Formación

 

Alex Callinicos

Contra el postmodernismo - 05

Capítulo 5 - ¿Qué hay de nuevo? 

El siglo XIX aún no ha terminado
Richard Sennett

 5.1 Los mitos del postindustrialismo

La idea de la sociedad postindustrial es, desde luego, absurda. Tal como lo formula Daniel Bell, por ejemplo, el concepto denota el último estadio de una progresión: el paso de la sociedad tradicional a la industrial y ahora a la postindustrial. Cada estadio se diferencia por lo que podría pensarse como una versión (bastante tosca) de lo que Marx llama fuerzas productivas: la sociedad tradicional se basa en la agricultura y la industrial en la industria manufacturera moderna, que implica el control científico de la naturaleza y el uso de fuentes de energía artificiales. La sociedad postindustrial se caracteriza porque en ella se pasa de la producción de bienes a una economía de servicios, y por el papel central que desempeña el conocimiento teórico como fuente de innovaciones técnicas y de formulación de políticas. Los cambios en la estructura social se infieren de estos cambios tecnológicos.

La sociedad postindustrial es una "sociedad del conocimiento", dominada cada vez más por una élite profesional y técnica entrenada en universidades. Las grandes corporaciones están pasando de un "modo economicista" de actividad, en el cual "todos los aspectos de la organización se subordinan unilateralmente a la consecución de los medios para lograr los objetivos de la producción y del lucro", a un "modo socializante" que "garantiza a todos los trabajadores cargos vitalicios y en el que la satisfacción de la fuerza laboral se convierte en el destino principal de los recursos económicos de las empresas". Por consiguiente; argumenta Bell, "hoy en día, en Estados Unidos, nos distanciamos de una sociedad basada en un sistema de mercado, de empresa privada, y avanzamos hacia una sociedad en la cual las decisiones económicas de mayor importancia serán adoptadas a nivel político, en términos de 'objetivos' y 'prácticas' conscientemente definidos".1

Es fácil desdeñar semejantes predicciones acerca de la muerte del capitalismo, que reflejan las circunstancias de su formulación inicial, durante la larga época de prosperidad económica de las décadas de 1950 y 1960.2 Ciertamente, resulta difícil tomar en serio el presunto paso de un modo "economicista" a un modo "socializante" en vísperas del holocausto de los empleos manufactureros de fines de los años setentas y del gran mercado especulativo de mediados de los ochentas, la era de las concesiones y las adquisiciones clientelistas, de la privatización y de las grandes transacciones financieras, la era de Ivan Boesky y Gordon Gecko. El argumento de Bell fue en gran medida un desarrollo de la ortodoxia prevaleciente entre los científicos sociales de habla inglesa en el período inmeditamente siguiente a la posguerra, cuyos temas principales eran la separación de la propiedad y del control de las empresas, el consiguiente surgimiento de una tecnocracia administrativa, la fragmentación de las clases sociales en conjuntos yuxtapuestos de grupos de interés y, otra de las brillantes ideas de Bell, el "fin de la ideología", de la política polarizada cuyo objetivo es la transformación global de la sociedad. La formulación de este concepto de sociedad postindustrial quizás deba ser vista entonces como un esfuerzo, impulsado por un determinismo tecnológico que acobardaría al más vulgar de los marxistas, por dar cierta coherencia a estos temas y conferirles una justificación en la economía.

Los comentaristas se apresuraron a señalar las erróneas interpretaciones de las tendencias económicas en las que incurrían los teóricos de la sociedad postindustrial.3 El alza en el porcentaje de la producción y del empleo que hoy asumen los servicios, sin duda uno de los mayores cambios seculares del capitalismo del siglo XX, ha ocurrido en lo fundamental a expensas de la agricultura y no de la industria manufacturera y, en todo caso, el empleo en esta última nunca ha incluido a la mayor parte de la fuerza laboral: el punto más alto jamás alcanzado se logró brevemente en Inglaterra en 1955, cuando correspondió a la industria manufacturera el 48% del empleo.4 Es cierto que en el período que se inicia en los años setentas tuvo lugar una transición más pronunciada de la manufactura hacia los servicios en las economías occidentales, pero esta tendencia exige un análisis mucho más cuidadoso que el ofrecido por aquellos intelectuales de izquierda que se aferran a él para anunciar la desaparición del proletariado industrial, tesis sintetizada en el libro de André Gorz, Adiós a la clase obrera.5

En primer lugar, este proceso de "desindustrialización", como es lógico, implicó una disminución en el porcentaje de la producción y del empleo en el sector manufacturero. En otras palabras, se trató primordialmente de un cambio relativo, ya que decreció la participación de la fuerza laboral en la industria mas no el número absoluto de empleados del sector. El paso sectorial de la manufactura a los servicios puede explicarse en gran parte por el aumento creciente de la productividad del trabajo en la industria manufacturera, lo que significa que una proporción menor de la fuerza laboral puede producir una cantidad considerablemente mayor de bienes. El crecimiento de la productividad del trabajo en el sector de los servicios es, por comparación, muchísimo más lento -en los Estados Unidos, entre 1970 y 1984, aumentó sólo en un 0.8% anual en la banca comercial y, de hecho, cayó a una tasa anual del 0.4% en los expendios de comida y bebida.6

Quizás sea importante anotar que la participación de la industria en la producción ha decrecido en general menos abruptamente que su participación en el empleo: en los Estados Unidos, por ejemplo, la industria decreció del 25.8% del empleo en 1964 al 19.6% en 1982; su participación en el volumen del Producto Bruto Interno, sin embargo, experimentó una caída mucho menos pronunciada, del 24.8% en 1964 al 22.8% en 1982. Conjuntamente, por lo tanto, estas cifras sugieren un aumento considerable de la productividad en el sector industrial y, por otra parte, la transición de la manufactura a los servicios no es universal. El Japón, la economía de mayor éxito en la época de la posguerra, experimentó entre 1964 y 1982 una caída en la participación de los servicios en el volumen del PBI, del 51.7% al 48.8%, y un alza en la participación del sector manufacturero, del 24.1% al 39.9%. El caso del Japón refuta la difundida teoría según la cual una disminución en la manufactura respecto de los servicios es una consecuencia de la "madurez" económica y del aumento en el ingreso per capita. El ingreso per capita en Japón es considerablemente más alto que en Gran Bretaña, pero los servicios detentan en Inglaterra una mayor participación (55.6% en 1982) y la manufactura una proporción mucho menor (24.9%) del volumen del PBI.7

En todo caso, hay buenas razones para dudar de que exista una tendencia inevitable a sustituir la manufactura por los servicios. El crecimiento de la llamada industria de "bienes blancos", por ejemplo, implica sustituir servicios por bienes: implementos domésticos como neveras, aspiradoras y lavadoras, producidos en fábricas y distribuidos en el mercado, reemplazan los servicios suministrados por trabajo femenino gratuito o por sirvientes. De la misma manera, la tendencia general a utilizar el automóvil privado en lugar del transporte público significa que la movilización personal se asegura mediante la adquisición de un bien y no mediante la prestación de un servicio. Finalmente, la transformación de la recreación masiva en el siglo XX ha significado la progresiva sustitución de los servicios que antes prestaban los cines y teatros por bienes de consumo durables: equipos de sonido, televisores, grabadoras, etc.

Michael Prowse argumenta que el lento crecimiento de la productividad en el sector de los servicios implica que "el precio relativo de los servicios suministrados directamente se eleva en comparación con el de los bienes, propiciando la adquisición de artículos manufacturados" y generando "un incentivo constante para que los empresarios fabriquen bienes capaces de sustituir servicios anteriormente adquiridos". Sugiere también que "la razón principal por la cual la participación del sector de servicios ha aumentado es que algunas de las industrias manufactureras en ciertos países de Occidente están moribundas y ya no desempeñan la función de producir bienes tangibles que sustituyan los servicios".8 Es el carácter poco competitivo de sus respectivas industrias manufactureras lo que, en opinión de Prowse, explica la desindustrialización relativamente rápida de Gran Bretaña y los Estados Unidos. La complacencia con que los gobiernos de Thatcher y Reagan saludaron el ocaso de la manufactura como la transición históricamente ineludible hacia una economía de servicios, suscitó fuertes críticas de parte de comentaristas más reflexivos como Prowse, preocupados por las perspectivas futuras del capitalismo británico y estadounidense.9

Las implicaciones sociales de la disminución relativa del empleo en la industria manufacturera, por otra parte, no han sido las anticipadas por Bell. La creciente proporción de la fuerza laboral clasificada como de "cuello blanco" se confunde a menudo con la expansión del sector de los servicios pero, desde luego, no son equivalentes, pues éste emplea limpiadores y meseros al lado de funcionarios bancarios y corredores de bolsa, mientras diseñadores y tipógrafos, ingenieros y calificados operarios de maquinaria trabajan en las fábricas. En todo caso, el empleo de cuello blanco cubre al menos tres posiciones de clase diferentes: los "capitalistas gerenciales", que son, en efecto, miembros asalariados de la burguesía; la "nueva clase media", conformada por los empleados de mayor nivel en las áreas profesionales, comerciales y administrativas, y los empleados rutinarios cuya falta de seguridad, salarios relativamente bajos e imposibilidad de controlar su empleo los colocan, básicamente, en la misma posición de los trabajadores manuales.10

El empleo en el sector de servicios propiamente dicho difícilmente se ajusta al perfil de la élite de la "sociedad del conocimiento" descrita por Bell. El salario semanal promedio en la industria manufacturera de los Estados Unidos era de US$ 396 en 1986 y US$ 275 en el sector de servicios. El gobierno de Reagan hizo gran alarde del hecho de que las veinte ocupaciones de mayor crecimiento en la década de 1980 se relacionaban todas con "el manejo de la información", con lo cual se refería a un abigarrado grupo de programadores de computadores, analistas y operadores, manejadores de máquinas procesadoras de datos, mecánicos, agentes de viaje, ingenieros astronáuticos, asistentes de psiquiatría y ayudantes paralegales. Conjuntamente, sin embargo, este grupo es inferior al creciente número de empleados en expendios de comidas rápidas. El 22% de los 17.1 millones de empleos en servicios no gubernamentales creados en los Estados Unidos entre 1972 y 1984 corresponde a restaurantes y comercio al detalle, un sector donde el salario por hora es inferior en un 38% al de la industria manufacturera.11

La "desindustrialización", por lo demás, ha sido un doloroso proceso, de resultados socialmente regresivos. En ningún lugar del mundo se ilustra esto mejor que en California, la paradigmática "sociedad postindustrial" ubicada estratégicamente en el extremo este de la dinámica economía del Pacífico que, en 1985, tenía el 70% de su fuerza laboral empleada en el sector de servicios y que está idealmente conformada, gracias a Hollywood y a Silicon Valley, para suministrar al mercado mundial recreación, información y entretenimiento.12 La recesión de 1979-82 eliminó casi que de tajo las industrias de automóviles, de acero y de llantas, al igual que otras empresas básicas, y una alta tasa de desempleo se combinó con la entrada a menudo ilegal de emigrantes para producir un descenso radical en los salarios. Por consiguiente, hubo una expansión de las industrias intensivas en mano de obra mal remunerada, tanto en el sector de la manufactura como en el de los servicios, y creció el empleo en textiles hasta el punto de que California está ahora en condiciones de competir con Hong Kong y Taiwan. Como observa Mike Davis, "la industria de Los Angeles ha pasado del 'fordismo' al 'sangriento taylorismo' casi a la misma escala de Asia Oriental".13 Un patrón similar puede observarse en el sector de servicios, cuyos salarios llegan en promedio casi a la mitad de los de la industria manufacturera básica. Por consiguiente, a pesar de las ficticias tasas de riqueza y de dinámico crecimiento de California, los ingresos per cápita cayeron del 123% del promedio estadounidense en 1960 al 116% en 1980 y al 113% en 1984. En palabras de Philip Stephens, "los beneficios del crecimiento han sido disfrutados, principalmente, por los empresarios de Silicon Valley y por una pequeña proporción de la población con grandes propiedades y activos financieros".14

El resurgimiento en las ciudades más ricas de la Tierra de los denominados "métodos sudorosos" de explotación de la mano de obra, típicos del siglo XIX, hace parte de un conjunto más amplio de cambios, uno de cuyos rasgos más importantes y, por lo general, más ignorados por los teóricos parroquiales de la sociedad postindustrial, es el desarrollo de los nuevos países industrializados del Tercer Mundo.15 Una de las principales consecuencias de la producción emergente en estos países ha sido el considerable crecimiento de la clase obrera industrial a escala global. Paul Kellog escribe:

El empleo en la manufactura creció en un 65% en Turquía entre 1960 y 1982,179% en Egipto entre 1958 y 1981, 623% en Tanzania entre 1953 y 1981, 57% en Zimbabwe entre 1970-80, 212% en Brasil entre 1970-82, 34% en Perú entre 1971-81 y un asombroso 2.500% en Corea del Sur entre 1956 y 1982. A escala mundial esto significa, en los once años comprendidos entre 1971 y 1982, un incremento del 14.1% en el empleo industrial. Es cierto que durante este período "las economías de mercado desarrolladas" (Norteamérica y Europa Occidental en particular) experimentaron una baja en el empleo industrial del 61/2 por ciento. No obstante, "las economías de mercado en vías de desarrollo" se dispararon en un 58%, y "las economía de planificación central" en un 16% para compensar con creces la diferencia... A escala mundial hay ahora más trabajadores en la industria que en cualquier momento de la historia... La clase obrera industrial, en los 36 principales países industriales, aumentó entre 1977 y 1982 de 173 a 183 millones. Lo anterior es una descripción incompleta, si consideramos que 1982 fue el peor año de la peor recesión de la época de la posguerra, una recesión que condujo a que en Occidente millones de trabajadores de la industria perdieran su empleo.16

La discusión acerca de cómo deben ser interpretados estos cambios se encuentra en la sección 5.3, pero por ahora basta señalar que detectar en ellos el surgimiento de la sociedad postindustrial es ciertamente una equivocación. Sin embargo, varios teóricos contemporáneos, desde Habermas hasta sus enemigos postmodernistas, se han apresurado a anunciar "la obsolescencia del paradigma de la producción", entendiendo con ello el marxismo. Resulta difícil tomar en serio mucho de lo que se ha escrito al respecto. Craig Owens merece probablemente el premio al argumento más tonto cuando afirma que "el marxismo privilegia la actividad típicamente masculina de producción como la actividad decididamente humana... las mujeres, confinadas históricamente a los ámbitos del trabajo no productivo o reproductivo, se colocan así por fuera de la sociedad masculina de productores, en un estado de naturaleza".17

El adverbio "históricamente" produce especial deleite pues, desde luego, el trabajo de la mujer desempeña un papel productivo fundamental en los hogares campesinos que constituyen la unidad económica básica de las sociedades agrarias precapitalistas.18 La transformación de la familia, que dejó de ser una unidad de producción para convertirse en una unidad de consumo donde el trabajo doméstico de la mujer se dedica primordialmente a la reproducción de la fuerza de trabajo, es una novedad histórica propia del capitalismo industrial. De lo anterior no se deduce, desde luego, que bajo el capitalismo las mujeres estén confinadas a este papel reproductivo; en efecto, una de las tendencias contemporáneas más importantes en el campo del empleo es la progresiva incorporación de la mujer al trabajo asalariado en las economías avanzadas.19

Baudrillard es menos ignorante que Owens pero formula una crítica similar al marxismo, acusándolo de etnocentrismo y de "racismo teórico" por querer proyectar las categorías propias del capitalismo industrial a las "sociedades primitivas", en las cuales la producción "es continuamente negada y volatilizada por el intercambio recíproco que se consume a sí mismo en una operación sin fin".20 El materialismo histórico no está, como parece creerlo Baudrillard, comprometido con la idea de que toda formación social produce en aras de la producción misma; ciertamente, Marx considera tal cosa como un rasgo peculiar del capitalismo. Lo único que afirma el materialismo histórico es que incluso las sociedades preclasistas, con prácticas de redistribución tales como la reciprocidad generalizada y que sólo en el sentido más formal están gobernadas por el deseo de maximizar utilidades, deben hallar una manera de asegurar su reproducción material, y que la combinación entre fuerzas productivas y relaciones de producción conformará cada sociedad y le dará sus características propias, independientemente de que sus agentes así lo reconozcan. Cuando confrontamos la tesis de Baudrillard, que al parecer niega que las sociedades primitivas estén sujetas a limitaciones materiales, tendemos a coincidir con Perry Anderson en que "el marxismo clásico" es "una especie de sentido común".21

Habermas, sobra decirlo, pertenece a una categoría muy diferente de la de los littérateurs postmodernistas como Owens y Baudrillard. No obstante, considera también que el "paradigma de la producción" resulta cada vez menos aplicable a la sociedad contemporánea y habla, por ejemplo, de "el final, históricamente previsible, de la sociedad basada en el trabajo".22 Aquí parece tener en mente lo que considera la importancia cada vez menor del trabajo manual en la producción de bienes y servicios. Pero, como ya hemos visto, la disminución del empleo en la industria de las economías avanzadas ha sido exagerada y se ve contrarrestada por la expansión de la clase obrera industrial a escala mundial. En todo caso, resulta poco adecuado identificar el trabajo propiamente dicho con el trabajo industrial. A pesar de las filas de desempleados que llenaron las calles durante las décadas de 1970 y 1980, en las economías occidentales nueve décimas partes de la población en edad de trabajar tienen habitualmente algún tipo de empleo, por lo general asalariado, y el hecho de que los obreros manuales de la industria no constituyan hoy día la mayoría de los empleados asalariados no implica por sí mismo el comienzo del final de la "sociedad basada en el trabajo".

