Unión Europea
Los impactos internos de la ampliación
Por Eduardo Perera
Gómez
Argenpress, 01/05/04
En
el 2003 se firmó el Tratado de Adhesión de los nuevos miembros que
se incorporaron a la UE este 1º de mayo de 2004 y se dio inicio a su
proceso de ratificación.
Los
países de la próxima adhesión participaron también en la
Conferencia Intergubernamental en igualdad de condiciones con los
Quince. Sin embargo, no son suficientemente claras las consecuencias
de la ampliación, ni para la evolución interna de la Unión Europea,
ni para su proyección internacional.
Ello,
y su actualidad –dado que se refiere a un evento en curso dentro del
proceso de integración en Europa– determinan la necesidad del
estudio y seguimiento de este tema, cuya importancia radica, entre
otros aspectos, en el hecho de que puede facilitar el diseño de los
futuros escenarios de desarrollo de la UE, permitiendo ganar en
elementos acerca de las perspectivas de su evolución a corto, mediano
y largo plazos.
Para
el tratamiento del tema se ha partido de evaluar las principales
consecuencias para el ámbito doméstico de la UE, para sus políticas
comunes y para la actividad integrada de sus Estados miembros de la
ampliación hacia el Este, examinando de modo diferenciado las esferas
de lo económico y lo político–institucional.
A
la hora de hacer referencia a los nuevos Estados miembros, es decir, a
los países que se incorporaron a la UE a partir del 1º de mayo, se
tomó en consideración, básicamente, a los países candidatos ex
comunistas que concluyeron las negociaciones para su adhesión –los
llamados Países de Europa Central y Oriental, (PECOs)–, aunque sin
olvidar a Chipre y a Malta, en el entendido de que forman parte de un
mismo 'paquete'.
Debe
aclararse que, cuando se hace referencia a los 'países de la adhesión',
o al término 'UE+10', por ello debe entenderse el conjunto de los 10
países que se incorporarán a la UE el 1 de mayo. A la vez, la
denominación 'los candidatos' identifica a los 13 países que
ostentan esta condición frente a la UE, o sea, los países de la
adhesión más Bulgaria, Rumania y Turquía.
En
esta misma dirección es bueno aclarar que 'UE–15' hace referencia a
la actual UE de 15 miembros, mientras que 'UE–25' se corresponde con
la UE ampliada.
Con
relación a las fuentes, por otra parte, resulta de interés formular
al menos dos comentarios. Por una parte, aquella que aborda los
impactos previsibles de la ampliación en el ámbito interno de la UE
tiende a centrarse en los aspectos económicos y a evaluar
preferentemente las consecuencias del evento para los nuevos miembros.
De
tal tendencia es necesario separar la obra de Jesús de Andrés, Pedro
Cháves y Fernando Luengo (eds.), 2002: La ampliación de la Unión
Europea. Economía, política y geoestrategia, a lo largo de cuya
trama está presente la tesis, que el autor de este trabajo comparte,
de que ni todas las ganancias serán para la UE ni todos los costos
para los países de la adhesión; unos y otros serán compartidos y de
lo que se trata es de analizar cómo se equilibrarán en el futuro.
Consecuencias
económicas
Desde
un punto de vista económico, esta ampliación de la UE, la quinta de
su historia, es totalmente especial. El incremento del 20% en el total
de su población es menos marcado que durante la expansión de 1973 a
Dinamarca, Irlanda y el Reino Unido, que la elevó en 34%.
Pero
la entrada de los PECOs incorporará a la UE a ocho países cuyo
ingreso per cápita es mucho menor que el de los miembros actuales.
Cuando España y Portugal entraron en 1986, su ingreso per cápita era
de alrededor del 70% de la media comunitaria. El de los nuevos
miembros sólo equivale a 40% del de la UE–15.
TABLA
1
Países de la adhesión: 5% del PIB total de la UE–15
|
PIB
Distribución sectorial del Valor Añadido Bruto 2001 en %
(UE–15=100 2000)
|
|
|
Agricultura
|
Industria
|
Servicios
|
PIB
Per capita *
|
Chipre
|
10.2
|
78
|
3.9
|
19576
|
República
Checa
|
63.3
|
56
|
4.2
|
40055
|
Estonia
|
6.2
|
40
|
5.8
|
28765
|
Hungría
|
57.8
|
51
|
4.3
|
32063
|
Letonia
|
8.5
|
31
|
4.7
|
24970
|
Lituania
|
13.4
|
36
|
7.1
|
33959
|
Malta
|
4.0
|
2.4
|
27.3
|
7970
|
Polonia
|
196.7
|
40
|
3.4
|
32963
|
Eslovaquia
|
22.8
|
46
|
4.6
|
32762
|
Eslovenia
|
20.9
|
68
|
3.1
|
36860
|
* Los datos están expresados en Estándares de Poder Adquisitivo (SPA),
unidad independiente de las monedas nacionales y que elimina
las distorsiones debidas a diferencias en los niveles de
precios. Fuente: EUROSTAT. Key Structural
Data for the 10 Acceding Countries, News Release 143/2002, 5
December 2002.
|
La
ampliación no sólo será la mayor por el número de países, por la
población y por la dimensión de los mercados que adicionará a la
actual UE, sino que será al mismo tiempo la más pobre y desigual en
toda su historia. La brecha de desarrollo entre los miembros actuales
y futuros hará de ella un verdadero experimento económico.
La
diferencia en la talla económica de los miembros actuales y futuros
de la UE pudiera sugerir que el impacto macroeconómico en los
primeros será relativamente limitado.
