuda pública.
Otros
economistas describen un horizonte más sombrío, tanto por el
agotamiento del ciclo precedente como por la ausencia de
inversión privada. Pero nadie avizora la reaparición de una
situación de colapso semejante al 2001-02. Se debate el
alcance que tendría una recesión, tomando la caída del 2009
como referencia comparativa.
Resulta
muy difícil explicar la coyuntura actual partiendo de un
diagnóstico oficial, que retrata como “se nos cayó el
mundo encima”. En los hechos ese impacto externo es
limitado. Es cierto que el estancamiento de Brasil afecta
seriamente a la exportación industrial. Pero la debacle
europea tiene consecuencias reducidas y el relativo
aislamiento del sistema financiero local, neutraliza los
efectos del temblor bancario internacional.
Por
otra parte, los precios por tonelada de la principal exportación
argentina se ubican en un impensado récord de los 600 dólares
por causas climáticas (sequía en Estados Unidos) y
financieras (especulación con las materias primas). La duración
de esa sorprendente apreciación es impredecible, pero
contribuye a sostener la mejora del 24% que han registrado los
términos de intercambio comercial desde el 2007.
Los
economistas del oficialismo relativizan estos datos y estiman
que Argentina capea la tormenta global por su acertado manejo
de las variables macro-económicas. Contrastan este comando
con la desastrosa gestión que prevalece en la periferia
europea. Comparan ambas situaciones y remarcan la capacidad
que ha exhibido el país para enfrentar el mismo temporal,
“sin recurrir al ajuste” [2].
Esta
caracterización no aclara por qué razón los gobiernos
neoliberales de América Latina (Chile, Colombia, México, Perú),
tampoco atraviesan por un período de ajuste. Afrontan una
coyuntura parecida a la Argentina, aplicando estrategias económicas
de apertura, privatización y flexibilidad laboral semejantes
a sus pares europeos.
Es
evidente que la crisis global tiene impactos distintos en cada
región, en función del ciclo o la inserción
financiero-comercial de cada país en la economía mundial.
Por las mismas razones que la crisis capitalista incide en
forma divergente en Estados Unidos y en
China o en la India y Francia, la situación de América
Latina difiere de Europa. Para comprender este contraste hay
que evitar las analogías superficiales, que sólo buscan
ponderar los méritos de una política económica en desmedro
de otra[3].
El
contrapunto entre Grecia o España con Argentina no es válido.
Se equiparan economías que afrontan contextos objetivos muy
disímiles. Lo pertinente sería contrastar la situación
actual de esos países con nuestro colapso del 2001-02. Sólo
en ese momento Argentina soportaba un desmoronamiento
equivalente y conviene recordar que durante ese desplome,
todos los oficialistas de turno (del PJ o la Alianza) eran
ejecutores del ajuste. Sólo adoptaron la bandera del
crecimiento cuando la crisis amainó.
El
uso de la tormenta financiera global como argumento político
de ocasión, induce a manipular las evaluaciones, en función
de las conveniencias del momento. La misma coyuntura es
utilizada para magnificar el torbellino (y justificar por
ejemplo el adelantamiento de las elecciones) o para resaltar
lo opuesto: la fortaleza de un modelo “blindado” frente a
cualquier avatar internacional.
El
análisis serio de lo que está ocurriendo exige, en cambio,
constatar el efecto contradictorio de la crisis mundial sobre
la economía argentina y las grietas internas del modelo
actual. Este esquema ya dejó atrás el primer periodo de
expansión sin obstáculos (2003-2008) y la segunda etapa de
acotados desajustes (2009-2011).
TRES
FOCOS DE TENSIÓN
La
inflación es el primer problema específico de la economía
nacional. El absurdo encubrimiento de la carestía que realiza
el INDEC impide transparentar la gravedad de este flagelo. Los
índices provinciales ubican el ascenso de los precios en
torno al 23% anual y otras mediciones (encuestadoras privadas,
índices barriales, cálculos del Congreso, consultoras
oficialistas) estiman porcentajes semejantes.
La
inflación está recreando un alarmante nivel de pobreza e
indigencia y tiende a licuar la asignación universal. Podría
incluso impactar sobre los salarios del sector formal, al
desactualizar los montos recientemente negociados en las
convenciones colectivas. Lo que se acordó en las paritarias
perderá vigencia si persiste la escalada de los precios. Este
efecto puede ser muy significativo para la mitad de los
asalariados en blanco que gana menos de 4000 pesos.
Muchos
determinantes se conjugan para producir el resultado
inflacionario, pero los precios principalmente aumentan para
mantener la rentabilidad de las grandes empresas. Los grupos
capitalistas concentrados aseguran sus beneficios con
remarcaciones.
Desde
el 2008 la inflación ha reflejado fuertes restricciones de la
oferta, que a su vez derivan del reducido nivel de inversión.
Los precios han ascendido por una baja provisión de productos
frente a una demanda recompuesta. Con la misma capacidad
instalada ya no se pueden satisfacer mayores pedidos de
compra.
También
la creciente emisión monetaria comienza a emerger como un
acelerador potencial de inflación. El ritmo de creación de
dinero se ha multiplicado y la cantidad de pesos en circulación
puede motorizar, como en el pasado, una inercia ascendente de
los precios.
