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Un estado dentro del estado
El vasto imperio económico en manos
del ejército
Por
Magdi Abdelhadi
BBC
World, 26/06/2012
El Cairo.– Al este de la capital
egipcia, El Cairo, el ejército del país africano acaba de
terminar de construir un enorme centro deportivo.
El complejo incluye un hotel y otras
instalaciones, entre las que se encuentra una autopista de
cinco carriles, un paso elevado y un túnel para aliviar las
congestiones que se producen por los autos que viajan hacia
un enorme suburbio llamado "Nuevo Cairo", donde
los ricos y poderosos, incluyendo a miembros del consejo
militar gobernante (SCAF), poseen lujosas mansiones.
La instalación central se llama
"30 de junio", la fecha en la que el SCAF debe
entregar el poder a un cabeza de Estado civil y la carretera
que conduce al edificio está cubierta de carteles con
frases como "el ejército y el pueblo van de la
mano".
Ese popular eslogan durante las
protestas que derrocaron a Mubarak el año pasado ha sido
sustituido en los últimos meses por el "abajo, abajo
con el mando militar" de la plaza Tahrir.
El complejo fue levantado en menos de
un año, testimonio de la habilidad del ejército para tener
las cosas hechas de manera rápida y efectiva.
Iniciativas financieras "clasificadas"
Hay algo extensamente aceptado en
Egipto: todo el mundo dice que el ejército lleva a cabo
proyectos buenos para el país.
Puede que las fuerzas armadas no sean
populares en la plaza Tahrir pero sus niveles de aprobación
para el resto de la sociedad siguen a niveles altos, gracias
en parte a proyectos de infraestructura y también gracias a
una importante inversión en propaganda estatal.
Pero nadie sabe cómo se tomó la
decisión de convertir lo que una vez fueron barracas en vehículos
de inversión, ni cuánto costó o cómo se volverá
rentable.
Todo eso permanece clasificado y es
información que las altas esferas del país pretenden
mantener fuera del alcance de la opinión pública bajo
cualquier futuro gobierno.
Tal secretismo es típico de muchos
proyectos llevados a cabo por el vasto imperio financiero
del ejército, que incluye la fabricación de productos de
consumo, alimentos, agua mineral, construcción, minas y
reclamo de tierras y hasta turismo.
Estado dentro de un Estado
A medida que se intensifica el debate
sobre el papel del ejército en la era post-Mubarak, el
general Mahomud Nasr, el asistente del Ministerio de
Defensa, le dijo a la prensa en El Cairo el año pasado que
el ejército no entregaría el control sobre estos proyectos
a ninguna otra autoridad y añadió que estos no eran
recursos del Estado sino "productos del esfuerzo del
Ministerio de Defensa y sus proyectos propios".
Casi al mismo tiempo se anunció que el
ejército había acudido al rescate del Ministerio de Economía
tras prestarle al Estado una sustancial suma de dinero para
apuntalar sus agotados cofres. Esto ejemplifica cómo el ejército
egipcio es capaz de operar como un Estado dentro de otro
Estado.
Las estimaciones sobre el tamaño real
de sus inversiones son variables pero rondarían entre un 8%
y un 40% del Producto Interior Bruto de Egipto. Como las
cuentas del ejército permanecen secretas, nadie lo sabe con
seguridad. Y lo que es más, la influencia militar se
extiende mucho más allá de sus instituciones.
Dejando atrás el siglo XXI
La mayoría de los gobernadores
regionales del país son oficiales del ejército retirados y
muchas de las grandes instituciones civiles y corporaciones
del sector público están dirigidas por exgenerales.
Las autoridades de distribución de
tierra más importantes del país (agricultura, urbanización
y turismo) están dirigidas por exoficiales del ejército
que, además de sus pensiones, reciben lucrativos salarios y
beneficios extra relacionados con su cargo civil.
Y aunque los generales disfrutan de sus
privilegios, esta no es la única razón por la que están
en el negocio. Hay otras que van más allá de sus
elecciones individuales.
Un académico que recientemente visitó
uno de los complejos militares industriales (que casualmente
produce principalmente productos civiles) hizo una observación
muy pertinente.
"Al llegar", escribe,
"nos sentimos como si hubiésemos dejado atrás El
Cairo del siglo XXI, repleto de vallas publicitarias y
marcas globales y estuviésemos entrando en El Cairo de la
era Nasser de la mitad del siglo pasado".
Por aquel entonces, Egipto se inspiraba
en el socialismo de estilo soviético, en donde el sector público
se hacía cargo de grandes proyectos de infraestructura y
lideraba el esfuerzo modernizador e industrializador del
Estado.