Sin
embargo, la entrada de 10 nuevos Estados es un importante
acontecimiento que encierra tanto amenazas como oportunidades económicas,
y aún no está suficientemente claro cuál será el balance en
diferentes plazos entre éstas y aquéllas ni, por tanto, las
consecuencias que ello tendrá para la UE–25.
Como
en cualquier otra esfera de la actividad de la UE, no es posible
hablar de un impacto global de la ampliación sobre la economía en términos
positivos o negativos. Resulta necesario, por tanto, realizar una
evaluación de carácter sectorial que tenga en cuenta al menos las áreas
más importantes sobre las que puede incidir la incorporación de
nuevos miembros, aunque vistas en sus particularidades respectivas.
Consecuencias
sobre el crecimiento y el entorno socioeconómico – Convergencia y
cohesión
Una
mayoría de opiniones especializadas coinciden en afirmar que la
creciente estabilidad y apertura económicas de los países candidatos
favorecerá un crecimiento sostenido que será beneficioso para toda
la Unión y que la ampliación dará lugar a un proceso de crecimiento
económico dinámico y reforzará la competitividad de Europa en la
economía mundial, por lo que es bastante probable que, globalmente,
los beneficios superen holgadamente a los costes.
Pero
a pesar de que los países que ahora accederán a la UE se beneficiarán
de una reducción en las barreras al comercio y las inversiones, la
membresía por sí sola 'no es una condición necesaria ni suficiente
para el crecimiento económico'.
Un
informe hecho público en octubre del 2003 por el Cato Institute, de
Washington –que promueve una estrategia liberal dirigida a evitar la
centralización por parte de Bruselas– sugiere que el crecimiento
económico de los nuevos miembros podría seguir estando por debajo de
los niveles óptimos como resultado de su vinculación a un 'superestado
crecientemente centralizado', en el que muchas de las ventajas
comparativas que estos países tendrán son legisladas en su ausencia
y en el que se verán obligados a adoptar costosas políticas de
bienestar.
En
buena medida, el acatamiento de las regulaciones de la UE referidas a
sectores como los de trabajo, agricultura y medio ambiente impondrá
costos significativos a los PECOs: las regulaciones laborales
occidentales harán a muchos trabajadores del Este menos productivos y
menos competitivos, mientras los subsidios agrícolas favorecerán a
los actuales miembros sobre los futuros y las severas regulaciones
medioambientales impondrán erogaciones de hasta 120 mil millones de
euros a los nuevos miembros.
La
ampliación suscita paralelamente el temor de los países de menor
desarrollo relativo dentro de la UE –España, Grecia, Irlanda y
Portugal–aunque también los de aquellos que se benefician de ayudas
comunitarias dentro del marco de las políticas regionales, a perder
los recursos que les son asignados por la vía de los fondos
estructurales y de cohesión. Tales recursos, aun cuando no
suficientes, son necesarios para garantizar un mínimo de convergencia
real de las economías en el seno de la UE.
De
hecho, la ampliación producirá un llamado 'efecto estadístico' como
consecuencia de la reducción notable de la renta media comunitaria,
que llevará a que algunos Estados miembros, y la mayoría de las
regiones de la actual UE–15, se encuentren automática y
artificialmente por encima del umbral necesario para tener acceso a
estos recursos.
Así,
el acceso de los nuevos países a las ayudas comunitarias dirigidas a
facilitar la cohesión económica dentro de la UE limitará a mediano
plazo, en especial a partir del año 2006, el de países como España
a las financiaciones comunitarias que tan importante papel han desempeñado
en su progreso económico durante los últimos años.
De
este modo, el coste del proceso de adhesión de nuevos miembros podría
ser financiado por los actuales países receptores de los fondos
europeos que son, sin duda, los de menor desarrollo relativo.
La
entrada de los PECOs a la UE ha estado condicionada por mucho tiempo a
la satisfacción de una serie de criterios institucionales y económicos,
incluidos los criterios de Maastricht para la eventual incorporación
a la Unión Económica y Monetaria (UEM) y la consiguiente adopción
del Euro. En esta perspectiva, los nuevos miembros se enfrentarán a
una doble restricción: mientras los criterios de Maastricht se
refieren a la convergencia nominal, la brecha de desarrollo de la
mayoría de los países frente a los actuales Estados miembros de la
UE exige una convergencia real que gravitará y ejercerá presión
sobre el presupuesto común.
Consecuencias presupuestarias
La
UE ha destinado para la ampliación menos del 10% de su presupuesto
total hasta el año 2006 –un desembolso modesto comparado con los
costos de la ampliación hacia el sur en los años 80 y sólo una décima
parte de las transferencias federales de Alemania a los länder de la
antigua RDA.
Desde
el punto de vista presupuestario, la ampliación tendrá dos
consecuencias inmediatas para los actuales miembros. La primera será,
una caída de 10 a 15% en el nivel medio de ingresos de la UE
ampliada, lo que llevará, como se ha dicho antes, a una mejoría
automática de la posición relativa de los 15.
Si
las reglas para el otorgamiento de los fondos estructurales no cambian
(y no parece que vayan a hacerlo), lo más probable es que tales
fondos sean retirados de cerca de la mitad de las regiones que
actualmente se benefician de ellos.
En
segundo lugar, los compromisos presupuestarios con los nuevos miembros
constituirán un gravamen para la UE–15. No obstante, el impacto de
la decisión tomada en la cumbre de Copenhague de diciembre de 2002 de
comprometer 40.850 millones de euros en tres años (2004–2006) para
los nuevos miembros necesita ser analizado a la luz de que éstos
también contribuirán al presupuesto por lo que los cálculos deben
hacerse en términos de transferencias netas.
