Venezuela

 

La naturaleza del régimen de Chávez y sus propuestas políticas

¿Revolución bolivariana?

Por Roberto Ramírez
Socialismo o Barbarie, revista, abril de 2004

Escribimos esto cuando está todavía en curso la tercera embestida para derrocar a Chávez, con el apoyo más descarado que nunca del imperialismo norteamericano. Hoy, las actividades del gobierno de Washington en relación a Venezuela hacen recordar las desplegadas a inicios de los 70 en Chile o en los años 80 ante Nicaragua.

Así, en la pasada Cumbre de Monterrey, Bush provocó un escándalo diplomático con sus presiones sobre el gobierno de México para que éste ayudara más decididamente al derrocamiento de Chávez. Las cadenas de televisión de EEUU rivalizan en hacer campaña antichavista. ¡El presidente de Venezuela ya es casi el nuevo Saddam! La CNN llegó al colmo de filmar una cola en un mercado popular callejero de Caracas, diciendo que eran venezolanos que esperaban turno para firmar el pedido de referendo revocatorio contra Chávez (un mecanismo constitucional, por el cual se vota si continúa o se revoca el mandato presidencial). La mentira fue tan escandalosa que la CNN debió rectificarse públicamente. El periodista-investigador estadounidense Jeremy Bidwood documentó la existencia de un Fondo Nacional para la Democracia (National Endowment for Democracy), una institución de pantalla que se autodefine “independiente” pero cuyos fondos son provistos por el Departamento de Estado. Esta institución “benéfica” se dedica a financiar las organizaciones antichavistas, entre ellas a “Súmate”, la entidad que organizó la recolección (y falsificación) de las firmas para el referendo.[[1]] Y hace poco, uno de los principales funcionarios del Departamento de Estado fue a Caracas con modales de virrey, para exigir públicamente al Consejo Nacional Electoral que aceptara todas las firmas para el referendo sin revisarlas. Luego, también públicamente, la embajadora de EEUU en Brasil amonestó y amenazó a Lula por no sumarse a la campaña para bajar a Chávez. 

En respuesta a estas presiones, Chávez viene redoblando en sus discursos las críticas a Bush y en general a la política del imperialismo yanqui, desde la ocupación de Irak hasta el ALCA. Estas arengas también denuncian la situación de los trabajadores, los pobres y las minorías raciales en EEUU. Pero aunque no son seguidas por medidas concretas (una constante de Chávez), indican que las tensiones con Washington se han intensificado.

Venezuela vuelve a ser otra vez un campo de batalla importante en el proceso político latinoamericano, sacudido en los últimos años por las crisis económico-sociales, las rebeliones populares y los derrumbes de los gobiernos. Un triunfo en Venezuela del golpismo proimperialista, que vuelve al ataque, significaría una grave derrota para los trabajadores del país hermano, con serias repercusiones en toda América Latina.

En estas circunstancias, pasa a un primer plano la unidad de acción y la movilización obrera y popular para hacer fracasar esta nueva arremetida, y la solidaridad de los pueblos latinoamericanos con la lucha de las masas venezolanas. Eso es indiscutible.

Pero, precisamente por esos motivos, se vuelve también urgente e imprescindible para los luchadores de Venezuela y de América Latina hacer una reflexión teórico-política sobre la naturaleza del “chavismo” y sacar las conclusiones políticas correspondientes.

Esto posiblemente choca con los juicios y prejuicios de muchos activistas, sobre todo en la misma Venezuela. Por la presión de los acontecimientos y las exigencias inmediatas de la lucha, algunos creerán que la necesidad de unirse y cerrar filas exige dejar de lado esas cuestiones que, supuestamente, “dividen”. Además, como siempre sucede en casos similares, el apoyo a Chávez de amplios sectores de masas ejerce una fuerte presión sobre la vanguardia, que no ayuda a hacer juicios equilibrados.

Sin embargo, los momentos de grandes luchas sociales siempre han exigido desarrollar debates estratégicos, como el que la misma realidad plantea ahora en Venezuela. Por eso, buena parte de los grandes textos teórico-políticos del marxismo, desde el Manifiesto comunista hasta Resultados y perspectivas o El estado y la revolución no fueron escritos en tiempos de calma.

En este caso, nos parece que no sólo los luchadores  venezolanos, sino también el conjunto de la vanguardia latinoamericana tenemos la necesidad —y además el deber— de debatir y aclarar la naturaleza del chavismo. Es que además, desde Venezuela, Chávez ha tratado de dar, a través de discursos y reuniones internacionales, una cierta proyección continental, a su proyecto político. La “Revolución Bolivariana” es planteada como una propuesta política internacional-latinoamericana.

Lo de Venezuela no es entonces “un problema venezolano”. Aunque muy diferente, es en eso parecido al caso de Lula en Brasil. El gobierno del PT ha sido un test de alcances mundiales de una política, que era propuesta como modelo a nivel internacional. Era la política del “otro mundo es posible” del Foro Social Mundial, entendida como “es posible otro capitalismo”. Se puede reformar este sistema a través de la “democracia participativa”, como prometía hacerlo el PT.

De la misma manera, lo de la “Revolución Bolivariana”, concepto de contornos no bien definidos, hoy se agita como política para todo el continente, y tiene un cierto eco en la vanguardia de algunos países. Los discursos cada vez más anti Bush de Chávez lo van haciendo también un personalidad atractiva para muchos luchadores. Las FARC de Colombia desde hace un tiempo se reclaman “bolivarianas”. Lo mismo decían en Ecuador algunos sectores civiles y militares (entre ellos Lucio Gutiérrez, actual presidente y ejemplar servidor del FMI desde que llegó al gobierno).

Entonces, los sectores de la vanguardia y las corrientes de izquierda del continente tenemos la obligación de emitir nuestra opinión. ¿En Venezuela se está desarrollando una “Revolución Bolivariana”? ¿En qué consiste? Y, además,  ¿es esta Revolución Bolivariana de Chávez la vía para la liberación de América Latina del yugo imperialista?

I — La dialéctica de clases del gobierno de Chávez

El punto de partida es analizar la dialéctica de relaciones entre las clases donde está entrelazado el gobierno Chávez. Luego veremos cómo se vincula eso con el muy peculiar “desarrollo desigual y combinado” que presentan la sociedad, las clases y el estado venezolanos, y sus relaciones con el capitalismo mundial. A partir de allí trataremos de evaluar los puntos claves de su política.

Es un lugar común del periodismo latinoamericano, sobre todo en sus variantes “progresistas”, hablar de Kirchner, Lula y Chávez como si se tratara de fenómenos políticos semejantes. Un mismo ser de tres cabezas, cada una de las cuales hace discursos distintos, pero que sintonizan la misma onda “antiliberal” y con cierto juego “nacional”, “popular” e “independiente” ante las presiones de Washington y el FMI. Las diferencias sólo serían cuantitativas: el comandante es más “duro” y “trasgresor”.

En verdad, casi lo único que tienen en común —más allá de la generalidad importante pero abstracta de que los tres son gobiernos burgueses— es la situación política y social latinoamericana de la que nacieron, diferente a la de la década del 90, donde el tono de los gobiernos latinoamericanos lo daban los Menem y los Fujimori, con su adhesión absoluta e incondicional a los dictados del Norte.

Hoy la situación es otra. La década neoliberal de integración al capitalismo globalizado, privatizaciones, “libre comercio”, apertura al capital extranjero y endeudamiento feroz ha producido una catástrofe económico-social sin precedentes. Es el New York Times y no una publicación de izquierda quien dice que “la pasada década de libre comercio... ha sido una «década de desesperación» para los vecinos del sur, que viven con la horrible realidad de una pobreza creciente y generalizada”.[[2]] En este contexto, la recetas neoliberales han perdido legitimidad. Ahora la moda política son las críticas al neoliberalismo (aunque luego desde el gobierno se siga haciendo esencialmente lo mismo).

Pero el hecho más importante es que también es “generalizada” la rabia de las masas trabajadoras y populares por esta situación, aunque muchas veces, por falta de cauces, no se manifieste abiertamente en rebeliones como las de Ecuador, Argentina o Bolivia.

Chávez lo define muy bien: “hay un remolino de rebeldía que recorre toda la región”. Esto tiene consecuencias cada vez más inquietantes en lo que respecta a la estabilidad de los regímenes políticos; es la famosa “gobernabilidad”, que le dicen. Ya se está convirtiendo en una regla y no una excepción que los presidentes no logren finalizar sus mandatos. Ahora es Toledo en Perú el que parece estar en lista de espera.

A este descontento generalizado de las masas trabajadoras y populares, hay que añadir que ciertos sectores de las burguesías latinoamericanas no están conformes con los resultados de la década neoliberal, en la que fueron creyentes devotos. Con sus hermanos-rivales del Norte los une la condición común y fundamental de explotadores. Pero los huesos que les dejan tienen cada vez menos carne. Y si se impone el ALCA en los términos deseados por Washington, más de uno desaparecería barrido por la competencia.

Como dijimos, Lula, Kirchner y Chávez viven en esta nueva situación continental y, en cierto sentido, son hijos de ella. Pero a partir de allí las semejanzas se esfuman.

Tanto Lula como Kirchner son gobiernos burgueses “normales”, asentados en el apoyo de amplios sectores de sus burguesías nacionales (y también de corporaciones multinacionales). Por si hiciera falta, Lula, con la incorporación a su gobierno del PMDB, el principal partido de derecha, ha terminado de desmentir las caracterizaciones iniciales que lo definían como un “gobierno obrero liberal” o un “gobierno de frente popular” o un gobierno que tenía "dos almas" (una de derecha y otra de izquierda). Se ha consolidado como un gobierno de unidad nacional burguesa, que además ha cooptado a las burocracias del PT, la CUT y posiblemente también a parte del MST de Stédile. Con formas políticas y mecanismos diferentes a Lula, Kirchner constituye también un gobierno que se asienta en un amplio abanico de sectores burgueses nacionales y asimismo del capital extranjero.

Tanto Lula como Kirchner expresan desigualmente a esos distintos sectores patronales y deben actuar como árbitros entre ellos (lo que suele motivar quejas y presiones). Pero el tono general en las clases dominantes es de sostén, aunque muchas veces con críticas. Por su parte, el imperialismo, más allá de los tironeos con Kirchner por el pago de la deuda y con Lula por el ALCA, apoya la estabilidad institucional de sus respectivos gobiernos y países.

La mayor o menor “popularidad” que Lula y Kirchner conservan en las clases medias y trabajadoras y su control por medio de diversos aparatos políticos y sindicales son también, por supuesto, elementos muy importantes (sobre todo teniendo en cuenta la precaria “gobernabilidad” latinoamericana). Pero eso no define centralmente el carácter de sus gobiernos; es decir, sus mecanismos de clase. Define la situación política en la que se encuentran.

Un gobierno burgués “anormal”

Chávez es bien distinto. Estamos ante un gobierno burgués “anormal”. Es un gobierno burgués al que tanto el imperialismo como la inmensa mayoría de la burguesía venezolana le han declarado la guerra y tratan de derribar, ya sea “por las buenas” (referendo revocatorio) como “por las malas” (paros patronales, movilizaciones callejeras y hasta intentos de golpe militar); o más bien, mediante una combinación de ambas tácticas. La nueva arremetida contra Chávez —exigirle el referendo revocatorio, al mismo tiempo que tratan de adueñarse de las calles de Caracas y provocar choques sangrientos— mezcla ambos aspectos.

Como ariete, mueven a sectores de la pequeña burguesía e incluso de asalariados con mentalidad de “clase media”. En las zonas acomodadas de Caracas, esas turbas de “idiotas útiles” salen a la calle, histerizados por las cadenas de TV, y conducidos por la central patronal Fedecámaras, la Iglesia, la vieja burocracia sindical adeca, los restos de los partidos de la IV República (incluyendo algunos tránsfugas que aún se dicen de “izquierda”) y también por nuevas organizaciones políticas de derecha “dura”.

Desde los medios manejados por el imperialismo, se trata de pintar esto como otra “rebelión popular”. Pero es lo opuesto a lo de Bolivia o el Argentinazo. Aunque en Buenos Aires, en diciembre del 2001, participaron también amplios sectores de las clases medias, fue (desde el punto de vista político y social) lo inverso de lo que sucede en Caracas. Allí, una parte de las clases medias sale a la calle directamente comandada por ese frente archireaccionario e indirectamente por el Departamento de Estado, que lo financia sin disimulos.

Chávez se sostiene sobre dos columnas fundamentales: una, conformada por sectores del aparato burocrático del estado, y ante todo de las fuerzas armadas, en especial del Ejército. Ése ha sido inicialmente su partido. El otro sostén decisivo lo encuentra en sectores de la clase obrera y sobre todo en las masas pobres y excluidas. En verdad, es en este último sector de masas donde tiene el apoyo más fervoroso y sólido.