El
segundo problema importante de la coyuntura es la continuada
salida de capitales. Por pagos la deuda y remisiones de
utilidades, el año pasado emigraron 13.500 millones de dólares,
es decir el equivalente a todo el excedente comercial. Entre
fines del 2007 y octubre 2011, el monto total de esos retiros
alcanzó 80.000 millones de dólares. Esta sangría sólo quedó
neutralizada por los 100.000 millones de dólares que generó
la exportación.
La
magnitud de esa salida de capitales obedece a múltiples
razones. Las filiales locales de las empresas extranjeras
transfirieron enormes sumas de dinero a sus casas matrices,
para compensar el deterioro imperante en las economías
centrales. Además, muchas empresas locales continuaron
diversificando inversiones en el exterior, mientras resguardan
parte de su capital fuera del país.
La
industria volvió a enfrentar, por otra parte, el típico
cuello de botella externo que irrumpe al cabo de un ciclo de
prosperidad. En esos períodos se acentúa el déficit
comercial de un sector que consume muchas divisas con la
importación de componentes. Finalmente, la inédita avalancha
de compras externas de combustible que produjo la decreciente
provisión interna de petróleo, determinó otro caudal de dólares
perdidos.
La
continuada expectativa de devaluación que genera la brecha
cambiaria acentúa la emigración de capitales. El denominado
“retraso del dólar” obedece en realidad a un “adelanto
de la inflación”, que ha desarticulado la relación entre
ambas variables. Desde el 2007 la cotización de la divisa se
apreció un 43%, frente a una escala de 189% de los precios
internos.
El
tercer problema severo del contexto actual es el desequilibrio
fiscal. El superávit fiscal primario se ha esfumado,
cualquiera sea la interpretación técnica del cómputo del
desbalance (por el financiamiento que realizan el Banco
Central y el ANSES). El excedente que rodeó al debut del
modelo ha desaparecido y el gobierno recurre a múltiples
instrumentos para compensar esa pérdida.
La
ausencia de reformas impositivas progresivas es la principal
causa del bache fiscal. Este cambio en la recaudación resulta
indispensable para equilibrar con nuevos ingresos, la
significativa ampliación del gasto público. La
perdurabilidad del viejo sistema regresivo ha dado lugar en
los últimos años un desfasaje insostenible, por la magnitud
de los desembolsos oficiales en dos rubros muy deficitarios
(energía y transporte).
El
deterioro fiscal afecta duramente a las provincias, que
incrementaron sustancialmente el empleo público (de 764.000 a
1,2 millones de empleados entre 2003 y 2012) y ahora no pueden
financiar esa expansión. La plantilla salarial absorbe más
de la mitad de esos presupuestos. El desfinanciamiento
provincial se acentuó, además, por la pérdida de los
porcentuales recibidos en concepto de coparticipación
federal. Este ingreso se redujo primero del 50,6% del total
(1993), al 34 % (2009) y últimamente al 32,7% (2011)). Frente
al enorme rojo que afecta a las cuentas públicas de todo el
interior resulta poco creíble la explicación presidencial,
que atribuye el desbalance a la ineficiencia de los
gobernadores.
Esa
interpretación omite que las mismas limitaciones fiscales
golpean al gobierno nacional. Estas dificultades ejemplo han
determinado, por ejemplo, el retraso en la adaptación del mínimo
no imponible al aumento de los salarios. Por esta razón la
incidencia del impuesto a las ganancias sobre los sueldos se
ha transformado en un problema de envergadura. Más de 3
millones de trabajadores tributan un gravamen formalmente
destinado a los beneficios empresarios. En muchos casos ese
pago absorbe un aguinaldo entero.
Las
consecuencias de preservar un sistema tributario tan regresivo
saltan a la vista. Las exenciones a la renta financiera y a
las industrias promocionadas le restan anualmente al fisco
8900 millones de pesos. Esta suma supera con creces el costo
fiscal de 3000 millones de pesos, que implicaría eliminar un
gravamen a salarios tipificados como beneficios.
Pero
lo peor es la justificación oficialista de este impuesto como
una penalidad a la “aristocracia obrera”. Afirman que este
sector mejoró su nivel de ingresos y debe ampliar su
contribución impositiva. Con ese criterio se supone que la
equidad avanzará con tributos a los trabajadores calificados
y eximiciones a los financistas.
Hace
algunos años se utilizaba el mismo razonamiento para avalar
el arancelamiento de las universidades estatales. Se afirmaba
que la clase media debe pagar más que los pobres por el uso
de un servicio público. De esta forma se iguala para abajo y
elude eliminar los privilegios impositivos que amparan a los
grupos enriquecidos.
EL
DISFRAZ DEL AJUSTE
La
inflación, la salida de capitales y el déficit fiscal han
complicado el escenario económico. El establishment presiona
al gobierno para que implemente un fuerte atropello contra los
trabajadores. Desde noviembre pasado hacen valer esa exigencia
en el mercado cambiario, a través de grandes compras de dólares.
Los
hombres de negocios plantean tres reclamos –corte de la
emisión, devaluación y re-endeudamiento– a través de
viejos voceros, que han vuelto a la pantalla (desde Broda
hasta Cavallo). Despliegan sus recomendaciones apostando a la
amnesia colectiva de lo ocurrido en los 90.