El trabajo asalariado, por el contrario, con la disminución de la agricultura campesina y la creciente incorporación de la mujer al mercado laboral, se ha convertido en el rasgo más difundido de la experiencia social en el pasado medio siglo. El que gran parte de este trabajo implique ahora interactuar con otras personas más que producir bienes no modifica las relaciones sociales correspondientes, y un rasgo revelador de las relaciones industriales contemporáneas es la extensión del sindicalismo a las profesiones "vocacionales" (salud, docencia, trabajo social, etc.); en 1988, por ejemplo, tanto en Gran Bretaña como en Francia, se dieron importantes conflictos laborales que involucraron a un número creciente de enfermeras. El que menos personas estén empleadas en la producción material no modifica en manera alguna, por lo tanto, el hecho de que nadie puede sobrevivir sin los bienes industriales fabricados por estas personas. No sólo tienen los seres humanos las mismas necesidades de alimento, vestido, abrigo y similares, sino que los niveles de vida cada vez más altos y la expansión del consumo masivo que conllevan implican la proliferación de bienes materiales, debido a la tendencia arriba anotada de sustituir servicios por artículos duraderos. La enorme expansión de las capacidades productivas que ha tenido lugar bajo el capitalismo hace posible una drástica reducción de la jornada laboral y, en este sentido, de la "sociedad basada en el trabajo". Pero esta posibilidad sólo podrá convertirse en realidad como resultado de la abolición de las relaciones sociales capitalistas, que dependen todavía de la explotación del trabajo asalariado. E incluso la sociedad socialista que surja de una transformación semejante descansará todavía sobre lo que Marx llama "el reino de la necesidad", es decir, sobre la producción de los valores de uso sin los cuales la existencia humana desaparecería. El que un pensador tan persuasivo como Habermas pierda de vista estas realidades fundamentales es un indicio de la confusión intelectual prevaleciente.

5.2 El espectro de Hegel: el postmodernismo de Jameson

La creencia en la existencia de una época postmoderna no necesariamente depende de la idea, poco sostenible, de una sociedad postindustrial. Una serie de escritores marxistas, o al menos marxizantes, ha relacionado lo que consideran como el surgimiento de una cultura postmoderna con cambios ocurridos dentro del modo capitalista de producción. El más importante defensor de esta perspectiva es Frederic Jameson, para quien "conceder alguna originalidad histórica a la cultura postmoderna es afirmar implícitamente una diferencia estructural entre lo que se llama a veces la sociedad de consumo y momentos anteriores del capitalismo...".23 Jameson había comenzado ya a desarrollar un análisis análogo en su brillante discusión del surrealismo presentada en El marxismo y la forma, un libro publicado en 1971. Las "iluminaciones profanas" de los surrealistas, el descubrimiento de una investidura psíquica inconsciente que existe de manera casi mágica en los objetos cotidianos, reflejan a su juicio "una economía que todavía no está industrializada y sistematizada por completo", en la que "el origen humano de los productos -su relación con el trabajo que los produce- no se oculta totalmente; en su producción se evidencian aún las huellas de una organización artesanal del trabajo, mientras su distribución está asegurada, predominantemente, por una red de pequeños tenderos". Hoy, por el contrario,

en lo que llamamos el capitalismo postindustrial, los productos que nos son suministrados están desprovistos por completo de profundidad: su contenido plástico es totalmente incapaz de servir como conductor de energía psíquica... Toda investidura libidinal en estos objetos está excluida de antemano, y podemos preguntarnos si será cierto que nuestro universo de objetos, en lo sucesivo, será incapaz de suministrar "algún símbolo adecuado para conmover la sensibilidad humana" (Breton), si no estaremos en presencia de una transformación cultural de señaladas proporciones, de una ruptura histórica absoluta e inesperada.24

Este pasaje contiene in nuce el análisis más reciente de Jameson acerca de la "lógica cultural del capitalismo tardío". El postmodernismo se ha convertido, sostiene, en una "dominante cultural". El arte producido bajo su imperio se caracteriza por una especial carencia de profundidad, un despojarse de todo contenido emocional; celebra, por el contrario, la desintegración del sujeto y ofrece meros pastiches de un pasado histórico nostálgicamente reducido a un mundo perdido de compromiso político o a una fuente de imágenes brillantes estilo retro. El extraño alborozo inducido por el arte postmoderno, añade, es un caso de lo "sublime histérico", de la efervescencia y terror con los cuales respondemos a la consciencia de que el funcionamiento del sistema económico mundial ya no es representable ni imaginable. En todos los aspectos mencionados, sin embargo, el postmodernismo refleja la naturaleza de este sistema.

"Ha habido tres momentos fundamentales del capitalismo... el capitalismo mercantil, el estadio monopolista o imperialista, y el nuestro, erróneamente llamado postindustrial, pero que mejor podría denominarse multinacional". A cada estadio corresponde una tecnología particular -el vapor (mercantil), la electricidad y los automóviles (monopolista), los computadores y la energía nuclear (multinacional)- así como una "dominante cultural" -realismo en el caso del capitalismo mercantil, modernismo en el caso del imperialismo. El "postmodernismo" correspondería a la tercera fase, la del "capitalismo tardío, multinacional o de consumo... la fase más pura del capitalismo que se haya dado, una prodigiosa expansión del capital hacia áreas que hasta ahora habían permanecido por fuera del ámbito de la producción de mercancías... Nos veríamos tentados a hablar en este sentido de una colonización nueva e históricamente inédita de la naturaleza y del inconsciente, esto es, la destrucción de la agricultura precapitalista del Tercer Mundo por parte de la Revolución Verde, y el surgimiento de los medios de comunicación y de la industria de la publicidad".25

El esfuerzo de Jameson por contextualizar históricamente el postmodernismo está ejecutado en forma brillante e imaginativa. Despliega la calidad del auténtico crítico de la cultura al pasar con asombrosa facilidad de las generalidades teóricas a los casos concretos, en especial cuando analiza el interior barroco del Hotel Bonaventure de Los Angeles para ilustrar la forma como el "hiperespacio postmoderno... ha conseguido finalmente trascender la capacidad que tiene el cuerpo humano individual de ubicarse, de organizar perceptivamente su entorno inmediato y de localizar su posición en un mundo externo espacialmente identificable". Pero la manera como Jameson entreteje lo universal y lo particular tiene un propósito político definido, ya que así puede evitar la formulación de un juicio moral -positivo o negativo- sobre el postmodernismo. Si bien descarta con facilidad "la celebración complaciente (y sin embargo delirante) que manifiestan los inexpertos seguidores de este nuevo mundo estético (incluida su dimensión social y económica, acogida con igual entusiasmo bajo el lema de 'sociedad postindustrial')", Jameson insiste también en que "si el postmodernismo es un fenómeno histórico, el esfuerzo por conceptualizarlo en términos de juicios morales o moralizantes debe ser calificado, en última instancia, de error categorial". El arte postmoderno no puede ser ignorado sencillamente como algo mistifcador, sino que debe "ser leído como una nueva forma peculiar de realismo (o al menos de una mímesis de la realidad)". Esta respuesta, según él, es la única consistente con la aproximación de Marx al capitalismo en el Manifiesto Comunista, "un tipo de pensamiento... capaz de aprehender los rasgos demostrablemente funestos del capitalismo al mismo tiempo con su extraordinario y liberador dinamismo dentro de una única idea, sin atenuar la fuerza de ninguno de los dos juicios. Debemos, de alguna manera, elevar nuestra mente al punto en que podamos comprender que el capitalismo es a la vez lo mejor que le ha sucedido a la humanidad, y lo peor".26

La posición general de Jameson se alinea en forma evidente con la perspectiva adoptada por Marx frente al capitalismo (ver sección 2.1) y, por lo tanto, con el argumento central desarrollado a lo largo de este libro. Podemos simpatizar también con su deseo de evitar ese tipo de denuncia elitista de las nuevas formas culturales que desfigura en gran medida los escritos de Lukács sobre el modernismo. La actitud de Jameson ante el postmodernismo evoca más bien la "máxima brechtiana" citada por Benjamin: "No comenzar con las buenas cosas viejas, sino con las malas cosas nuevas".27 En lugar de aferrarnos nostálgicamente a las formas agotadas del modernismo, sugiere Jameson, debemos explorar el potencial crítico inherente al postmodernismo. A la hora de la verdad, se muestra algo parsimonioso en cuanto a ilustrar las posibilidades subversivas de las nuevas formas, pero no es allí donde reside la mayor dificultad; ésta es, ante todo, de tipo metodológico.

Jameson es el más célebre seguidor contemporáneo del marxismo hegeliano. Para él, el marxismo se distingue antes que nada por "el imperativo de totalizar", de conceptualizar los diversos fragmentos de la vida social como aspectos de un conjunto de relaciones comprehensivo e integrado. La diferencia entre Jameson y Lukács, cuya Historia y consciencia de clase representa el esfuerzo más importante por identificar el método marxista con el concepto de totalidad, es doble. En primer lugar, Jameson no concibe la totalidad social como una entidad que pueda ser directamente experimentada en ningún sentido, sino como "una causa ausente... inaccesible para nosotros excepto en forma textual". La historia, "concebida en su acepción más amplia como secuencia de modos de producción y como la sucesión y el destino de diversas formaciones sociales", opera como "horizonte último" de todo análisis textual, pero su principal función teórica es suministrar el fundamento de la crítica al carácter parcial y limitado de las "narrativas" que no la toman en cuenta. "Este estatuto negativo y metodológico del concepto de totalidad" significa que "el marxismo subsume otros modos de interpretación de los sistemas" y utiliza, por ejemplo, el postestructuralismo, como lo hace el propio Jameson en su estudio sobre Wyndham Lewis (ver sección 1.3), pero al mismo tiempo los lleva más allá de sus límites al incorporarlos dentro de una totalización más amplia.

En segundo lugar, mientras que Historia y consciencia de clase conceptualiza las mediaciones entre diversas prácticas sociales en términos de las homologías que evidencian, Jameson sigue a Althusser, el más importante de los críticos marxistas de Lukács, cuya concepción estructural de la totalidad social "insiste en la interrelación de todos los elementos de una formación social, sólo que los relaciona a través de sus diferencias estructurales y distanciamiento mutuo y no en razón de su identidad última... La diferencia se entiende entonces como un concepto relacional más que como el mero inventario inerte de una diversidad sin relación". Así, "la celebración postestructuralista actual de la discontinuidad y la heterogeneidad es... sólo un momento inicial de la exégesis althusseriana, la cual exige luego que los fragmentos, los niveles inconmensurables, los impulsos heterogéneos del texto, se relacionen de nuevo, pero en el modo de la diferencia estructural y de la contradicción determinada".28 La concepción de Jameson de la totalidad es entonces similar a la del deus absconditus de los escolásticos y los místicos, presente sólo en su ausencia. Esta démarche implica poner al servicio de la tradición lukácsiana la crítica de Althusser a la "totalidad expresiva" de Hegel, "esto es, una totalidad cuyas partes son a su vez partes totales, cada una de las cuales expresa las otras y también la totalidad social que las contiene, porque cada una posee en si misma, en la forma inmediata de su expresión, la esencia de la totalidad"29.

De lograrlo, sería una extraordinaria hazaña, pues Althusser considera el análisis que hace Lukács de la reificación en Historia y consciencia de clase como uno de los principales ejemplos de una totalidad semejante, donde diferentes prácticas sociales se reducen a expresiones de una esencia única cuya estructura comparten.30 No es claro, sin embargo, que la síntesis propuesta por Jameson entre Lukács y Althusser funcione, al menos en lo que respecta al postmodernismo. Tenemos más bien la impresión de que el esfuerzo de Jameson por vincular un arte distintivamente postmoderno con una nueva fase "multinacional" del desarrollo capitalista es precisamente el tipo de error que Althusser busca diagnosticar en su crítica a la totalidad expresiva.31 Jameson nos dice, por ejemplo, que "el modo de la literatura contemporánea de entretenimiento", a la que llama "paranoia de alta tecnología", en la que "los circuitos y redes de una putativa interconexión mundial computarizada se movilizan narrativamente a través de las conspiraciones laberínticas de agencias de información rivales, autónomas pero letalmente interconectadas y de una complejidad que sobrepasa a menudo la capacidad de la mente normal", es "un esfuerzo desfigurado por pensar la imposible totalidad del sistema mundial contemporáneo", "la red completamente novedosa y decentrada del tercer estadio del capital".32 Esto se asemeja mucho más a una relación de homología que a una diferencia estructural y, de manera más general, la presentación que hace Jameson del arte postmoderno, a pesar de sus muchos aciertos, tiende a forzar dentro de un molde único una diversidad de fenómenos culturales cuya relación no es evidente: el tratamiento que hace del "cine de la nostalgia" es un ejemplo de ello.33

De esta crítica no debe concluirse que Jameson esté equivocado al insistir en la necesidad de totalización. Por el contrario, él mismo señala que la celebración postestructuralista de la fragmentación y de la diferencia "debe estar acompañada de una apariencia inicial de continuidad, de alguna ideología de unificación previamente establecida, que es su misión refutar y fragmentar".34 Podría argumentarse, como lo hago en la sección 3.4, que cuando Foucault, para citar un caso, elabora su descripción de la "sociedad disciplinaria", constituida por el "dispositivo" del "poder-saber", recurre implícitamente a una totalización. Jameson acierta cuando enfatiza el fracaso de toda estrategia política que no implique el reconocimiento del carácter sistemico del capitalismo.35 El problema reside en que la tendencia de Jameson a reducir la diversidad de la vida social a instancias de una esencia única corre el peligro de dar mala fama a la totalización -o mejor, a la totalización marxista que, a diferencia del postestructuralismo, explicita su esfuerzo por relacionar diferentes prácticas como partes de un mismo todo. El asunto se complica aún más por su intento de colocarse más allá del bien y del mal en su actitud hacia el capitalismo postmoderno.

De hecho, no hay inconsistencia alguna entre el análisis científico y la evaluación ética de un fenómeno social, y al sugerir lo contrario, Jameson sólo propicia el que se le atribuya una teleología hegeliana en la que el progreso se halla entretejido en la textura misma de la historia.36 Dentro de este contexto, sigue siendo válido el argumento de Althusser: el marxismo sólo puede evitar el evolucionismo si se apoya en una concepción compleja de la totalidad, en la que se reconozca la "temporalidad diferencial" de los diversos niveles de una formación social, cada uno de los cuales tiene "un tiempo peculiar, relativamente autónomo y por ello relativamente independiente incluso en su dependencia de los 'tiempos' de otros niveles", de manera que la totalidad debe ser vista como la "interrelación de tiempos diferentes..., esto es, el tipo de dislocación (décalage) y torsión de las diferentes temporalidades producido por los diferentes niveles de la estructura, cuya compleja combinación constituye el tiempo peculiar de desarrollo del proceso".37 Una totalidad así será necesariamente "irrepresentable", sólo cognoscible por medio de una compleja articulación de conceptos teóricos, y éstos no son, como lo cree Jameson, rasgos que pertenecen únicamente al "capitalismo multinacional.38

5.3 ¿Una ruptura en el capitalismo?

La tesis central de Jameson, según la cual el capitalismo habría sufrido un cambio fundamental, no se refuta, desde luego, sólo con señalar que conceptualiza de manera reduccionista las implicaciones culturales de este presunto cambio. Es preciso demostrar también que los esfuerzos realizados para sustentar la tesis no están bien elaborados. En El marxismo y la forma, el "capitalismo monopolista postindustrial", predominante desde los años cuarentas y caracterizado en términos tomados de El capital monopolista de Paul Baran y Paul Sweezy, es el responsable del carácter superficial y carente de sentimiento de los productos culturales de hoy.39 Hacia 1984, sin embargo, Jameson había llegado a repudiar la noción de "sociedad postindustrial" y había ubicado el momento del cambio "a finales de la década de 1950 o comienzos de la de 1960"; cita como autoridad en economía el libro El capitalismo tardío de Ernest Mandel, que "ofrece la anatomía de la originalidad histórica de esta nueva sociedad", descrita ahora como la del capital "multinacional", un estadio posterior a la era monopolista.40 Como señala Mike Davis, esta nueva periodización entra en conflicto con la utilizada por Mandel, cuyo "propósito central [en el libro citado] es comprender la larga ola de rápido crecimiento de la posguerra" y quien "considera que la verdadera ruptura, la terminación definitiva de esta larga ola, sería la 'segunda recesión' de 1974-75...". La diferencia entre el esquema de Jameson y el de Mandel es crucial: ¿nació el capitalismo tardío alrededor de 1945 o de 1960? ¿Son los años sesentas el comienzo de una nueva era o sólo la incandescente cúspide de la bonanza de la posguerra? ¿Dónde se ubicaría la recesión en la explicación de las tendencias culturales contemporáneas?41

Jameson no es lo suficientemente explícito acerca de la naturaleza del "capitalismo multinacional" como para sustentar una discusión seria de estos interrogantes. Las inconsistencias de su análisis (de fines de la década de 1940 a comienzos de la década de 1960, del capital monopolista al multinacional) y su uso relativamente informal de las fuentes económicas sugiere que su creencia en "una transformación cultural de señaladas proporciones, una ruptura histórica absoluta e inesperada", es una intuición que anima su crítica más que algo inferido de la investigación empírica de la economía mundial contemporánea. Hay, sin embargo, esfuerzos mejor fundamentados para mostrar que el capitalismo ha pasado a una nueva fase cuyo correlato cultural sería el postmodernismo. Consideraremos dos de ellos.

Scott Lash y John Urry afirman que las sociedades occidentales se encuentran actualmente en la transición de un capitalismo "organizado" a un capitalismo "desorganizado". El capitalismo organizado (la expresión fue acuñada por Hilferding), tal como se consolida a comienzos del siglo XX, implicó en particular la concentración y centralización del capital industrial, comercial y bancario; la separación entre propiedad y control; el crecimiento de la "clase de servicios" profesional, gerencial y administrativa; la regulación corporativa de la economía nacional por parte del Estado, los grandes capitales y las organizaciones laborales; el dominio sectorial de la industria manufacturera y extractiva; la concentración espacial de la gran industria en los centros urbanos, que operan como foco de economías regionales coherentes, y una vida cultural escindida por la racionalidad tecnológica y sus oponentes, en especial el modernismo y el nacionalismo.