Las
contribuciones de los nuevos miembros –procedentes de la recaudación
del Impuesto al Valor Añadido, los derechos de aduana y las
contribuciones del PIB– han sido estimadas en 14 mil 700 millones de
euros para el período 2004–2006. Las transferencias a los nuevos
miembros estarán parcialmente dirigidas a proyectos cofinanciados por
el presupuesto de la UE y por los presupuestos nacionales.
Partiendo
de asumir la habilidad de los nuevos miembros para movilizar capital
para proyectos cofinanciados, S. Richter ha estimado que los flujos
netos reales a estos países estarán entre 5 y 10 mil millones de
euros en los tres años.
En
términos anuales esto representa como mucho el 0,8% del PIB para los
nuevos miembros y el 0,04% para los actuales Quince. De otro modo, los
costos de la ampliación dependerían ampliamente de la posible
reforma de la Política Agrícola Común (PAC) y de la atribución de
fondos estructurales.
De
acuerdo con B. Karlsson (citado por el informe Kok), estos costos
alcanzarían entre 0,11% y 0,23% del PIB de la UE ampliada en el 2013.
Para
el presupuesto de la UE, el efecto neto sobre las transferencias
pudiera ser modesto en general, pero la extensión de la PAC a los
nuevos miembros impactará significativamente la asignación de
recursos.
Entre
algunos de los elementos que en ocasiones son subestimados se
encuentra el tema de las lenguas oficiales. La ampliación de la UE a
25 países conllevará el paso de los idiomas de traducción de 11 a
20, lo que tendrá como consecuencia que, mientras cada reunión
cuesta en la actualidad un aproximado de 19.800 euros por día, la
ampliación llevaría la factura a unos 36.000 diarios.
La
Comisión ya está contemplando la posibilidad, para reducir los
gastos, de reunir los grupos de trabajo en ausencia de intérprete o
de hacer pagar las interpretaciones solicitadas por las delegaciones
nacionales.
Comercio
e inversiones
El
comercio entre los PECOs y la UE se ha liberalizado ampliamente desde
1994 debido, en particular, a que los inversionistas se han anticipado
a la membresía. Con la notable excepción de los productos agrícolas,
el acceso al mercado europeo sólo está restringido actualmente por
el posible uso de medidas antidumping.
La
UE ya es el principal socio comercial de los candidatos: 68% de las
exportaciones de los nuevos miembros ya va a la UE, aunque sólo
cuatro por ciento de las exportaciones de la UE va a los futuros
miembros y se está produciendo un proceso de especialización que ya
está en plena marcha.
Esto
resulta particularmente apreciable en casos como el de Hungría, cuya
especialización en artículos de vestir a inicios de los años 90 ha
dado paso a un surgimiento espectacular de nuevas fortalezas en
equipos, motores y electrodomésticos.
El
papel de la inversión extranjera directa (IED) en este proceso ha
sido importante: las compañías privadas se han anticipado a la
ampliación y se han comprometido fuertemente con la reestructuración
de las operaciones manufactureras en el país.
No
obstante, esto tipo de especialización se verifica sobre todo a
escala de productos específicos o de ciertos rangos de calidad más
que a nivel de sectores completos o industrias fundamentales. Esta
forma de especialización ha trabajado sobre todo en aquellos países
candidatos que se han beneficiado de acuerdos de asociación con la
UE.
Lo
cierto es que los acuerdos de asociación han dado lugar a un
estrechamiento de las relaciones comerciales entre los países del
este de Europa y la UE superior al registrado por el resto de la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).
De ello se deduce que, tras la adhesión, se acentuarán aún más los
intercambios comerciales.
Por
otra parte, la exportación de los futuros miembros de la UE no debería
producir efectos negativos, siempre y cuando sus empresas compitan en
igualdad de condiciones y cumplan los mismos requisitos laborales,
fiscales y técnicos que las compañías de la UE–15.
Uno
de los escenarios quizás más preocupantes y de más difícil
evaluación es el que se deriva de la nueva competitividad de países
con importante tradición industrial como la República Checa, Hungría,
Eslovenia y algunos otros.
En
ellos, las grandes empresas internacionales, en especial las alemanas,
han ido instalando en los últimos años sus plantas de producción,
convirtiéndolos en un polo de desarrollo industrial que está
atrayendo las inversiones realizadas anteriormente por las mayores
empresas industriales europeas en otros miembros de la UE –España,
por ejemplo– aprovechando los costos más competitivos.
Así,
países como España ya han dejado de ser plazas que ofrecen a los
inversionistas extranjeros costos ubicados a medio camino entre el
subdesarrollo y las sociedades avanzadas. La creciente convergencia de
renta con el resto de la UE ha contribuido a elevar los niveles
salariales en la industria hasta acercarlos a las cotas europeas más
habituales.
Aunque
los costos salariales en estos Estados miembros siguen siendo
inferiores a los del resto de la UE, son, sin embargo, bastante más
elevados que los de los candidatos.
Este
fenómeno ya empieza también en algunos de los nuevos miembros. Desde
éste, como desde muchos otros puntos de vista, la integración podría
demostrar en breve ser un evento engañoso.
En
tanto los costos laborales siguen siendo más bajos en ellos que en la
UE–15, la brecha se está cerrando: los salarios en Hungría se
elevaron un promedio de 18% en el 2002 y hasta 50% en algunos
sectores. De este modo, tanto las ciudades que ofrecen más bajo costo
en el este de Hungría como algunas incluso más baratas en Rumania y
Bulgaria, están comenzando a atraer a los inversionistas.