Los
antiguos expertos de la Convertibilidad despotrican contra
restricciones a las libertades económicas individuales, como
si la economía capitalista funcionara sin estrictas
regulaciones. Repiten la trillada comparación de la economía
doméstica con su equivalente nacional, para recordar que
“no se puede gastar más de lo que ingresa”. Pero no sólo
olvidan sus récords de endeudamiento. Omiten la diferencia
cualitativa que separa a una familia -con recursos acotados-
de un estado, con capacidad para incidir sobre el nivel
general de actividad mediante políticas macro-económicas.
Los
derechistas pronostican el “rodrigazo” y lo impulsan en la
práctica. Buscan la auto-destrucción del gobierno actual,
fantaseando con el retorno del neoliberalismo ortodoxo. Ante
el desmoronamiento de las economías que elogiaban en la década
pasada (como España o Irlanda), ahora convocan a imitar el
modelo chileno, peruano o colombiano.
Pero
lo más chocante es su despliegue de hipocresía. Los
apologistas del libre-comercio cuestionan la
“soja-dependencia” (Melconian). Los antiguos voceros de
las AFJP alertan contra el “derroche del dinero de los
jubilados”. Los emporios periodísticos que lucraban con la
privatización del sistema previsional titulan con las
desgracias de la clase pasiva (Clarín). Los ex gerentes de
bancos norteamericanos denuncian el aumento del endeudamiento
público (Prat Gay).
Algunos
ajustadores reclaman directamente la devaluación (López
Murhpy). Otros proponen lo mismo con fórmulas más elegantes.
Hablan de “corrección cambiaria” (Frenkel),
“ordenamiento de las variables desajustadas” (Lavagna) o
eliminación del “cepo cambiario” (Llach). Todos ocultan
que esa medida provocaría un deterioro inmediato de los
ingresos populares[4].
Ninguno
propone reducir la inflación acotando la rentabilidad de los
capitalistas. Recetan un enfriamiento de la economía que
denominan “política antiinflacionaria eficaz” (Rapaport
Luis), o “sinceramiento de los precios” (Frigerio).
Tampoco se les ocurre corregir el déficit fiscal cortando las
subvenciones a los grandes grupos. Sólo convocan a terminar
con “la fiesta del gasto público” (Oppenheimer). Su
verdadero objetivo es anular las mejoras sociales logradas en
los últimos años[5].
Los
derechistas consideran pecaminoso reducir el desbalance de las
cuentas públicos con algún impuesto a los acaudalados. Por
esta razón pusieron el grito en el cielo, ante el tibio revalúo
rural realizado en la provincia de Buenos Aires, para
actualizar valores de terrenos que tributaban siete veces
menos que en 1984.
Los
economistas del establishment han hecho también un escándalo
por el control de las importaciones (Sturzenegger), omitiendo
que estas restricciones son la norma en sus ponderadas economías
centrales. Algunos diarios (La Nación) llegan al extremo de
advertir contra represalias norteamericanas o europeas,
ignorando las barreras arancelarias que traban el ingreso de
exportaciones argentinas a esos países[6].
Para
enmascarar el programa de ajuste los medios de comunicación
utilizan un concepto mágico: “recuperar la confianza”. No
aclaran que esa ansiada seguridad está exclusivamente
dirigida a los grandes capitalistas. Su obsesión es
“mejorar el clima de los negocios” con mayores
protecciones a las ganancias.
Los
derechistas hacen campaña para reemplazar “la mala
praxis” de la gestión actual por el manejo experimentado de
los viejos gerentes del poder económico. Suponen que la
satisfacción de los banqueros y los industriales asegura el
funcionamiento óptimo del sistema. Todavía no han percibido
que la crisis global estalló con la aplicación de esas
recomendaciones, durante dos décadas de irrestricta práctica
neoliberal.
LAS
OSCILACIONES DEL OFICIALISMO
El
gobierno ignora públicamente los problemas de la economía y
difunde un imaginario escenario de prosperidad. Pero en los
hechos toma en cuenta la agenda de los poderosos y ha oscilado
entre el ajuste dosificado y acotado (“sintonía fina”) y
el reciclaje de la reactivación con inflación. Vacila entre
ambos rumbos y desenvuelve una administración a los tumbos,
con gran dosis de improvisación.
Hasta
marzo pasado impulsaba el torniquete, mediante la fijación de
estrictos techos a los aumentos salariales (18%). Los
discursos contra los sindicatos y las huelgas pavimentaban ese
camino. Con ese propósito se descalificó la lucha social y
se multiplicaron las convocatorias a la pasividad de los
trabajadores (“en Europa no bloquean el Palacio de la
Moncloa”).
Pero
la suscripción de los convenios colectivos con aumentos
superiores al 23% debilitó esa estrategia. Los indicios de
resistencia popular y un contexto adverso a la confrontación
con los asalariados, indujo al gobierno a cajonear su proyecto
inicial. La conmoción creada por la tragedia de Once definió
el viraje que debutó con la postergación del tarifazo al
transporte.