El surgimiento del capitalismo desorganizado consiste en la desintegración de los espacios económicos nacionales gobernados por el Estado y característicos de la fase anterior; en la expansión de un mercado mundial dominado por corporaciones multinacionales, que debilita el poder económico de los países, y en el crecimiento de las inversiones industriales en el Tercer Mundo, que contribuye a la decadencia de la industria manufacturera en Occidente. El efecto de todo lo anterior, combinado con el progresivo crecimiento de la "clase de servicios", es minar la fuerza y coherencia del movimiento laboral, contribuyendo a la erosión de la negociación corporativa y al debilitamiento de una política basada en la lucha de clases. Por otra parte, una serie de cambios espaciales, como la reubicación de la industria en zonas alejadas de las grandes ciudades, promueve la decadencia de los centros metropolitanos y la desintegración de las economías rurales. La vida cultural, por último, es cada vez más fragmentaria y pluralista, modificación que se refleja en el surgimiento del postmodernismo.42

Aunque Lash y Urry adoptan implícitamente una explicación multicausal de los cambios descritos, otros autores que cubren el mismo terreno han preferido centrarse en la relación entre la producción y el consumo. Los escritores vinculados a la revista británica Marxism Today argumentan que el capitalismo contemporáneo experimenta ahora el surgimiento del "postfordismo". El concepto clave es aquí el de "fordismo", desarrollado en particular por la "escuela de la regulación" marxista francesa (Michel Aglietta, Alain Lipietz, Michel de Vrooy y otros), aun cuando no puede imputarse a estos teóricos responsabilidad alguna por la manera como han sido utilizadas sus ideas.43 El fordismo debe entenderse, en primera instancia, como un sistema masivo de producción que implica la estandarización de los productos, el uso a gran escala de maquinaria apropiada únicamente para un modelo en particular, el "manejo científico" propuesto por Taylor de las relaciones laborales, el ensamblaje de productos en línea y la garantía de mercados masivos debida a los altos costos fijos.

El fordismo se caracteriza, en segundo lugar, por la articulación de la producción y del consumo masivos; por el uso de la propaganda para incitar a los consumidores a adquirir productos estandarizados; por la formación de mercados nacionales protegidos y por el intervencionismo de Estado, que utiliza técnicas como el control keynesiano de la demanda y la transferencia de pagos para impedir catastróficas caídas en el poder adquisitivo de la población. La crisis de fines de los años sesentas y comienzos de los años setentas significa, según estos autores, el fin del fordismo, y en su lugar habría tomado forma una nueva variante del capitalismo llamada, sin mayor originalidad, postfordismo. Pero así como el fordismo fue creado por productores tales como el epónimo fundador del mismo, el postfordismo está gobernado por el consumo. Los sistemas de reparto basados en computadores permiten a los distribuidores evitar el excesivo almacenamiento de productos, que era el problema del fordismo, y hacen posible dirigir los artículos a grupos específicos de consumidores. El postfordismo, al mismo tiempo, ha presenciado la disgregación del mercado masivo en nichos fragmentados en los cuales el diseño se ha convertido en un importante punto de venta: las mercancías ya no se adquieren sólo por el valor de uso que poseen, sino por el estilo de vida que connota su diseño.

Estos cambios corresponden, dentro de la esfera de la producción, al desarrollo de la "especialización flexible". Se introducen nuevas tecnologías -como los sistemas flexibles de manufactura que ya no están destinadas a un modelo particular y pueden adaptarse a una serie de propósitos. El uso creciente de los computadores en la coordinación de la industria posibilita, asimismo, el almacenamiento oportuno, con lo cual se aminoran los gastos generales fijos. El tamaño de las plantas se reduce y el papel de los obreros se modifica, puesto que los nuevos métodos de producción ya no requieren la masa de operarios poco capacitados del fordismo, sino un núcleo más pequeño, una fuerza de trabajo con múltiples habilidades, capaz de participar activamente, a través de círculos de calidad y otros instrumentos por el estilo, en los procesos laborales. Por debajo de este grupo, que en lo habitual está compuesto por hombres blancos y bien remunerados, se encuentra la fuerza laboral "periférica", mal remunerada, con empleos temporales, a menudo de tiempo parcial, extraída de grupos oprimidos como las mujeres y los negros, y que se extiende hasta las clases más pobres, sostenidas por un restringido Estado benefactor. El postfordismo significa entonces un aumento de ingresos y de libertad para algunos, y una disminución para otros.44

Los autores de estos análisis del capitalismo contemporáneo son culpables de un reduccionismo tan feroz como el de Jameson, pero carecen de su habilidad para ofrecer una explo ración matizada, precisa y elocuente de fenómenos culturales concretos. Leer las descripciones de la "nueva era" en la revista Marxism Today es confrontar una versión caricaturesca del tipo de totalidad expresiva criticada por Althusser, que llega incluso a ofrecer listados contrapuestos de las características de la "era moderna" y la "nueva era". Los argumentos que buscan establecer conexiones entre diferentes fenómenos son a menudo en extremo descuidados. Stuart Hall, por ejemplo, cuya conversión en un maestro de la retórica ofuscadora, que confunde distinciones conceptuales básicas, bien puede ser considerada una de las menores tragedias intelectuales de la década de 1980, concede que "aún se debate si el 'postfordismo' existe," pero luego procede a afirmar que "cualquiera que sea la explicación que acordemos, el hecho de verdad sorprendente es que esta `nueva era' pertenece a una zona de tiempo marcada por la marcha del capital a través del planeta y, al mismo tiempo, de la línea Maginot de nuestra subjetividad".45 El aterrador reduccionismo desplegado aquí proviene, por extraño que parezca, de uno de los críticos más persistentes de la presunta tendencia marxista a identificar la superestructura ideológico-política con la base económica. No obstante, los análisis del capitalismo desorganizado y del postfordismo tienen al menos el mérito de que buscan mostrar cómo los cambios sistemáticos de la economía capitalista justifican hablar de una era distintiva postmoderna; más aún, tales explicaciones están fundamentadas en lo empírico, al menos en cuanto se refieren a transformaciones que ya han ocurrido. La dificultad reside en que exageran indebidamente la dimensión de estos cambios y no consiguen conceptualizarlos de manera adecuada.

Estas fallas son más evidentes en el caso del contraste trazado entre el fordismo y el postfordismo, objeto de rigurosas y devastadoras críticas tanto teóricas como empíricas. En primer lugar, los teóricos del postfordismo analizan en forma incorrecta el modelo de producción masiva del fordismo: en el caso clásico de la industria automovilística, por ejemplo, gran parte de estos equipos no son especializados y pueden ser utilizados de nuevo en la fabricación de otros modelos. De cualquier manera, la dependencia del fordismo con respecto a un producto único inmodiflcado al estilo del Ford modelo T o del Volkswagen pequeño es algo excepcional y, además, el campo de aplicación de las técnicas de producción masiva siempre ha estado limitado a la producción de bienes de consumo durables (autos, productos eléctricos y electrónicos) y no incluye industrias de consumo básicas como ropa y muebles, ni tampoco industrias de procesamiento intensivas como el acero y los químicos.

En segundo lugar, la tesis de que los mercados masivos para productos estandarizados se están disgregando carece de sustentación empírica. Hay una gran demanda de productos durables "maduros" como autos, lavadoras y refrigeradores, a los que se añaden en la actualidad nuevos artículos como videograbadoras, equipos de sonido compactos, hornos microondas, lavadoras de platos y procesadores de alimentos. La internacionalización del comercio ha llevado a la fragmentación de los mercados en cuanto los productores locales, que antes predominaban, se ven confrontados por los importadores, pero el resultado típico de este enfrentamiento es que los productores masivos sobreviven ofreciendo una variedad de modelos y combinando una participación relativamente alta en el mercado doméstico con un aumento en las exportaciones.

En tercer lugar, la novedad de la "especialización flexible" ha sido muy exagerada. Las nuevas tecnologías -el uso de robots en las fábricas de automóviles, por ejemplo- se encuentran todavía dedicadas a la producción de una generación de modelos específicos y, por otra parte, la introducción de los sistemas flexibles de manufactura es costosa, pues exige un alto volumen de producción para cubrir los gastos que conlleva.46 Finalmente, la tendencia hacia una fuerza laboral dividida entre un "núcleo" privilegiado y una "periferia" oprimida es también una gran exageración que descansa en el supuesto, implausible en una época de intensa competencia internacional, de que los empleadores pueden garantizar a algunos de sus trabajadores un empleo seguro y bien remunerado.47

Estas críticas no tocan los aspectos esenciales del análisis del "capitalismo desorganizado" ofrecido por Lash y Urry,48 autores que afirman que la decadencia del "capitalismo organizado", en términos económicos, es una consecuencia de la expansión mundial del capital: "Lo que ocurre ahora es que la 'industria' y las 'finanzas' han sido internacionalizadas, pero en circuitos separados y descoordinados. Dichas circunstancias han debilitado masivamente a las naciones individuales que colocan su economía dentro de uno de estos círculos viciosos y hacen que el Estado no pueda regular ni orquestar su moneda nacional.49 Esta tesis, sin embargo, no es creación original de Lash y Urry y, en efecto, ha sido propuesta de manera consistente y brillante por un marxista mucho más ortodoxo, Nigel Harris, para quien la internacionalización del capital implica tres tendencias principales, todas evidentes durante la larga bonanza de los años cincuentas y sesentas y que desde entonces se han acelerado: el crecimiento del comercio internacional y ante todo del comercio intraindustrial, que refleja la aparición de un "sistema global de manufactura" en el que las fábricas de los países individuales participan en un proceso de producción continuo y organizado a escala mundial; la expansión de la inversión por parte de las compañías multinacionales, cada vez más desvinculadas de toda base económica nacional, y la configuración de un sistema financiero que se extiende a todo el mundo y cuyas operaciones están por fuera del control de los gobiernos nacionales. El efecto acumulativo de estos cambios, dramatizado por el surgimiento de los nuevos países industrializados de América Latina y del Pacífico, es "el fin del capitalismo nacional": ningún país está ya en condiciones de controlar las actividades económicas dentro dé su territorio en una época en la cual los actores principales son capitales que operar en un escenario mundial.50

En este caso, mucha más que en el del postfordismo, estamos ante desarrollos cuya realidad e importancia son innegables. La integración mundial del capital es cualitativamente mayor de lo que era en la generación anterior y quizás la corroboración más importante de este aserto sea el hecho de que el mercado mundial, bajo el impacto de las recesiones de mediados de los años setentas y comienzos de los ochentas, no se desintegró en bloques comerciales proteccionistas, uno de los rasgos principales de la depresión de los años treintas. Sin embargo, es posible debatir todavía si los cambios ocurridos equivalen al amanecer de una nueva era del capitalismo, "multinacional" o "desorganizado". David M. Gordon ha sometido la tesis de la expansión mundial de la producción y del surgimiento de una nueva división internacional del trabajo a un cuidadoso análisis empírico, con sorprendentes resultados. En 1984 la participación de los países menos desarrollados (los llamados LDCs, de acuerdo con su sigla inglesa) en la industria mundial era del 13.9%, marginalmente inferior al 14.0% alcanzado en 1948 como resultado de la política de sustitución de importaciones durante la Depresión y la Segunda Guerra Mundial, pero que luego decayó durante la bonanza de los años cincuentas y sesentas. Incluso en el período más reciente e inestable, comprendido entre 1973 y 1984, la participación de los nuevos países industrializados (NICs) sólo se elevó del 7.1 % al 8.5%, lo que significa que lejos de que el capital occidental haya inundado el Tercer Mundo, la participación de la inversión extranjera directa dirigida a los países menos desarrollados permaneció relativamente estable entre fines de la década de 1960 y comienzos de la de 1980.

Estas inversiones, por otra parte, además de buscar salarios bajos, se vieron gobernadas ante todo por consideraciones más amplias, tales como el tamaño del mercado local y la estabilidad política y económica de los países. Gordon concluye que "presenciamos la decadencia de la economía mundial de la posguerra más que la construcción de un sistema fundamentalmente nuevo y perdurable de producción e intercambio". En respuesta a esta crisis, caracterizada por el descenso de los márgenes de ganancia, por ciclos comerciales sincronizados mundialmente, tasas de cambio volátiles y capitales internacionalmente móviles que buscan inversiones en sectores de especulación,

el papel del Estado se ha fortalecido sustancialmente desde comienzos de los años setentas; las políticas estatales son cada vez más decisivas en el frente internacional, no más inútiles. Los gobiernos se involucran cada vez más en la dirección activa de la política monetaria y en las tasas de interés para condicionar las fluctuaciones de la tasa de cambio y de los flujos de capital a corto plazo. Ahora son potencial y realmente decisivos en la negociación de la sobreproducción y en los acuerdos de inversión. Y, si esto puede sernos de algún consuelo en una época de creciente conservadurismo monetario, todos, incluidas las corporaciones transnacionales, son cada vez más dependientes de una intervención estatal coordinada para la reestructuración y solución de la dinámica de crisis subyacentes.51

El énfasis que hace Gordon sobre la continuada y en algunos aspectos creciente importancia de las naciones es, en mi opinión, correcto.52 Si bien las décadas de 1970 y 1980 no presenciaron el regreso de los grandes bloques comerciales del período comprendido entre las dos guerras, instituciones como el Acuerdo General sobre Comercio y Tarifas (GATT) han advertido a menudo la creciente tendencia de los gobiernos a utilizar diversas formas de control de las importaciones como instrumentos de negociación, en su esfuerzo por asegurar el acceso de sus compañías a otros mercados internacionales: los conflictos de los Estados Unidos con Japón a propósito de los productos electrónicos, por una parte, y con la Comunidad Económica Europea a propósito de la política agrícola, por la otra, son ejemplos de ello. Pero el caso más dramático de intervencionismo de Estado tuvo lugar después del Lunes Negro, el 19 de octubre de 1987, cuando Wall Street sufrió la más abrupta caída de su historia en los precios de las acciones.

Enfrentado a un posible colapso mundial de las bolsas de valores, que a su vez podía precipitar la quiebra del sistema financiero, el Estado intervino. Alan Greenspan, presidente del banco central estadounidense o US Federal Reserve Board, emitió un célebre comunicado de una frase el 20 de octubre: "Conforme a nuestra responsabilidad como banco central de la nación, afirmamos nuestra disposición de servir como fuente de liquidez para apoyar el sistema económico y financiero".53 La Federal Reserve y otros de los bancos centrales de Occidente bajaron las tasas de interés e inyectaron ingentes sumas de dinero al sistema bancario para mantener a flote los mercados financieros. Esta intervención en gran escala por parte del Estado impidió el tipo de reacción en cadena que llevó a la quiebra de Wall Street en octubre de 1929 y a la bancarrota de los bancos a comienzos de la década de 1930, y de allí a la más severa recesión en la historia del capitalismo. El resultante estímulo de la demanda contribuyó a asegurar que 1988 fuese un año de rápido e inesperado crecimiento económico.54

La habilidad de los Estados occidentales, que actuaron de común acuerdo para convertir una recesión anunciada en una bonanza moderada, sugiere que los rumores acerca de la muerte del intervencionismo de Estado han sido exagerados. En efecto, mucho de lo que se ha escrito acerca de la expansión mundial del capital adolece de una falta de perspectiva histórica. Martin Wolf sostiene:

Antes de 1914, la economía mundial estaba tan integrada en muchos aspectos como lo está hoy en día y en ciertos aspectos importantes aún más. De hecho, es posible considerar que la historia de la economía internacional en los ültimos setenta años ha consistido en dos intentos de restaurar los dos rasgos principales de la economía liberal internacional de las períodos de 1870 y 1914. El primer intento fracasó durante la Depresión. El segundo intento de reconstrucción comienza en el período inmediatamente siguiente a la Segunda Guerra Mundial y ha continuado, con crecientes dificultades, hasta la fecha. La relacion entre el comercio en manufacturas y la producción mundial sobrepasó el nivel alcanzado en 1913 únicamente a fines de la década de 1970. Esto concuerda con la experiencia de las siete principales economías de mercado. La relación entre el comercio (exportaciones más importaciones) y el PBI a mediados de los años ochentas estaba un poco por encima de los niveles anteriores a la Primera Guerra Mundial en Francia y en Gran Bretaña. En realidad, estaba un poco por debajo de estos niveles en Japón y ha aumentado de manera importante sobre los niveles anteriores a 1914 sólo en el caso de los Estados Unidos, Italia y Canadá. (Comparaciones confiables con Alemania son imposibles, por razones obvias.)... la economía mundial (en 1914) era casi tan abierta al comercio como lo es en la actualidad y, podríamos argumentar, más abierta al flujo de capitales.55

Quizás resulte desorientador igualar la importancia del comercio y la inversión internacionales en la economía mundial anterior a 1914 con la prevalencia del laissez faire, dado que en aquel entonces ya se manifestaba la tendencia hacia la "organización" de las economías nacionales individuales, hacia el surgimiento de los oligopolios, los monopolios y los carteles, hacia la fusión de la banca y la industria bajo la forma del capital financiero y hacia la creciente regulación de la vida económica nacional por parte de lo que Hilaire Belloc ha denominado el "Estado servil".56 No obstante, es evidente que la "guerra de los treinta años" estudiada por Arno Mayer, la crisis general que sacudió a los países occidentales entre 1914 y 1945 (ver sección 1.2), presenció la fragmentación del mercado mundial y la formación de lo que Bucharin llama "monopolios capitalistas de Estado". En efecto, las exigencias de la guerra mundial y la recesión económica propiciaron, en las economías avanzadas, la fusión del Estado con el capital privado. Este acoplamiento se intensificó no tanto en las economías de guerra de 1914-18 y 1939-45, sino durante la depresión de los años treintas, cuando las principales potencias asumieron facultades de control sobre la inversión privada como parte del esfuerzo por crear un bloque económico autosuficiente bajo su dominio. Las políticas intervencionistas del denominado Gobierno Nacional británico, el New Deal de Roosevelt, los programas nazis de armamento y de obras públicas y el primer plan quinquenal de la Rusia de Stalin deben ser vistos entonces como variaciones sobre un mismo tema, siendo el último caso el ejemplo extremo de una tendencia general y no la antítesis de los demás.57

Las consecuencias desestabilizadoras de estos esfuerzos conjuntos entre el Estado y los capitalistas precipitaron la Segunda Guerra Mundial y la destrucción del antiguo orden europeo. La época de la posguerra ha consistido en un retiro gradual de la fragmentación en bloques característica de los años comprendidos entre 1914 y 1945, por una serie de razones: los acuerdos institucionales diseñados al final de la guerra para promover un orden de libre comercio dominado por los Estados Unidos (el acuerdo de Bretton Woods, etc.); el surgimiento, en las décadas de 1950 y 1960, de un mercado mundial de grandes proporciones y relativamente abierto, donde la competencia entre las principales economías (los Estados Unidos, la Comunidad Económica Europea y el Japón) no se convirtió en un conflicto estratégico gracias, en parte, a su integración político-militar en la OTAN; las consecuencias acumulativas e imprevistas de una serie de decisiones en las que se refleja, en particular, el debilitamiento de la posición competitiva de los Estados Unidos frente a Europa Occidental y al Japón y que llevaron al desarrollo de mercados financieros internacionales desregulados (la creación, por ejemplo, del mercado de eurodólares en los años sesentas); y, quizás la razón fundamental para los marxistas ortodoxos, la reducción de los costos y el aumento de la productividad generados por la organización de procesos industriales mundialmente integrados.58

En todo caso, a pesar de la tendencia hacia la internacionalización del capital, los Estados nacionales preservan un considerable poder para incidir en la tasa de acumulación y en su distribución dentro de sus fronteras. Creer lo contrario presupone a menudo una idea exagerada del poder del Estado en épocas anteriores, que implica aceptar el teorema de la economía keynesiana según el cual la intervención del Estado puede contrarrestar las crisis periódicas y asegurar total empleo, teorema que ha servido a muchos para tratar de explicar la bonanza de la posguerra. El tangible fracaso de los métodos keynesianos, que no pudieron impedir las dos recesiones mundiales de mediados de los años setentas y comienzos de los ochentas, se toma entonces como evidencia para argumentar que el intervencionismo de Estado ya no puede producir un crecimiento económico libre de crisis. Por esta razón es importante hacer énfasis sobre los límites del poder del Estado durante el apogeo del "capitalismo organizado", después de 1914, y en la época inmediatamente siguiente a la posguerra.