Chávez apareció en 1992 a la luz pública dirigiendo una corriente política nacionalista de las fuerzas armadas, el MBR-200, agrupación militar clandestina fundada por él diez años antes. Pero hoy su sostén más incondicional y decidido reside en esos millones de venezolanos reducidos a la extrema pobreza. Después del fracasado golpe del 11 de abril de 2002, la solidez y unanimidad del pilar militar del chavismo ha estado entre signos de interrogación.

Como veremos más adelante, el apoyo obrero y de las masas urbanas más empobrecidas no es casual. Los motivos de este apoyo de la población pobre a Chávez marcan otra diferencia importante con Kirchner y Lula. Los presidentes de Brasil y Argentina son dos casos típicos de lo que Trotsky definía como el “reformismo sin reformas”. Con modificaciones menores, su gestión sigue el curso general trazado desde los 90, con algunas variaciones obligadas por los cambios de situación (por ejemplo, el Argentinazo del 2001), combinado con un asistencialismo miserable. Chávez, por el contrario, es un reformista que hace reformas. Aunque son limitadas, y no afectan seriamente la propiedad burguesa ni producen una verdadera transformación social ni tampoco una redistribución substancial del ingreso, éstas benefician principalmente a los más pobres.

Experiencias del pasado

Al lector argentino, muchos rasgos del “chavismo” (y de su oposición proimperialista) evocan inmediatamente los del primer régimen peronista, de 1946 a 1955, aunque no los del segundo gobierno peronista de 1973-76, ni menos aún los del actual Partido Justicialista, con Menem (l989-1999), Duhalde (2002-2003) y Kirchner. Este paralelo con el Perón de 1946-1955 también lo hacen en Venezuela varios chavistas [[3]] y hasta el mismo Chávez, que en alguna ocasión se ha declarado “peronista”.  

Y esta comparación no es incorrecta. Lo de Chávez es una reedición tardía (y en un contexto internacional muy distinto) de un tipo de gobierno y de régimen frecuente en los países del Tercer Mundo después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

En América Latina, además del caso arquetípico de Perón, se dieron, entre otros, los gobiernos de los generales Velasco Alvarado en Perú (1968-1975), Torres en Bolivia (1970-1971) y Rodríguez Lara en Ecuador (1972-1976). En otros continentes, entre los más importantes, podemos citar el del coronel Nasser en Egipto (1954-1970), los del Partido Baath en Siria e Irak (del que derivaría años después el régimen de Saddam Hussein), el de Sukarno en Indonesia (1950-1965), etc.

Trotsky, en su exilio de México, tuvo la oportunidad de ver de cerca una experiencia adelantada de este fenómeno político, el gobierno del general Lázaro Cárdenas (1934-1940). Éste expropió los ferrocarriles privados, nacionalizó los hidrocarburos en un duro enfrentamiento con las petroleras imperialistas que impulsaron un boicot internacional contra México, redistribuyó alrededor de 25 millones de acres entre los campesinos pobres, estableció una avanzada legislación social y se apoyó en los sindicatos obreros y las organizaciones campesinas (al mismo tiempo burocratizándolos) para tomar estas medidas y hasta administrar las empresas estatizadas.

“En los países industrialmente atrasados —analizaba Trotsky— el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros. La actual política [del presidente Cárdenas] se ubica en la segunda alternativa...” [[4]]

Este análisis inicial de Trotsky describe bien el mecanismo fundamental y las “oscilaciones” de este tipo de gobiernos. Pero, a la luz de las numerosas experiencias posteriores, habría que añadir o subrayar algunos rasgos importantes a tener en cuenta frente al caso mucho más tardío de Chávez en Venezuela. Entre ellos señalemos:

a) El papel primordial (como en todo gobierno o régimen bonapartista) del aparato del estado, con eje en su sector militar. El aparato burocrático-militar del estado adquiere fuerza propia, actúa como un poder relativamente “autónomo” y con intereses particulares (que no necesariamente coinciden cien por cien con los de su burguesía), y por momentos, como dice Trotsky, pareciera que su gobierno “se eleva por encima de las clases”.

b) Este carácter aparentemente “autónomo” en relación a las clases sociales es consecuencia de un período de agudización de las contradicciones, tensiones y/o enfrentamientos entre la nación y el imperialismo, y entre las clases trabajadoras y populares y la burguesía nacional y el capital extranjero.

c) Estos gobiernos y regímenes —incluso en sus casos más “extremos”, que a veces se dijeron “socialistas”— nunca fueron más allá del capitalismo. En verdad, encaraban tardíamente tareas burguesas democráticas, nacionales o agrarias que los países centrales, imperialistas, habían mayormente resuelto un siglo atrás. En el caso ya mencionado del general Cárdenas, Trotsky señalaba que “la tarea histórica” que intentaba cumplir en México era similar a la de Abraham Lincoln en EEUU el siglo anterior: “limpiar el terreno para un desarrollo democrático e independiente de la sociedad burguesa”.[[5]]

Sin embargo, aunque estos gobiernos se ubicaban completamente en los marcos del capitalismo, buscando un desarrollo nacional independiente de su sociedad burguesa, frecuentemente tuvieron fuertes choques no sólo con el imperialismo extranjero sino también con sectores importantes de sus propias burguesías.

El caso del primer gobierno de Perón, de 1946 a 1955, fue uno de los más notables ejemplos de esa paradoja, que ahora se repite con Chávez. Perón sube al poder enfrentando la oposición no sólo del imperialismo yanqui sino también de la mayoría de la burguesía argentina. En 1955, al ser derribado por el golpe militar-gorila, el antiperonismo de la burguesía ya era prácticamente unánime. Mientras el 99% de los obreros era fanáticamente peronista, el 99% de la burguesía era fervorosamente antiperonista y había ganado a la mayoría de las clases medias para esa posición.

Esa realidad político-social impactó en la izquierda. Muchos elaboraron teorías acerca del carácter no burgués e incluso antiburgués del peronismo,[[6]] un “movimiento nacional y popular” en el cual se borraba la cuestión de clase al ocupar el centro de gravedad el enfrentamiento imperialismo-nación. Simultáneamente se sostenía que, al ser peronistas casi todos los obreros y antiperonistas casi todo los capitalistas, el movimiento justicialista era entonces la única y auténtica expresión política de la clase trabajadora argentina. El tiempo se encargó de poner las cosas en su lugar.

El enfrentamiento con parte de sus propias burguesías de algunos de estos gobiernos que se proponen tareas de desarrollo nacional burgués, se explica por el carácter y las relaciones concretas del capitalismo nativo con el capital imperialista y, también, con sus clases subalternas.

En el curso de su expansión mundial, el capitalismo de los países centrales registró las más diversas relaciones tanto de enfrentamiento como de asociación con las clases o capas sociales dominantes de la periferia que, a veces, eran precapitalistas, en otras ocasiones, burguesas, y en algunos casos una mezcla de ambas raíces. Pero hasta en los casos de colonización más brutal, cuando era el mismo estado imperialista el que gobernaba directamente —India, Indochina, Argelia, África negra, etc.—, siempre el imperialismo estableció algún tipo de asociación con algunos de los sectores dominantes nativos, poniéndolos así a su servicio.

Esto ha variado mucho con el tiempo. Hoy, en la fase de globalización del capital, no es igual que en la época de la reina Victoria. Sin embargo, persiste —y en muchos sentidos se profundiza— el hecho fundamental de diferentes formas de asociación del imperialismo con las clases dominantes nativas para colonizar y explotar a sus propios países (lo cual, por supuesto, no significa que ya existe una sola burguesía mundial “transnacionalizada”, ni que desaparezcan las diferencias y contradicciones). Más adelante veremos cómo y por qué se da concretamente esta sociedad en el caso venezolano.

Además, las clases dominantes del Sur no enfrentan solamente el problema de sus relaciones con los “Grandes Hermanos” del Norte. También tienen que habérselas directamente con las masas trabajadoras y populares de sus países. Los gobiernos bonapartistas “sui generis” consiguieron apoyo en las masas haciéndoles concesiones. Éstas en ocasiones chocaron con los mezquinos intereses inmediatos de las burguesías nativas, aunque esas concesiones fueron hechas con vista a los intereses históricos y de más largo plazo de desarrollo capitalista nacional independiente.

Muchas veces no se trató sólo de que afectaban sus bolsillos, sino asimismo las relaciones de poder. Una característica fundamental de estos regímenes es que expropiaron políticamente a la clase trabajadora y las masas populares. Hicieron todo lo posible para que no tuviesen una expresión política propia e independiente. Pero al mismo tiempo, contradictoriamente, al apoyarse en ellas, las hacían jugar un papel primordial en la vida social y política, lo que no era precisamente del agrado de las burguesías nativas... ni del imperialismo.

Así, Cárdenas y el PRM [[7]] ejercían el gobierno apoyándose en un conjunto de organizaciones obreras y campesinas. Perón mantenía el más férreo control político de la clase obrera por medio de la burocracia de la CGT, reprimiendo toda expresión independiente. Pero simultáneamente a nivel de las empresas daba un cierto poder a las “comisiones internas” y a los delegados de sección, lo que enfurecía a las patronales. Y lo peor es que muchas veces dirimía sus pugnas con otros sectores de la burguesía lanzando a las calles a cientos de miles de trabajadores.

d) Esto nos remite a otro rasgo no menos importante que los anteriores. Apoyarse en la movilización de los trabajadores, los campesinos y los pobres contra las presiones del imperialismo (y a veces de parte de la misma burguesía nativa), exige simultáneamente establecer dispositivos de control político de esas masas. Es que se trata evidentemente de un mecanismo de gobierno peligroso, “anormal” desde el punto de vista burgués, que además, como dijimos, se ha presentado en el Tercer Mundo en períodos de agudización de las tensiones nacionales y sociales .

Por un lado, el gobierno bonapartista “sui generis” necesita sostenerse en las masas y sus movilizaciones. Por el otro lado, necesita impedir que estas movilizaciones se “desborden” y que lleguen a ser independientes. Es decir, que las masas se “extralimiten” y tiendan a establecer un poder propio o por lo menos imponer medidas más radicales Es jugar con fuego.

Esto implica la necesidad de instituir diversos mecanismos de control. Tanto en el régimen de Cárdenas como en los que florecieron en la posguerra, la burocratización de las organizaciones de masas (en primer término los sindicatos) jugó un papel fundamental para ponerles un “chaleco de fuerza”.

Asimismo, el rol primordial que en esos regímenes juega el aparato burocrático-militar y policial del estado establece otro reaseguro. Algunos de estos gobiernos fueron brutalmente represivos contra los intento de sobrepasarlos “por la izquierda”. Tales fueron los casos en Egipto, Irak y otros países del mundo árabe. En cambio, otros, como Cárdenas, fueron más democráticos. Sin embargo, en todos los casos, el aparato burocrático-militar del estado ha sido un factor clave de control, ya sea para dar un oportuno golpe de estado cuando las cosas se desmadran (Perón, 1955; Sukarno, 1965; Torres, 1971), o ya sea para “garantizar el orden” cuando estos regímenes oscilan hacia la “normalidad” y la reconciliación con el imperialismo (México después de Cárdenas, Egipto después de Nasser, Perú después de Velasco Alvarado).

Pero, por encima de los aparatos burocráticos del movimiento de masas y del poder represivo del estado, el principal control político lo establece el rol de árbitro inapelable que juegan generalmente los líderes de estos gobiernos y movimientos políticos. En esos “movimientos nacionales” hay siempre corrientes de “izquierda” y de “derecha”, pero también, por encima de ellas, suele existir un líder incuestionable (Nasser, Perón, etc.), que es quien decide en última instancia. Contra este mecanismo se han estrellado más de una vez las “alas izquierdas” de estos movimientos, cuando intentaron “sobrepasar” sus limitados objetivos burgueses. La triste experiencia del “peronismo revolucionario” con el propio Perón no ha sido para nada excepcional.

II — Crisis y virtual desaparición de estos regímenes y gobiernos, y en general del nacionalismo burgués en América Latina

 Las derrotas del ascenso y de los procesos revolucionarios de los años 60 y 70, la (contra) “revolución conservadora” Reagan-Thacher y los años de ofensiva imperialista global (económica, política, militar e ideológica) durante los 80 y 90, el ciclo descendente de la economía mundial iniciado en los 70 y la respuesta del capitalismo —la globalización para restaurar la tasa de ganancia—, el ruidoso derrumbe de la ex Unión Soviética y la más tranquila restauración capitalista en China (que señalaron el fin del falso “socialismo” burocrático); todos esos hechos marcaron también el fracaso y el final de los intentos de desarrollo más o menos “nacional” o “autónomo” en el Tercer Mundo, que se habían generalizado después de la Segunda Guerra Mundial.

“En varios de esos países —señalamos en un trabajo anterior—, el transplante de industrias sustitutivas de importaciones (y secundariamente exportadoras), que funcionaban según el sistema fordista de las metrópolis, dieron cierto aire de realidad a la mitología del «despegue», teorizada por W.W. Rostow. Así, durante un cierto lapso luego de la Segunda Guerra Mundial, se produjo un importante desarrollo capitalista que, aunque muy desigual, creó el espejismo de que los países atrasados podían seguir la ruta antes recorrida por las metrópolis y tener un “desarrollo propio” e “independiente”.