Mientras
Hungría fue una de las estrellas de Europa central a lo largo de los
años 90, ha perdido parte de su brillo a causa de sus rápidos
incrementos salariales, su crecimiento más lento y la inflación de
su déficit presupuestario. En 1995, 4.400 millones de dólares fueron
a Hungría en inversión extranjera directa (IED), de acuerdo con el
Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (BERD).
El
pasado año (2003), el país sólo recibió 598 millones de dólares.
Eslovaquia, donde los salarios por hora son 32% más bajos, atrajo
3.700 millones de dólares en inversiones en el 2002.
Los
funcionarios húngaros reconocen que los exorbitantes incrementos
salariales están erosionando la competitividad del país, pero los
gobiernos sucesivos han sido incapaces de resistir la demanda popular
de cheques de pago más abultados, que muchos parecen ver como un
beneficio resultante de la integración europea.
La
gente tiene la expectativa de que cuando entren en la UE, el estándar
de vida crecerá muy rápidamente, y vivirán como la población de
Austria, pero en realidad ya les resulta difícil competir con los países
donde los costos son más bajos.
De
este modo, en la medida que la UE se expanda y consolide su poder económico,
el dinamismo económico de Europa podría comenzar a descansar en los
nuevos miembros y en la próxima década, el más rápido crecimiento
y los mayores ingresos deberían tener lugar en el Este.
Las
compañías europeas y norteamericanas están comenzando a invertir en
la región, buscando sacar ventajas de los costos de mano de obra que
son allí una quinta parte de los de Alemania. Para General Electric,
por ejemplo, los nuevos miembros de la UE serán un objetivo
corporativo durante los próximos cinco años.
Esta
atracción no es difícil de entender. Los países de Europa central y
oriental constituyen un mercado ansioso de consumo, de confort
material y de los símbolos de la prosperidad que exhiben sus coterráneos
occidentales. El frenesí consumista actual en el Este no ha sido
visto en el continente desde los años del milagro alemán.
Además
de participar en el boom de los nuevos mercados, muchas firmas
europeas y norteamericanas ven la expansión al este como una vía
para abaratar los costos, a la vez que expanden sus cuotas de mercado
a través de toda Europa. No sólo son las grandes corporaciones como
Volkswagen y GE las que establecen fábricas y centros de distribución
en el este para dar servicio a mercados europeos, sino que muchas
pequeñas y medianas empresas también están mudando sus inversiones
de capital unos cientos de millas al este de países como Francia y
Alemania, desde donde pueden también satisfacer a sus consumidores
occidentales pero a mucho menor costo.
Como
puede apreciarse en la tabla anterior, aunque sólo el 6% del total de
la IED de la UE tiene como destino los países que se incorporarán en
mayo de 2004, el 79% de los flujos de inversión que arriban a ellos
provienen de la UE.
Las
compañías y empresas occidentales de seguros, supermercados, bancos,
automóviles y maquinaria se están estableciendo en el este como si
fuera en una mina de mercados de consumo. En Polonia, el valor de la
IED se multiplicó por 20 en los años 90, hasta más de 60 mil
millones de dólares.
France
Telecom ha invertido más de tres mil millones de dólares para
modernizar el sistema de telecomunicaciones del país, mientras
Citigroup y General Motors han adquirido enormes intereses en los
sectores automotriz y bancario polacos.
Polonia,
la República Checa y Eslovaquia han emergido ya como nuevos centros
de la industria europea del automóvil, abasteciendo a consumidores de
toda la región. La nueva fábrica de Volkswagen en Eslovaquia, de la
que salieron más de 225 mil autos en 2003, está fundamentalmente
diseñada para el mercado alemán, no sólo para el del Este.
La
razón, por supuesto, es que los autos pueden ser producidos allí por
una fracción de lo que cuestan en la 'Vieja Europa'.
Francia
y Alemania siguen estando, junto con el Reino Unido e Italia, entre
las mayores economías, exportadores y destinos de inversión del
mundo, aunque comienzan a presentar algunos síntomas alarmantes.
Alemania, por ejemplo, tiene los más altos costos salariales del
mundo, estimados actualmente en alrededor de 35 dólares la hora,
comparados con 16 dólares en EE.UU., y ello atemoriza a los
inversionistas.
Por
otra parte, los impuestos son tan altos que el salario que un empleado
lleva efectivamente a casa es menos de un tercio de su salario bruto,
y los continuos despropósitos políticos vinculados a la unificación
alemana, con más de 100 mil millones de dólares destinados
anualmente a la antigua RDA, aun cuando el desempleo roza el 30% en
algunas regiones, sólo han exacerbado el drenaje del tesoro nacional.
Consecuencias sobre el empleo.
Con
una cifra que oscila entre 14 y 20 millones de desocupados, el
desempleo es el mayor problema económico de la UE. Sin embargo, en
realidad, el impacto de la ampliación sobre los mercados de trabajo
promete ser mucho más complejo y menos discernible a simple vista que
lo postulado por los análisis tradicionales.
Si
las estadísticas de empleo de la UE parecen sombrías, las de los países
de la adhesión resultan desoladoras. La tasa de desocupación en
Europa central y oriental está en alrededor del 15% como promedio,
por lo que el objetivo clave de la estrategia de Lisboa de elevar la
tasa de empleo hasta 70% de la fuerza laboral activa a la altura de
2010 parece fuera del alcance de la mayoría de las economías
eurorientales. Sólo la República Checa y Eslovenia se acercan al
actual promedio de la UE, de 64%.