Ningún Estado pudo lograr una completa autarquía económica durante la fragmentación del mercado mundial en los años treintas, ni siquiera la Rusia de Stalin, donde una de las principales funciones de la colectivización forzada de la agricultura, en 1928-29, fue incrementar las exportaciones soviéticas de grano -que aumentaron 56 veces su volumen entre 1928 y 1931- para financiar la importación de las plantas y de los equipos necesarios para la industrialización, a costa de la vida de millones de campesinos que murieron de hambre o fueron deportados a los campos de trabajo.59 Por otra parte, ni la prolongada bonanza de los años cincuentas y sesentas, ni tampoco las recesiones de los años setentas y ochentas, pueden considerarse como el éxito y posterior fracaso de la gerencia keynesiana de la demanda. El propio Keynes argumentó que "el ciclo comercial debe entenderse... como algo ocasionado por un cambio cíclico en la eficiencia marginal del capital", concepto equivalente a la noción marxista de tasa de ganancia.60 La larga bonanza de las décadas de 1950 y 1960 no reflejó tanto la exitosa intervención del Estado como el efecto de los altos niveles de gastos armamentistas durante los tiempos de paz, que detuvieron lo que se conoce con el nombre de "tendencia decreciente de la tasa de ganancia". Fue la caída de esta "economía armamentista permanente", a fines del decenio de 1960, lo que produjo la crisis que desató la recesión mundial de la década de 1970.61 El Estado, sin embargo, no era omnipotente antes de 1970, ni fue impotente después.

Resulta importante resaltar el argumento de que los Estados nacionales conservan todavía una considerable fortaleza económica, pues en los años ochentas presenciamos una de las demostraciones principales de su validez, aún más sorprendente si tenemos en cuenta que el uso del poder estatal fue encubierto por un gran despliegue retórico de laissez faire. La economía estadounidense experimentó una drástica recuperación durante 1983 y 1984, que fue seguida por un largo período decrecimiento menos rápido y estable pero no menos real. El gobierno de Reagan explicó este "regreso a la prosperidad" como una consecuencia de su política de promoción de la empresa privada. De hecho, sucedió todo lo contrario. Anatole Kaletsky describió la bonanza estadounidense de estos años como "el triunfo de John Maynard Reagan", como el resultado de "una política de reflación de la demanda completamente keynesiana".62

Dos formas de intervencionismo de Estado resultaron decisivas. En primer lugar, la Federal Reserve, después de haber contribuido a precipitar la recesión de 1979-82 a través de una restricción monetaria destinada a impedir una mayor depreciación del dólar, comenzó, en el verano de 1982, a aumentar el suministro de dinero en un esfuerzo por detener la quiebra de los bancos después del incumplimiento del pago de la deuda externa por parte de México, una política continuada por medidas tales como el rescate de Continental Illinois en 1984 y por la respuesta que se dio al Lunes Negro en octubre de 1987. En segundo lugar, la política económica de Reagan, que implicó un redistribución del ingreso de los pobres hacia los ricos a través de impuestos y recortes al bienestar social, así como un drástico aumento del presupuesto para la defensa financiado primordialmente por préstamos del gobierno, significó un estímulo de la demanda efectiva que ayudó a la recuperación de la economía estadounidense. El "regreso a la prosperidad" de Reagan, por lo tanto, no representa la magia del mercado, sino un extraordinario ejercicio de "keynesianismo militar".63

Uno de los más importantes desarrollos de la economía política occidental durante la segunda mitad de la década de 1980 fue una cierta generalización de este modelo. La eco nomía británica disfrutó en 1987-88 su primera bonanza verdadera desde comienzos de los años setentas, y ésta no fue una consecuencia de la falta de reglamentación ni del laissez faire, sino de las medidas oficiales adoptadas para reactivar la economía: en 1986, el gobierno de la señora Thatcher abandonó los intentos anteriores de controlar el suministro de dinero y permitió que la libra esterlina se depreciara frente a otras monedas; la abolición de todos los controles al crédito hizo posible un incremento de la deuda del sector privado de poco más de £100 mil millones en 1983 a £250 mil millones en 1987; asimismo, durante el segundo y tercer periodo de gobierno de la señora Thatcher presenciamos un cambio decisivo hacia una combinación de drásticos recortes en los impuestos personales y en los pagos del bienestar social, semejantes a los de la política económica de Reagan.64

Por otra parte, y de mucha mayor importancia para la economía mundial, el gobierno japonés respondió a la recesión de 1985-86, inducida por el alza del yen frente al dólar, adoptando en mayo de 1987 un paquete de medidas keynesianas clásicas que incluían un programa masivo de obras públicas diseñadas para compensar las exportaciones perdidas con un incremento del consumo doméstico, política que permitió al Japón, al igual que a Inglaterra, obtener un rápido crecimiento del producto bruto interno en 1987-88. La respuesta de los principales gobiernos occidentales a la quiebra del mercado de valores en 1987 subrayó la orientación keynesiana de la política económica y configuró una especie de ironía histórica, ya que las prescripciones promulgadas por Keynes, a las que erróneamente se atribuye la prolongada prosperidad de los años cincuentas y sesentas, tuvieron un decisivo impacto económico en una década en la cual su pensamiento había caído en desgracia y había sido desplazado, al menos ante quienes diseñaban las políticas y en los círculos académicos, por las utopías reaccionarias de Hayek y de Friedman.

El regreso a las medidas keynesianas, sin embargo, no ha significado en absoluto una solución a los problemas que enfrenta la economía mundial. Mike Davis, cuyos escritos acerca del capitalismo estadounidense durante la era de Reagan son brillantes, describió la recuperación económica de los Estados Unidos en la década de 1980 como "una prosperidad patológica", y señaló "la tendencia general que se advierte en el proceso de distribución de utilidades hacia los ingresos provenientes de la colocación de capitales a interés, con el resultante fortalecimiento de un bloque de neorrentistas reminiscente del capitalismo especulativo de los años veintes". Al mismo tiempo, observó "la sorprendente reorientación de las principales corporaciones industriales estadounidenses, que se alejan de los mercados masivos de bienes durables de consumo hacia sectores volátiles de alto rendimiento, tales como la producción militar y los servicios financieros".65

La bonanza de Reagan, en otras palabras, no significó un resurgimiento de la fortuna global de la industria norteamericana. Por el contrario, la fortaleza del dólar en la primera mitad de los años ochentas -una consecuencia de las altas tasas de interés requeridas para atraer a los prestamistas extranjeros, de quienes llegó a depender la venta de la deuda del gobierno de los Estados Unidos- promovió una ulterior penetración de importaciones por parte de Japón, Europa Occidental y los nuevos países industrializados del sudeste asiático, y hacia mediados de la década el monumental déficit de la balanza de pagos de los Estados Unidos y su deuda externa representaban una importante dislocación de las relaciones económicas internacionales. El carácter especulativo de la bonanza, caracterizado por frenéticas batallas de fusionamiento empresarial, adquisiciones irregulares, compras clientelistas y otros rasgos típicos de un clásico mercado de especulación, era un reflejo de la caída de la rentabilidad industrial y del consiguiente desplazamiento de las inversiones hacia los papeles financieros y los bienes raíces.

Una comisión presidencial informó en 1985: "Durante los últimos veinte años, las tasas reales de ganancia sobre los bienes manufacturados han bajado. Las utilidades previas a impuestos están muy por debajo de las de las inversiones financieras alternativas, y esto hace que los inversionistas pongan en duda la sabiduría de colocar sus fondos en el sector manufacturero, de vital importancia para los Estados Unidos".66 Una serie de factores contribuyeron a internacionalizar el auge del mercado de valores: el desarrollo de un mercado mundial de títulos, la desregulación y la expansión general del crédito. El Financial Times se quejó en la primavera de 1987 de que "los mercados financieros parecen haberse liberado de las restricciones del mundo real... y disfrutan de un baile celestial sobre sus propias creaciones". Los precios accionarios más altos se dieron en el Japón, el centro industrial del comercio mundial, y en la bolsa de valores de Tokio "incluso los endurecidos profesionales comenzaron a palidecer".67

El Lunes Negro, al igual que su predecesor, el Martes Negro del 24 de octubre de 1929, representó la corrección obligada de unas circunstancias en las cuales se había permitido al sector financiero una extensión exagerada en comparación con la base industrial, relativamente deprimida, del capitalismo occidental. La intervención del Estado, aunque impidió la repetición de la secuencia que condujo de la quiebra financiera a la recesión mundial en 1929-31, no consiguió abolir las contradicciones que habían ocasionado la quiebra en primer lugar. El Financial Times observó, casi un año después del Lunes Negro: "Los gobiernos de todo el mundo solucionaron el problema inmediato de la crisis de confianza después de la quiebra arrojando dinero sobre ella, pero ahora han añadido la inflación a los problemas de las distorsionadas balanzas de pagos y han sobreextendido a los bancos".68 Los años ochentas fueron extraordinarios, y lo fueron tanto por el carácter sostenido de la recuperación a comienzos de la década como por los frágiles fundamentos que le sirvieron de base.

Una tercera e importante recesión fue evitada gracias a la combinación de intervencionismo de Estado, creciente endeudamiento y pura suerte; el análisis que hace David Stockman de la política económica del primer gobierno de Reagan en The Triumph of Politics destruye la creencia de que la recuperación haya tenido algo que ver con la sabiduría o prudencia de quienes gobernaban a los Estados Unidos. La relativa prosperidad de mediados y fines de la década pasada no señaló, por consiguiente, el comienzo de una nueva era de expansión capitalista comparable a la de los años cincuentas y sesentas, sino que representó un episodio de crecimiento acelerado y malsano en medio de lo que Gordon ha descrito como "la decadencia de la economía global de la posguerra". El capitalismo de los años ochentas cumple sin duda el mandato de Nietzsche: "¡Vivid peligrosamente! ¡Construid vuestras ciudades cerca del Vesubio!".69

5.4 El espejo del fetichismo de la mercancía: Baudrillard y la cultura del capitalismo tardío

Una de las razones por las cuales muchos han creído presenciar el advenimiento de una nueva era en las dos décadas precedentes, bien sea que se piense en términos de "sociedad postindustrial" o de una nueva fase del capitalismo, es el difundido sentimiento de que la cultura occidental ha experimentado durante este período una profunda transformación. La misma idea ha sido expresada en diversos lenguajes políticos e intelectuales. Dentro de la izquierda, Christopher Lasch ha anunciado el advenimiento de una nueva personalidad narcisista, "producto final del individualismo burgués": "Adquisitiva, en el sentido de que sus deseos no tienen límite, no acumula bienes y provisiones para el futuro, a la manera del individualista previsor de la economía política del siglo XIX, sino que exige gratificación inmediata y vive en un estado de inquieto y perpetuamente insatisfecho deseo".70 Más hacia la derecha, Daniel Bell ha explorado "las contradicciones culturales del capitalismo" y ha sostenido que éste, en su fase tardía, ha subvertido los fundamentos morales de la sociedad burguesa, arraigados en la ética protestante, a través de la promoción de un mercado masivo dirigido a la satisfacción inmediata de los deseos del consumidor, en tanto que el modernismo ha minado la antigua confianza en la razón científica.71

Para los novelistas Saul Bellow y Martin Amis, la Norteamérica contemporánea es un "infierno de débiles mentales" (la frase es en realidad de Wyndham Lewis), un caos siniestro y decentrado donde el individuo autónomo y la tradición cultural se ven cada vez más desplazados por una masa violenta y analfabeta, lobotomizada por la televisión, incapaz de todo entendimiento coherente, con lapsos de atención cada vez menores mientras salta de canal en canal, un punto de vista acerca del presente que Bellow y Amis tratan de exponer en novelas tales como The Dean's December y Money.72. Se considera por lo general a los años sesentas como el momento decisivo de esta transición cultural; Gilles Lipovetsky sostiene, por ejemplo, que la consecuencia más importante de los acontecimientos ocurridos en mayo de 1968 fue, contrariamente a la intención de sus protagonistas, promover el individualismo narcisista que él, al igual que otros estudiosos del tema, consideran como el rasgo dominante de las décadas de 1970 y 1980.73

Los ritos funerarios realizados por la crítica cultural contemporánea en honor del individuo autónomo y racional de la modernidad lindan en ocasiones con lo apocalíptico. Resulta apropiado, entonces, que el teórico social á la mode sea ahora Baudrillard, para quien las declaraciones apocalípticas no son nada extraordinario. Los fenómenos culturales sobre los cuales se concentran otros autores son para él meros síntomas de un cambio más fundamental, que nos despoja de la capacidad de hablar de un mundo independiente de nuestras representaciones, de distinguir entre lo verdadero y lo falso, lo real y lo imaginario. La postmodernidad, nos dice, se caracteriza por la "simulación". A diferencia de la problemática de la representación, que se ocupa de la relación (del reflejo, distorsión o como quiera llamárselo) entre las imágenes y una "realidad básica", la simulación "no guarda relación con ninguna realidad en absoluto: es su propio simulacro puro". El tipo de distinciones trazadas por las investigaciones teóricas desde el resurgimiento de Platón durante el Renacimiento -entre esencia y apariencia, por ejemplo- carecen de sentido en la era de lo "hiperreal", de "lo que ya está siempre de antemano reproducido" , y en lugar de un mundo representado más o menos adecuadamente en imágenes, tenemos un mundo de imágenes, evocaciones alucinatorias de una realidad inexistente.

Este mundo dantesco es un producto histórico, el resultado de los cambios técnicos que hacen posible la reproducción masiva de los productos culturales -ante todo la televisión-, pero más fundamentalmente, es el resultado del capitalismo: "Fue el capital lo que primero se nutrió, a través de su historia, de la destrucción de todo referente, de toda meta humana, el que hizo estallar en pedazos toda distinción ideal entre lo verdadero y lo falso, entre el bien y el mal, para establecer una ley radical de equivalencia e intercambio, la férrea ley de su poder". El resultado de lo anterior es un mundo sin profundidad, una hiperrealidad de puras superficies: "No más sujeto, punto focal, centro o periferia: pura flexión o inflexión circular. No más violencia ni vigilancia: solo 'información', virulencia secreta, reacción en cadena, lenta implosión y simulacro de espacios donde entra en juego el efecto de realidad". La crítica de las ideologías ya no resulta, por lo tanto, apropiada, pues "la ideología corresponde a la traición de la realidad por los signos, y la simulación corresponde a un corto circuito de la realidad y a su duplicación en el signo".74 Todas las estrategias convencionales de la izquierda, reformista o revolucionaria, carecen de sentido; la única forma de oposición que nos queda es la del silencio y la apatía de las masas, la de su rechazo a ser incorporadas, manipuladas o representadas, incluso (o especialmente) por los partidos socialistas (ver sección 3.4).75

El análisis ofrecido por Baudrillard es una mala réplica del pensamiento de Nietzsche, quien negó toda realidad más allá de la experiencia inmediata y abogó por el consiguiente repudio de todo "modelo profundo" de interpretación que reste valor a la superficie de las cosas en favor de una esencia subyacente. Baudrillard cita con aprobación las palabras del pensador alemán cuando dijo: "¡Abajo con todas las hipótesis que han permitido creer en un mundo verdadero!",76 pero lo distintivo de su posición es que atribuye a un estadio particular del desarrollo social aquello que Nietzsche considera propiedades del mundo, propiedades a las que se otorga una importancia central en el arte moderno, como la superficialidad, la ambivalencia, la inestabilidad.

"El problema fundamental...", anota Baudrillard, "se refiere a la destrucción simbólica de todas las relaciones sociales, debida no tanto a la propiedad de los medios de producción como al control del código. Se trata de una revolución dentro del sistema capitalista de la misma importancia que la revolución industrial".77 Por consiguiente, "es ahora al nivel de la reproducción (modas, medios, publicidad, información y sistemas de comunicación), al nivel de lo que Marx, con negligencia, llamó sectores inesenciales del capital (con lo cual podemos apreciar la ironía de la historia), esto es, en la esfera de los simulacros y del código, donde se fundamenta el proceso global del capital". Lo hiperreal, además, es un mundo estetizado: "En la actualidad, cuando lo real y lo imaginario se confunden en la misma totalidad operativa, la fascinación estética está en todas partes... La realidad misma, completamente impregnada por una estética inseparable de su propia estructura, ha llegado a confundirse con su propia imagen".78

Los Estados Unidos, declara Baudrillard en Amérique (1986), son a la vez "la última sociedad primitiva contemporánea" y la "versión original de la modernidad", donde todas las tendencias hacia la hiperrealidad y la simulación antes descritas se realizan plenamente. El carácter distintivo del "modo de vida norteamericano" se sintetiza en los grandes desiertos de este país, pues "el desierto es una forma sublime, distanciada de toda sociabilidad, de toda sexualidad". Tierra de superficies brillantes, del "incontenible desarrollo de la inequidad, la banalidad y la indiferencia", los Estados Unidos han realizado la "antiutopía" del postestructuralismo francés, "la de la sinrazón, la desterritorialización, la indeterminación del sujeto y del lenguaje, la neutralización de todos los valores, la muerte de la cultura". La diferencia entre Norteamérica y Europa, agrega Baudrillard, reside en que "aquí sólo conseguimos soñar y ocasionalmente pasar a la acción, mientras que la Norteamérica pragmática extrae las consecuencias lógicas de todo lo que nosotros podamos concebir". Europa y ante todo sus intelectuales, están marcados todavía por "la revolución de 1789", "con el sello de la Historia, del Estado y de la Ideología", y actúan como "la consciencia infeliz de esta modernidad" que Norteamérica ha realizado irreflexivamente.