“Sobre esa realidad económico-social se constituyó en 1955 el movimiento de países «no-alineados» y florecieron las ideologías nacionalistas burguesas del «desarrollo nacional independiente» y el «tercermundismo», que en los casos más extremos llegaron a autoproclamarse como «socialismos nacionales».

“La fase de globalización del capital se caracteriza por la liquidación de todo eso... hemos asistido a la paulatina y finalmente acelerada crisis, bancarrota y/o «apertura» de casi todas las economías capitalistas nacionales estatizadas y (relativamente) «cerradas» de América Latina, Asia y África.” [[8]]

Varias de esas experiencias habían sido conducidas por ese tipo de gobierno que Trotsky había definido como “bonapartismo especial” o “sui generis”, y sus “movimientos nacionales”.

Su fracaso final confirmó un hecho fundamental, ya advertido por el marxismo revolucionario. Los países capitalistas adelantados bloquean el camino para el progreso de los atrasados. Su “desarrollo democrático e independiente” es difícilmente realizable en los marcos del capitalismo. Y hoy la actual configuración “globalizada” del capitalismo mundial tiende a profundizar aun más el abismo entre el “centro” de países ricos, imperialistas, y la “periferia” empobrecida y sometida.

En América Latina, fue especialmente en los primeros años de la década del 90 cuando pareció quedar definitivamente sepultada toda veleidad nacionalista burguesa de “desarrollo independiente”.

Además de otros factores económicos y políticos, en nuestro continente impactó sobremanera el derrumbe de la ex URSS. Tras la caída del Muro de Berlín, el mundo entero fue afectado por la borrachera triunfalista de la burguesía mundial, que celebraba el “fracaso del socialismo” y la consagración del capitalismo en su versión neoliberal como único sistema económico social viable. Pero en otras latitudes de la periferia, por ejemplo en Asia, ni la burguesías nacionales (Corea, Taiwán, India, Malasia, etc.), ni las burocracias reconvertidas al capitalismo (China), aunque navegaban sobre la misma onda globalizadora y neoliberal, aceptaron como catecismo un despropósito semejante al “Consenso de Washington”,[[9]] que hubiera dejado a sus economías totalmente a merced de los capitales del centro.

En cambio, las burguesías latinoamericanas, prácticamente por unanimidad, adoptaron ese catecismo. Creían que así iban a engancharse a una nueva época de progreso capitalista. Lo del “ingreso al primer mundo” gracias a la globalización y la aplicación del programa del Consenso de Washington, fue una propaganda que terminaron creyendo ellos mismos. Pero la "apertura" e inserción del conjunto de América Latina en la economía mundial globalizada fue presentando problemas cada vez más difíciles. Algunos empresarios se enriquecieron, otros perdieron la apuesta y se hundieron, pero lo más importante ha sido que el continente de conjunto marchó hacia el actual desastre.

La actitud política e ideológica de las burguesías latinoamericanas reflejó asimismo los diversos cambios estructurales en sus relaciones con el capital imperialista. Estos fueron la base económico-social para que en los 90 el nacionalismo burgués desapareciera como corriente política significativa en América Latina.

La globalización del capital y especialmente la globalización financiera han facilitado una relativa “fusión” o “integración” de sectores capitalistas de la periferia con los del centro. Tomándose de este hecho, se ha sacado la falsa conclusión de que se han borrado los límites y diferencias entre los capitales del centro y de la periferia, y que han desaparecido las burguesías nacionales latinoamericanas como tal. A esto (en Argentina y otros países) se le ha sumado la tontería de que sería, entonces, necesario recrear una “verdadera burguesía” o “empresariado nacional”.

Descartando estas exageraciones, es sin embargo indiscutible que desde los años 80 y especialmente en los 90 se generaron y/o profundizaron diversas formas de asociación (y subordinación) entre los capitales del centro y las burguesías latinoamericanas. Por ejemplo, mediante el sistema de titularización de la deuda pública, sectores de capitalistas latinoamericanos son tenedores de bonos de la deuda externa de sus propios países, asociándose así con el imperialismo en uno de los peores mecanismos de ruina del continente. Pero esto para nada se reduce al terreno financiero. Es tanto o más importante en la esferas de la producción y el comercio.

A este respecto, podríamos decir que la época actual se caracteriza por dos hechos que aparecen como contradictorios, pero que constituyen una unidad dialéctica: por un lado la contradicción centro periferia, imperialismo-nación, es más tremenda que nunca; por el otro, las diversas formas de asociación y entrelazamiento entre las corporaciones del centro y las burguesías de la periferia es también más estrecha y variada que nunca.

El establecimiento de estos y otros lazos se facilitó además porque, al llegar los años 90, en los principales países latinoamericanos los procesos de concentración del capital ya habían generado un puñado de “grupos económicos” que dominaban las principales ramas de la producción, el comercio y las finanzas. Algunos de esos “grupos económicos” estaban incluso en condiciones de “transnacionalizarse” o ya directamente eran propiedad total o parcial del capital extranjero.

Este conjunto de cambios económicos se combinó asimismo con un debilitamiento significativo de las soberanías nacionales de los estados latinoamericanos. Ha sido un proceso de recolonización, que ahora el imperialismo yanqui quiere profundizar cualitativamente con el ALCA.

En este cuadro, un hecho de especial significación fue la trayectoria de los “movimientos nacionales” que antaño tuvieron algo que ver con esos regímenes y gobiernos que apoyándose en las masas resistieron al imperialismo. Todos, sin excepción, giraron hacia la colaboración con el imperialismo. Los herederos de Nasser en Egipto están hoy, junto con Israel, entre los más fieles servidores de EEUU en la región. El PRI mexicano, continuación del PRM de Cárdenas, encabezó la entrega, firmando el pacto colonial del NAFTA (tratado de “libre comercio” con EEUU y Canadá). Y fue el peronismo de Argentina, con Menem, quien aplicó el Consenso de Washington hasta sus últimas consecuencias, con los resultados conocidos.

III — La combinación original de factores que dio lugar al chavismo

Venezuela ha dado la sorpresa de que, después de un largo eclipse, reaparece en América Latina un movimiento nacional y un tipo de gobierno burgués que se apoya en las masas y en el aparato militar del estado, para querellarse con el imperialismo y con buena parte de su propia burguesía.

Pero, en verdad, la historia nunca se repite, por lo menos en los mismos términos. Por un lado, lo de Venezuela es una reedición tardía de un fenómeno político frecuente en otras épocas, con “mecanismos” de clase similares. Pero, por el otro, sucede en un contexto mundial y latinoamericano muy distinto del que se presentaba en la posguerra. Y ser parte de esa totalidad tan diferente, esta “reedición” no puede dejar de asumir rasgos propios.

Se trata, evidentemente, de un producto del desastre económico social latinoamericano de los últimos veinte años que, en Venezuela, ha tenido una expresión especialmente severa. En ese sentido, se parece a lo sucedido en Argentina. En relativamente poco tiempo (en el caso de Argentina aun más aceleradamente), se produjo un brusco deslizamiento a la pobreza y la indigencia de la gran mayoría de la población.

Ambos eran países que, a diferencia de otros de América Latina, como Brasil, no arrastraban la carga  histórica de la existencia de grandes masas de excluidos. Por sus niveles de vida y empleo, atraían la emigración de los países vecinos; en el caso venezolano, de Colombia. Hasta hace poco más de dos décadas, a Venezuela iban también emigrantes de Europa (Portugal y las Islas Canarias), y profesionales, técnicos y obreros especializados de Argentina, Uruguay y otros países.

Distintos organismos oficiales, privados y de las Naciones Unidas dan cifras diferentes, dependiendo de qué métodos de medida se utilicen, pero todas muestran ese derrumbe brutal. Una de esas mediciones, la del Proyecto Pobreza de la Universidad Católica Andrés Bello, estima que en 1975 la pobreza afectaba al 33% de la población y la indigencia (no tener ingresos para comer lo suficiente) al 15%. En 1995, la pobreza se había duplicado, alcanzaba al 70%, pero la indigencia se había triplicado: llegaba a un 45%.

Otra medición posterior eleva la pobreza al 80% de la población.[[10]] Según el Informe sobre Desarrollo Humano 2000, “de los cinco millones de hogares venezolanos, un millón no cuenta con ingresos para alimentarse. Si se utiliza el criterio de las necesidades básicas insatisfechas, se cuentan 1.300.000 hogares en la pobreza extrema”.[[11]]

Como en el resto del continente, esta catástrofe social es consecuencia de la violenta caída del empleo, del salario y de la calidad del empleo (sólo se crean puestos en el sector “informal”), y también, secundariamente, de la drástica reducción de los gastos sociales del estado en cumplimiento de planes de ajuste.

Asimismo, como en otros países de América Latina, esto motivó protestas y estallidos sociales (como el Caracazo de 1989) e hizo entrar en crisis terminal al antiguo régimen político, basado en la alternancia de Acción Democrática (socialdemócratas) y COPEI (demócrata-cristianos).

Con el Caracazo de 1989, se inicia un proceso de luchas sociales y políticas que, con altibajos y situaciones muy diferentes, en verdad se prolonga hasta hoy. Es en ese proceso de donde surge el “chavismo”, un fenómeno político muy distinto a los generados por las mismas causas en otros países del continente. ¿Por qué esa “originalidad” venezolana?

El cataclismo social latinoamericano agudiza las contradicciones imperialismo-nación, en la medida en que la dominación imperialista exige una transferencia cada vez más asfixiante de recursos bajo distintos mecanismos (pago de la deuda externa, remesas de dividendos de las inversiones extranjeras, fuga de capitales, pagos de servicios, patentes y “propiedad intelectual”, intercambio desigual, etc.). Pero al mismo tiempo, como hemos analizado, son menores los márgenes para que este enfrentamiento se exprese a través de un nacionalismo al viejo estilo de Cárdenas o del primer peronismo. ¿Por qué Venezuela parece constituir una excepción?

El papel colosal del estado en la economía venezolana, base material del bonapartismo chavista

El análisis marxista suele descartar las explicaciones “monocausales”. En los grandes hechos concurren siempre una combinación original de muchos factores contradictorios, estructurales y superestructurales.

La crisis social descomunal a la que nos referimos, la irrupción de las masas con el Caracazo y la bancarrota de los representantes políticos tradicionales fueron ingredientes básicos que se combinaron, abonando el terreno para el posterior desarrollo del chavismo como movimiento nacional, primero, y luego, como gobierno burgués “anormal”,  apoyado en las FFAA y las masas populares más pobres.

Tampoco fue “normal” el nacimiento y los primeros pasos del chavismo como corriente política. Siete años antes del Caracazo, Chávez ya había iniciado su camino como tendencia política clandestina dentro de las fuerzas armadas (el MBR-200, Movimiento Bolivariano Revolucionario, fundado en 1982).

Con su estilo tan pintoresco, Chávez ha descrito esto así: “Podemos decir que [la Revolución Bolivariana] es como la fórmula del agua: H2O. Si decimos que el pueblo es el oxígeno, la Fuerza Armada es el hidrógeno”.[[12]] Esta ha sido, efectivamente, la “fórmula”, pero no sólo en Venezuela sino también en las anteriores experiencias de “bonapartismo sui generis”.

No sabemos en qué medida influyeron en eso los antecedentes históricos de las corrientes castristas que se desarrollaron una generación atrás entre los militares venezolanos y que en los años 60 intentaron dos sublevaciones (Carúpano y Puerto Cabello, en 1962). Son cosas poco frecuentes en los ejércitos latinoamericanos. Entre una de las originalidades de Venezuela a ese respecto, está también el hecho de que Douglas Bravo, el principal líder de la guerrilla castrista de la época y varios de sus comandantes provenían de la oficialidad.

Chávez, en la larga entrevista con Le Monde Diplomatique recién citada, explica la “excepcionalidad” de que en Venezuela existan “militares por un cambio social”. Lo atribuye a varios motivos: origen familiar muy humilde, tradición ideológica de Bolívar (que tuvo una clarividencia genial sobre el papel que jugaría EEUU en relación a América Latina), escasas relaciones con las FFAA yanquis y su “Escuela de las Américas” y, sobre todo, una formación universitaria en ciencias sociales, con lecturas de Marx y Mao Tsetung, y debates sobre temas tales como “el ejército como agente del cambio social”.[[13]] 

El MBR-200 nace como una nebulosa ideológica y política, "para estudiar el pensamiento de Bolívar y discutir sobre la situación del país", según la explicación del propio colectivo. El examen de la “situación del país” se enfocaba inicialmente sobre los latrocinios de los “malos gobernantes”, la dilapidación de los dineros del estado, su aprovechamiento por empresarios corruptos, etc. Estos temas parecen a primera vista un lugar común (pero en última instancia menor) de la política latinoamericana. Sin embargo, en Venezuela adquieren otras dimensiones. Es que el estado tiene allí un peso, un papel económico cualitativamente superior, un papel directo, incomparable con cualquier otro estado latinoamericano.