En
países como Hungría, Polonia y Eslovaquia, sólo alrededor de la
mitad del total de la población en edad laboral tiene un puesto de
trabajo. Y mientras el empleo en la UE ha crecido lenta pero
continuamente desde mediados de los 90, la tendencia en los países de
la adhesión va en dirección opuesta, entre otros factores, porque la
creación de empleo en el sector privado aún no compensa los despidos
masivos en industrias de viejo tipo.
La
situación del desempleo de Europa del este no sólo hará estragos en
las metas de Lisboa, sino que presionará sobre los fondos
estructurales de la UE para las regiones pobres y, lo que es más
importante, puede impedir que los nuevos miembros alcancen los niveles
económicos de Europa occidental.
Los
Estados miembros son los máximos responsables del empleo y la política
social, aunque la UE está ayudando a promover el empleo a través del
llamado 'método abierto de coordinación': un proceso de diseño de
lineamientos comunes, de establecimiento de pautas y de estímulo a
sus miembros a aprender de los otros.
La
estrategia de empleo de la UE se centra en cortar las regulaciones del
mercado laboral, renovar los sistemas de impuestos y beneficios para
crear incentivos al trabajo y poner en marcha las llamadas 'políticas
activas de mercado laboral', como por ejemplo, programas de asistencia
para la búsqueda de empleo.
Los
mercados laborales de Europa del este están, como norma general,
menos regulados que los de la UE–15. La imposición de
reglamentaciones laborales es a menudo floja, especialmente en el
sector de la pequeña empresa; los sindicatos tienden a ser débiles y
los sistemas de negociación salarial son flexibles; el gasto en
subsidios de desempleo y en políticas activas de mercado es sólo una
fracción del nivel que ha alcanzado en la UE.
Los
hombres de negocios temen que la ampliación haga menos flexibles los
mercados laborales de Europa del este, desde el momento en que los
nuevos miembros tienen que adoptar las regulaciones laborales de la
UE. La mayoría de las 75 directivas en vigor relacionadas con el
empleo tienen que ver con la seguridad y la salud en el trabajo y se añadirán
a la factura de los empleadores en numerosos sectores.
Consecuencias
sobre las políticas sectoriales comunes – Agricultura
Entre
las consecuencias derivadas de la brecha de desarrollo existente entre
los países de la adhesión y los miembros de la actual UE se
encuentra el hecho de que los bajos niveles de ingreso de los nuevos
miembros están asociados con la amplia parte que en sus respectivas
economías ocupa la agricultura. Esto es especialmente importante
desde el momento en que la UE destina una proporción elevada
(alrededor del 45%) de su presupuesto a mecanismos de respaldo a este
sector.
En
su mayoría, los nuevos Estados miembros son pobres en términos
absolutos y tienen sectores agrícolas relativamente extensos –no
tanto por su peso en la economía global como por el volumen de mano
de obra que emplean–, acompañados por sectores industriales y de
servicios menos desarrollados.
Polonia,
por ejemplo, con sólo 3% de su PIB dedicado a la agricultura, tiene aún
más de 25% de su fuerza de trabajo en este sector. De aquí que en
cierto modo sea posible interpretar las reformas de la PAC y los límites
impuestos a su presupuesto total hasta el 2013 como el resultado de
movimientos defensivos diseñados por la UE para limitar cualquier
posible reclamo incontrolado de fondos para apoyo a la agricultura
después de la adhesión.
La
escala potencial de la producción agrícola de los PECOs
(especialmente bajo el régimen vigente en cada uno de ellos) hace
insostenible la actual política agrícola en la UE, por lo que la
ampliación augura fuertes presiones para reestructurar el modelo de
producción dentro de las economías de los futuros miembros.
Como
parte de la preparación para el acceso a la UE de los países
candidatos se comenzó a producir un realineamiento de las prioridades
económicas, que en parte se ha logrado ya. En todos los países de la
adhesión la agricultura representa menos del 4% del PIB, lo que se
acerca, y a veces rebasa, la norma de la UE–15 (España 3% y Grecia
6%).
A
tenor con este proceso, y como consecuencia final de la adhesión, la
agricultura debe tender a ser cada vez menos importante para los
nuevos Estados miembros. En Polonia, por ejemplo, la parte de este
sector en el PIB ha disminuido de más de ocho por ciento en 1990 a
menos del tres.
Un
comportamiento similar, e incluso superior, han tenido Hungría, las
repúblicas Checa y Eslovaca, así como Eslovenia. Sólo Lituania hace
compañía a Polonia con cifras de empleo agrícola por encima del
20%.
En
todos los países candidatos se han establecido períodos transitorios
para la adquisición de tierras agrícolas por parte de extranjeros,
lo que es muy importante en este ámbito, puesto que se trata de una
cuestión delicada para muchos de ellos y todos podrán contar con
toda seguridad, después de un cierto tiempo, con un incremento de los
precios.
Sin
embargo, las disposiciones transitorias pueden, en éste como en otros
sectores, contribuir a fraccionar el mercado único.
Pesca
De
los 13 países candidatos a la adhesión a la UE, 10 tienen litoral
marítimo, aunque solo Polonia y los tres bálticos disponen de un
sector pesquero importante. Las capturas de los 13 países representan
una sexta parte del tonelaje total de las comunitarias; sin Turquía,
la parte de las capturas de los 12 restantes es inferior al 7% de
dicho total. La mayoría de los países candidatos, incluidos los tres
que no tienen litoral marítimo (República Checa, Hungría y
Eslovaquia), poseen sector acuícola.