"En este sentido es ingenua y primitiva, no conoce la ironía del concepto, no conoce la ironía de la seducción, no ironiza sobre el futuro o el destino; ella actúa, materializa". El dibujo que luego nos presenta de los Estados Unidos es una versión del mito del Buen Salvaje, en el cual se asume la idea estereotipada de una Norteamérica ingenua, ignorante, irreflexiva y brutal, pero donde los juicios de valor habitualmente asociados con este concepto se invierten, de manera que los europeos se estigmatizan como simples observadores ineficientes, preocupados todavía por la naturaleza de la modernidad, en tanto que Norteamérica realiza sus sueños y sus pesadillas. El contraste trazado por Baudrillard entre los Estados Unidos y Europa sigue siendo sorprendentemente banal, el residuo de innumerables ensayos superficiales escritos durante el pasado siglo y medio. Por otra parte, el entusiasmo que manifiesta por la "hiperrealidad" norteamericana lo lleva en ocasiones a adoptar una posición claramente apologética, como cuando nos dice que "no hay policías en Nueva York", una ciudad cuya fuerza pública se ha hecho famosa en los últimos años por su racismo y sus métodos brutales.79

El resultado de los análisis de Baudrillard es la justificación de una especie de dandismo intelectual. En un mundo que ha asumido las propiedades de una obra de arte moderno, el intelectual debe abandonar las tareas tradicionales de la investigación teórica y no tratar de descubrir la estructura subyacente a la apariencia de las cosas. La crítica no tiene sentido allí donde "ya no existe una distancia crítica y especulativa entre lo real y lo racional".80 Todo lo que queda son belles lettres, proposiciones teóricas insustanciales que se conjugan con insulsos apercus, como sucede con tanta frecuencia en Amérique. Sin duda, los escritos recientes de Baudrillard son un caso extremo de aquello que Jacques Bouveresse define como "un tipo de trabajo que intenta, con un éxito muy relativo, compensar la ausencia de una argumentación propiamente filosófica con efectos literarios, y la ausencia de cualidades propiamente literarias con pretensiones filosóficas".81 Esta oscilación ambivalente entre la filosofía y la literatura oculta el problema, inherente al legado teórico de Nietzsche, acerca de la condición del propio discurso de Baudrillard. Algunas de sus formulaciones parecen tratar la simulación como algo que le ha sucedido a la realidad: "la realidad misma... completamente impregnada... ha sido confundida...".

Esto suena como si un mundo previamente existente hubiera sufrido cambios estructurales -la confusión de imagen y realidad, etc.-, pero, en tal caso, podríamos entonces analizar estos cambios y explorar la posibilidad de que no sean tan trascendentales como lo cree Baudrillard, sino susceptibles de ser modificados por eventos posteriores: ¿podría abolirse la hiperrealidad, por ejemplo, y de ser así, cómo? En contraposición con esta tesis relativamente débil, Baudrillard propone la idea de que, dada la naturaleza de lo hiperreal, caracterizado por la sustitución de lo real por sus imágenes, ya no podemos hablar con coherencia de una realidad independiente de tales imágenes. No obstante, ¿cómo podría entonces cualquier persona, prisionera de la simulación, como somos al parecer todos, describir su naturaleza y dar cuenta de la transición de lo real o lo hiperreal? Baudrillard se ve atrapado en uno de los dilemas característicos del pensamiento de Nietzsche, el de cómo sustentar la tesis de que hemos sobrepasado un mundo en el cual resulta adecuada la investigación teórica sin apoyarse en los supuestos y procedimientos de una investigación semejante (ver sección 3.3). Una manera de eludir esta "contradicción realizativa" es, como observa Habermas, eliminar la distinción entre filosofía y literatura, pues las "exigencias de consistencia... pierden su autoridad, o al menos quedan subordinadas a otra clase de exigencias, por ejemplo, exigencias de tipo estético, en cuanto la lógica pierde su tradicional primacía sobre la retórica". El esteticismo de Baudrillard, al igual que el de Derrida, es un intento por evadir las aporías de la crítica de la razón de Nietzsche.82

Tratada como tesis puramente empírica, la idea de Baudrillard según la cual es "en la esfera de los simulacros y del código... donde se fundamenta el proceso global del capitalismo" resulta vulnerable a los argumentos desarrollados en las secciones 5.1 y 5.3. La proliferación de fenómenos de "reproducción (modas, medios, publicidad, información y sistemas de comunicación)" exige una vasta expansión de la producción material, y la mayor circulación de las imágenes depende de una variedad de productos físicos como televisores, grabadoras de video, satélites y similares. En un sentido más fundamental, la gente no sólo vive de televisión, sino que debe satisfacer sus necesidades cotidianas de alimento, ropa y techo, con lo cual la organización y el control de la producción sigue siendo un factor determinante de la naturaleza de nuestras sociedades. No obstante, y a pesar de lo insípido de las tesis de Baudrillard, quedaría un interrogante al que debemos responder. ¿Ha habido una ruptura cultural cualitativa en las dos décadas precedentes, que nos sitúa en un infierno de débiles mentales narcisistas y cretinizados por la televisión? Aun cuando rechacemos las categorías de Baudrillard como instrumentos adecuados para conceptualizar los cambios que al parecer ha sufrido la cultura occidental, no podemos desconocer el problema. Y aunque es imposible despachar en unas pocas páginas los complejos asuntos suscitados por sus escritos, vale la pena hacer al menos algunas observaciones.

La primera es que sería un error exagerar la novedad de las tendencias culturales identificadas por los comentaristas contemporáneos. Richard Sennet sostiene que el origen de la personalidad narcisista, que no conoce límites entre ella misma y el mundo y que exige la gratificación inmediata de sus deseos, así como su contexto más amplio, "la sociedad íntima", donde las relaciones sociales se tratan como pretextos para la expresión de la propia personalidad, reside en la erosión de la vida pública impersonal ocurrida en la Europa del siglo XIX. Sennet considera tres tendencias principales como responsables del "cambio fundamental en las ideas de lo público y lo privado que siguió a las grandes revoluciones de fines del siglo XVIII y al surgimiento de un capitalismo industrial nacional en épocas más modernas": en primer lugar, los efectos del desarrollo de la industria misma, es decir, "las presiones hacia la privatización suscitadas por el capitalismo en la sociedad burguesa del siglo XIX", que hicieron de la familia nuclear "un refugio de los terrores de la sociedad"; en segundo lugar, el surgimiento de "un código de lo inmanente", según el cual "lo inmanente, el instante, el hecho, es una realidad en y por sí misma" que no precisa de una interpretación a la luz de "un esquema preexistente para ser comprendida"; en tercer lugar, la transformación de la vida pública en un ámbito donde "la persona puede escapar a las cargas de [la vida familiar idealizada]... mediante un tipo especial de experiencia, entre extraños o, más importante aún, entre personas destinadas a permanecer siempre como extraños", y donde una silenciosa y pasiva masa de espectadores observa la extravagante expresión de la personalidad de unos pocos: el fáneur de Baudelaire, el artista romántico, el líder político. La "sociedad íntima" contemporánea habría llegado incluso a la abolición de este tipo de esfera pública, y la política sería ahora una manera de proyectar, a través de los medios electrónicos, la personalidad del líder "carismático" a una audiencia de masas, que establece una relación completamente pasiva entre ambos y los aísla entre sí. Este y otros fenómenos relacionados serían las consecuencias de la transformación de la vida pública en instrumento de expresión de la personalidad, ocurrida en el siglo XIX. "Personalidad pública era una contradicción en los términos; en última instancia, destruyó el término público... Así, el fin de la creencia en la vida pública no constituye una ruptura con la cultura burguesa del siglo XIX, sino una intensificación de sus términos".83

Es posible entonces argumentar con plausibilidad que el individualismo narcisista contemporáneo tiene profundas raíces históricas, y existe una forma particular de teorizar los procesos culturales discutidos aquí por parte de las ideas de Marx acerca del "fetichismo de la mercancía". Marx sostiene que en un sistema de producción de mercancías generalizado, donde la actividad social de la producción en las empresas particulares está mediada por la circulación de los productos del trabajo en el mercado, "la relación social definida entre los hombres mismos... asume aquí, para ellos, la forma fantástica de una relación entre cosas".84 David Frisby ha mostrado cómo la noción de fetichismo de la mercancía suministró el leitmotiv de algunos de los principales críticos culturales alemanes de comienzos del siglo, incluidos no sólo los marxistas Walter Benjamin y Siegfried Kracauer sino también George Simmel, cuyo libro La filosofía del dinero contiene apartes que, según uno de sus reseñistas, "parecen una traducción de las discusiones económicas de Marx al lenguaje de la psicología".85

Simmel, Kracauer y Benjamín se concentraron en los nuevos modos de percepción desarrollados como resultado de la aparición de un capitalismo moderno y urbano, y sorprende cuán contemporáneas resultan algunas de sus consideraciones. Las de Simmel sobre el papel del estilo como un medio de preservar la distancia y a la vez de establecer la existencia de atributos compartidos en una cultura intensamente individualista y subjetiva, aun cuando escritas a fines del siglo XIX, habrían podido redactarse con la década de 1980 en mente.86 Benjamin se refirió a la novedad como "una cualidad que no depende del valor de uso de la mercancía", "la quintaescencia de la falsa consciencia, cuyo agente incansable es la moda. Esta ilusión de novedad se refleja, como un espejo en otro, en la ilusión de una infinita igualdad".87 El intercambio de mercancías reduce la diferencia a la identidad, ya que el paso del tiempo degrada cada "innovación" a un elemento más en una secuencia infinita, en virtud del hecho de que ya no es "la última", una observación que, aunque fue formulada respecto del París del siglo XIX, preserva toda su pertinencia en una cultura dominada por lo que Harold Rosenberg llama "la tradición de lo nuevo".

Existen dos intentos recientes de utilizar el concepto de fetichismo de la mercancía para explicar la cultura capitalista del siglo XX. Uno de ellos es, desde luego, la crítica a la "industria de la cultura" elaborada por Horkheimer y Adorno en Dialéctica de la Ilustración, y el segundo es el análisis desarrollado por Guy Debord y otros miembros de movimiento situacionista en los años sesentas. Parodiando la frase con que se inicia El capital, Debord afirma que "toda la vida de las sociedades donde reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una acumulación inmensa de espectáculos," y agrega que el espectáculo, "en todas sus formas específicas, como información o propaganda, publicidad o consumo directo de entretenimiento", debe ser visto como "una relación social entre las personas mediada por imágenes". Como tal, la "sociedad del espectáculo" es "la realización absoluta" del "principio del fetichismo de la mercancía".88

Si bien Baudrillard admite la influencia de los situacionistas, rechaza sin tapujos sus ideas: "No vivimos ya la sociedad del espectáculo... como tampoco los tipos específicos de alienación y represión que ésta conlleva".89 Podemos presumir que ello se debe a que conceptos como los de alienación y represión presuponen la existencia de algo alienado o reprimido. Debord afirma decididamente que la sociedad del espectáculo implica un forma distorsionada de relación social, habla de "la praxis social global escindida entre realidad e imagen" y "dice que "dentro de un mundo puesto realmente de cabeza, lo verdadero es el movimiento de lo falso".90 Todo lo anterior es anatema para Baudrillard, para quien realidad e imagen, falso y verdadero, se confunden de manera endémica en el mundo hiperreal de la simulación.

La tradición que ha desarrollado la teoría de Marx acerca del fetichismo de la mercancía es, por lo tanto, una tradición comprometida con la idea de adelantar la critica de la realidad existente como parte de la lucha por lo que Marx llama "la emancipación humana". No obstante, considerarla como un proyecto que merece la pena continúarse no significa en absoluto suscribir en forma acrítica todas las formulaciones teóricas de quienes trabajan dentro de este proyecto. Adorno y Horkheimer, por ejemplo, llevan al extremo un peligro inherente a la noción del fetichismo de la mercancía cuando insisten en que las operaciones del mercado inducen automáticamente la aceptación del capitalismo por parte de las masas,91 y las conclusiones políticas del quietismo pesimista de la Escuela de Frankfurt en sus inicios, así como el comunismo ultraizquierdista de los situacionistas, son bastante discutibles. Sin embargo, una de las ventajas de relacionar los cambios ocurridos en la consciencia social con la relativa invasión de la vida cotidiana por parte de las relaciones de mercado, es que somete la crítica cultural apocalíptica, al estilo de Baudrillard, a la disciplina de la exploración social de los procesos socioeconómicos.

En este contexto, el concepto de fordismo elaborado por la escuela regulacionista puede aplicarse con provecho. El poder explicativo del concepto es limitado, pues no da cuenta de cómo consiguió evadir el capitalismo, durante su larga etapa de prosperidad, la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, ni de las razones por las cuales no pudo evadirla en las décadas de 1930 y 1970.92 Por otra parte, los teóricos del fordismo (y más aún los del postfordismo), como lo vimos en la sección anterior, exageran la prevalencia de las técnicas fordistas (o postfordistas) de producción. Sin embargo, no deja de ser cierto que la articulación entre la producción y el consumo masivos es un rasgo central de las economías capitalistas del siglo XX. Aglietta sostiene que una de las consecuencias del fordismo es la mercantilización sistemática de la vida cotidiana, y afirma que "con el fordismo..., las relaciones mercantiles extienden su dominio a las prácticas de consumo. Es éste un modo de consumo reestructurado por el capitalismo, porque el tiempo dedicado al consumo experimenta una creciente densidad en el uso individual de las mercancías y una significativa disminución de las relaciones interpersonales no mercantiles".

Para Aglietta, la "norma de consumo" creada por el fordismo "está gobernada por dos mercancías: la vivienda estandarizada, lugar privilegiado de consumo, y el automóvil como medio de transporte compatible con la separación entre el hogar y el sitio de trabajo". Ambas mercancías -y en especial, desde luego, el automóvil- fueron sometidas a la producción masiva y la adquisición de ambas exige una "amplia socialización de las finanzas" bajo la forma de nuevas o ampliadas facilidades de crédito (compra a plazos, hipotecas, etc.). Más aún, "las dos mercancías básicas del proceso de consumo masivo crearon complementariedades que producen una gigantesca expansión de las mercancías, apoyada por una diversificación sistemática de los valores de uso". Por último, el consumo masivo del fordismo requirió "la creación de una estética funcional ('diseño')", que implica adaptar los valores de uso a las normas de la producción masiva y estandarizada, y que

duplicó la relación real entre individuos y objetos en una relación imaginaria. No contento con crear un espacio de objetos de la vida cotidiana como apoyo del universo capitalista de las mercancías, suministró una imagen de este espacio a través de técnicas publicitarias. Esta imagen fue presentada como la objetivación de la categoría del consumo que los individuos podían percibir fuera de sí mismos. El proceso de reconocimiento social fue externalizado y fetichizado. Los individuos no se interpelaron unos a otros inicialmente como sujetos, de acuerdo con su posición social: fueron interpelados por un poder exterior, que difunde un retrato robotizado del "consumidor".93

A pesar del funcionalismo implícito en el argumento de Aglietta, resulta sugestivo por cuanto vincula aquellos fenómenos culturales de los que se ocupan Horkheimer, Adorno y los situacionistas con ciertas transformaciones del capitalismo. Uno de los interrogantes que deben responder los teóricos de la postmodernidad es el de si han ocurrido cambios cualitativos en los últimos veinte años que justifiquen hablar de una nueva época histórica. Incluso Bell nos previene en contra de hacer exageradas pretensiones a este respecto:

En términos de la vida cotidiana de los individuos, se experimentó un cambio mayor entre 1850 y 1940 -cuando se introducen los ferrocarriles, los barcos de vapor, el telégrafo, la electricidad, el teléfono, el automóvil, el cine, la radio y los aviones- que en el período durante el cual se supone que se ha acelerado el futuro. En realidad, con excepción de la televisión, no ha habido una innovación de importancia que afecte la vida cotidiana de la gente como lo hicieron los elementos enumerados.94

La televisión, podríamos decir, es la gran excepción. Pero su difundido uso ha intensificado sin lugar a dudas la tendencia hacia la privatización, el aislamiento del hogar, que es el foco principal de la vida fuera del trabajo, y la profusión de las imágenes en la existencia social, como lo evidencian los escritos de Adorno y Horkheimer de los años cuarentas. Por otra parte, ¿no podría sostenerse que la dirección del cambio varía con la dimensión elegida, y que la televisión hace posible una visión más activa, si bien más privatizada, que el cine? La imagen de una audiencia masiva autísticamente absorta en la televisión puede decir tanto acerca de los prejuicios de los intelectuales como del mundo social propiamente dicho.

Lipovetsky representa, a su turno, aquello que en ocasiones pareciera ser lo contrario de la crítica cultural apocalíptica, y si bien gran parte de su descripción de la postmodernidad es similar (si no idéntica) a la de Baudrillard, su interpretación es bastante diferente. La época postmoderna se caracteriza, según él, por un "proceso de personalización" que "continúa por otros medios la labor de la modernidad democrática e individualista". Siguiendo a Tocqueville más que a Marx, Lipovetsky no considera que la "seducción" postmoderna reduzca a los agentes a la alienación y a la pasividad. Por el contrario,

el individuo se ve obligado a elegir permanentemente, a tomar la iniciativa, a informarse, a probarse, a permanecer joven, a deliberar acerca de los actos más sencillos: qué automóvil comprar, que película ver, qué libro leer, qué régimen o terapia seguir. El consumo obliga a la persona a hacerse cargo de si misma, la hace responsable; es un sistema de participación ineludible, contrariamente a lo que afirman quienes vituperan la sociedad del espectáculo y de la pasividad.95

Lipovetsky ofrece aquí una descripción precisa de la alienación capitalista tardía y no, como él cree, una demostración de su inexistencia. Según sus propias palabras, la "personalización" implica una intensa reclusión en la vida privada y la reducción de la esfera pública a un mero cascarón. La tradición democrática clásica de Maquiavelo, Rousseau y Marx tenía algo más amplio en mente, cuando hablaba de libertad, que la capacidad -limitada, desde luego, por la posición de clase y los ingresos- de elegir entre diversos artículos de consumo ofrecidos por corporaciones multinacionales competitivas. "Alienación", por consiguiente, es entonces un término tan bueno como cualquier otro para sintetizar la actividad privatizada y la apatía pública de esta sociedad.