La
“sintonía fina” ha quedado reemplazada por un nuevo
ensayo de reactivación basado en el consumo. La creciente
gravitación del equipo de Kicilof confirma la preeminencia de
esta opción. Apuestan a una desaceleración corta de la
economía y a superar el bache actual con la misma política
anti-cíclica que se aplicó en el 2009.
Pero
la viabilidad de esta repetición es dudosa. Hace tres años
existían amplios recursos fiscales y recién comenzaba la
salida de capitales y la aceleración de la inflación. El
colchón para adoptar medidas de gran impacto (como fue la
asignación por hijo) se ha reducido y las negociaciones con
las empresas -para limitar los despidos a cambio de subsidios-
serán complejas. Estas tratativas no han servido, además,
para atenuar la remarcación de precios o remontar la caída
de la inversión privada.
El
gobierno intenta incentivar la demanda, regulando el ciclo y
alentando la producción. Pero se han acumulado demasiados
antecedentes de aplicación tardía y eficacia decreciente de
esas medidas. No es lo mismo ensayar en el 2012 lo que debía
instrumentarse en el 2005 o el 2007. Este desfasaje se
verifica en numerosos terrenos.
El
equipo gobernante ha decidido, en primer lugar, eludir la
devaluación mediante una mayor pesificación de la economía.
El objetivo declarado es canalizar los dólares circulantes
hacia la actividad productiva y resguardar las divisas.
Algunos economistas realzan, además, la necesidad patriótica
de recuperar la primacía de la moneda nacional y convocan a
ignorar los vaivenes del mercado paralelo[7].
Pero
la pesificación comienza cuando ya salieron gran parte de los
dólares que debían custodiarse. Se toleró la fuga de
capital, la remisión de utilidades y las erogaciones
multimillonarias para adquirir combustible importado. Es
indudable que el control de cambios es el punto de partida de
una política de protección de la economía nacional frente a
la inestabilidad global. Pero ese objetivo no se logra con
acciones espasmódicas, arbitrarias y provisionales.
Un
segundo ejemplo de reacción tardía es el anuncio de un plan
de créditos para las viviendas, luego de años de aliento a
construcciones de lujo, que encarecieron la propiedad urbana
imposibilitando su acceso a los sectores populares. El nuevo
programa no se financiará con impuestos a los capitalistas
que se enriquecieron con la expansión inmobiliaria, sino con
fondos del ANSES. Se argumenta que volcando esa reserva a la
construcción habrá reanimación de la economía y mayor
caudal de dinero para pagos futuros de las jubilaciones. Pero
los mayores de edad necesitan mejoras inmediatas y no pueden
esperar los frutos de esa prosperidad.
Si
bien la cobertura total de la población se elevó
significativamente (del 68% en el 2005 al 91% en el 2010), las
jubilaciones promedio rondan el 40-50% del sueldo medio. El
75% cobra la mínima y muchos padecen la licuación de haberes
sufrida entre el 2002 y el 2006. Existen, además, 266.000
juicios en espera de resolución y cada año se abona sólo un
cuarto de las sentencias firmes. Es cierto que el dinero del
ANSES debe ser invertido en actividades productivas internas,
pero la prioridad es saldar las deudas pendientes con los
mayores.
Si
continúa, además, la utilización de los recursos de la
previsión social para los gastos corrientes del estado
(asignación universal, programa conectar, déficit de
provincias), el Fondo de Sustentabilidad corre un serio riesgo
depreciación. El año pasado aumentó 12,1% frente a una
inflación de 24%.
La
decisión de obligar a los bancos a destinar un porcentaje de
su cartera a los créditos de inversión, constituye un tercer
ejemplo de medidas tardías e insuficientes. Durante años el
discurso industrialista no tuvo eco real en la actividad
financiera. Los bancos ganaron fortunas con préstamos al
consumo y operaciones de intermediación con títulos públicos.
Algunos
economistas señalan que las nuevas medidas de orientación
crediticia son factibles recién ahora, que concluyó la
reforma a la carta orgánica del Banco Central. Afirman que
estos cambios amplían la posibilidad de utilizar las reservas
en políticas anti-cíclicas. Sostienen que se puede
finalmente adaptar la cantidad de dinero a las necesidades de
la economía y no sólo a las metas de inflación[8].
Cumplir
con esos objetivos exigiría nítidas prioridades productivas
para el uso de las reservas. Es cierto que se han eliminado
los vestigios de convertibilidad y los ficticios criterios de
independencia del BCRA. Pero se aceptan otros
condicionamientos de gran envergadura, como son los pagos de
la deuda externa con dólares atesorados. Se utiliza, además,
una retórica engañosa para justificar esas erogaciones. La
reciente la cancelación del BODEN 2012 constituye el ejemplo
más reciente de esta actitud.
La
medida fue presentada como un acto patriótico (“sin deuda
somos más libres”), que zanja una herencia ajena
(“terminamos de pagar el corralito que nos dejaron
otros”). Pero en los hechos se convalidó la socialización
de pérdidas que ocasionó la devaluación con pesificación
asimétrica del 2002. Esta compensación favoreció mucho más
a los bancos que a los ahorristas, puesto que sólo el 23% del
segundo grupo pudo retener los títulos. La mayoría debió
liquidarlos a bajos precios.