Cuando
se inició el período de transición, en 1990, la producción de los
países de Europa central y oriental experimentó un descenso brutal
que se debió a la excesiva explotación de los recursos y a la caída
de los mercados tras la fragmentación de la Unión Soviética.
Las
dificultades estructurales del sector se vieron agravadas por la
crisis económica atravesada por Rusia y los países de la Comunidad
de Estados Independientes (CEI), que constituían los principales
mercados para las exportaciones de productos de la pesca de los PECOs.
En
la mayoría de los países candidatos, la industria se sostenía en
infraestructuras cuyas tecnologías, en algunos casos, están
desfasadas con respecto a las vigentes en la UE. Además de que se ha
producido una considerable reducción de los buques de pesca durante
estos últimos años, las flotas de los países candidatos son también
muy viejas y necesitan de un gran esfuerzo de modernización y
renovación, siempre que se realice una explotación sostenible de los
recursos.
Las
negociaciones correspondientes a este capítulo del acervo no
plantearon problemas específicos, salvo en el caso de Letonia, Malta
y Polonia. Letonia obtuvo del Consejo la introducción de un régimen
de limitación del esfuerzo pesquero en la zona sensible del Golfo de
Riga.
Malta
retiró su solicitud de mantenimiento de su zona exclusiva actual de
25 millas que será sustituida por una zona de conservación que
limitará el acceso de los buques de más de 12 metros de eslora, de
forma no discriminatoria, a la zona situada entre 12 y 25 millas de
las costas maltesas. Polonia terminó por aceptar el principio de
libre acceso de los buques comunitarios más allá de las 12 millas.
Todo
ello hace prever, por consiguiente, que las consecuencias de la
ampliación sobre la política pesquera común (PPC) apuntan a ser
limitadas.
Consecuencias
político–institucionales
La
Unión Europea se enfrenta a la mayor ampliación de su historia sin
haber establecido los soportes institucionales necesarios para
amortiguar el choque económico, político, social y cultural que se
derivará de ella.
El
modesto peso económico de los nuevos miembros no es obstáculo para
que esta ampliación constituya un evento de trascendencia política
sin precedentes para la UE, en el que las cuestiones institucionales
constituyen preocupaciones de la mayor relevancia.
No
pocos estimados en la literatura especializada coinciden en afirmar
que los costos y beneficios del proceso de ampliación serán
relativamente pequeños para la UE en términos económicos. Este
argumento, que no parece corresponder del todo con la magnitud del
acontecimiento, ni con un sinnúmero de otras opiniones, incluidas las
de la propia UE, es utilizado un tanto a título de coartada.
Su
función es la de demostrar que la decisión tomada por los gobiernos
de los Quince en relación con la membresía está determinada al
final por consideraciones políticas, que deben dominar la pequeña
contribución hecha al cálculo de decisión total por los factores
económicos, mientras lo mismo no es válido para las economías de
los PECOs.
Es
innegable que la ronda actual ha estado dominada desde el inicio por
motivaciones de índole política. Resulta evidente incluso el carácter
político que acompaña a la decisión adoptada por la UE en el
Consejo Europeo de Copenhague (12–13 de diciembre de 2002) de
invitar a los candidatos a adherirse a la Unión, teniendo en cuenta
que ninguno de ellos satisface en cantidad ni calidad el total de los
criterios requeridos para su ingreso, prueba de lo cual es el hecho de
que seguirán siendo monitoreados hasta el momento mismo de la adhesión.
Pero
todo esto no se debe en modo alguno a que los elementos económicos
tengan una importancia marginal en el conjunto del proceso, sino a que
las razones políticas tienen en este caso un peso específico muy
grande.
Sin
abundar demasiado en el particular pueden destacarse al menos cuatro
que están estrechamente concatenadas: la naturaleza de los candidatos
actuales, en particular de los PECOs; la cuota de responsabilidad de
la UE en el desmantelamiento del sistema socialista en estos países;
su papel en la transición de los candidatos a un nuevo modelo de
relaciones de producción y el carácter de las promesas y los
compromisos hechos a estos países en relación con su 'regreso a
Europa'.
En
este terreno es necesario referirse a las perspectivas que se
presentan en el ámbito de la toma de decisiones dentro de la UE como
resultado de la ampliación.
Los
nuevos Estados miembros dispondrán de poder real en el interior de la
UE no sólo por el hecho de que, según resulta previsible, para
muchas cuestiones importantes del desempeño internacional de la Unión,
lo intergubernamental seguirá siendo la tónica predominante durante
un buen número de años.
Los
pequeños Estados tienen, contrariamente a lo que se piensa, un número
de votos desproporcionado en el seno de la UE y la mayoría de los
PECOs son pequeños –ocho de ellos tienen 10 millones de habitantes
o menos, y cinco de ellos cinco millones o menos, pero acumulan un
importante número de votos y de representación poblacional. Esta
situación se hará considerablemente más marcada una vez que entren
Bulgaria y Rumania.
El
debate sobre el futuro de Europa está mediatizado por ambiciones
nacionales y enfrenta a Estados miembros nuevos y actuales, así como
a países grandes y pequeños.