Podríamos sostener, por lo tanto, que la cultura del capitalismo tardío representa una continuación de las tendencias operantes a lo largo del siglo. Hobsbawm observa que la combinación de la tecnología (que utiliza los mismos "recursos básicos: ... la reproducción mecánica del sonido y la fotografía en movimiento") con las características del mercado masivo de la "industria cultural" aparece por primera vez en la llamada Epoca del Imperio, a fines de siglo pasado.96 Podríamos sostener también que este momento decisivo de la mercantilización de la vida cotidiana se dio simultáneamente con el surgimiento del fordismo en los años comprendidos entre las dos guerras mundiales -en particular en los Estados Unidos, por supuesto, aunque su desigual impacto puede rastrearse en otros lugares-, y que luego se consolidó después de 1945. Es por ello que abordaremos dentro de este contexto el problema del destino del modernismo, que quedó en suspenso al final del segundo capítulo.

5.5 La mercantilización del modernismo

El final de la Segunda Guerra Mundial señaló el fin de la coyuntura que había producido el modernismo: la del desarrollo desigual y combinado del capitalismo industrial que perturbó el orden de los regímenes existentes y ofreció a la vez anticipaciones apocalípticas de un futuro radicalmente distinto. Durante la posguerra, la estabilización y expansión del capitalismo occidental dejaron encalladas a las vanguardias que habían soñado con trascender la separación entre el arte y la vida. Como dice Perry Anderson, "lo que marca la situación típica del artista contemporáneo en Occidente... es el cierre de horizontes: desprovisto de un pasado del que pueda apropiarse, y de un futuro imaginable, se encuentra en un presente interminablemente recurrente".97 ¿Qué efectos tiene esta situación sobre el modernismo?

De manera muy breve, podríamos señalar una serie de cambios. Uno de ellos fue el renovado énfasis sobre la obra de arte autónoma y abstracta. Adorno, por ejemplo, atacó a Benjamin y a Brecht por defender el "montaje", cuya dependencia de un "material confeccionado tomado del exterior... revela cierta tendencia al irracionalismo conformista", y se pronunció en favor de la "construcción", que "postula la disolución de los materiales y de los componentes del arte y la forma como se le impone unidad".98 El arte auténticamente crítico, nos dice, no debe tratar de disolverse en la vida social, sino expresar en su fracturada estructura su distancia frente a una realidad alienada y oprimida y su rechazo a ella. Cuando Clement Greenberg estableció en 1939 su famosa distinción entre el arte de vanguardia, que elude el compromiso social en aras de la purificación de la forma abstracta, y la cultura de masas kitsch, banal y comercializada, era un izquierdista que buscaba en el socialismo "la preservación de lo que queda hoy en día de una cultura viva".99

Después de 1945, desaparecida toda esperanza de revolución, esta distinción es utilizada para canonizar una nueva forma del arte por el arte y, dentro de un ambiente definido por la guerra fría y por la insaciable demanda de obras modernistas en el mercado de arte neoyorquino, Greenberg y otro crítico exizquierdista, Harold Rosenberg, se convirtieron en los principales propagandistas del expresionismo abstracto, cuyas creaciones interpretan como obras que articulan la alienación personal del pintor en un mundo refractario al cambio.100

Esta evasión hacia lo abstracto no impidió que el arte moderno fuera incorporado a los cánones sociales de su tiempo y, por lo tanto, mercantilizado. El propio Adorno creía que "de los peligros que amenazan al arte moderno, el de convertirse en algo inofensivo no es el menor".101 Una de las formas que asume este peligro es lo que Russell Berman llama "la obsolescencia del impacto".102 El impacto producido por la deliberada incoherencia de las obras de arte vanguardistas tiene como propósito, según Peter Bürger, "dirigir la atención del lector al hecho de que la conducción de la propia vida es discutible y que es preciso modificarla". Pero "nada pierde su eficacia más rápido que el impacto; por su propia naturaleza, es una experiencia única. Con la repetición, se transforma fundamentalmente: en efecto, puede darse un impacto esperado... El impacto es 'consumido'". En la medida en que el modernismo llegó entonces a representar la norma de la alta cultura, las técnicas utilizadas por los movimientos de vanguardia para subvertir la institución misma del arte fueron incorporadas, como se dijo anteriormente, y mercantilizadas. Bürger observa:

Si un artista envía hoy en día un tubo de horno a una exposición, nunca alcanzará la intensidad de la protesta que alcanzaron las confecciones de Duchamp. Por el contrario, mientras que el Urinoir de Duchamp está dirigido a destruir el arte como institución (incluidas sus formas de organización específicas, como los museos y las exposiciones), el creador del tubo solicita que su "obra" sea aceptada por el museo. Esto significa, entonces, que la protesta vanguardista se ha convertido en lo contrario.103

Preservadas para las manifestaciones de la alta cultura, las técnicas modernistas pudieron ser entonces integradas al mercado. Desde luego, no había nada nuevo en ello, pues la transformación de la obra de arte en mercancía fue un requisito indispensable para emancipar el arte de su dependencia de los fines religiosos. Pero el grado de mercantilización de la pintura en particular ha alcanzado nuevos topes desde la Segunda Guerra Mundial. El interés por las obras de arte como inversión llegó a su apogeo, como era de esperarse, en el mercado especulativo de mediados de la década de 1980, e incluso sobrevivió a la quiebra del mercado de valores. Las pinturas individuales obtuvieron precios astronómicos: en 1987, los "Girasoles" de Van Gogh se vendieron en 39.9 millones de dólares, y sus "Iris" en 53.9 millones. Inevitablemente, los artistas se adaptaron a esta nueva situación, y de ahí que el inefable Andy Warhol afirmara que "ser bueno para los negocios es el tipo de arte más fascinante".104 Para quienes no se conformaban con apostar a la grandeza póstuma (y a los precios de subasta), "ser bueno para los negocios" significó producir en abundancia. Un joven artista de Manhattan, Barry X. Ball, observó recientemente: "Este sistema no funciona para quienes producen poco. Hay una presión constante para producir y hacerlo rápido. Encuentro que esto modifica la forma como trabajo. Ya no puedo cometer errores. No dispongo de obras anteriores para comparar. Ya no delibero tanto".105

No obstante, fue en la arquitectura donde se presentó la más importante mercantilización del modernismo. Al discutir una de las más maravillosas reconstrucciones urbanas del siglo XIX, la de las antiguas murallas de Viena en la Ringstrasse, proyecto de los gobiernos liberales en las décadas de 1870 y 1880, Carl Schorske observó que "en Austria, como en cualquier otro sitio, la clase media triunfante fue enérgica en su independencia del pasado en cuanto a la ley y a la ciencia. Pero toda vez que se empeñó en expresar sus valores en la arquitectura, se retrotrajo a la historia.., construyó el Rathaus en imponente gótico, el Burgtheater fue concebido en estilo barroco temprano y la Universidad en estilo renacentista".106

El "estilo internacional" que forjaron los arquitectos modernistas suministró a la burguesía de mediados del siglo XX los medios artísticos distintivos que le permitieron dejar su huella en el entorno urbano, y la carrera de Mies van der Rohe simboliza este proceso: último director del Bauhaus en los días finales de la República de Weimar, Mies elaboró un estilo -Kenneth Frampton lo llama "monumentalidad simétrica" que "culminó con el desarrollo de un método de construcción altamente racionalizado y ampliamente adoptado en los años cincuentas por la industria de la construcción estadounidense y su clientela corporativa... El enfoque de Mies ofrecía a la clientela orientada a la publicidad una impecable imagen de poder y de prestigio", y el mejor ejemplo de ello es quizás el edificio Seagram de Nueva York.107 El modernismo dio al capitalismo el lenguaje arquitectónico del que había carecido hasta entonces.

Y así, en un complejo movimiento, la recuperación de las técnicas de vanguardia dirigidas a la autonomía del arte han ido de la mano con la integración del modernismo a los circuitos del capital. Estos desarrollos se relacionan a su vez con un proceso más amplio que Bermas llama "la falsa superación del arte y de la vida".108 En algunos aspectos, la meta vanguardista de reintegrar el arte y la vida se ha realizado, aunque de manera distorsionada, pues la vida -la sociedad capitalista- aún no ha sido transformada. Lo que resulta crucial aquí no es tanto la interpenetración entre la alta cultura y la cultura de masas -el uso habitual, por ejemplo, de los recursos del distanciamiento brechtiano en las series de televisión-, pues no hay nada especialmente nuevo en estos desbordamientos, e incluso el cine negro sería irreconocible sin el uso de las técnicas tomadas del cine expresionista alemán; lo que resulta crucial aquí es, desde luego, la industria cultural en sus múltiples facetas. Es fascinante, por citar un caso, ver cómo se utilizan las obras de arte modernistas en la publicidad y constatar que las imágenes de las pinturas de Magritte se han convertido en clichés de los medios masivos y se emplean, por ejemplo, para anunciar las tasas de interés de una sociedad británica de bienes raíces.

Bermas argumenta que "el arte se convierte en la extensión de la política, a medida que el sistema de dominación mecaniza su control," y que ni siquiera un policía de esquina con los ojos de Argos podría competir con la omnipresencia de la música, la más romántica de las artes, que

tiende a obliterar la comunicación y a debilitar la resistencia individual, construyendo en su lugar la bella ilusión de un canto colectivo de dictatorial unanimidad. No obstante, al ser una falsa colectividad donde nadie se siente a gusto, se transforma continuamente en su antinomia sadomasoquista: por una parte, la pseudoprivacidad autista del walkman, por la otra la autoafirmación megalomaníaca del amplificador... cada uno de estos gestos guarda una relación inversa con la posición social de los grupos asociados con los respectivos recursos técnicos: a peor sonido, mayor volumen.109

Estos fenómenos -la recuperación de la vanguardia para el arte, la incorporación y mercantilización del modernismo, la falsa superación del arte y de la vida- parecen detentar mayor importancia que cualquiera de los cambios asociados con el presunto surgimiento de un arte distintivamente postmoderno. Bürger enumera las siguientes tendencias, todas calificadas de postmodernas: "la posición positiva frente a la arquitectura de fines de siglo y, por ende, una evaluación esencialmente más crítica de la arquitectura moderna; el debilitamiento de la rígida dicotomía entre arte culto e inculto, que Adorno considera todavía como irreconciliablemente opuestos; la revaluación de las pinturas figurativas de los años veintes...; el regreso a la novela tradicional, incluso por parte de los representantes de la novela experimental".110

La idea de que estas modificaciones de la sensibilidad representan una ruptura cualitativa con el modernismo no resiste un examen crítico. Intentaré ilustrar esta tesis -desarrollada anteriormente en el capítulo primero, cuando discutí los argumentos generales en favor de un giro cultural postmoderno- mediante la consideración de algunos casos específicos, aun cuando las breves observaciones presentadas a continuación son una especie de caricatura de un análisis propiamente dicho. Tomemos, por ejemplo, el regreso del figurativismo en la pintura. Bürger sostiene que esto puede ser visto como una ruptura con el modernismo sólo dentro de una concepción muy restringida de este último, la de Adorno, que, como vimos antes, identifica el arte moderno con "el principio... de un dominio completo de la forma".

Tal concepción impide "ver que la posterior elaboración de un material artístico puede enfrentar límites internos". Bürger señala cómo Picasso, durante la Primera Guerra Mundial. pasó del cubismo al neoclasicismo, paso marcado por un cuadro de 1917 al que llamó "Olga en la silla reclinable", y opina que "la idea de que la posibilidad de una continuación consistente del material cubista podía haberse agotado" dio a esta evolución "una coherencia que la estética de Adorno no nos permite reconocer".111 El argumento admite una aplicación más general. Greenberg adujo que en comparación con la forma como el cubismo se libera del contenido de la pintura y persigue la forma absoluta, el surrealismo sería "una tendencia reaccionaria que intenta recobrar el tema exterior".112 No obstante, el resurgimiento del neoclasicismo fue característico no sólo del surrealismo sino de pintores de la Neue Sachúchkeit como Grosz y Dix, cuyo uso de la figuración debe considerarse parte de uno de los movimientos de vanguardia más innovadores de los años veintes.113

El privilegio concedido por Adorno y por Greenberg a la abstracción parece más un intento defensivo por preservar fragmentos de la alta cultura del avance de la industria cultural y del kitsch, que un análisis equilibrado del modernismo. El hecho de que durante los últimos veinte años los pintores se hayan retirado de los extremos abstraccionistas alcanzados después de la Segunda Guerra Mundial no significa, por sí mismo, un cambio de trascendencia, en especial si consideramos que algunos de los artistas reputados como representantes del postmodernismo (Garlo Maria Mariani, por ejemplo) evidencian una preocupación típicamente modernista por el proceso mismo de la creación artística. Lo que Greenberg llamó "la imitación de la imitación" se cierne todavía sobre gran parte del arte contemporáneo.114

Es en la arquitectura, sin embargo, donde el postmodernismo ha alcanzado un mayor perfil. Uno de los desarrollos culturales más interesantes de los últimos años ha sido la politización de los debates acerca de la arquitectura, proceso que quizás lleve la delantera en Gran Bretaña gracias a la intervención del Príncipe de Gales, quien se ha distinguido por ser un defensor populista de la arquitectura tradicional contra la depredación del modernismo.115 Estos debates deben ser vistos dentro del contexto de las transformaciones sufridas por las relaciones espaciales en las sociedades capitalistas avanzadas de la generación precedente. Uno de los rasgos predominantes de la posguerra ha sido el traslado de la población y de la industria de los principales centros metropolitanos, una política que ha avanzado especialmente en los Estados Unidos con el auge de los suburbios y el desplazamiento de las inversiones del nordeste y del este medio hacia el sur, pero que ha tenido también gran importancia en países como Gran Bretaña.116

David Harvey afirma que esta tendencia debe ser vista como parte del surgimiento de lo que él llama "la urbanización del lado de la demanda", la aparición de la "ciudad keynesiana", "un artefacto de consumo" cuya "vida social, económica y política se organiza en torno al tema del consumo respaldado por el Estado y financiado a crédito". La suburbanización "significó la movilización de la demanda efectiva a través de la reestructuración total del espacio, de manera que el consumo de productos tales como automóviles, petróleo, caucho y los de las industrias de la construcción se convirtiera en una necesidad y no en un lujo". La crisis urbana de los años sesentas en los Estados Unidos marcó la rebelión de aquellos estratos de la población urbana menos beneficiados por la larga época de prosperidad, pero la verdadera ruptura ocurrió al iniciarse la recesión en 1973, que produjo "un impulso cambiante de las políticas urbanas, que se alejaron de la equidad y de la justicia social y se concentraron en la eficiencia, la innovación y las crecientes tasas reales de explotación".117

El impacto de la crisis económica en las grandes ciudades, dramatizado por la quiebra de Nueva York en 1974-75, obligó a modificar el carácter de la urbanización. Dos de las estrategias delineadas por Harvey como respuesta a esta crisis son de particular importancia. La primera es el esfuerzo realizado por las ciudades para "mejorar su posición competitiva respecto de la división espacial del consumo". A medida que "el consumo masivo de los años sesentas se transformó en el consumo menos masivo pero más discriminatorio de los años setentas y ochentas", "la ciudad se vio obligada a aparecer como algo innovador, estimulante y creativo en los ámbitos del estilo de vida, la alta cultura y la moda". En segundo lugar, "las áreas urbanas pueden... competir por aquellas funciones claves de control y de mando en las altas finanzas y el gobierno que tienden, por su propia naturaleza, a estar altamente centralizadas y encarnan a la vez un inmenso poder sobre todo tipo de actividades y de espacios. Las ciudades pueden competir entre sí para convertirse en centros del capital financiero, de recolección y control de información, de procesos de decisión gubernamentales".118

Estas dos estrategias no son incompatibles; por el contrario, una ciudad donde se concentran las sedes de las corporaciones, de las firmas bancarias y fiduciarias incluye probablemente dentro de su población numerosos empleados de cuello blanco y bien remunerados, que conforman el foco principal del consumo de altos ingresos. El desarrollo de este tipo de "ciudad postkeynesiana" exige una transformación a gran escala del entorno urbano: la creación de centros comerciales en zonas céntricas derruidas, la construcción de nuevos edificios de oficinas, la "transformación" de zonas ribereñas deprimidas en concentraciones de vivienda costosa. Dichos cambios, desde luego, han ocurrido en todas las principales ciudades de Occidente durante la década de 1980.