El
pago de ese emblemático bono efectivamente aumentó la
autonomía del gobierno para gestionar las finanzas públicas.
Lo mismo ocurrió con la cancelación anticipada de la deuda
al FMI. Pero lo importante es notar como ese margen de acción
es utilizado para favorecer a los grupos capitalistas más
concentrados.
El
manejo de la actividad petrolera constituye un cuarto ejemplo
de abordaje a destiempo de los problemas, achacando la culpa a
otros. Durante ocho años el gobierno desoyó las incontables
denuncias del saqueo perpetrado por REPSOL. Se elogiaba a la
empresa, convalidando un vaciamiento que sólo en la Cuenca
Neuquina dejó una deuda ambiental 5000 millones de dólares.
La estatización sobrevino cuando la pérdida del
auto-abastecimiento, la caída de las reservas y los gastos de
importaciones crearon una situación insostenible.
La
estrategia petrolera actual constituye una gran incógnita.
Por un lado, se designó al frente de YPF a un gerente de las
petroleras privadas (Gallucio), que aspira a concertar
contratos privilegiados con esas compañías, aumentando los
precios en boca de pozo. Por otra parte, se ha extendido el
control estatal sobre todas las inversiones y ganancias del
sector, revirtiendo la libre-disponibilidad del crudo,
mientras se suscriben interesantes convenios de asociación
con PDVSA. Estos vaivenes en el manejo de los hidrocarburos
siguen la misma pauta ambivalente que impera en el ámbito de
la moneda, la producción o las finanzas.
AFINIDADES
ENTRE DOS MODELOS
La
política económica del kirchnerismo oscila junto a los
grandes desequilibrios que afectan a la economía argentina.
El oficialismo intenta gestionar estas tensiones sin revertir
sus causas. No modifica la fragilidad de la estructura
productiva nacional y en varios terrenos acentúa esa
vulnerabilidad.
El
modelo avala la creciente dependencia de un mono-cultivo que
expande su preeminencia. La soja se extiende con deforestación
y agro-tóxicos hacia toda la superficie agrícola, generando
desalojo de campesinos, concentración de tierra y reducción
del número de explotaciones.
El
mismo impacto produce la ampliación de la mega-minería a
cielo abierto, que amenaza la provisión del agua proveniente
de los glaciares. Esta actividad destruye cultivos
tradicionales y afianza “economías de enclave” manejadas
por compañías transnacionales, que no generan empleo, ni
pagan impuestos acordes a su actividad. Este perfil extractivo
ha quedado agravado por la escasez de combustible, que sucedió
a la pérdida del auto-abastecimiento. La falta de petróleo y
gas obstruye el desenvolvimiento de la economía.
Al
cabo de ocho años de alto crecimiento tampoco se observa un
efectivo repunte de la industria. El sector manufacturero se
ha expandido bajo el impulso de los vaivenes cíclicos, sin
corregir su escasa diversificación, elevada concentración,
continuada extranjerización y sistemática transferencia de
utilidades al exterior.
Por
estas razones reaparecieron las viejas restricciones que
afectan a un sector altamente dependiente, sectorialmente
fracturado y comercialmente deficitario. Las importaciones
aumentan a un ritmo superior a las ventas externas y perdura
la decreciente integración de componentes nacionales.
El
modelo funciona convalidando una lógica capitalista de alta
rentabilidad, que promueve la fabricación de autos en lugar
de trenes y la construcción de torres residenciales, en
desmedro de complejos habitaciones populares. Se ha
privilegiado el consumo de altos ingreso y no el desarrollo
productivo.
Es
cierto que en este marco se consumó la recuperación de
importantes conquistas populares. La política oficial
convalidó, en este terreno, la vigencia de relaciones
sociales de fuerza más favorables a los asalariados. Por esta
razón los sueldos del sector formal aumentaron al compás de
la inflación. Pero esos logros de los trabajadores
registrados no se han extendido al resto de los asalariados.
Al contrario se afianza la fractura entre empleados inscriptos
con protección social y precarizados carentes de cualquier
cobertura.
La
masa de informales continúa padeciendo terribles condiciones
de explotación laboral y paupérrimos ingresos. La existencia
de un gasto social mayúsculo confirma la gravitación del
asistencialismo y la escasa inclusión de los desamparados. La
desigualdad se mantiene en niveles semejantes a la mitad de
los 90 y sería ingenuo suponer que el modelo es ajeno estos
resultados.
Algunos
partidarios del oficialismo ignoran estos problemas, otros
repiten el latiguillo de la “herencia recibida” y ciertos
analistas estima que las dificultades son mucho menores que
los logros alcanzados. Sustentan esta opinión en el fuerte
rechazo que suscita el modelo entre los críticos derechistas
y el significativo elogio que despierta entre los economistas
progresistas del exterior. Estiman que ambas reacciones
corroboran el tránsito por el buen sendero[9].
Pero
este contrapunto sólo ilustra cómo se han polarizado las
opiniones entre el esquema neo-desarrollista vigente y los planteos de la
ortodoxia neoliberal. Estas dos opciones son vistas como los
únicos cursos factibles y por eso se debate exclusivamente
las diferencias entre ambos modelos. Las distinciones más
resaltadas son la política económica (tracción de la economía
por la demanda o la inversión), la gestión del estado
(regulación o privatización) y los intereses dominantes en
disputa (grupos agro-industriales versus financistas)[10].