Este papel colosal del estado en la economía venezolana ofrece una amplia base material (y a la vez crea incentivos y exigencias) para reeditar, en las nuevas condiciones mundiales, una experiencia parecida a las que mencionamos de la posguerra. No sucede así en los demás países latinoamericanos, o por lo menos no alcanza tales dimensiones.

El peso económico directo y dominante del estado se llama, en primer lugar, petróleo, pero también hacen parte de él otras ramas y empresas estatizadas. Veamos algunos números.

En el año 2000, el sector público realizó el 81,80% de las exportaciones de bienes FOB y servicios. Este 81,80% de exportaciones del sector público es la suma de un 77,80% de exportaciones petroleras y un 4,01% de no petroleras. En cambio, las exportaciones no petroleras del sector privado fueron apenas el 10,90% del total exportado.[[14]]

Entonces, es directamente el sector público el que genera el grueso de los ingresos de divisas de Venezuela y el que mantiene las relaciones fundamentales con el mercado mundial. La “iniciativa privada” venezolana no parece muy capaz de producir bienes vendibles en el mercado mundial.

Si consideramos el Producto Interno Bruto, las proporciones son también impresionantes y muy distintas a las de otros países latinoamericanos. Aquí los datos oficiales del Banco Central no desglosan el sector público del privado. Pero tomando cifras del año 2000,[[15]] el rubro “Actividades petroleras” (que son casi totalmente del sector público) vemos que aporta el 27,38% del PIB total. A esto habría que agregar la participación del Estado en los rubros de “Minería”, “Electricidad y Agua” y “Manufactura”, con lo que el porcentaje superaría largamente el 30%.

Pero en la realidad, la verdadera importancia productiva del sector público es cualitativamente mayor. La concepción con que se elaboran las estadísticas del PIB llevan a una exageración del sector “servicios”. Si hacemos la comparación a nivel de las “Actividades Productoras de Bienes”, excluyendo los servicios, el sector “Actividades petroleras” alcanza el 50,47% del total de bienes producidos. Sumando a eso las actividades en otros rubros donde el Estado tenía aún fuerte presencia, el porcentaje del sector público posiblemente oscilaba en el año 2000 entre un 55 a un 60% de las “Actividades productoras de bienes”.[[16]]

El movimiento político y la posterior experiencia de gobierno de Chávez se origina entonces de una combinación tan explosiva como original. A los rasgos comunes con otros países del continente que ya señalamos —crisis social, irrupción de las masas, bancarrota del antiguo régimen político y su partidocracia— se añadían otros muy específicos, como el de un sector militar que discutía acerca de “el ejército como agente del cambio social” (o sea, intervenir en política). Pero lo más importante es que los militares que se planteaban eso eran parte de un estado que ejercía un papel económico colosal, pero que había ido al desastre bajo la administración de los políticos tradicionales.

El enorme rol económico del sector público en Venezuela tiene que ver con su carácter de país petrolero. Es la “gran teta” —expresión popular venezolana— de la que todas las clases sociales tratan de prenderse para obtener su parte de esa renta especial. Este carácter de país petrolero tiene asimismo varias consecuencias políticas, que también concurren a la peculiar combinación de factores de los que nace el chavismo.

En primer lugar, basta fijarse en los países petroleros del resto del mundo para ver cómo en muchos de ellos perduran los “estados fuertes” y/o los gobiernos y regímenes bonapartistas, aunque todos han ido “oscilando” hacia una mayor colaboración con el imperialismo (el coronel Kadhafi, de Libia, ha sido uno de los últimos en tirar la toalla). La administración y reparto de la renta petrolera parece como si exigieran la mediación de este tipo de regímenes.

En segundo lugar, geopolíticamente, producir petróleo no es igual que producir zanahorias. Cuando la primera Guerra del Golfo (1991) contra Saddam Hussein por su ocupación del enclave petrolero de Kuwait, alguien dijo una gran verdad. Que si Kuwait no fuese productor de petróleo sino de zanahorias, EEUU no se hubiese molestado en mandar una flota y un enorme ejército para desalojar a Saddam. Teóricamente, desde el punto de vista abstracto de su valor de cambio, producir —como hace Venezuela—  54.000 millones de dólares anuales en petróleo y derivados [[17]] equivaldría a producir 54.000 millones en hortalizas. Pero desde el punto de vista concreto de su valor de uso, en este caso también su valor geopolítico, es completamente diferente.

Así, las relaciones entre el imperialismo y los países petroleros de la periferia suelen estar “cargadas” de tensiones especiales. Irak es el caso extremo pero no excepcional. La relación centro-periferia ya no se reduce simplemente a la producción de manufacturas en el centro y de materias primas (commodities) en la periferia, como sucedía un siglo atrás. Sin embargo, el petróleo sigue siendo “la” materia prima por excelencia. Es casi la única de la cual hasta ahora no puede prescindir sin que se produzca un derrumbe catastrófico de la producción y la vida social.

Y estas tensiones particulares han ido agravándose, porque la política energética de EEUU (desde antes de Bush) tiende al control directo de las fuentes productoras de crudo (lo que hasta puede incluir la presencia militar, como en Irak, el Golfo y algunas ex repúblicas de la URSS en Asia Central). Es que el imperialismo yanqui ve venirse encima, aunque no inmediatamente, dos probables crisis energéticas. Una, más cercana, por su excesiva y creciente dependencia del petróleo importado, sobre todo de Medio Oriente. La otra, más lejana pero más grave, por el declive de la producción por agotamiento de las reservas mundiales, lo cual hasta ahora no tiene solución con otras fuentes de energía.

En el caso de Venezuela, aunque el petróleo había sido nacionalizado en 1976, el imperialismo, a través de mecanismos que explicaremos luego, en los años 90 estaba a la ofensiva y de hecho sus agentes administraban PDVSA (la petrolera estatal). A caballo de la onda neoliberal y privatizadora entonces de moda, PDVSA estaba siendo “roída” poco a poco. A la baja de los precios del crudo a lo largo de los años 80 se fue añadiendo que la proporción percibida por el estado de la factura petrolera, por motivos “misteriosos”, también se achicaba más y más. Esto era producto de las maniobras conjuntas del imperialismo, de los políticos que gobernaban el país, de los ejecutivos de PDVSA y de los empresarios nacionales y extranjeros que iban prendidos en la cosa. Todos ellos comenzaban abiertamente a propagandizar la “solución”: avanzar cada vez más en la privatización de las actividades petroleras. Al parecer, eso también provocó un elemental reflejo de “defensa nacional” entre sectores de las Fuerzas Armadas, que fue expresado por el chavismo.

Estos factores concurrían de distinta manera al surgimiento y desarrollo del nuevo movimiento nacional. Pero además éste se encontró con un campo relativamente despejado en el terreno político.

Como ya dijimos, la crisis económico social y la irrupción de las masas desde el Caracazo generaron también una grave crisis de representación política. Los dos grandes partidos tradicionales se fueron derrumbando, primero AD y luego COPEI. Se armaron otras alternativas de derecha, algunas serias, como Proyecto Venezuela, que conserva su importancia, y otras de opereta, como la candidatura presidencial de una ex Miss Universo. Pero no fueron suficientes.

El descrédito también fue afectando a las viejas formaciones de la “izquierda” reformista (MAS, Causa R). Quien había sido el líder histórico del MAS, Teodoro Petkoff, no tuvo mejor idea que ingresar como ministro de Economía al gobierno de COPEI (que precedió al de Chávez) para aplicar desde allí las recetas del FMI. Causa R se escindió y algunos terminaron junto a Chávez. El PCV (Partido Comunista de Venezuela) también fue al pie del comandante y allí sigue estacionado.

Por su parte, las corrientes revolucionarias —en primer lugar el trotskismo, con una buena implantación e influencia en los sectores más combativos de la vanguardia obrera y con grandes líderes sindicales, como Orlando Chirino, actual dirigente de la UNT (Unión Nacional de Trabajadores), la nueva central alternativa a la burocracia de la CTV— no tenían las fuerzas ni las posibilidades de presentar una opción creíble a las masas obreras y populares. Recordemos que cuando Chávez inicia su actividad pública, encabezando la sublevación del 4 de febrero de 1992, estaban mundialmente en su apogeo las consecuencias ideológicas de la caída del Muro y el derrumbe de la ex URSS. La “crisis de alternativa socialista al capitalismo” era más fuerte que nunca y se reflejaba en el país.

Por lo demás, en Venezuela, aunque la vanguardia ha sido generalmente de izquierda y “socialista”, la mayoría de las masas trabajadoras y populares apoyaban tradicionalmente a AD y en menor medida a COPEI, mientras una minoría, que llegó a ser importante, hizo ensayos con la izquierda reformista, principalmente Causa R y el MAS. Ahora, las bases en ruptura se pasaban directamente a Chávez.

IV — La Santa Alianza del imperialismo, la burguesía y la meritocracia

Para forzar un cambio de régimen, ha venido funcionando en Venezuela una coalición entre el imperialismo, la mayoría de la burguesía venezolana y  un sector muy peculiar, que se conoce con el nombre de “meritocracia”, y que tiene que ver con el peso monumental del sector público petrolero en la economía. Amplios sectores de las clases medias sirven de masa de maniobra a esta coalición. Pero lo hacen en función de “idiotas útiles”, sin que tengan alguna expresión independiente con peso político significativo. Veamos esto más de cerca, porque también, por contraste, ayuda a iluminar la naturaleza del chavismo.

El desagrado de Washington

Como veremos más adelante, aunque habla de Revolución Bolivariana, Chávez está muy lejos de haber aplicado ninguna medida revolucionaria, de fondo, contra el imperialismo y la burguesía. Hasta ahora no ha tocado una sola de sus propiedades importantes y, aunque se apoya en sectores de masas, se ha cuidado muy bien de que esto genere una alternativa de poder obrero y popular.

Bajo su gobierno, Venezuela provee puntualmente gran parte de los combustibles que consume EEUU, paga religiosamente la deuda externa y ha cumplido también sin chistar los planes de ajuste dictados por el FMI. Incluso, en los primeros tramos de su gobierno, Chávez siguió adelante con medidas privatizadoras de empresas del estado (aunque no del sector petrolero) y con oscuras operaciones en el sector financiero, como fue la privatización del Banco Provincial (la mayor entidad bancaria de Venezuela) en favor del BBVA (Banco Bilbao Vizcaya Argentaria).

Sin embargo, tanto a la burguesía venezolana como a su Amo del Norte el comandante les resulta intolerable. Sus medidas de gobierno en favor de las masas se han reducido hasta ahora a unas limitadas reformas para paliar la abrumadora miseria de los sectores más pobres. Pero ellas han afectado marginalmente los privilegios y los bolsillos de la parasitaria burguesía venezolana. Además, el gobierno ha tratado de recuperar el control de PDVSA, lo que también implica poner ciertos límites a las petroleras imperialistas que, a través de la corrompida burocracia de la empresa estatal, de hecho la manejaban a favor de sus intereses. Asimismo, Chávez denunció la guerra colonial-petrolera contra Irak y se opone frontalmente al ALCA. Y por si esto fuera poco, provee combustibles a Cuba en condiciones de pago generosas.

Por supuesto, no hay un motivo único de estas contradicciones. Pero, dentro de ellas, la actual política mundial estadounidense de “asegurarse” a toda costa las reservas mundiales de petróleo es un factor de importancia. Como hemos mencionado, EEUU quiere establecer controles directos, sin depender de regateos ni problemas con gobiernos más o menos nacionalistas. En cierto sentido y sin que sean lo mismo, las tentativas de golpe en Venezuela son una continuidad de Irak. La oposición abierta de Chávez a la agresión imperialista en Medio Oriente es un lógico reflejo defensivo de quien percibe los verdaderos y más amplios motivos de la política de Washington. El triunfo de la oposición burguesa en Venezuela significaría poner al frente del país a un puñado de vendepatrias, de agentes de EEUU que están públicamente a sueldo del Departamento de Estado. En Argentina o en Brasil, una revelación como esa incineraría a cualquier político. Pero los de la Coordinadora Democrática ni se inmutan. En eso se parecen a los títeres del “gobierno iraquí” que EEUU hoy trata de montar en Bagdad.

La llegada al poder de esa pandilla significaría retomar el curso privatizador de PDVSA que, como veremos, marcó las gestiones anteriores. En cierto sentido, Chávez ha cumplido un rol defensivo del petróleo y de la renta petrolera, que poco a poco se fue escapando de las manos y del control del estado, a pesar de que formalmente, desde 1976, a través de PDVSA, es su propietario. Y, para bien o para mal, el estado y el conjunto de la sociedad venezolana siguen dependiendo de la renta petrolera. Su reparto ha sido y es el centro de un dura disputa, aunque esto se presente a veces “velado” bajo otras apariencias y discursos.