Los
países que accederán a la UE en mayo de 2004 han demostrado que no
constituirán una periferia pasiva de la Unión, y aunque resulta casi
imposible predecir las alianzas que se conformarán al interior de la
UE ampliada –serán con toda seguridad muy mutables, en dependencia
de los temas–, es previsible que las naciones de Europa central y
oriental que se incorporen tengan puntos de vista comunes en
determinadas cuestiones y que no siempre estos coincidirán con los de
los actuales Estados miembros, los cuales experimentarán una pérdida
de control sobre el proceso de integración en general y una disolución
de sus respectivas cuotas de poder.
Aun
sin considerar la adhesión de Turquía, cuando a la altura de 2007 la
UE se haya ampliado a 27 Estados, los votos representados por los
actuales Quince no serán suficientes para conformar una mayoría
cualificada en el Consejo si se mantiene el sistema de votación
previsto por el Tratado de Niza.
De
hecho, los PECOs superarán con comodidad los votos requeridos para
bloquear cualquier decisión. Que ello puede alterar el curso de las
decisiones de la UE en determinados ámbitos de su gestión exterior
–la cooperación al desarrollo, la firma de acuerdos con terceros países
o regiones, la propia PESC– es algo que se desprende de lo anterior.
La
participación de los nuevos miembros, con plenos derechos, en la
Conferencia Intergubernamental inaugurada a principios de octubre de
2003, ya ha influido considerablemente, si no determinado de alguna
manera, el futuro diseño de la integración en Europa.
El
colapso de la cumbre de Bruselas del 13 de diciembre del 2003 y la
imposibilidad de alcanzar un acuerdo sobre el nuevo tratado
constitucional ha lanzado a la UE a una crisis sin precedentes. Y esta
es verdaderamente una crisis sobre la ampliación, desde el momento en
que fue la nueva UE–25 la que de manera imprevista fracasó a la
hora de encontrar un compromiso para poner fin a los dos años de
trabajo invertidos en diseñar el borrador del tratado constitucional.
Ello
significa que la UE no completará las reformas institucionales
necesarias antes del inicio de la ampliación, lo que puede hacerla
ingobernable.
A
la vez que quinta–columnas institucionales de un nuevo nacionalismo,
algunos de los países de la adhesión se anuncian también desde ya
como Caballos de Troya de la política norteamericana. Los 'enredos
amorosos' de EEUU con Polonia, Bulgaria y Rumania, esta última una de
las naciones más pobres de Europa y hasta el 11 de septiembre fuera
de las preferencias de Washington como socio militar, tienen sentido
estratégico en opinión de los expertos militares, y fueron previstos
antes de que la agresión a Irak apartara a Washington de viejos
aliados europeos como Alemania y Francia.
Pero
la guerra aceleró los planes: no sólo se reducen los más de 60 mil
soldados norteamericanos en Alemania, sino que Polonia encabeza un
sector militar en Irak en lugar de Francia o Alemania, y Rumania,
Bulgaria y la República Checa envían tropas junto a otros países
del área.
Lo
que en el caso de Polonia –cerca de 40 millones de habitantes, un récord
de reformas y una larga relación con EEUU– no resulta sorprendente,
lo es en el de Rumania, una nación rural de 23 millones de personas
en los Balcanes occidentales, vista durante mucho tiempo por
Occidente, cuando más, como un caso difícil y ni por asomo como un
candidato para ingresar a la OTAN o la UE.
El
oportunismo de muchos de estos países después de la transición
resulta evidente: Rumania rápidamente declaró su respaldo a EEUU
luego del 11 de septiembre; permitió que aviones militares
norteamericanos sobrevolaran su territorio; envió tropas a Afganistán
y ofreció sus bases aéreas en la campaña contra Irak. A cambio,
EEUU apoyó la entrada de Rumania en la OTAN.
Cuando
Turquía decidió no involucrarse en la agresión a Irak, los
aeropuertos rumanos se convirtieron en puntos clave para el
reabastecimiento de los aviones norteamericanos de transporte de
tropas.
Mientras,
en Bulgaria, las tropas norteamericanas utilizaron un aeropuerto cerca
de Burgas, también en el mar Negro, para comunicaciones y logística,
como hicieron durante las operaciones afganas. El siguiente paso puede
ser la instalación de más bases permanentes.
Aunque
el ansia de una alianza militar más fuerte con EEUU puede enturbiar
en cierto modo las relaciones con algunos de los países que serán
sus socios dentro de la UE como ya se demostró ante la intervención
norteamericano–británica en Irak, cualquier temor de que esta
amistad militar creciente con Washington pueda poner en peligro su
integración económica a Europa resulta infundado.
En
realidad, el protagonismo aparente de los nuevos miembros se verá
limitado por varios elementos. En primer lugar, la OTAN está prácticamente
en crisis, a pesar de sus intentos de reforma, en la medida que EEUU
ve a Europa no como un teatro estratégico, sino como un posible
trampolín frente a nuevas amenazas en el Medio Oriente o Asia
Central, y esto debe seguir así mientras se mantengan las
concepciones y la política exterior de la actual administración
norteamericana.
En
segundo lugar, los PECOs que accedieron a la UE este 1º de mayo
constituyen en buena medida, y salvando sus particularidades, una
nueva periferia de la organización continental; tampoco debe
esperarse que sean menos en su relación con EEUU. Según Ian Fischer,
países como Polonia, Rumania o Bulgaria, que 'esperan mantener a la
OTAN fuerte y vital y ser testigos de la largamente esperada llegada
de las tropas norteamericanas a Europa central, en su lugar serán
testigos de la muerte de la OTAN'.