Pero
al enfatizar sólo esas divergencias se pierde de vista los múltiples
vasos comunicantes que enlazan a los dos proyectos. Este
parentesco obedece en gran medida a la impronta conservadora
que presenta el neo-desarrollismo contemporáneo. Esta
corriente es reacia a cualquier redistribución real de los
ingresos, que mejore el nivel de vida popular a costa de los
beneficios empresarios. Por esta razón no reduce la
desigualdad con medidas de progresividad impositiva.
La
brecha social no podrá achicarse sin afectar las ganancias
que el modelo actual promueve, como un motor del desarrollo
económico. Los teóricos neo-desarrollistas desconocen este
hecho porque mantienen una mirada idílica del capitalismo y
suponen que el aliento del lucro es plenamente compatible con
mejoras significativas y sustentables de las mayorías
populares. Pregonan el avance hacia el bienestar de todos los
ciudadanos mediante el perfeccionamiento de las instituciones
políticas vigentes, como si los conflictos sociales y los
antagonismos de clases fueran anécdotas del pasado.
El
neo-desarrollismo argentino constituye la avanzada regional de
una concepción que está ganando terreno en varios países
latinoamericanos, ante el creciente desprestigio del
neoliberalismo. Comienza incluso a prosperar en Brasil, a través
de una modalidad hibrida que despuntó en el segundo mandato
de Lula[11].
A diferencia del viejo desarrollismo, sus promotores actuales
subordinan la industrialización a la exportación de bienes
primarios y no canalizan la renta captada por el estado, hacia
el desarrollo de empresas públicas. Tampoco jerarquizan el
mercado interno y aceptan la reinserción pasiva de América
Latina como proveedor internacional de minerales, alimentos o
combustible.
El neo-desarrollismo sintoniza con los sectores de las clases
dominantes que han internacionalizado sus fuentes de lucro.
Promueve los negocios de estos grupos mediante intervenciones
más activas del estado, mayor coordinación regional y
creciente autonomía financiera. Inscribe todos sus proyectos
en la nueva etapa de mundialización capitalista y abandonó
las veleidades antiimperialistas del pasado.
¿RESURGIRÁ LA BURGUESÍA NACIONAL?
Los
defensores del modelo ponderan la recuperación de un manejo
soberano de la economía, pero nunca aclaran quiénes son los
principales beneficiarios de esa gestión. En lugar de
especificar estos sujetos responden con generalidades (toda la
sociedad), con reminiscencias nacionalistas (el país, la
patria) o con alusiones tangenciales a las mayorías (el
pueblo). Sólo algunos economistas reconocen que el principal
objetivo social del esquema en curso es recrear la burguesía
nacional, que tantas veces ponderó Kirchner.
Pero
este propósito choca con la inexistencia de grupos
capitalistas de envergadura exclusivamente centrados en la
acumulación local y el mercado interno. Los distintos
segmentos de ese empresariado ya no ocupan lugares
preeminentes en la cúspide del poder económico. El
establishment ha quedado muy configurado por grupos
exportadores y firmas diversificadas, con grandes capitales e
intereses en el exterior.
En los últimos ocho años se utilizaron cuantiosos recursos
del estado para alentar el resurgimiento de la burguesía
nacional, esperando que apuntale el desenvolvimiento del
modelo. Esas subvenciones fueron íntegramente costeadas por
los sectores populares y el resultado ha sido decepcionante.
Nuevamente se repitió la infructuosa experiencia de un
“capitalismo de amigos”, que dilapida recursos y obstruye
la industrialización. Analistas muy afines al esquema actual
reconocen este fallido resultado [12].
La
sucesión de escándalos de corrupción constituye una expresión
de este fracaso. Las coimas son un condimento insoslayable de
cualquier estrategia de forjar una clase capitalistas con
prebendas del sector público. Pero el montaje de negocios
paralelos a la regulación estatal ha florecido, sin ninguna
contrapartida de inversión privada o expansión productiva.
El caso Ciccione representa el más reciente de estos
negociados. Como involucra al vicepresidente -en un tema tan
sensible como es la impresión de moneda- alcanzó gran
resonancia. El choque entre el grupo apadrinado por Boudou y
el sector competidor de Boldt (protegidos por varios
gobernadores) ha sido acompañado por la secuencia habitual de
enriquecimiento de altos funcionarios. El ruido que han hecho
los medios de comunicación enemistados con el gobierno (como
Clarín) es proporcional al silencio que mantienen, cuando los
negociados afectan sus propios intereses (fondos de pensión,
agro-industria, papel prensa).
En
cualquier caso, lo importante es notar la existencia de un
gran entramado de grupos capitalistas, que lucran con el
modelo neo-desarrollista sin recrear la esperada burguesía
nacional. Esos sectores son agraciados con subvenciones
oficiales que atesoran, despilfarran o fugan, sin consumar las
inversiones que prometen.
Frente
a estos desengaños la reacción oficial ha sido el reemplazo
de un incumplidor por otro sustituto de la misma especie. Últimamente
habrían quedado desplazados Britos, Eurnekian y Mindil,
mientras Cristóbal López sigue en carrera y se buscan nuevos
aliados para los baches dejados en varias actividades (petróleo,
electricidad, carreteras)[13].