Mike Davis sostiene que "el renacimiento urbano" del centro de Los Angeles refleja la "expansión hipertrófica del sector de los servicios financieros", y que "la transformación de un recinto derruido del centro de la ciudad en un nódulo financiero y corporativo... va de la mano con el precipitado deterioro de la infraestructura urbana en general y con una nueva ola de inmigración que ha llevado a cerca de un millón de asiáticos, mexicanos y centroamericanos indocumentados al centro de la ciudad". El abandono de la reforma urbana está simbolizado en el carácter de fortaleza de los nuevos edificios, y el Hotel Bonaventure de John Portman, tratado por Jameson como la cumbre del postmodernismo (ver sección 5.2), señala más bien, con su inclusión de "espacios pseudonaturales y pseudopúblicos en el interior mismo de la edificación", una "segregación sistemática de los grandes exteriores de la ciudad hispanoasiática".119 Análogos patrones se repiten en otras ciudades; Londres, por ejemplo, un centro financiero internacional clave y en expansión, tenía en 1985 la mayor concentración de desempleados en el mundo industrializado y mayores extremos de riqueza y de pobreza que cualquier otro lugar de Gran Bretaña.120

No es de sorprender entonces que, bajo estas circunstancias, la naturaleza del entorno urbano se convierta en un asunto político, aunque esto implica a menudo una considerable mistificación. Así, los abogados de un resurgimiento clásico, como el Príncipe Carlos, desplazan la atención de las causas socio-económicas reales de la pobreza de los habitantes del centro de la ciudad hacia los innegables desastres producidos por el desplazamiento de las barriadas después de la guerra y por el traslado de los habitantes citadinos de la clase obrera a enormes edificios de apartamentos. Las funestas consecuencias de los intentos realizados por los urbanizadores y los arquitectos modernistas para modelar de nuevo la ciudad han sido utilizadas para justificar la prosecución de los temas más reaccionarios, desde la idea de que algunos estilos son ordenados por la divinidad hasta la revaluación de la arquitectura nazi.121

Sin embargo, afirmar que los estilos postmodernos representan una auténtica ruptura cultural es debatible y bien puede decirse que edificaciones tales como el Edificio Portland de Michael Graves, una cause célebre debido a su fachada, que se asemeja a una especie de collage, simbolizan la creciente falta de pertinencia de las consideraciones estéticas en los grandes proyectos de construcción. Para Diane Ghirardo, la alharaca que rodea el postmodernismo estilístico es compensatoria. El arquitecto se convierte en la persona favorita de los medios cuando su importancia comienza a declinar. En casi todos los proyectos, el arquitecto, en cierto sentido, es el último en llegar. La práctica contemporánea reduce el papel del arquitecto... al de un diseñador de exteriores o especialista en interiores. Los agentes de alquiler, los promotores, los funcionarios encargados de los préstamos comerciales, las comisiones de planeación y de zona toman las decisiones importantes, dejando al marginado arquitecto la trivial tarea de seleccionar los acabados y el pulimento dentro y fuera de la edificación.122

De acuerdo con este análisis, el postmodernismo en arquitectura no anuncia una nueva estética sino el empaque necesario para diferenciar un rascacielos de otro en una época en que la individualidad del edificio ha llegado a ser un factor de importancia en el mercadeo del espacio de oficinas.123. Como lo dice Frampton:

Hoy en día la división del trabajo y los imperativos de la economía "monopolizada" son tales que reducen la práctica de la arquitectura a un empaque a gran escala... En los casos más predeterminados, el postmodernismo reduce la arquitectura a una condición en la que "el empaque negociado" y diseñado por el constructor/promotor determina el esqueleto y la sustancia esencial del trabajo, mientras que el arquitecto se ve reducido a contribuir con una máscara convenientemente seductora. Esta es la condición que predomina actualmente en el desarrollo de los centros urbanos en los Estados Unidos, donde las altas torres de apartamentos se ven reducidas al "silencio" de sus envolturas completamente vidriadas y reflejantes, o revestidas en devaluados arreos de uno u otro tipo.124

Resulta difícil ver entonces qué es lo que ha ocurrido en la arquitectura o en la evolución de la pintura que represente el final del modernismo. Los cambios arquitectónicos en particular parecen constituir más bien un estadio posterior del proceso de mercantilización implícito en el triunfo del "estilo internacional" después de la guerra. Enfatizar la comercialización del modernismo, para no hablar de la de sus variantes postmodernistas, no exige, sin embargo, que veamos todo esto como una traición a algún significado original radical. Como dije en el capítulo segundo, el modernismo se caracterizó en su momento por su ambigüedad, por su capacidad de expresar una variedad de posiciones políticas, desde el fascismo de Marinetti hasta el marxismo de Brecht, y por constituirse precisamente en una evasión de la política.

Los años transcurridos desde 1945 no han presenciado la traición de la revolución modernista, y los argumentos presentados en esta sección tampoco implican descalificar todas las obras recientes, incluidas aquellas que se consideran postmodernas, como basura desprovista de valor. El buen arte puede producirse bajo una inmensa diversidad de circunstancias, pero lo cierto es que el fuego innovador ha abandonado el arte moderno. La tesis de Franco Moretti según la cual los primeros años de este siglo representaron "la última estación literaria de la cultura occidental" (ver sección 5.3) tiene una aplicación más general a un amplio espectro de prácticas culturales.

Con frecuencia me sorprende el tedio que nos abruma cuando caminamos por una galería de pintura del siglo XX organizada en orden cronológico y cuando avanzamos del entusiasmo de la primera parte del siglo hacia la desesperada y a menudo estéril iconoclasta de los recientes artistas. Los desarrollos auténticamente interesantes provienen en gran parte, como observa Anderson, del contexto del Tercer Mundo, donde se reproduce una constelación de circunstancias análoga a aquella en que surgió el modernismo.125 Podemos pensar, por ejemplo, en las novelas de Salman Rushdie, que se mueve con aparente facilidad entre la cultura metropolitana occidental y la experiencia de un subcontinente integrado desigual y dolorosamente al capitalismo global, una situación cuyas contradicciones se han tornado, por desgracia, trágicamente manifiestas.

Estas consideraciones deberían subrayar de nuevo la necesidad de colocar los cambios estilísticos dentro de un contexto histórico más amplio, y esto suscita asimismo el problema de la política. El arte intenta a menudo, y sin éxito, eludir la política, que en ocasiones lo convierte incluso en su campo de batalla, como lo evidencia la controversia acerca de la arquitectura moderna y acerca de los Versos satánicos de Rushdie. Este punto es de especial importancia, pues creer que estamos entrando a la época postmoderna en términos culturales e históricos presupone cierto contexto político. En la próxima y última sección intentaré esbozar este contexto.

5.6 Los hijos de Marx y de la Coca-Cola

Comenzamos con Lyotard, así que podemos también terminar con él, y en más de un sentido. Lyotard escribe: "El eclecticismo es el grado cero de la cultura general contemporánea: uno escucha reggae, mira una película del oeste, almuerza en McDonalds y cena con cocina local, usa perfumes franceses en Tokio y ropa 'retro' en Hong-Kong; el saber es algo que pertenece a los concursos de televisión".126 Todo depende, desde luego, de quién sea "uno". Se trata de algo más que de una observación ad hominem, aun cuando es un poco ridículo que Lyotard ignore a la mayor parte de la población, incluso en las sociedades avanzadas, a la cual le es negado el deleite de los perfumes franceses y de los viajes a Oriente. ¿Quién dispone entonces de esta combinación particular de experiencias? En otras palabras, ¿qué sujeto político contribuye a crear la idea de una época postmoderna?

Existe una respuesta obvia a esta pregunta. Uno de los más importantes desarrollos sociales de las economías avanzadas durante el presente siglo ha sido el crecimiento de la llamada "nueva clase media", conformada por aquellos empleados de cuello blanco que gozan de altos niveles remunerativos. John Goldthorpe escribe: "Mientras que a comienzos del siglo XX los empleados profesionales, administradores y gerentes constituían apenas un 5-10% de la población activa, incluso en las naciones más avanzadas, hoy en día constituyen el 10-25% en las sociedades occidentales".127

Esta nueva clase media, concebida como un substrato asalariado que ocupa lo que Eric Olin Wright denomina una "ubicación de clase contradictoria", colocada entre la fuerza laboral y el capital, se desempeña primordialmente en tareas de gerencia y supervisión y es probable que constituya un grupo mucho menor de lo que muestran las cifras: quizás el 12% de la población trabajadora en Gran Bretaña.128 Sin embargo, debido al poder social de que disfrutan sus miembros y a la influencia cultural que ejerce sobre otros empleados de cuello blanco que aspiran a promoverse a sus filas, la nueva clase media es una fuerza que debe tenerse en cuenta en las principales sociedades occidentales.129

Raphael Samuel ha dibujado un evocador retrato de esta nueva clase media asalariada que, a diferencia de la pequeña burguesía del capitalismo y de los profesionales independientes, se distingue más por gastar que por ahorrar. Los suplementos a color de los periódicos dominicales le dan a la vez una vida de fantasía y un conjunto de pistas culturales. Muchas de sus pretensiones a la cultura consisten en un ostentoso despliegue de

"buen gusto", bien sea en la forma de utensilios de cocina, comida "continental", casas de recreo o botes de vela para los fines de semana. Nuevas formas de vida social, como fiestas y "amoríos", eliminan la segregación sexual que mantenía a hombres y mujeres en ámbitos rígidamente separados.

La categoría de clase social rara vez se incluye dentro de la concepción que tiene de sí misma esta nueva clase media. Sus miembros prefieren la gratificación inmediata a la diferida, hacen de sus gastos una virtud y tratan la autocomplacencia como una ostentosa muestra de buen gusto. Los placeres sensuales, lejos de ser ilícitos, constituyen el ámbito mismo donde se establece la ambición social y se confirma la identidad sexual. La comida, en particular, una pasión burguesa de la posguerra..., se convierte en decisivo indicador de clase.130

No es difícil imaginar las condiciones económicas que hacen posibles prácticas y gustos semejantes, y no sobra añadir que el ahorro pierde importancia cuando la posición social depende menos de la acumulación de capital que de la habilidad para ascender dentro de una jerarquía gerencial, y cuando hay facilidades de crédito que permiten la expansión del consumo. Resulta tentador, por consiguiente, considerar el postmodernismo como la expresión cultural del surgimiento de la nueva clase media, aunque tal cosa sería, en mi opinión, un error.131

En primer lugar, la nueva clase media es menos una colectividad coherente que una colección heterogénea de estratos que ocupa la misma posición contradictoria dentro de las relaciones de producción pero que se encuentra desarticulada por diversas bases de poder. Una fuente importante de diferenciación dentro de la nueva clase media es, por ejemplo, el hecho de estar alguno de sus miembros empleado en el sector público o en el privado, lo cual explica por qué un profesor universitario al servicio del Estado no siempre comparte una comunidad de intereses con un próspero agente de bolsa.132 Por otra parte, en cuanto el término "postmodernismo" tiene auténticos referentes culturales -pienso en los desarrollos discutidos al final de la sección anterior-, éstos se remontan a la década de 1960 o poco después, mientras que la nueva clase media ha existido desde mucho antes. Esto sugiere entonces la necesidad de un análisis que, al igual que la genealogía del modernismo de Anderson (ver capítulo segundo), busque identificar con precisión la coyuntura histórica en la cual comienza a hablarse de una era postmoderna.

Hay dos fenómenos que considero decisivos. El primero es el que Mike Davis describe como "el surgimiento de un nuevo sistema de acumulación embrionario que puede llamarse 'sobreconsumismo'", con lo cual se refiere a "los crecientes subsidios políticos y económicos que benefician a un estrato masivo de gerentes, profesionales, nuevos empresarios y rentistas". Davis argumenta que el capitalismo estadounidense experimentó en las décadas de 1970 y 1980 una crisis del antiguo sistema fordista de acumulación, basado en la articulación de la producción masiva semiautomática y del consumo de la clase obrera, y una redistribución de la riqueza y de los ingresos que no sólo favoreció al capital, como podría pensarse, sino a una nueva clase media cada vez más consciente de sí. Los recortes a los impuestos y al bienestar social impulsados por el primer gobierno de Reagan significaron una perdida de al menos 23 mil millones de dólares para las familias de bajos recursos en lo correspondiente a beneficios federales e ingresos, mientras que las familias de altos recursos ganaron más de 35 mil millones de dólares.

"El antiguo círculo encantado de los pobres que se enriquecen a medida que los ricos también se enriquecen está siendo superado por la tendencia hacia el empobrecimiento de los pobres y el enriquecimiento de los ricos, mientras la proliferación de empleos mal remunerados amplía simultáneamente un próspero mercado de personas improductivas y de jefes". El resultado de lo anterior es una "economía de niveles divididos" que implica, como señala Business Week, una estructura de mercado de consumo más radicalmente bifurcada, en la que las masas de obreros pobres se agrupan en torno a almacenes de ocasión e importaciones de Taiwan, en un extremo, mientras en el otro hay un "enorme mercado de productos y servicios de lujo que incluye viajes, ropa de grandes diseñadores, exclusivos restaurantes, computadores personales y elegantes autos deportivos".133

Aunque el argumento de Davis se ve algo debilitado por su excesiva dependencia de la errónea teoría de la crisis propia de la llamada escuela de la regulación, no hay duda de que se refiere a un fenómeno de importancia general. La era Reagan-Thatcher presenció no sólo el abandono del keynesianismo, al menos en apariencia, sino una importante reorientación de la política fiscal, uno de cuyos rasgos principales fue la redistribución en favor de los ricos. En la Gran Bretaña, las "reformas" al bienestar social adoptadas por el gobierno y los drásticos recortes en impuestos para las personas de mayores ingresos, introducidos en la primavera de 1988, siguieron el patrón establecido por la política económica de Reagan, y otras medidas promovieron la expansión del consumo entre los grupos de altos ingresos: el impetuoso crecimiento del sector financiero gracias a la bonanza de los empréstitos al Tercer Mundo en los años setentas, y al mercado de especulación de mediados de la década de 1980. Los años ochentas fueron, después de todo, la década en que aparece el término "yuppie" en el lenguaje cotidiano. El yuppie constituye algo más que un tema para las comedias sociales y un objeto de resentimiento (de allí la difundida "alegre tristeza" con que fueron recibidos el Lunes Negro y sus secuelas en Wall Street y en el mercado de valores de Londres); es también un símbolo de la enorme proporción de la nueva clase media beneficiada por la era Reagan-Thatcher.

La "prosperidad patológica", en palabras de Davis, que caracterizó la recuperación de las economías occidentales de las recesiones de 1974-75 y 1979-82 implicó entonces cierta reorientación del consumo hacia la nueva clase media, un estrato social cuyas condiciones de existencia tienden a propiciar grandes gastos. Otra circunstancia, sin embargo, debe tenerse en cuenta para comprender el peculiar talante de los años ochentas, y se trata de las secuelas políticas del fracaso de 1968. Como se sabe, 1968 fue el año en el cual una combinación de crisis -los eventos ocurridos en mayo y junio en Francia, la sublevación de los estudiantes y de los ghettos en los Estados Unidos, la Primavera de Praga en Checoslovaquia- pareció augurar el derrocamiento del orden social prevaleciente en ambos lados de la Cortina de Hierro. En la radicalización resultante, una generación de intelectuales fue ganada para el activismo político militante, a menudo por alguna de las organizaciones de extrema izquierda, por lo general de tendencia maoísta o trotskista, que proliferaron a fines de la década de 1960.

Diez años más tarde, empero, las expectativas milenaristas de una revolución inminente habían sido frustradas, y el statu quo resultó más sólidamente fundado de lo que se creía. Allí donde hubo cambios -la caída de las dictaduras en el sur de Europa es quizás uno de los más importantes-, su beneficiario fue, en el mejor de los casos, la socialdemocracia más que el socialismo revolucionario. La extrema izquierda se desintegró en toda Europa a fines de la década de 1970, y en Francia, donde las expectativas habían alcanzado su punto más alto, la caída terminó siendo más precipitada. Los nouveaux philosophes contribuyeron a convertir a la intelectualidad parisiense, en su mayoría marxista desde la época del Frente Popular y de la resistencia a la invasión alemana, al liberalismo. La izquierda parlamentaria accedió al gobierno en 1981, por primera vez desde la Cuarta República, en medio de un escenario político caracterizado por la desbandada del marxismo. Y mientras que los antiguos miembros del maoísmo se apresuraban a firmar declaraciones en favor de los "contras" nicaragüenses, la izquierda en general estaba ya dispuesta a acoger a Nietzsche y a la OTAN.134

Veinte años más tarde, en 1988, con la aparente estabilidad del capitalismo occidental bajo la dirección de la Nueva Derecha, la retirada de la generación de 1968 de sus creencias revolucionarias había llegado aún más lejos. Como observa Chris Harman, "si en 1968 estaba en boga dejar la escuela y dedicarse a la droga, la moda ahora parece ser reintegrarse al sistema y dejar la política socialista".135 El veinteavo aniversario de 1968 se destacó primordialmente por las decepcionantes retrospectivas de los antiguos líderes estudiantiles. La revista Marxism Today, que había lanzado una estrategia de mercado con base en el progresivo abandono de todo lo que se asemejara a un principio socialista, se mostró especialmente estridente en su renuncia a unas esperanzas revolucionarias que nunca había compartido. En Francia, no obstante, hubo al menos un intento serio por explicar este extraordinario revés, el paso de la generación de las barricadas a la de los yuppies.136

La explicación más sorprendente la ofreció Régis Debray, cuya evolución de teórico de la guerra de guerrillas, amenazado de muerte por el ejército boliviano debido a su colaboración con el Che Guevara, a consejero presidencial de Franrois Mitterrand en el Elysée, sintetizó un proceso más general. Debray sostiene que mayo del 68 actuó como un instrumento de modernización, al eliminar los obstáculos institucionales a la integración del capitalismo francés al capitalismo de consumo multinacional y norteamericanizado. Los acontecimientos del 68, según él, constituyeron

el movimiento social más razonable; la triste victoria de la razón productiva sobre la sinrazón romántica; la más melancólica demostración del papel determinante de la economía preconizado por la teoría marxista (tecnología más relaciones de producción). Era preciso darle una moralidad a la industrialización, no porque los poetas la reclamaran, sino porque la industrialización precisaba de ella. La antigua Francia pagaba su deuda a una nueva Francia; los atrasos sociales, políticos y culturales todos a la vez. El cheque fue cuantioso. La Francia de la piedra y el centeno, del aperitivo y del instituto, del sí papá, sí patrón, sí querida, se dejó de lado para que la Francia de los programas de computadores y de los supermercados, de las noticias y la planificación, del know how y las juntas, pudiera ostentar al máximo su viabilidad, y ser finalmente acogida. Esta limpieza de primavera se experimentó como una liberación y, en efecto, lo fue.137

De acuerdo con esta explicación, el desencanto de la generación de 1968 fue una consecuencia inevitable de la lógica objetiva de los acontecimientos -consistente en modernizar y no en abolir el capitalismo francés-, así como una forma de adaptación a la sociedad de consumo perfeccionada como resultado de la crisis. El argumento de Debray ha sido retomado por Gilles Lipovetsky, quien lo lleva aún más lejos y lo generaliza, pues dice que las revueltas de fines de los años sesentas contribuyeron a establecer el predominio del individualismo narcisista identificado por Lasch, Sennet y Bell como una de las principales tendencias culturales de los últimos veinte años. "Fin del modernismo: los años sesentas son la última manifestación de la ofensiva lanzada contra los valores puritanos y utilitaristas, el último movimiento de protesta cultural, en esta ocasión un movimiento de masas. Pero también son el comienzo de una cultura postmodema, desprovista de innovaciones y de verdadera audacia, que se contenta con democratizar la lógica del hedonismo", un hedonismo que se ha convertido en "condición" del "funcionamiento" y "expansión" del capitalismo.138