El
problema mayor es que todo esto se revertirá en un sentido negativo
sobre la UE–25, a menos en el corto y mediano plazos. Los posibles
escenarios parecen ser tres: a) o bien la UE en su conjunto profundiza
el contenido atlantista de su proyección internacional, lo que no es
imposible, pero sí difícil de prever ante la reticencia de actores
como Francia, Alemania y Bélgica; b) o bien la luna de miel de los
PECOs con Washington cede lugar más allá del medio plazo a un
equilibrio con sus intereses europeos; c) o la proyección se mantiene
a largo plazo y genera una pérdida de cohesión irreparable en el
seno de la UE.
El
9 de diciembre de 2002, cuatro días antes de que el Consejo Europeo
de Copenhague invitara a la adhesión a los 10 candidatos que ingresarán
a la UE en mayo próximo, el International Herald Tribune desplegó a
cuatro columnas en primera página: 'Washington es el gran ganador de
la ampliación de la UE'.
De
acuerdo con un funcionario alemán, la entrada en la UE de estos países
de la Europa central y oriental fundamentalmente
pro–norteamericanos, significa el fin de toda tentativa de la Unión
Europea de definirse a sí misma, así como (de definir) su política
extranjera y de seguridad, como alineada contra Estados Unidos'.
En
la práctica, la postura de esos candidatos se conjuga con el
nacionalismo que han manifestado en el seno de la Convención Europea,
atentando contra la búsqueda de opciones federales para la
arquitectura institucional de la futura UE.
Consideraciones
finales
La
Unión Europea ampliada se diferenciará claramente de la actual UE de
los Quince. Después del acceso de Bulgaria y Rumania en 2007, tendrá
27 Estados miembros, su superficie se habrá incrementado en 34 % y la
población en 28 %, pero el PIB sólo habrá crecido en 5%, lo cual
quiere decir que su componente per cápita descenderá, desde el punto
de vista estadístico, en 18%.
Las
diferencias de ingresos entre países, regiones y personas se
incrementarán de forma considerable, mientras que para lograr la
convergencia real entre los Estados miembros actuales y los países
candidatos tendrán que transcurrir entre 10 y 30 años. Por otro
lado, la convergencia económica (tanto nominal como real) no será
suficiente por sí misma y deberá ir acompañada de una convergencia
progresiva en el ámbito social.
¿Se
beneficiarán todos los países, ganarán todos los sectores y mejorará
el mercado laboral como un todo? ¿Cómo trabajará económicamente la
ampliación dado que la UE se posicionará en una nueva escala de
actividades, una nueva escala de acciones a nivel continental que le
puede permitir trabajar más eficientemente? Estas preguntas son, en
realidad, difíciles de responder.
La
integración en su conjunto, a pesar de sus innegables éxitos en lo
económico –el mercado único, el euro– se ve lastrada por
considerables insuficiencias, derivadas en lo fundamental de las
contradicciones entre los Estados miembros. Este contexto parece que
se agudizará, al menos a corto plazo, como consecuencia de la
ampliación, cuyos efectos económicos serán probablemente muy
diferentes de lo que generalmente se asume.
De
hecho, aunque varias simulaciones llevadas a cabo indican que la
pertenencia a un vasto mercado único proporcionará ganancias
sustanciales a los nuevos miembros, que también se beneficiarán de
incorporarse a la PAC –algunos estimados señalan que las ganancias
en términos de PIB serán sustancialmente superiores a los 10 mil
millones para la UE y de unos 50 mil millones para los candidatos–,
las repercusiones de la ampliación pueden ser de naturaleza muy
diferente en los distintos sectores económicos y regiones.
Llegados
a este punto, y luego del análisis precedente, algunas conclusiones
pueden ser esbozadas a modo de previsión para el futuro:
En
cualquier caso, el proceso de ampliación no puede ser visto como una
simple sumatoria de Estados. La nueva UE, fruto de la integración de
un conjunto de economías –y también de concepciones y prácticas
políticas– diversas, experimentará un redimensionamiento de sus
capacidades y necesidades de todo orden, que puede incluso conducir a
que se alteren en un sentido u otro determinados patrones de consumo,
de producción y de pensamiento y ejecutoria hasta hoy vigentes.
La
ampliación de la UE comportará una pérdida de cohesión y de
dinamismo para el proceso de integración, que ya ha comenzado a
manifestarse en las divisiones de todo orden entre los Estados
miembros actuales y los futuros, como entre aquellos y éstos, entre
países grandes y pequeños y entre los diferentes intereses de que
son portadores cada uno de ellos.
La
ampliación, que de hecho ya se ha producido sin esperar al 1º de
mayo, revive en la UE viejas disparidades no resueltas –el
antagonismo histórico entre federalistas y nacionalistas, la lucha
por espacios de poder– y generará una acentuación de la diferencia
de velocidades entre sus políticas, así como en la vinculación a
ellas de los diferentes Estados miembros.
Como
colofón, la profundización del atlantismo que imprimirá la entrada
de los nuevos miembros en un contexto de hegemonía norteamericana se
reflejará en el aplazamiento de los planes por constituir una PESC
autónoma y afectará sensiblemente, por tanto, la imagen y el papel
internacionales de la UE–25.
En
el plano internacional, la elevación del número de Estados miembros,
así como de su diversidad y disparidades, hará más difícil a la UE
hablar con una sola voz en los asuntos internacionales, algo que ya
fue evidente frente a la guerra norteamericano–británica contra
Irak.
La
próxima ola de ampliaciones por tanto, hará que la UE enfrente
dificultades aún mayores para validar un papel más importante que el
que desempeña actualmente en el proceso de globalización
internacional.
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