Lo
ocurrido con el ferrocarril es particularmente ilustrativo de
esta tendencia oficial a sustituir un socio en desgracia por
algún reemplazante de la misma plantilla. Luego de la
tragedia de Once le quitaron la concesión a Cirigliano para
transferírsela a Roggio-Romero. Este enroque preserva la
misma estructura vigente desde hace décadas, con el auspicio
mafioso de los mismos funcionarios y burócratas sindicales
integrados a la UGOFE. Se demostró que un “estado
presente” puede resultar tan pernicioso como su contraparte
“ausente”, si contribuye a organizar negociados (Jaime) y
a convalidar complicidades (Schiavi).
Los
economistas K continúan debatiendo por qué razón está
bloqueada la reaparición de los empresariados virtuosos que
observan en otras latitudes. Algunos consideran que existe un
determinante histórico difícil de remover, en un país
conformado en torno a la renta agraria. Otros estiman que
perfeccionando los sistemas de control estatal, se logrará
modificar el patrón de capitalistas argentinos reacios a la
inversión o al riesgo y acostumbrados al lucro de corto
plazo.
Nadie
sabe si alguna vez reaparecerá la esperada burguesía
nacional. Pero desojar la margarita tiene su costo, ya que el
gobierno destina monumentales subvenciones a ese proyecto. Si
transparentaran esas cifras resultaría muy difícil defender
públicamente semejante dispendio. En última instancia, el
problema económico y social de Argentina no radica en la
modalidad de capitalismo predominante, sino en la continuidad
de un sistema que genera explotación, sufrimientos e
injusticias. Los males del capitalismo no se corrigen buscando
otro capitalismo.
CONFUSIONES
Y OPORTUNIDADES
La
prioridad que asigna el neo-desarrollismo al fortalecimiento
de los grupos empresarios locales, obliga a postergar la
satisfacción de muchas demandas sociales. Los fondos públicos
derivados a la actividad privada son retraídos de su
utilización popular. Afortunadamente los trabajadores y los
movimientos sociales continúan con sus peticiones, sin quedar
paralizados por las metas burguesas que auspicia el
oficialismo.
Esta
intensa práctica de movilizaciones, piquetes y huelgas continúa
junto al importante nivel de combatividad que caracteriza a
los trabajadores argentinos. Pero esta acción no se traduce
proyectos propios, contrapuestos a las distintas vertientes
políticas que propician estrategias neoliberales o
neo-desarrollistas. La gestación de un tercer polo -que rompa
el aprisionamiento a esas dos opciones de las clases
dominantes- es una asignatura pendiente de la izquierda y del
progresismo genuino.
Para
avanzar en esa construcción resulta indispensable evitar que
las críticas al gobierno se confundan con los
cuestionamientos que propaga la reacción neoliberal. Es vital
explicitar esa diferenciación, en el actual contexto de
bombardeo mediático derechista. El establishment busca
difundir la imagen de objeciones uniformes, complementarias y
compatibles de todos los opositores, contra un enemigo
gubernamental común. Esta estrategia de confusión privilegia
especialmente la temática económica.
Durante
los últimos años muchos críticos centroizquierdistas del
kirchnerismo coquetearon adrede o en forma involuntaria con
ese operativo. Últimamente esta actitud se ha modificado,
pero no ha desaparecido. Algunos todavía resisten el registro
de las diferencias que separan al gobierno de los
neoliberales. Ese desconocimiento es fatal y conduce al
desconcierto, cada vez que el oficialismo adopta alguna medida
limitadamente progresiva (como la reciente expropiación de
YPF). La desubicación es aún mayor entre quiénes repiten el
libreto de los medios contra el “autoritarismo”, la
“caja” o el “populismo” presidencial.
En la izquierda se observan casos más extremos de esta
ceguera. Ciertos críticos han invertido por completo la
interpretación de los sucesos económicos y caracterizan a la
pesificación, como el debut de un “rodrigazo” y a la
nacionalización de YPF, como un anticipo de la reprivatización
de esa compañía. Emiten, además, pronósticos de estallidos
financiero o cambiario en estricta sintonía con el guión del
establishment[14].
Esta
confusión proviene de presentar los conflictos que involucran
intereses nacionales o populares, como simples disputas inter-capitalistas.
También deriva de la incapacidad para percibir las conquistas
sociales o democráticas que se han obtenido en los últimos años.
Con esa postura no se pueden tender puentes hacia las mayorías
populares, que observan con simpatía al gobierno actual.
A
pesar de la polarización que se ha creado entre el universo K
y anti-K, los sectores politizados de la población escuchan
con atención los mensajes de la izquierda y progresismo. Pero
la recepción efectiva de estos planteos en depende de la
calidad y la formulación que tienen esos mensajes[15].
Hay
buenas condiciones para avanzar hacia la construcción de una
tercera alternativa genuinamente popular. Pero hay que afinar
la puntería, mejorar las propuestas alternativas y
profundizar la elaboración colectiva.