Este tipo de "socialismo"
(capitalismo de Estado sería un término más adecuado) es
todavía popular en Egipto, especialmente entre
nacionalistas y partidarios de Nasser, cuyo candidato fue el
tercero más votado en las recientes elecciones
presidenciales.
Cualquier intento de apertura, o
incluso de privatización, del imperio financiero del ejército
se encontrará con resistencia, no solo de los generales
sino también de poderosos aliados dentro de la burocracia
estatal.
Gente que, además de beneficiarse
personalmente del status quo, son muchas veces por propia
naturaleza contrarios a cualquier tipo de cambio.
Los Hermanos Musulmanes
dicen que quieren
instaurar una “nueva civilización” con el
proyecto “Renacer”, para impregnar la sociedad de los
principios religiosos
El islamismo aspira a transformar
Egipto
Por Ana Carbajosa
Corresponsal en El Cairo
El País, 25/06/2012
Los Hermanos Musulmanes han ganado las
elecciones. Es ahora cuando llega la hora de la verdad, de
poner en práctica el modelo de sociedad, con el que llevan
soñando más de medio siglo. La Junta Militar no les dejará
las manos libres para hacer y deshacer a su antojo. Pero por
primera vez tienen poder ejecutivo y un cierto margen de
maniobra para tratar de mejorar la vida de los millones de
egipcios empobrecidos y abandonados a su suerte durante la
era de Hosni Mubarak.
En su primer discurso tras conocerse su
victoria, Mohamed Morsi, el nuevo presidente, prometió
gobernar para todos los egipcios, 10% de cristianos egipcios
incluidos. Fue una intervención muy conciliadora con la que
quiso ahuyentar los temores de muchos egipcios que piensan
que los islamistas les llevarán poco menos que de vuelta a
la edad media. “Seré el presidente de todos los
egipcios”, dijo.
Su alocución estuvo también plagada
de referencias a Alá y al Corán y a ratos pareció más
una sermón religioso que un discurso presidencial. Porque
una cosa es que el nuevo presidente se comprometa a respetar
a los que no comparten su islamismo y otra, que tenga
intención de renunciar a su ideario. Dotar al país de una
nueva identidad bajo el lema “el islam es la solución”
es su misión. Crear “una nueva civilización” en
Egipto; una que se inspire en los principios del islam, es
la hercúlea tarea que tiene por delante este ingeniero
educado en California.
Su proyecto de país tiene un nombre.
Se llama Renacer y abarca todo lo abarcable: sociedad civil,
Estado y sector privado. Se trata de un ambicioso compendio
de ideas inspiradas en el Corán y traducidas en políticas
concretas. En Nasser City, a las afueras de El Cairo se
encuentra el cuartel general de Renacer. Allí, Gehad el
Haddad, miembro del consejo directivo y portavoz de la
Hermandad, explica qué modelo de país tienen en la cabeza.
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Tahrir sigue en pie de guerra
Que Mohamed Morsi haya ganado las
elecciones no quiere decir que sus seguidores vayan a
desmontar el campamento levantado en la plaza de Tahrir. La
escena era este lunes lo más parecido a la mañana
siguiente de un festival de rock. Los festejos electorales
habían durado hasta entrada la mañana. La multitud
dormitaba por el suelo. Los tenderetes, que desde el pasado
martes han ido poco a poco cubriendo la céntrica plaza y
que dan algo de sombra en este verano abrasador, no se habían
movido. A primera hora de la tarde, el tráfico estaba de
nuevo cortado y la plaza tomada por los manifestantes.
Los Hermanos Musulmanes quieren
mantener la presión. El primer paso —que se reconociera
su victoria en las urnas— ya lo han conseguido. Ahora toda
la presión de la calle va dirigida a forzar a los militares
a dar marcha atrás. Los congregados en Tahrir quieren que
la Junta Militar derogue el decreto constitucional por el
que recorta las atribuciones del presidente y se hace con el
control del poder legislativo. “Presionar hasta que se
alcance un acuerdo y siempre que podamos seguir
proporcionando comida y agua”, explica un portavoz de la
Hermandad.
Tahrir vuelve a ser el campo de batalla
de la lucha política, pero, esta vez, los protagonistas son
los islamistas. Hay algunas mujeres, aunque la gran mayoría
son hombres. Muchos de ellos llevan barba recortada al
estilo salafista y han venido en autobuses de todas las
provincias del país.
A la hora del rezo, las inclinaciones
religiosas de los manifestantes quedan bien claras. La plaza
se convierte en una interminable sucesión de hileras
formadas por hombres, que rezan arrodillados en el suelo.
Hay quien dice que esta es como una segunda revolución,
pero, esta vez, de corte islamista.