Pero la oposición del imperialismo yanqui no sólo tiene que ver con factores económicos y geopolíticos, sino también específicamente políticos. Al igual que las burguesías latinoamericanas, Washington abomina de todo lo que aparezca como “demagogia” o “populismo”. Por limitadas que sean las concesiones y las medidas de los gobiernos bonapartistas “sui generis”, ven algo peligroso en este tipo de regímenes, que se apoyan (relativamente) en la movilización popular y que basados en ella pretenden cierto grado de independencia.

El modelo de Washington para dominar su patio trasero latinoamericano es el de la “democracia” colonial, un régimen hoy bastante en crisis. El Departamento de Estado prefiere, naturalmente, la pasividad total de las masas. Y que cada cuatro o cinco años, los ciudadanos vayan a votar como zombis a dos o tres candidatos aprobados por Washington y “vendidos” por la TV, de la misma manera que se venden jabones o alimentos para perros.

Por eso, aunque Chávez ha ganado varias elecciones seguidas, el imperialismo lo clasifica como “antidemocrático”, y, en cierto sentido, tiene razón, porque efectivamente preside un régimen burgués pero diferente de la “democracia” colonial al uso en América Latina.

La lumpen-burguesía venezolana

Junto con el imperialismo yanqui, el segundo socio de esta Santa Alianza es la mayoría de la burguesía venezolana, clase que presenta rasgos propios.

Décadas atrás, Andre Gunder Frank usó el concepto de “lumpen-burguesía” en referencia a las clases dominantes de América Latina. Inicialmente, Gunder Frank caracterizaba como tal a la burguesía comercial y terrateniente del Sur de EEUU que vivía de producir materia prima (algodón) mediante el trabajo esclavo para la industria textil de Inglaterra, el capitalismo más avanzado de su época. Con Lincoln, la burguesía industrial del Norte la aplastó en la Guerra Civil de 1861-65, garantizando así el vertiginoso desarrollo capitalista independiente de los EEUU. Para Gunder Frank, en los países de América Latina se habrían producido luchas similares, pero con desenlace opuesto. Sus consecuencias fueron el atraso y la dependencia de nuestros países.

Esta concepción de Gunder Frank ha sido muy debatida y es efectivamente muy discutible. Pero, más allá de esos antiguos debates sobre los que no estamos en condición de pronunciarnos, nos parece que si buscáramos en América Latina un ejemplo de lumpen-burguesía, la de Venezuela se acerca bastante al modelo. Sólo que en su caso no se trata del oro blanco, el algodón, sino del oro negro. Y, para colmo, ni siquiera es ella quien lo produce directamente, como hacían los terratenientes-esclavistas del Sur, sino que se ha limitado a apropiarse de la renta petrolera. Si hay algunas palabras que diversos autores, de izquierda y derecha, suelen usar cuando estudian a esta burguesía, son los términos “rentistas” y, también, “parasitismo”.

El proceso de concentración del capital —uno de los rasgos principales de la actual fase de globalización— en Venezuela ha llevado, por un lado, a una extrema concentración de riqueza y, por el otro, a una fenomenal extensión de la pobreza, enflaqueciendo cada vez más el porcentaje de sectores medios. Sólo el 5,4% de la población se ubica en los estratos I y II de alta y mediana burguesía y apenas un 14% en el estrato III de clase media.[[18]]

En la cúspide de la pirámide están unos 31 grupos económicos, encabezados por el grupo Polar (10.000 millones de dólares), el grupo Gustavo y Ricardo Cisneros (9.000 millones de dolares) y el grupo Oswaldo Cisneros (8.500 millones). En total, los 31 grupos manejan capitales por 151.000 millones de dólares, mientras que la deuda externa de Venezuela, ya en la década pasada, rondaba los 30.000 millones.[[19]]

¿Cómo han hecho sus fortunas? Ya en los años 30, cuando la renta petrolera percibida por el estado se hacía cada vez más importante, se formuló la idea de “sembrar el petróleo”. Es decir, de invertir sus ganancias en otras actividades productivas que promovieran el desarrollo y progreso de Venezuela y le permitieran superar su condición de monoproductor de hidrocarburos, que ya se intuía problemática.

¿Pero cómo “sembrar el petróleo”? “Emerge la idea de utilizar el ingreso petrolero para el desarrollo industrial y agrícola del país venezolano merced a una política que tiende a facilitar crédito a los empresarios capaces... Mientras el gobierno capta el ingreso petrolero en forma de impuestos y los distribuye sobre todo a los empresarios «expertos de la inversión», ellos mismos empiezan a formar parte del grupo gobernante... Se justifica por lo tanto la consolidación de grandes grupos asociados a familias, como los grupos económicos, tradicionalmente importadores en su mayoría, Polar, Cisneros, Mendoza, Boulton, Blohm, Phelps, Tinoco, Vollmer que diversifican y amplían sus actividades. Se apropian de una parte sustancial de la renta petrolera, y colocan fuertes capitales tanto dentro de la economía del país como en el exterior.” [[20]]

Otros estudios definen a este sector social como “los capitalistas-rentistas... Tal es el caso de Venezuela, donde se ha organizado un sistema distributivo controlado por los funcionarios del estado y los políticos que han adquirido poder con una gran variedad de formas de distribuir la renta petrolera. Ello ha conducido a la formación de sectores empresariales (Fedecámaras, Conindustria, Consecomercio, Cámara Petrolera de Venezuela, PYMI)... En el caso de las empresas, se encuentran también filiales de grandes corporaciones internacionales (tipo General Motors o Procter & Gamble)”.[[21]]

Décadas después, se puede verificar que la “siembra del petróleo”... en las arcas de la burguesía no ha variado en lo más mínimo la condición de país monoproductor y, además, ha hundido en la más espantosa miseria a la mayoría de la población.

Hasta en términos estrictamente capitalistas, esta lumpen-burguesía es indefendible. Cómo hemos visto en las cifras del comercio exterior, luego de 70 años de ser “regada” por el estado con decenas de miles de millones de dólares, no ha sido capaz de hacer florecer ramas competitivas capaces de igualarse y sustituir al petróleo y diversificar la inserción del país en el mercado mundial. Y su performance no ha sido mejor dentro del país que fuera de él. Basta un solo dato: aunque sobran tierras potencialmente productivas, Venezuela debe importar gran parte de los alimentos. Esto implica una tragedia para las clases populares cada vez que una devaluación dispara automáticamente los precios de los comestibles.

Pero este papel central de “los funcionarios del estado y los políticos” en el “sistema distributivo” de la renta petrolera sufre cortocircuitos con el nuevo régimen. Ya no son “los políticos” sino los nuevos funcionarios militares y civiles del aparato del estado quienes pasan a “distribuir”.

El nuevo régimen no toma las medidas revolucionarias que esta lumpen-burguesía merecería, ni expropia un centavo de sus bienes mal habidos. Pero el mencionado “sistema distributivo” ya no funciona exactamente igual que antes. ¡Además, Chávez comete contra ella varios agravios, como querer que pague impuestos directos, algo que prácticamente nunca hizo en la historia!

Su asociación con el imperialismo yanqui es estructural y no nace hoy por la necesidad coyuntural de enfrentar juntos a Chávez. Viene de muy lejos. Buena parte de la “siembra de petróleo” en los bolsillos de la burguesía se fugó del país y está invertida en EEUU.

Un personaje emblemático de estas íntimas relaciones económicas y también políticas de la burguesía venezolana con EEUU es Gustavo Cisneros, cabeza del segundo grupo económico del país y clasificado como el hombre más rico de América Latina, después del mexicano Carlos Slimm. La familia Cisneros fue construyendo su fortuna desde hace más de medio siglo mediante los contratos y créditos del estado, y sobre todo su especial asociación con la dirigencia de Acción Democrática. Hoy, las inversiones de Gustavo Cisneros desbordan Venezuela. Allí es dueño de Venevisión. Pero fuera del país posee Univisión, la principal cadena hispana de Estados Unidos, y es socio y/o dueño de America On Line (AOL), Direct TV Latin,  Play Boy TV Latin America, ChileVisión, Caracol Televisión de Colombia, etc. Está también asociado a Coca-Cola y otras empresas norteamericanas y posee o controla más de 70 compañías en 40 países. A nivel político, es miembro de varias de esas instituciones de la burguesía norteamericana que “aconsejan” al Departamento de Estado, como The Americas Society (Sociedad de las Américas), donde se codea con David Rockefeller y William R. Rhodes del Citibank.[[22]]

Al mismo tiempo, Cisneros encabeza la oposición golpista, junto con los directivos del grupo Polar. En varias ocasiones hasta ha presidido personalmente sus reuniones. Las pantallas de Venevisión son una cloaca de mentiras, desde donde se aterroriza a las clases medias acerca del peligro del castro-comunismo que se ha apoderado del gobierno.

Los estrechos lazos con EEUU —no sólo económicos y políticos sino también más ampliamente culturales y ideológicos— no se limitan a esa oligarquía de las 31 familias y sus grupos económicos. Desde esa cúspide se van “derramando” hacia las capas menos pudientes de la burguesía y también de sectores de las clases medias. Tiene que ver con sus bolsillos, pero también con su psicología. Para ellos, el imperialismo yanqui es como el sol que los alumbra, y Miami un suburbio del Paraíso Terrenal.

La meritocracia, una originalidad venezolana

Si la burguesía presenta rasgos peculiares, el otro miembro de esta Santa Alianza es una originalidad venezolana. Se trata de una capa social conocida con el nombre de “meritocracia”. Son los componentes del aparato gerencial de PDVSA, la empresa estatal petrolera.

En el 2001 no eran 31 familias sino 870 personas (¡650 de ellas en Caracas, donde no se produce ni refina petróleo!), que ese año cobraron salarios por 208 millones de dólares. Es decir, un promedio de 239.000 dólares por cabeza. Pero esa cifra no lo dice todo. Algunos de estos “trabajadores” ganaron hasta 4.000.000 millones de dólares ese año.[[23]]

Esos fueron en el 2001 los ingresos legales de esta capa gerencial. Dejamos librada a la imaginación de nuestros lectores sus ingresos “por debajo de la mesa”, en sus tratos diarios con los políticos, los empresarios venezolanos y, sobre todo, con las empresas y petroleras imperialistas.

Sobre esta capa social se han hecho varias teorizaciones. Algunos la comparan con la nomenklatura de la ex Unión Soviética, pero no en su rol gubernamental, sino por el lugar que ocupaba en el aparato productivo del estado, sus funciones como administradores del mismo, y sobre todo su tendencia a escapar del control del propio estado “propietario”.[[24]] Comparación que de ninguna manera es descabellada.

En el marxismo, y también fuera de él, se ha especulado mucho acerca de las relaciones entre los propietarios y los administradores del capital o sectores gerenciales, importante problema ya considerado por Marx. Hoy, algunos marxistas como Dúmenil y Lévy ven en los cambios producidos en esta relación un componente fundamental del capitalismo actual.[[25]]

Efectivamente, existe una tendencia de los administradores a tornarse “autónomos” (tanto mayor cuanto más gigantescas son las corporaciones). Por otra parte, sus intereses no coinciden cien por cien con los de los propietarios. Hay pujas por las remuneraciones gerenciales. Los frecuentes escándalos en las grandes corporaciones acerca de la falsificación de la contabilidad por los ejecutivos para “dibujar” ganancias inexistentes es otra expresión notoria. Sin embargo, y a través de todos los escándalos, la última palabra la tienen finalmente los propietarios. El capitalismo sigue siendo capitalismo.

En Venezuela, con PVDSA, pareció que se había cumplido el sueño de la absoluta independencia gerencial. PDVSA es una sociedad anónima cuyas acciones tienen un único propietario, el estado venezolano. Pero, al mismo tiempo, PDVSA es un gigante en relación al aparato del estado, incluidas sus fuerzas armadas. No se trata de una relación de igual a igual. Esto debe haber sido muy desagradable para los sectores militares del aparato estatal, porque además ellos estaban desplazados de las relaciones con PDVSA, papel reservado a los políticos y altos funcionarios civiles. Chávez se ha referido a PDVSA como la colina que no había podido tomar en casi cuatro años de gobierno.[[26]]

A mediados de la década pasada, PDVSA ocupó el segundo lugar entre las 50 empresas petroleras más grandes del mundo, según una clasificación que toma en cuenta varias medidas: cantidad de reservas y producción de crudo y gas, capacidad de refinación y volumen de ventas.[[27]] Esto posiblemente haya sido algo exagerado. Una clasificación posterior, de 1999, con otros criterios, la ubica en el lugar número once, lo que de todos modos es extraordinario.[[28]]

Existe una cuestión de proporciones entre PDVSA y su propietario, el estado. Como ya dijimos antes, la factura petrolera consolidada de PDVSA, antes del paro patronal de fines del 2002 e inicios del 2003, se ubicaba, con oscilaciones, en unos 54.000 millones de dólares anuales.[[29]] Pero los ingresos corrientes ordinarios del estado llegaban, según el presupuesto del 2003, a algo más de 19.000 millones.[[30]] ¡PDVSA casi lo triplicaba en ingresos!