7-8-2012
TITULO:
Contrasentidos
del neodesarrollismo
AUTOR:
Claudio Katz
RESUMEN:
No está definido aún
si la desaceleración actual derivará en recesión. Pero el
freno no se explica por la crisis global, que mantiene un
efecto contradictorio sobre la economía nacional. Las
comparaciones oportunistas con la periferia europea oscurecen
este análisis. La aceleración de la inflación para mantener
la rentabilidad, la salida de capitales para diversificar
inversiones y el desequilibrio fiscal por ausencia de reformas
impositivas progresivas son tres problemas de la coyuntura.
Los economistas de la derecha disfrazan su demanda de ajuste
con llamados a “recuperar la confianza”. En realidad
exigen mayores protecciones a las ganancias de los
acaudalados. El gobierno ensayó primero un recorte dosificado
y ha optado luego por otro intento de reactivar la demanda.
Esta misma oscilación explica la pesificación, el plan de
viviendas, el manejo del Banco Central y la política energética.
Se adoptan medidas tardías con el pretexto de la herencia
recibida por los 90.
Los
rasgos neo-desarrollistas del modelo se verifican en la política
económica, la gestión del estado y los intereses dominantes
capitalistas. Hay muchos vasos comunicantes con la ortodoxia
neoliberal y poca disposición a reducir de la desigualdad. A
diferencia del viejo desarrollismo se subordina la
industrialización a la exportación de bienes primarios y se
apuntala a los grupos que han internacionalizado su actividad.
Persiste
el fallido ensayo de recrear la burguesía nacional. Las
subvenciones generan despilfarro sin revertir la ausencia de
inversión privada. Los escándalos de corrupción son un
condimento insoslayable de este nuevo intento de modificar el
comportamiento improductivo de los capitalistas argentinos.
Pero no existen sólo dos opciones para el futuro económico.
Un proyecto popular contrapuesto al neoliberalismo y al
neo-desarrollismo surgirá con la maduración política de la
lucha social.
[1]
Economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI
(Economistas de Izquierda). Su página web es: www.lahaine.org/katz
[2]
Feletti Roberto, “Argentina redobla la apuesta”, Página
12, 23-7-2012.
[3]
Hemos explicado los impactos diferenciados de la crisis en
dos textos recientes. Katz Claudio, “El
ajedrez global de la crisis”, Batalla de ideas, n 3, año
3, Buenos Aires, 2012. Katz Claudio, “Los atolladeros de la economía
latinoamericana”, en El
neoliberalismo y su crisis. Causas,
Escenarios y Posibles Desenvolvimientos, Santiago de
Chile, 2012, ARCIS, REDEM.
[4]
Melconian Carlos, “Otra vez la revolución
conservadora”, La Nación, 29-7-2012. Lavagna Roberto,
“Estamos frente a una economía en falsa escuadra”,
Clarín, 6-6-2012. Llach Juan José, “Para no tentar a
una nueva crisis”, La Nación, 24-5-2012. López Murphy
Ricardo, “Qué esconde la reforma al Banco Central”,
Clarín, 19-3-2012.
[5]
Oppenheimer
Andrés, “Argentina economic fiesta is over”, Miami
Herald, 18-6-2012. Rapaport
Luis, “Cristina: con quién pesificará sus dólares”,
Clarín, 8-6-2012. Frigerio Rogelio, “Comparar a veces
es engañoso”, Clarín 11-5-2012.
[6]
Sturzenegger Federico, “Los seis errores de la economía
K”, La Nación, 10-6-2012.
[7]
Rofman Alejandro, “El dólar y una obligación
ciudadana”, Página 12, 1-6-2012, Scaletta Claudio,
“Desdolarización y tendencia”, Página 12, 15-7-2012
[8]Heller
Carlos defiende el proyecto de reforma de la Carta Orgánica.
Telam, 14-3-2012.
[9]
Aronskind Ricardo, “El rechazo de la derecha
empresaria”, Página 12, 25-3-2012.
Roffman Alejandro, “Una mirada distinta”, Página
12, 22-7-2012.
[10]
Hemos presentado nuestra caracterización de los rasgos
neo-desarrollistas del modelo actual en Katz Claudio, “Los
nuevos desequilibrios
de la economía argentina”, Anuario EDI, n 5,
septiembre 2010, Buenos Aires.
[11]
Boito Armando, “A economia capitalista está em crise e
as contradições tendem a se aguçar”, Jornal Brasil de
Fato, 09/04/2012, www.brasildefato.com.br . Saad Filho Alfredo, Morais Lecio,
“Da economía política a política económica: o novo-desenvolvimentismo
e o governo Lula”, Revista de Economía Política, vol
31, n 4, outubro-dezembro 2011.
[12]
Zaiat Alfredo, “Burguesía fallida”, Página 12,
1-4-2012.
[13]
“La rueda de la fortuna de los empresarios K”, La Nación,
17-6-2012
[14]
Altamira Jorge, “El arte de pensar en pesos”, Prensa
Obrera 1224, 31-5-2012. Ramal Marcelo, “La izquierda
independiente saluda la nueva YPF”, Prensa Obrera 1219,
5-7-2012.
[15]
El reciente documento de los Economistas de Izquierda (EDI)
se ubica en esta perspectiva. “Afloran floran los límites
del modelo”. www.rebelion.org/mostrar.,
4-4.-2012
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