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En perfecto inglés y tableta en mano
asegura que “la idea es partir de cero. Crear una nueva
civilización”. Explica que en 1997 empezaron a esbozar
Renacer. Lanzaron proyectos piloto montando ONG y empresas
que cumplieran los preceptos islámicos —nada de vender
tabaco o alcohol entre muchas otras prohibiciones—. Se
trataba de destilar los textos del Corán; de aplicar los
principios generales del islam a la sociedad egipcia.
Desarrollo urbanístico, política fiscal, financiera…
todo quedaría impregnado de los preceptos islámicos. Para
ello, formaron comités mixtos en los que los sabios
religiosos trabajaron codo con codo con economistas o
ingenieros.
La Hermandad contaba ya con mucha
infraestructura. Desde su creación, en 1928, los Hermanos
habían tejido una inmensa red de servicios sociales. Aunque
eran un grupo ilegal, operaban a través de ONG y
empresarios. La represión de los tiempos de Mubarak hacía
la vista gorda, porque la Hermandad prestaba a la población
la atención que el Estado no ofrecía. Los Hermanos
engordaban mientras hacían el trabajo al régimen. Su
existencia resultaba además crucial para un régimen que
justificaba su existencia ante financiadores como EE<TH>UU
zarandeando el espantajo del peligro islamista. La cofradía
cifra ahora en 15.000 las ONG repartidas por el país con
las que trabajan.
El régimen confiscaba, por ejemplo,
aquellas empresas que destacaban por su éxito, lo que obligó
a la Hermandad a centrar su estrategia en muchos negocios,
pero pequeños y discretos, lo que a su vez fortaleció el
planteamiento de trabajo en red con el que ya operaban.
Luego vino la revolución y la caída de Mubarak. Los
Hermanos se encontraron en primera línea política. Las
miradas se volvieron hacia ellos. Todo el mundo quería
saber qué tenían que ofrecer. Ellos comprendieron que
ahora se trataba de rentabilizar políticamente esa red.
¿Pero qué papel va a tener en la práctica
la religión en todo esto? Amr Darrag, secretario general
del partido en Giza lo explica en su lujoso despacho, en el
que compatibiliza su liderazgo político con su profesión
de ingeniero. “La mayoría de los egipcios son religiosos,
pero hay que ir paso a paso. Tiene que ser un proceso
gradual”, dice sin ofrecer más detalles. Michael Hanna,
experto de la estadounidense Century Foundation explica que
nadie sabe a estas alturas si el discurso moderado de Morsi
refleja sus planes de futuro. Pero cree que la Hermandad
“conocen bien los límites de los cambios que los egipcios
están dispuestos a tolerar”.
Darrag explica que en los últimos
meses, él y otros miembros de los Hermanos han visitado y
han recibido delegaciones de infinidad de países entre
ellos Brasil, Turquía, o España. Se han fijado en sus
modelos económicos, en la relación entre religión y
Estado, en las transiciones políticas. De España, dice,
han aprendido que hay que lidiar con el Ejército de manera
gradual.
Las relaciones con el Ejército son en
estos momentos el principal foco de tensión. La Junta
Militar se ha comprometido a ceder el poder a los civiles
antes del uno de julio, pero a la vez ha consolidado su
poder a golpe de decretazo. “El Ejército lleva décadas
controlando el país. Son un imperio económico y no están
sujetos a las leyes. No podemos ser demasiado
revolucionarios, hay que ser pragmáticos”, dice Darrag.
El pragmatismo es una de las
principales virtudes que se le atribuyen a una Hermandad,
que ha demostrado ser capaz de navegar en todas las aguas y
de aliarse con el diablo siempre que ha hecho falta. Esa
flexibilidad es para sus detractores una simple falta de
principios. Piensan que son capaces de venderse a cualquier
precio para alcanzar sus objetivos políticos. Por eso, por
mucho que los islamistas se empeñen ahora en tomar Tahrir y
enfundarse el manto revolucionario, son muchos los que
desconfían de las palabras de Morsi, quien ha prometido que
seguirá adelante con la revolución. Para sus detractores,
los Hermanos son parte del sistema, casi tanto como el Ejército.
Nuevo o antiguo régimen, lo cierto es
que los Hermanos miran ahora hacia adelante, hacia un futuro
que quieren moldear según sus creencias. Renacer echará a
andar en cuestión de días. La cofradía es consciente de
que Morsi asume el poder maniatado por los militares, pero
aseguran que nadie conseguirán minar su tesón. “Nosotros
nunca dejamos de trabajar, nunca nos damos por vencidos”,
sentencia Darrag.