Como señalamos, el estado era el formal propietario de PDVSA, pero había prácticamente perdido el control sobre ella. So pretexto de que los intereses partidistas no perturbasen el funcionamiento de la gran empresa petrolera, la administración de PDVSA era (y es) ejercida por esa capa gerencial que se cooptaba a sí misma —supuestamente— por sus “méritos”, y no por influencias políticas. De allí la palabra “meritocracia”. Pero estas santas intenciones tenían tanto que ver con la realidad, como Jesucristo con los Papas de la época de los Borgia. En verdad, la meritocracia iba reemplazando cada vez más al estado en su función de distribuidor de la renta petrolera.

En primer lugar, los balances de PDVSA y en general sus operaciones económicas y financieras eran un misterio insondable, sobre todo si se realizaban en el exterior, donde la petrolera venezolana había extendido extraordinariamente sus operaciones. Por ejemplo, Citgo, la filial en EEUU de PVDSA, tiene el 10% del colosal mercado norteamericano. En otros países, PDVSA también ha comprado refinerías y establecido empresas propias o sociedades con otras petroleras.

Existe lo que un profesor venezolano llama púdicamente “la nube de misterio” que envuelve a PDVSA. Como ejemplo cita una anécdota. A mediados de los 80, en el Congreso venezolano, corrían datos de que la compra por parte de PDVSA de acciones de una refinería de EEUU había sido una monumental malversación. El presidente de la República, Jaime Lusinchi, pidió explicaciones al presidente de PDVSA. Éste, simplemente, le cerró la puerta en las narices, alegando la necesidad de mantener el secreto operativo frente a la competencia. Y el presidente de Venezuela se calló la boca frente al presidente de PDVSA.[[31]] En una sociedad anónima “normal”, un incidente similar entre el principal accionista y el presidente del directorio terminaría en su inmediato despido. Con PDVSA sucedía lo opuesto. Esa era la relación de fuerzas entre la meritocracia y el resto del aparato del estado.

En medio de esta “nube de misterio”, no es de extrañar que los aportes de PDVSA al estado (tributos fiscales petroleros) fueran mermando de año en año. Al comenzar sus operaciones, en 1976, PDVSA tributaba al estado el 74,4% de total de sus ingresos (la factura petrolera). ¡En el 2000, el tributo se había reducido al 23,2% de sus ingresos![[32]] Hay que comprender en toda su magnitud el desastre que esto significaba para un país que vive de la renta petrolera. Esto funcionó como el detonador de la crisis económica, social y política del país

Para eximirse de responsabilidades, la meritocracia alegaba las oscilaciones y caídas en los precios del crudo, lo que es verdad. Pero estas variaciones de precios no impedían a otras petroleras estatales mantener su proporción de aportes al estado. En el 2000, los ingresos totales de Pemex (la petrolera estatal mexicana) totalizaron 50.300 millones de dólares, de los cuales pagó 29.000 millones al gobierno. Ese mismo año, los ingresos de PDVSA fueron de 54.000 millones, pero el estado venezolano recibió sólo 11.300 millones.[[33]] Otra disculpa de la meritocracia era el carácter “pesado” y “amargo” del crudo venezolano, lo que impone mayores gastos de procesamiento. Sin embargo, nunca se presentaban cuentas claras de estos problemas operativos.

Pero la catástrofe iba más allá de las cifras de caída de los tributos de PDVSA al estado. La meritocracia no se limitaba a lo que un especialista petrolero venezolano caracterizó bien como “estafa continuada y agravada”, en la que también participaban a manos llenas empresarios venezolanos y extranjeros como subcontratistas, “tercerizados”, proveedores, etc.[[34]] Además, la meritocracia conducía PDVSA en estrechas relaciones con las petroleras norteamericanas y la Shell, y se ubicaba en los carriles de la política energética de Washington. Esto tuvo dos graves consecuencias, entre otras.

La primera fue que PDVSA rompió los acuerdos tomados en la OPEP (Organización de Países Productores de Petróleo), excediendo su cuota de producción y favoreciendo así la caída de los precios, como deseaba el imperialismo. La segunda, más grave aun, es que a través de distintos mecanismos —tercerización y otros— comenzó de hecho la privatización “en cámara lenta” de PDVSA. Aunque se movían con “pies de plomo” por lo sensible del tema, en los 90, tanto la meritocracia como los políticos y las entidades empresarias ya planteaban eso más o menos abiertamente. Se hablaba de “desregulación” y “desreglamentación”, pero se sabía lo que significaba.

En la segunda embestida contra Chávez (el paro patronal del 2 diciembre del 2002 al 2 de febrero del 2003), la meritocracia estuvo a la vanguardia. Su ideólogo más notorio, Luis Giusti (que había presidido PDVSA durante el quinquenio 1994-1999), se jactó públicamente de que al paralizar PDVSA Chávez caería en unos días. Su derrota fue un golpe muy duro para este sector. Sin embargo, estructuralmente, no ha habido en PDVSA un cambio verdaderamente radical. Esto tiene que ver con el capítulo siguiente, el balance de las políticas del chavismo y su caracterización.

V — ¿Reforma o Revolución?

Frente a fenómenos políticos como el de Chávez, el marxismo revolucionario —no el marxismo de las sectas ni tampoco el de los oportunistas— ha tenido posiciones muy abiertas y nada sectarias. Pero también, al mismo tiempo, independientes y ajustadas a lo que esos fenómenos son realmente.

Así, Trotsky, como ya vimos, comparaba el papel histórico de Cárdenas con el de Abraham Lincoln. Pero, al mismo tiempo, formulaba una clara caracterización de su gobierno, y planteaba a la vanguardia y a los trabajadores una política independiente. Frente al ataque del imperialismo por la nacionalización del petróleo, Trostky sostenía: “La causa de México, como la causa de España [en guerra civil contra el fascismo], como la causa de China [invadida por el imperialismo japonés], es la causa de la clase obrera internacional”. Pero simultáneamente decía: “El proletariado internacional no tiene ninguna razón para identificar su programa con el programa del gobierno mexicano. Los revolucionarios no tienen ninguna necesidad de cambiar de color...” [[35]]

Creemos que se impone decir algo parecido en relación a Venezuela y a Chávez. La causa de Venezuela y su pueblo es la causa de la clase obrera internacional y también de todos los pueblos y naciones oprimidas y explotadas por el imperialismo. Pero no hay ninguna razón para identificar nuestro programa con el de Chávez. Los revolucionarios no tenemos ninguna necesidad de cambiar de color.

Como es sabido, Chávez se reivindica revolucionario. Encabeza un proceso político al que denomina “Revolución Bolivariana” y, más allá de cualquier otra consideración, es evidente que se ha ganado el odio de casi todos los explotadores de su país y del imperialismo norteamericano. Además, ha conquistado el apoyo de gran parte de la clase obrera y de la mayoría de la población pobre de Venezuela.

Pero hasta ahora su Revolución Bolivariana no ha ido más allá de algunas modestas reformas. Ellas, indudablemente, han beneficiado a los más pobres. Pero, como ya señalamos, no han prácticamente alterado la distribución del ingreso, ni mucho menos la propiedad y el poder, que son lo que realmente cuenta si se quiere hablar de revolución.

Un reformismo que hace reformas

A diferencia de Lula, Kirchner y otros estafadores, Chávez encabeza un reformismo que de verdad ha intentado efectuar ciertas reformas.

En noviembre del 2001 dictó un paquete de 49 leyes, que provocaron una violenta oposición de la burguesía. Una de las más rechazadas, la Ley de Tierras, establece el derecho de todos los venezolanos adultos a solicitar un terreno para su familias. En principio, esto sería tomado de fincas de propiedad del Estado, que son muy grandes y tienen la mayoría de la tierra cultivable. Pero estos terrenos del estado son frecuentemente revindicados por los grandes terratenientes, que se apoderan de ellos por la fuerza. En el 2003, el estado distribuyó tierras a 130.000 familias, que reúnen a unas 650.000 personas.[[36]]

Otra ley de reforma urbana da los títulos de propiedad a los que han ocupado terrenos, y también distribuye tierras del estado. Asimismo, se ha impulsado la formación de comités de tierra, para encarar colectivamente la instalación de servicios de agua, electricidad, etc.

La Ley de Pesca prohíbe a las grandes empresas pesqueras operar a menos de 10 millas de la costa, lo que protege a los pescadores artesanales, numerosos en Venezuela.

La Ley de Hidrocarburos fue muy objetada dentro del propio chavismo porque abre la puerta al capital privado en algunas operaciones, pero al mismo tiempo significó “un freno al proceso de privatización de PDVSA” y también un intento de poner coto al escándalo de la disminución de los tributos al estado.[[37]]

Simultáneamente, Chávez ha intentado poner en marcha proyectos de “economía social”, según los denomina. Esta “economía social” asume varias formas, pero en general consiste en “la promoción de cooperativas y microcréditos” según “el modelo del Banco Grameen de Bangladesh”. “Venezuela tenía sólo 800 cooperativas cuando Chávez llegó al poder, y se estima que ahora hay alrededor de 40.000, un incremento de 50 veces más”.[[38]]

Debemos acotar que las “microempresas”, los  “microcréditos” y los “bancos de los pobres” que toman como modelo al de Bangladesh, son medidas que el Banco Mundial desde hace muchos años recomienda para paliar la pobreza en el Tercer Mundo... sin afectar la propiedad de la burguesía y las corporaciones, y librando al estado de mayores gastos sociales. Además, en los países donde esto funciona con “eficiencia”, el resultado es la constitución de circuitos “periféricos” de las corporaciones, que abaratan tanto la producción como la distribución. En Bangladesh esto es notorio en la industria de la confección.

En Venezuela, estos proyectos de “economía social” no se hacen sobre la base de tomarse empresas de la burguesía, ni siquiera cuando la patronal las cierra. Después que el 2 de diciembre del 2002 los patrones iniciaron su paro de dos meses, Chávez amenazó con la ocupación por los trabajadores de toda empresa que cerrara. Pero esto quedó en palabras, y su gobierno generalmente se ha opuesto a que los obreros y empleados ocupen y pongan en marcha las empresas en problemas.

Probablemente las medidas más amplias de “lucha contra la pobreza” de Chávez se han dado combinadas con la educación. En ese terreno, la caída en la pobreza de la mayoría de la población había puesto también en bancarrota al sistema educativo.

Chávez duplicó el presupuesto de educación e implementó los programas de “escuelas y guarderías bolivarianas”. Éstas no sólo dan enseñanza sino también comida, desayuno, almuerzo y merienda regulares, que antes muchos niños pobres no recibían. Muchos hogares pobres están constituidos sólo por una madre y a veces sólo por un padre. El horario extendido de estas escuelas y guarderías les permite ir a trabajar sin dejar abandonados a sus hijos. Podríamos seguir citando otras medidas por el estilo, a nivel de la educación media y universitaria.

El resultado de todas estas políticas refleja bien el carácter del chavismo. Los índices de pobreza no han descendido. Siguen en el mismo nivel o incluso según algunos han empeorado. Sin embargo, ha mejorado el IDH (Índice de Desarrollo Humano), que comprende salud, educación, escolarización, alfabetización, etc.[[39]] O sea, pobreza con paliativos.

El reformismo de Chávez no ha pasado de esos límites. Incluso, comparado con sus predecesores (por ejemplo, Cárdenas, o Nasser, que estatizó la mayor parte de las ramas no agrarias, o Perón, que no expropió gran cosa pero impuso una verdadera redistribución del ingreso), Chávez aparece mucho más atrás.

Antes dijimos que la historia nunca se repite, por lo menos de la misma forma. Los regímenes de posguerra similares al de Chávez, actuaron en una etapa en la cual, dentro de ciertos límites, el capitalismo tenía mayores márgenes de concesiones. En los países centrales, esto se reflejó en la conformación del “estado de bienestar social”. En los países más “prósperos” de la periferia (como Argentina y la misma Venezuela), sucedió algo parecido aunque en menor escala. Ahora, la modestia de las reformas del chavismo y la enfurecida oposición que provocan en el imperialismo y la burguesía, reflejan los insignificantes márgenes del capitalismo globalizado para otorgar “conquistas”. Sin una ruptura revolucionaria con el capitalismo, poco y nada pueden lograrse hoy.

La revolución, la propiedad y el poder

Incluso esas modestas reformas de Chávez van a estar siempre pendientes de un hilo si no se resuelve el problema revolucionario de la propiedad y el poder. Con mucha razón, Trotsky señalaba que el problema de la revolución tiene que ver en resumidas cuentas con qué clases sociales disponen de la propiedad y de las armas. En suma, se trata de la cuestión del poder. Y esto ha sido así en todas las revoluciones. También fue así en la que Chávez dice inspirarse, la que encabezó el gran revolucionario Simón Bolívar.

En concreto, mientras los 31 grupos económicos sigan siendo los dueños del país, en Venezuela no se habrá producido ninguna revolución, e incluso las limitadas reformas de Chávez estarán siempre en cuestión. Si los trabajadores y las masas populares no arrancan de las manos de los 31 grupos las propiedades que esta lumpen-burguesía ha acumulado en medio siglo de robarse la renta petrolera gracias a sus agentes políticos en el estado, no sólo no habrá una revolución sino que tampoco habrá reformas (en serio).

Lo mismo hay que decir en relación al petróleo, la principal riqueza del pueblo venezolano. Si la gran empresa que lo produce, PDVSA, sigue administrada por una capa de gerentes que sólo rinden cuentas a sí mismos, al final poco habrá cambiado. 

La derrota del paro patronal iniciado en diciembre de 2002 probó que los trabajadores pueden gestionar la gran empresa estatal: “Los trabajadores y obreros de la industria no abandonaron sus puestos de trabajo —relata un testigo—... Sin contar con los gerentes, asumieron el control operacional de la industria; tomaron las instalaciones cerradas, poniendo a funcionar las actividades paralizadas, reactivando las operaciones, comunicándose con las gasolineras que estaban dispuestas a recibir lo refinado... Fue la actividad decidida de la clase obrera y el resto de los trabajadores petroleros lo que garantizó la producción y la reactivación de la industria... El método utilizado para garantizar esta magna tarea fue profundamente democrático: asambleas y discusiones donde deliberaban cómo controlar la producción y en algunos casos la distribución... ¡Hubo control obrero en PDVSA!” [[40]]

Luis Giusti, el líder de la meritocracia, había dicho días antes: “Si PDVSA se para, el gobierno cae”. ¡Y tenía razón! Si Chávez no cayó, fue porque PDVSA no se paralizó. Y eso se debió en buena medida a la movilización de los trabajadores, que impuso el control obrero.

Pero, apenas pasado el peligro, Chávez no sólo acabó con los inicios de control obrero, sino que reorganizó la gerencia de PDVSA haciendo regresar a muchos de los que participaron del sabotaje. Y al significado político de esas medidas, hay que añadir que sólo el control obrero podría despejar del todo la famosa “nube de misterio” que envuelve PDVSA, sus operaciones y su contabilidad, y tras la cual se le roban al pueblo venezolano miles de millones de dólares.

Lo de PDVSA no es una anécdota menor, sino una radiografía exacta de la naturaleza del chavismo y de su política para nada revolucionaria. Es que admitir el control obrero en PDVSA y apoyarse en él para barrer por completo a la meritocracia significaba pasar una frontera de clase.

Pero quizá lo más revelador del carácter del chavismo ha sido su política ante los sucesivos intentos de golpe. No es en las épocas de desarrollo pacífico sino en los momentos de crisis donde se revela la verdadera naturaleza de las corrientes políticas y los líderes. En este caso, Chávez repitió la conducta no casual de varios de sus predecesores, como Perón, Torres y tantos otros.

El golpismo proimperialista fue categóricamente derrotado en dos ocasiones, en abril de 2002 y a principios de 2003. Y lo fue gracias principalmente a la movilización de las masas trabajadoras y pobres de Venezuela, y también a la oposición de un sector de las fuerzas armadas. ¿Pero por qué, a los pocos meses, la reacción puede volver a ponerse de pie y redoblar el ataque, como si nada hubiese pasado?

Muchos partidarios incondicionales de Chávez lamentan que, después de ambas victorias, no tomó medidas para explotarlas, terminando de aplastar al enemigo vencido (como es el “abc” en términos militares). Uno de ellos lo sintetiza bien, diciendo que Chávez administró los triunfos como si fueran derrotas: “el gobierno se rindió ante un enemigo derrotado”.[[41]] ¿Pero a qué se debe eso? ¿El coronel Chávez, uno de los más brillantes alumnos de los cursos de la Escuela Superior del Ejército, olvidó esas reglas, que son similares en la guerra y la política? Para contestar esta pregunta, se pueden hacer teorías psicológicas (que abundan en los textos chavistas “críticos”) o se puede intentar una respuesta marxista.

Otro partidario fervoroso de Chávez hace las siguientes reflexiones acerca de su actitud ante los empresarios y la meritocracia que intentaron varias veces derrocarlo: “El pueblo derrotó la conspiración y derrocó al fascismo [se refiere al “gobierno” del golpista Carmona, presidente de la central patronal Fedecámaras, que duró apenas unas horas]. Trae de vuelta a Chávez. Y lo insólito es que quien debía aplicar mano dura [Chávez] viene abrazando un Cristo y restituyendo una junta golpista petrolera que había sido la médula del golpe... [...] Siguen en libertad todos los que prepararon la masacre de abril [de 2002] y el golpe petrolero [diciembre 2002-febrero 2003]. Todos, los dueños de los medios de comunicación, Carlos Ortega, Carmona, en fin, la cárcel es para los pobres... ¿Cómo es posible que quienes atacaron y suplantaron un régimen democrático por un gobiernillo de facto estén libres? ¿Cómo es posible que quienes asesinaron de hambre a este pueblo en diciembre [de 2002] ... anden hablando libremente?” Una de sus hipótesis es que “el presidente [Chávez] es una reencarnación de Gandhi...” [[42]]    

Pero en otra parte de estas reflexiones da más en el clavo, aunque sin advertirlo: “Chávez cometió la omisión que tanto criticó Eva Perón al general Perón en Argentina: no armó al pueblo. «Los generales son rameras por el dinero, gente de derecha que te va a traicionar. Armá a los trabajadores», decía Evita”.[[43]]

Esta anécdota es formalmente falsa. Evita jamás dijo tal cosa y además murió antes de que se planteara el problema del golpe. Pero de contenido es verdadera. Ante el peligro de golpe gorila en 1955, la formación de las milicias obreras fue propuesta públicamente a Perón por la CGT. Éste la rechazó de plano. Y en el último y final intento de golpe, Perón se rindió sin luchar, aunque hubiese podido derrotarlo fácilmente... si convocaba y armaba a las masas trabajadoras. Prefirió caer.

Pero no fue ninguna “omisión”. Esta historia se ha repetido infinidad de veces. Por ejemplo, con el general Torres en Bolivia (1971), con Sukarno en Indonesia (1965), etc., etc. No son “Gandhis”. Son dirigentes burgueses consecuentes y fieles a su clase. Hacer otra cosa, armar y movilizar a los trabajadores y las masas populares para aplastar definitivamente los embates de la burguesía hubiera significado pasar una frontera, un límite de clase. Hubiese significado poner en pie otro poder, un poder obrero y popular. O sea, comenzar a hacer, en serio, una revolución.

No se puede acabar con la contrarrevolución “fascista” sin una política revolucionaria

En los medios “chavistas” se suele caracterizar a la oposición burguesa y proimperialista como “fascista”. Aunque esto no es exacto, la contrarrevolución burguesa y proimperialista comparte con el fascismo “clásico” un rasgo importante, que moviliza a sectores desesperados de las clases medias contra los trabajadores y los pobres.

¿Pero por qué la oposición burguesa ha logrado esto? En Venezuela se repite un mecanismo que se ha dado infinidad de veces en la historia. En situaciones de grave crisis económico-social y política, los sectores medios suelen oscilar violentamente tanto hacia la derecha como hacia la izquierda. Si desde la clase trabajadora y la izquierda (y, en este caso también desde el gobierno) no hay una política efectiva para ganar a parte de la clase media y neutralizar al resto, se allana el camino para que sea la reacción quien la instrumente.

En el caso de Venezuela juegan, por supuesto, factores ideológicos, políticos y hasta étnicos. Buena parte de la clase media es por su origen de inmigración europea y la burguesía ha sabido explotar los sentimientos racistas contra los “negros”, los “patas”, como califica la oposición a las masas de trabajadores y pobres que sostienen a Chávez. El mismo Chávez, rompe étnicamente con la cadena de presidentes blancos puros que se han sucedido en el Palacio Miraflores.

Pero, más allá de los prejuicios y telarañas acumulados en las cabezas de los sectores medios, el factor fundamental que los mueve es la crisis económico-social. La mayor parte de la clase media se empobreció violentamente en los 90, y un sector considerable apoyó al principio a Chávez, con la esperanza de mejorar su suerte.

Pero la situación general de la economía no ha mejorado y “al contrario de lo que mucha gente en Venezuela parece creer, estas tendencias económicas han afectado más a la clase media que a los pobres”.[[44]] A eso se agrega otro hecho no menos importante: “los grandes programas gubernamentales... principalmente benefician a los pobres... no a la clase media... Los pobres, además, tienden a formar redes sociales que amortiguan el impacto de la inflación, grandes comunidades y familias extendidas quienes se ayudan unas a otras y, también, en forma de servicios públicos gratuitos de salud y educación”.[[45]]

Las reformas que antes comentamos (las 49 leyes, los programas en educación, etc.) van, entonces, dirigidos a los más pobres y no abarcan a sectores importantes de clase media. Según algunos, éste sería “el mayor error de Chávez”.[[46]]

Pero aquí estamos otra vez en la misma. No se trata de un “error” sino de una imposibilidad dado los límites de clase de la política chavista. Conquistar (o reconquistar) a sectores amplios de las clases medias (o por lo menos neutralizarlos) exigiría atacar la propiedad de los 31 grupos económicos y del imperialismo. Sólo a costa de los bienes y de las ganancias de esa lumpen-burguesía y del imperialismo, el gobierno venezolano podría contar con los medios para dar amplias concesiones a la pequeñaburguesía (y asimismo superar los estrechos límites de los programas que favorecen a los más pobres).

Este es un problema estratégico. La oposición proimperialista ha reclutado su ejército contrarrevolucionario entre las clases medias. Una deserción en masa dejaría a la contrarrevolución en bancarrota. Hasta ahora todas sus derrotas han sido meramente tácticas. Por eso puede volver a ponerse de pie rápidamente. La única derrota estratégica sería destruir sus bases sociales, que van desde su poder económico hasta el apoyo político de amplios sectores medios.

Las medidas para hacer eso no son un misterio para nadie. La cuestión es si existe voluntad política para aplicarlas. Significaría, en las condiciones sociales y políticas del siglo XXI, seguir una estrategia parecida a la de guerra a muerte”,[[47]] aplicada en su época por el gran revolucionario Simón Bolívar, sin la cual la lucha por la independencia no habría podido triunfar.

Esto exigiría medidas contundentes por parte de las masas trabajadoras y populares, empezando por unirse y movilizarse para barrer de las calles, por las buenas o por las malas, a los señoritos de los barrios burgueses de Caracas. Asimismo, sería imprescindible tomar las más severas medidas contra la pandilla de la “Coordinadora Democrática” y los grupos económicos que la financian. Arrancar la televisión de las manos de estos facinerosos sería la primera disposición absolutamente necesaria, no para dársela al Estado, sino para que funcione bajo la gestión de las organizaciones de masas, y para que todas las corrientes de la clase trabajadora y los sectores populares puedan expresarse allí con absoluta libertad.

La expropiación de los 31 grupos económicos, de las corporaciones de capital extranjero y de todo capitalista que pretenda oponerse, cierre su empresa, despida personal o haga sabotaje a la producción y al abastecimiento, es la medida fundamental para arrancar de cuajo el poder económico de la oposición, y para poder organizar la producción y la distribución en favor de los pobres, los trabajadores y los sectores de clase media pauperizados.

Llevar adelante esto bajo control y administración democrática de los trabajadores evitaría, por un lado, la conformación de una burocracia administrativa y, por el otro, garantizaría la estrecha adhesión de los trabajadores, y de los profesionales y técnicos de clase media que se sumen a ella. En relación a PDVSA, el establecimiento del control obrero abriría por primera vez la posibilidad de que la totalidad de la renta petrolera beneficie al pueblo venezolano.

La deuda externa es otro obstáculo que impide mejorar la situación de las masas trabajadoras y de clase media. No pagar esa deuda (que tiene su origen en los fraudes de los bancos privados y los grupos financieros internacionales, la fuga de capitales de la gran burguesía y los latrocinios de la meritocracia en PDVSA) es otra disposición imprescindible.

Pero para poder tomar éstas y otras medidas realmente revolucionarias, que pondrían coto a las amenazas de la derecha, sería imprescindible extender y centralizar todos los organismos de lucha (sindicatos de la UNT, asambleas populares y de barrio, círculos bolivarianos, y también a los soldados y militares antigolpistas). Y que estos se proyecten como una alternativa de poder propio. Como parte de eso, el problema del armamento de las masas se pone también sobre el tapete. Y podría resolverse apoyándose en la organización de los soldados y militares antigolpistas, ligados a los organismos obreros y populares.