EEUU conserva
una gran influencia sobre
el Ejército
y puede facilitar el diálogo con Israel
Obama se ofrece a colaborar con Morsi
para “asentar la democracia”
Por Antonio Caño
Desde Washington
El País, 25/06/2012
Pocas horas después del anuncio
oficial del resultado de las elecciones en Egipto, Barack
Obama llamó por teléfono al nuevo presidente, Mohamed
Morsi, y al candidato derrotado, Ahmed Shafiq, para
recordarles el compromiso de Estados Unidos con una transición
pacífica hacia la democracia y para asegurarse de que ambos
están dispuestos a colaborar para que eso ocurra.
Con alivio indisimulable, la Casa
Blanca emitió posteriormente un comunicado en el que
aseguraba que el presidente norteamericano está dispuesto a
“trabajar con el nuevo presidente egipcio y con todos los
grupos políticos” con el propósito de “atender la
demanda del pueblo egipcio de que se cumplan las promesas de
su revolución”.
El nombramiento, por fin, de un sucesor
de Hosni Mubarak elegido por los ciudadanos supone un cierto
triunfo personal de Obama, que apostó por dar rienda suelta
a las aspiraciones populares a los pocos día del estallido
de la revuelta, pero sobre todo devuelve por ahora cierta
tranquilidad a la política exterior norteamericana, que vivía
con gran preocupación el deterioro progresivo de la situación
en Egipto.
Egipto es desde hace décadas un país
esencial en la estrategia estadounidense en Oriente Próximo
y puede ser a partir de ahora el ejemplo de un nuevo modelo
de relaciones entre Washington y un Gobierno musulmán. Para
ello, Obama necesita que Morsi se mantenga en la vía de un
islamismo tolerante e integrador, capaz de respetar los parámetros
básicos de democracia y derechos humanos que se exigen en
Occidente.
No es una misión imposible. Morsi
habla inglés de forma fluida y conoce bastante bien Estados
Unidos, donde obtuvo en 1982 su título de ingeniería por
la Universidad del Sur de California. Sabe, por tanto, la
oportunidad que hoy tiene en sus manos y lo diferente que
podría ser su diálogo con este país ahora o después de
las elecciones de noviembre, en el caso de que Mitt Romney
obtuviera la victoria.
Morsi es consciente también de la
relación especial que existe entre EE UU y el Ejército que
seguirá teniendo un enorme poder de vigilancia en Egipto.
Mientras se decidían los resultados oficiales, el jefe del
Estado Mayor de las Fuerzas Armadas norteamericanas, general
Martin Dempsey, habló dos veces la semana pasada, el lunes
y el viernes, con su contraparte en El Cairo, el general
Sami Enan. A su vez, el secretario de Defensa, Leon Panetta,
conversó con el que ha sido jefe de Estado de facto este último
tiempo, el mariscal Mohamed Hussein Tantawi.
EE UU entrena y arma al Ejercito
egipcio y lo mantiene con un ayuda anual de 1.300 millones
de dólares. Eso le da un considerable poder influencia que
puede usar en una dirección o en otra. Durante las
protestas de Tahir Square suspendió temporalmente esa ayuda
para forzar la salida de Mubarak, pero la reanudó un vez
que éste había sido destituido. A partir de ahora, ese
instrumento le puede servir a Obama tanto para moderar el
rumbo de Morsi como para calmar la ansiedad que exista entre
los militares egipcios por asistir al ascenso al poder de
sus archienemigos históricos.
La capacidad de presión norteamericana
está amortiguada, sin embargo, por otras muchas
circunstancias que hacen imprevisible el futuro de Egipto.
Una de ellas es el conflicto palestino. El ascenso de un
islamista a la presidencia egipcia provocará, sin duda, una
renovada sensación de peligro en Israel, el gran aliado
norteamericano en la zona. Los Hermanos Musulmanes han
defendido tradicionalmente una política de confrontación
con Israel y de apoyo a las reivindicaciones palestinas. No
va a ser fácil conciliar esa doctrina con la necesidad de
una convivencia entre los dos países vecinos. Obama no
quiere verse, a cinco meses de las elecciones, en la
disyuntiva de tener que elegir entre Israel y Egipto en el
caso de algunas dificultades futuras.
Cabe, no obstante, la posibilidad de que el
islamismo de Morsi pueda jugar a favor de una estrategia que
Obama ha tratado de sacar adelante sin mucho éxito desde el
comienzo de su presidencia: la apuesta por el Islam moderado
como alternativa a Al Qaeda. Turquía, igualmente gobernado
por un partido musulmán, fue incluido en la primera gira
internacional que hizo el presidente norteamericano. Y El
Cairo fue, precisamente, el lugar elegido para pronunciar el
famoso discurso en el que Obama invitaba a la reconciliación
con el Islam.
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