Es que depositar confianza en las FFAA de conjunto, por su carácter supuestamente “bolivariano”, podría repetir el error de Chile en 1973, cuando se les decía a los trabajadores que confiaran en las FFAA porque eran “democráticas”. O el de Argentina en 1955, cuando no se debía dudar del Ejército porque era”sanmartiniano”. ¿Hasta cuándo la oficialidad de las fuerzas armadas de Venezuela va a resistir la doble presión de EEUU y de su propia burguesía?

Si no se toman medidas de este calibre y sobre todo si no se avanza en el camino de un poder independiente de las masas obreras y populares, aun cuando se derrote la nueva intentona del referendo revocatorio, el triunfo va estar cuestionado a la vuelta de la esquina.

Pero aquí se plantea un dilema, tanto a los luchadores de la vanguardia venezolana como a las masas. La gran mayoría de ellos creen y confían en Chávez. Sin embargo, la línea general de Chávez no es la política bolivariana de “guerra a muerte”. Chávez ha tenido oscilaciones, pero hasta ahora en cada ocasión la resultante ha sido la búsqueda de conciliaciones y acuerdos. Y, sobre todo, no traspasar los límites sagrados de la propiedad capitalista y del monopolio del poder (y de las armas) por el aparato del estado burgués venezolano. Este problema no podrá resolverse si no hay un giro de la vanguardia y las masas venezolanas hacia una política independiente.

Un problema de vida o muerte para la vanguardia venezolana: ¿política independiente o política de “apoyo crítico, consejos y presiones”?

Este es el dilema que tienen planteado los luchadores obreros y populares de Venezuela, sobre todo los que se reclaman revolucionarios. Hasta ahora lo que ha primado en muchos sectores de vanguardia —incluso en los más radicalizados, por ejemplo los que provienen del trotskismo— ha sido la política que podríamos llamar de “apoyo crítico, consejos y presiones” en relación a Chávez.

Digamos, en primer lugar, que esto no es novedoso. Ha sido frecuente como política del “ala izquierda” de los movimientos nacionales, tanto de América Latina como de otras regiones del Tercer Mundo. En Argentina fue la línea de la izquierda peronista en relación a Perón. Y aquí y en todo el mundo siempre terminó en el más completo fracaso.

 ¿En qué consiste esta política? Por un lado, se asume el rol de consejeros públicos y/o privados del líder o la dirección de estos movimientos. Se trata de convencer al líder que, en vez de hacer esto, sería mejor hacer tal o cual cosa. Esto suele ir acompañado, en mayor o menor medida, de ciertas presiones para que las propuestas sean escuchadas y aceptadas.

Pero, aunque esto vaya acompañado de críticas que pueden ser muy fuertes, jamás se pone en cuestión que es el líder o dirección del movimiento quien decide en última instancia. No se propone ningún mecanismo o camino realmente independiente y democrático, en el sentido que sean la vanguardia y los sectores en lucha y radicalizados del movimiento de masas los que decidan el rumbo, sino que se aceptan las reglas del arbitraje bonapartista.

En la vanguardia venezolana hay infinidad de muestras de esta política. Por ejemplo, la Asamblea Popular Revolucionaria sostiene el sitio www.aporrea.org, que ha jugado un papel de primera línea en el combate a los intentos golpistas y en la denuncia del acoso del imperialismo yanqui contra Venezuela. Aporrea está conformada por luchadores que honestamente quieren ir mucho más allá de lo que está haciendo Chávez. Frecuentemente Aporrea publica críticas al gobierno en ese sentido.

Pero su política se engloba completamente en lo que decíamos acerca de los “consejos y presiones”. Así, el 2 de febrero pasado publican un “Mensaje al Presidente Chávez en ocasión del quinto aniversario de su toma de posesión”.[[48]]

Esta carta abierta comienza expresando nuestros mayores deseos para que siga adelante liderando el proceso de transformación... el pueblo venezolano ha depositado su más generosa confianza en usted como su líder máximo...”.

A partir de este reconocimiento incondicional que hace Aporrea de Chávez como el “líder máximo”, se desarrollan las críticas y consejos: “la mayoría del pueblo quiere profundizar este proceso revolucionario que ya está en marcha y...  terminar de derrotar definitivamente al golpismo y a la derecha. A nosotros, los integrantes del equipo editorial de Aporrea.org, nos anima el optimismo y la esperanza. Sin embargo queremos comentarle fraternalmente lo que creemos entender y que este hermoso pueblo está percibiendo, rodilla en tierra y con indignación, siempre a su lado, cómo en muchas ocasiones se atenta contra el proceso revolucionario de cambios, desde posiciones de poder institucional y de dirección política del propio gobierno y cómo se han venido haciendo concesiones a los agentes de la oligarquía y del golpismo.”

A continuación se enumera una larga lista de cuestiones importantes que no se hacen o se están haciendo mal, desde avalar en el Ministerio de Trabajo las “decenas de miles de despidos injustificados e ilegales que violan descaradamente del decreto de inamovilidad laboral” hasta “la impunidad de tantos delincuentes... golpistas... saboteadores y promotores del paro patronal... policías y militares asesinos y ... medios de comunicación que continúan envenenando nuestras mentes”.

Esto se matiza con algunas presiones:el pueblo se movilizó y se organizó y lo seguirá haciendo para avanzar en las transformaciones y en sus conquistas... Dejó de ser ingenuo y aunque cree en usted, ya no lo hará ciegamente con otros dirigentes...  el pueblo está inquieto y ansioso, y está vigilante con quienes se visten de bolivarianos pero dan señas equívocas”.

Pero la conclusión no deja dudas: todo desemboca en la esperanza de que el “líder máximo” se convenza de esto y actúe en consecuencia.

Esta política de apoyo crítico, consejos y presiones se manifiesta incluso en los sectores más clasistas, como los compañeros de OIR (Opción de Izquierda Revolucionaria). OIR reúne a muchos de los dirigentes obreros del antiguo PST (Partido Socialista de los Trabajadores) de Venezuela. Han jugado un papel histórico y de primera línea en la recomposición del movimiento obrero, encabezando la fundación de la Unión Nacional de Trabajadores el año pasado.

Aunque sostienen expresamente una posición más independiente —“OIR no tiene compromisos políticos con el gobierno ni con ninguna de las organizaciones que lo apoyan”— y que los acontecimientos han demostrado “el vacío de una dirección política y sindical consecuente”,[[49]] todo eso se encuadra en los marcos del presunto “proceso revolucionario” encabezado por Chávez. Sus críticas a infinidad de medidas del gobierno son duras y correctas. Pero esa larga suma de críticas nunca se eleva a una conclusión global: la necesidad de una alternativa independiente de Chávez.

La vanguardia venezolana tiene entonces un gran problema para esclarecer y resolver. Si, más allá de cualquier consideración táctica, se ubica en los limitados marcos del “chavismo” (aunque sea como su ala de "extrema izquierda") o si combate desde una posición independiente.

Creemos que tanto las experiencias históricas anteriores como las del propio proceso político venezolano exigen cada vez más que la vanguardia se organice con una política y un programa revolucionario totalmente independiente de Chávez. Más allá de la necesidad indiscutible y obligatoria de unidad de acción contra el golpismo, son imprescindibles otras organizaciones, otra política, otro programa y otros líderes para llevar hasta el fin un proceso revolucionario que acabe con la dominación imperialista y la explotación capitalista en Venezuela y América Latina.

Notas:

[1].- Ernesto Carmona, EEUU “promueve la democracia” en Venezuela, Argenpress, 20/02/04.

[2].- Bush Meets Skepticism on Free Trade at Americas Conference, New York Times, 14/01/04.

[3].- Leocenis García, ¿Y después?, Soberania.info, 15/01/04.

[4].- Trostky, La industria nacionalizada y la administración obrera, Escritos, Tomo X, p. 482, Editorial Pluma.

[5].- Trotsky, México y el imperialismo británico, 5 de junio de 1938, en Escritos, Tomo IX, p. 518, Editorial Pluma.

[6].-“El peronismo es el hecho maldito del país burgués”, fue la famosa definición de John William Cooke, dirigente del “peronismo revolucionario”. Con ella sostenía el carácter absolutamente intolerable del peronismo para la burguesía argentina.

[7].- PRM: Partido de la Revolución Mexicana, organizado por Cárdenas en 1938 en base al PNR (Partido Nacional Revolucionario) y antecesor del actual PRI (Partido Revolucionario Institucional).

[8].- La mundialización del capitalismo imperialista, www.socialismo-o-barbarie.org

[9].- La primera y más conocida versión del Consenso de Washington fue formulada en 1990 por el economista John Williamson, del Instituto Internacional de Economía de esa capital, quien trazó diez recomendaciones de “reforma económica” que gozaban del respaldo unánime del Departamento del Tesoro, el FMI y demás organizaciones multilaterales, así como de los académicos neoliberales.

[10].- Fundacredesa, Estudio Nacional de Crecimiento y Desarrollo Humanos, 1996.

[11].- PNDU — Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Informe del 2000.

[12].-  Chávez y la Revolución Bolivariana — Conversaciones con Luis Bilbao, Ediciones Le Monde Diplomatique, Buenos Aires, 2002, p. 28.

[13].-  Cit., pp. 28 y ss.

[14].-  Porcentajes calculados en base a la planilla Comercio exterior a precios corrientes - Año 2000, Estadísticas del Banco Central de Venezuela.

[15].- Porcentajes calculados en base a la planilla Producto Interno Bruto a precios constantes - Año 2000 a 2002, Estadísticas del Banco Central de Venezuela.

[16].- Cit.

[17].- Factura petrolera consolidada del 2000 (Pablo Hernández y otros, El golpe de estado fue petrolero, Soberanía.info, noviembre 2002.

[18].-  Fundacresa, cit.

[19].- Simón Jesús Urbina, 31 grupos económicos controlan a Venezuela, www.franzjutta.com.

[20].- Marc Guiblin, El sector petrolero en Venezuela, Centre d’Études ibériques et latino-américaines appliquées - Université de Paris IV-Sorbonne, DESS - 1998-1999.

[21].- Domingo C. Fargier M y otros, La apertura petrolera en el capitalismo rentístico venezolano: un intento de explicación, Revista Brasileira de Energia, Vol. 6, N° 1 - 1° semestre1997.

[22].- Ernesto Carmona, ¿Quién es Gustavo Cisneros? - 25/10/02, Dossier Cisneros, Venezuela Unida, www.nodo50.org /venezuela-unida.

[23].- Aram Ruben Aharonian, Petróleos de Venezuela: El gran botín del golpe, Rebelión, 21/04/02.

[24].- Cit.

[25].- Ver Dumenil & Lévy, Neoliberal dynamics – Imperial dynamics, 2003 y Salida de crisis, amenaza de crisis y nuevo capitalismo, www.cepremap.ens.fr/levy/.

[26].- “Nosotros tenemos aquí casi cuatro años y no hemos podido tomar la colina de PDVSA... yo, presidente, no podía siquiera mover un gerente, nada. Entonces yo dije, vamos a tomar esa colina cueste lo que cueste”, La Verdad, Venezuela, 05/02/04.

[27].- Petroleum Intelligence Weekly, 1994.

[28].- Aram Ruben Aharonian, cit.

[29].- El golpe de estado fue petrolero, cit.

[30] .- Venezuela – Presupuesto 2003, Capítulo 1 – Ingresos y fuentes de financiamiento de la República.

[31].- Juan Carlos Boué, El programa de internacionalización de PDVSA: ¿triunfo estratégico o desastre fiscal?, Revista. Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, 2002, vol. 8 nº 2 (mayo-agosto).

[32].- Víctor Poleo, Responsabilidades políticas y penales, Soberanía.info, noviembre 2002, y Aram Ruben Aharonian, cit.

[33].- Juan Carlos Boué, cit.

[34].- Víctor Poleo, Estafa continuada y agravada, Soberanía.info.

[35].- Trotsky, México y el imperialismo británico, cit.

[36].- Gregory Wilpert, La lucha de Venezuela contra la pobreza, ZNet, enero 2004.

[37].- Luis E. Lander, La reforma petrolera del gobierno de Chávez, Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, 2002, vol. 8 Nº 2 (mayo-agosto).

[38].- Gregory Wilpert, cit.

[39].- Cit.

[40].- Ángel Arias, Control obrero y popular – Congreso Constituyente de los trabajadores petroleros., OIR,

[41] .- Víctor P. Uzcátegui, La historia no oficial, Soberania.info, 12/12/03.

[42].- Leocenis García, cit.

[43].- Cit.

[44].- Gregory Wilpert, ¿Por qué la clase media (en su mayoría) se opone a Chávez?, Rebelión, 3/11/02.

[45].- Cit.

[46].- Cit.

[47].- Ver en www.analitica.com/bitblioteca/bolivar/decreto.asp el revolucionario Decreto de Guerra a Muerte, promulgado por Bolívar el 15 de junio de 1813.

[48] www.aporrea.org/dameletra.php?docid=6686

[49].- OIR a los trabajadores, julio 2003.

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