El principal defecto de este tipo de explicación es su casi extravagante funcionalismo. Debray suscribe alegremente una filosofía hegeliana de la historia en la cual, gracias a la astucia de la razón, los acontecimientos cumplen propósitos desconocidos para sus actores. "La sinceridad de los actores de mayo se vio acompañada y sobrepasada por una astucia que desconocían. La cumbre de la generosidad personal se encontró con la cumbre del anónimo cinismo del sistema. Y así como los grandes hombres hegelianos son lo que son debido al Espíritu absoluto, los revolucionarios de mayo fueron los empresarios del Espíritu que necesitaba la burguesía".139 La forma como Debray y Lipovetsky reducen 1968 a un episodio de modernización -o postmodernización- del capitalismo excluye la posibilidad de otros resultados y descarta de antemano el hecho de que la expansión que en efecto tuvo el sistema durante los años setentas y ochentas se debió a la derrota del reto político que representaron las luchas de fines de la década de 1960.140

Como señalaron Alain Krivine y Daniel Bensaid, unos de los pocos líderes estudiantiles franceses que no han renunciado al marxismo, Debray y Lipovetsky confieren "a un hecho cumplido las virtudes de una necesidad histórica, y en su visión de mayo, la astucia del capital sustituye, a su entera conveniencia, la astucia de la razón".141 Incluso Henri Weber, uno de los miembros más talentosos de la generación de 1968, quien abandonó más tarde el socialismo revolucionario para integrarse a la socialdemocracia, ha escrito que "el individualismo de mayo era prometeico y comunitario", "portador de un proyecto relativamente grandioso de transformación social", convencido de que "no hay auténtica autorrealización que no sea por la colectividad", de modo que "hay una ruptura más que una continuidad" entre éste y "el individualismo narcisista y apático de fines de los años setentas", con el que Lipovetsky lo identifica.142

Esencialmente, los esfuerzos de Debray y Lipovetsky por restarle importancia a 1968 fracasan en razón de la magnitud misma de lo ocurrido. Después de todo, lo sucedido en Francia durante mayo y junio de aquel año no sólo incluyó las barricadas estudiantiles en el Barrio Latino y la ocupación de la Sorbona, sino la huelga general de mayores proporciones en la historia europea reciente. Estos acontecimientos constituyeron el episodio más dramático de aquello que Harman, en su magistral estudio de este período, llama la "triple crisis: de la hegemonía estadounidense en Vietnam, de las formas autoritarias de gobierno frente a una clase obrera que había crecido en forma masiva, y del estalinismo en Checoslovaquia", crisis conducente a la renovación generalizada de la lucha de clases en todo el capitalismo occidental y que, con mayores o menores altibajos, se prolongó hasta el comienzo de la recesión mundial de 1974-75 e inicialmente sevio exacerbada por ella.143

Esta renovación de la lucha de clases, la mayor ocurrida en Europa desde las secuelas de la revolución rusa, comprende, junto con mayo y junio de 1968 en Francia, la famosa "operación tortuga de mayo" en Italia, iniciada en el otoño de 1969; la ola de huelgas contra el gobierno laborista de 1970-1974 en Gran Bretaña, que culminó con la renuncia del primer ministro, Edward Heath, acosado por las protestas de los mineros; la revolución portuguesa de 1974-75, y los amargos conflictos laborales que acompañaron la agonía del régimen franquista en España durante 1975 y 1976. Aunque las protestas obreras en los Estados Unidos nunca alcanzaron este clímax, las manifestaciones del movimiento pacifista contra la intervención en Vietnam, las sublevaciones de los ghettos negros y la revuelta estudiantil contribuyeron a producir, a fines de los años sesentas, la peor crisis doméstica de este país desde la guerra civil. Y hubo ecos en otros lugares: el cordobazo en Argentina, una explosión de militancia obrera y estudiantil en Australia, la huelga general de 1972 en Quebec.

El hecho de que estas luchas no consiguieran abrir brechas duraderas y profundas en el poder del capital fue algo contingente, que no refleja la lógica interna del sistema sino el dominio de los movimientos obreros y estudiantiles por parte de organizaciones e ideologías socialdemócratas o estalinistas, comprometidas con la obtención de reformas parciales dentro del marco de la colaboración entre las clases. La intervención del partido comunista francés para poner fin a la huelga general en mayo y junio de 1968 se repitió en numerosas ocasiones en otros países, desde los "contratos sociales" suscritos por el Congreso de los Sindicatos Británicos con el partido laborista en 1974-79, hasta el pacto de la Moncloa mediante el cual los partidos comunista y socialista españoles apoyaron a los herederos de Franco. Este tipo de compromisos permitió al capitalismo occidental resistir el temporal de las grandes recesiones de los años setentas y ochentas, y utilizarlas para reestructurarse y racionalizarse. Mientras la clase obrera de las naciones avanzadas pasaba de la ofensiva a la defensiva, la extrema izquierda se encontró aislada, nadando contra la corriente. Estas circunstancias menos favorables ocasionaron la desaparición de muchas organizaciones que sucumbieron a la "crisis de la militancia" y ante el hecho de que sus actividades no tuvieron el fácil éxito que se esperaba.

En mi concepto, la odisea política de la generación de 1968 es crucial para entender la difundida aceptación de la idea de una época postmoderna en los años ochentas. Es ésta la década en que los radicales de los años sesentas y setentas comienzan a entrar en la edad madura. Por lo general, habían perdido toda esperanza en el triunfo de una revolución socialista y a menudo habían dejado de creer incluso que una revolución semejante fuese deseable. En su mayor parte habían llegado a ocupar algún tipo de posición profesional, gerencial o administrativa, y se habían convertido en miembros de la nueva clase media en un momento en el cual la dinámica sobreconsumista del capitalismo occidental ofrecía a esta clase mejores niveles de vida, un beneficio que con frecuencia negaba al resto de la fuerza laboral: en los Estados Unidos, por ejemplo, el salario-hora en términos reales disminuyó en un 8.7% entre 1973 y 1986.144 Esta coyuntura -la prosperidad de la nueva clase media, combinada con la desilusión política de muchos de sus más destacados integrantes suministra el contexto de la proliferación de los discursos sobre el postmodernismo. Antes de proseguir, sin embargo, quisiera aclarar un punto en particular. No pretendo sostener que la filosofía de Foucault o las novelas de Rushdie, para citar dos casos, se deriven directamente de los desarrollos políticos y económicos arriba descritos. Mi propósito es más bien el de explicar la aceptación de ciertas ideas por parte de un gran número de personas.145

En este sentido, considero que los principales temas del postmodernismo sólo resultan inteligibles sobre el trasfondo de la coyuntura histórica de fines de los años setentas y comienzos de los años ochentas. Uno de los rasgos predominantes de la postmodernidad es el esteticismo, heredado de Nietzsche y reforzado por los intentos que hacen Derrida, Foucault y otros autores por articular las implicaciones filosóficas del modernismo (ver sección 3.2). Richard Schusterman advierte la aparición de una "tendencia intrigante y cada vez más prominente en la filosofía moral (y en la cultura) angloamericana hacia la estetización de lo ético. La idea... es que las consideraciones estéticas son o deben ser decisivas, y quizás la instancia suprema, para determinar cómo elegimos conducir o moldear nuestras vidas y cómo evaluamos qué es una vida buena".146 Schusterman toma como ejemplo a Rorty, cuya preeminencia en la década pasada se debió ante todo a sus esfuerzos por traducir los temas postestructuralistas a un lenguaje analítico. Quizás el caso más interesante de esta corriente de pensamiento sea la idea de Nietzsche acerca de la "estética de la existencia", desarrollada por Foucault en sus últimos libros (ver sección 3.5). Pero lo sorprendente del giro filosófico hacia el esteticismo es cómo se aviene con el talante cultural de los años ochentas. Decir que ésta fue una década obsesionada por el estilo se ha convertido en un lugar común.

Los teóricos del postfordismo tenían razón al advertir la diferenciación de los mercados y la proliferación de las marcas de diseñadores cuyo atractivo decisivo reside en sugerir que al comprar, verbi gratia, un Levi's 501 se accede a un estilo de vida determinado. Aunque la dimensión de estos desarrollos ha sido exagerada en exceso, es innegable que en varios aspectos de la vida podemos detectar asociaciones análogas entre cierto tipo de consumo y la formación de cierto tipo de persona, y entre las más importantes está la obsesión narcisista por el cuerpo, masculino y femenino, menos como objeto de deseo -una vez disciplinado por las dietas y los ejercicios para obtener determinada forma- que como señal de juventud, salud, energía, movilidad. Esta estilización de la existencia (para tomar una expresión de Foucault) se comprende mejor en el contexto, no de una Nueva Era, sino de una era de prosperidad para la nueva clase media, clase que en la década de 1980 vio aumentar sus ingresos y encontró grandes facilidades de crédito sin la presión de ahorrar a la que estaba sometida la pequeña burguesía en años anteriores.

Otro de los rasgos sorprendentes de los discursos acerca del postmodernismo es su tono apocalíptico, que alcanza quizás su mayor estridencia en los escritos de Baudrillard y de sus seguidores. Ahora bien: en más de un sentido, la expectativa de un desastre inminente ha sido un rasgo endémico de la cultura occidental durante gran parte de este siglo, y en especial desde Auschwitz e Hiroshima. Creo, sin embargo, que en este caso habría algo más que el "apocalipsis rutinario" del que habla Frank Kermode147 pues, al fin y al cabo, ¿cuál ha sido la experiencia de la generación de 1968? Sus miembros vivieron una época en la que grandes transformaciones históricas parecían inminentes, y en la que muchos creían que el futuro inmediato estaba delicadamente balanceado entre la utopía y la distopía, entre el avance socialista y la tiranía reaccionaria, creencia que acontecimientos como el golpe de Estado chileno de septiembre de 1973 no afectó en absoluto.

La esperanza de la revolución ha desaparecido, es cierto, pero no ha sido sustituida, a mi juicio, por una creencia positiva en las virtudes de la democracia burguesa. Incluso quienes piensan, erróneamente, que el capitalismo ha superado sus contradicciones económicas, ven que se ciernen sobre el horizonte otras catástrofes potenciales como la guerra nuclear y el colapso de la ecología. Para quienes sostienen tales ideas es plausible creer que nos encontramos en el umbral de una nueva fase de desarrollo respecto de la cual el marxismo, con su orientación hacia la lucha de clases, no es pertinente, pero al mismo tiempo habrán de convenir en que el liberalismo tampoco constituye una respuesta a estas inquietudes.

El éxito de Lyotard y Baudrillard, absolutamente desproporcionado en relación con el escaso mérito intelectual de sus obras, se torna comprensible desde esta perspectiva. Ambos se identificaron estrechamente con 1968; el propio Baudrillard afirma que "mi obra comienza en realidad con los movimientos de la década de 1960".148 Ambos ofrecen extensos comentarios filosóficos sobre la actualidad, a diferencia de Derrida, quien se ha centrado en la deconstrucción de textos teóricos, y de Foucault, cuyo interés principal fue la genealogía de la modernidad. Ambos han seguido, desde fines de los años sesentas, una trayectoria que los aleja de una posición política explícita y los acerca a una especie de pose estética basada en negarse a tratar de comprender o transformar la realidad social existente. ¿Qué podría ser más tranquilizante para una generación atraída primero hacia el marxismo y luego alejada de él por los altibajos políticos de las dos últimas décadas que escuchar, en un estilo adornado con la aparente profundidad y auténtica oscuridad de la retórica submodernista cultivada por "el pensamiento del 68", que ya no es posible hacer nada para cambiar el mundo?

La "oposición" se reduce entonces al consumo de productos culturales y, en primer lugar, al consumo de las obras de arte postmodernas, cuyos autores buscan encarnar en ellas este tipo de pensamiento; si no, una vieja novela rosa puede desempeñar la misma función, pues, como subraya con frecuencia Susan Sontag, el esteticismo implica "una actitud neutral con respecto al contenido".149 El tipo de distancia irónica del mundo, que fue uno de los más importantes rasgos de las grandes obras modernistas, se transforma en rutina y se trivializa incluso, ya que se ha convertido en una manera de negociar una realidad todavía irreconciliada que ya nadie cree poder cambiar.

Como escribí en otro lugar:

La mejor manera de comprender el discurso del postmodernismo es como el producto de una intelectualidad socialmente móvil en un ambiente dominado por la retirada de los movimientos obreros occidentales y la dinámica "sobreconsumista" del capitalismo de la era Reagan-Thatcher. Desde esta perspectiva, el término "postmoderno" parece ser un significado flotante, con el cual esta inteligentsia busca articular su desilusión política y su aspiración a un estilo de vida orientado al consumo. Las dificultades implícitas en identificar un referente para este término carecen entonces de importancia, pues los discursos acerca del postmodernismo en realidad no tratan tanto del mundo como de la expresión del sentido del final de una generación.150

No hay nada nuevo, sin embargo, en semejante desilusión política o trahison des clercs, como dirían los franceses. Uno de los casos más pertinentes es el del brillante grupo de intelectuales norteamericanos que adhirieron al marxismo en las décadas de 1930 y 1940 y que, en su mayor parte, regresaron desilusionados al liberalismo durante la guerra fría y en ocasiones al neoconservadurismo durante los años setentas.151 Análogos recuentos podrían hacerse de todos los períodos en los cuales los radicales se han visto políticamente aislados, desde la época de la Restauración.152 En el presente libro me he propuesto analizar la patología de esta última "experiencia de derrota" y, en particular, del intento de explicarla en términos del surgimiento de una época postmoderna para la cual el proyecto de la Ilustración, aun radicalizado por el marxismo, carece de interés.

Como he tratado de mostrarlo, dicho intento fracasa como filosofía, estética y teoría social. El postmodernismo debe ser entendido como una respuesta a la incapacidad de las grandes sublevaciones de 1968-76 para satisfacer las expectativas revolucionarias que habían generado. Durante estas revueltas, algunos temas que habían sido marginalizados durante medio siglo disfrutaron de un breve resurgimiento, y no sólo la idea de la revolución proletaria, concebida como una irrupción democrática desde abajo y no como imposición de un cambio desde arriba, sino también el proyecto vanguardista de superar la separación entre el arte y la vida.153

Tales aspiraciones han sido en gran parte abandonadas, pero creer que esto siempre será así supone que no habrá más explosiones sociales en los países avanzados, al menos comparables a las de 1968 y los años inmediatamente posteriores. El carácter frágil e inestable de la patológica prosperidad de los años ochentas, no obstante, sugiere otra cosa. El capitalismo mundial no ha escapado al período de crisis que se inició a comienzos de la década de 1970, como tampoco ha abolido por arte de magia a la clase obrera. Por el contrario, los años ochentas se vieron marcados por la aparición de nuevos movimientos sindicales -en Polonia, en Brasil, en Corea del Sur y en Sudáfrica, para citar apenas unos cuantos-, y el proyecto de la "Ilustración radicalizada", esbozado originalmente por Marx, para quien las contradicciones de la modernidad sólo pueden ser resueltas a través de la revolución socialista, aguarda de ellos su realización.

Notas:

1. D. Bell, The Coming of Post-Industrial Society, Londres, 1974, pp. 212, 284, 297-98 y passim.

2. Ver ibid., pp. 33-40, sobre la historia de la expresión "sociedad postindustrial": al parecer, Bell comparte con David Riesman el dudoso honor de haber inventado esta expresión a fines de los años cincuentas.

3. Ver, por ejemplo, R. Heilbroner, Business Civilization in Decline, Harmondsworth, 1977, capítulo 3, y K. Kumar, Prophecy and Progress, Harmandsworth,1978, capítulos 6 y 7.

4. M. Prowse, "The Need to Bolster Confidence", FT, 30 de noviembre de 1987.

5. Ver mi discusión de Gorz en MH, pp.184-89.

6. A. Kaletsky y G. de Jonquieres, "Why a Service Economy is no Panacea", FT, 22 de mayo,1987.

7. M. Prowse, "Why Services may be no Substitute for Manufacturing", FT, 25 de octubre, 1985.

8. Ibid.

9. Ver, por ejemplo, además de Prowse, "Services", Kaletsky y Jonquieres, "Service Economy" y el informe especial, "¿Can America Compete?", Business Week, 27 de abril, 1987.

10. Ver A. Callinicos y C. Harman, The Changing Working Class, Londres, 1987, capítulo l.

11. Kaletsky y Jonquieres, "Service Economy".

12. La información presentada en este párrafo acerca de California es tomada de P. Stephens, "Uneasy Realities Behind a Post-Industrial Dream", FT, 15 de octubre, 1986.

13. M. Davis y S. Buddick: "Los Angeles: Civil Liberties between the Hammer and the Rock", NLR 170, 1988, p. 48. La expresión "sangriento taylorismo" fue acuñada por Alan Lipietz para designar las industrias tercermundistas, repetitivas y altamente explotadoras, dedicadas al ensamblaje de productos manufacturados de exportación, especialmente textiles y electrónicos, que emplean mano de obra no calificada: ver Mirages and Miracles, Londres,1987, pp. 73 ss.

14. Stephens, op. cit.

15. Ver especialmente N. Harris, The End of the Third World. Londres, 1986.

16. P. Kellog, "¿Goodbye to the Working Class?", IS, 2, 36,1987, pp.108-110.

17. C. Owens, "Feminists and Postmodernists", en H. Foster, ed., Postmodern Culture, Londres, 1985, p. 63.

18. Ver, por ejemplo, M. Poster, Critical Theory of the Family, Londres, 1978.

19. Ver, por ejemplo, A. Rogers, "Women at Work", IS, 2, 32,1986 y el análisis mucho más extenso presentado en el libro sobre mujeres y clase de Lindsey German, de próxima aparición.

20. J. Baudrillard, The Mirror of Production, St. Lous,1975, p. 80.

21. MR (discusión), p. 337. Ver, acerca de las sociedades "primitivas", inter alia, M. Godelier, Rationality and Irrationality in Economics, Londres, 1972 y M.Sahlins, Stone Age Economics, Londres, 1974.

22. DFM, p. 104. Ver también, por ejemplo, J. Habermas, Autonomy and Solidarity, pp. 140 ss.

23. F. Jameson, "The Politics of Theory", NGC 33, 1984, p. 53.

24. F.Jameson, Marxism and Form, Princeton,1971, pp.102-105. La presentación que hace Jameson del surrealismo (ibid, p. 95-106) parece haber influido sobre las ideas de Anderson acerca del modernismo: ver MR, p. 327.

25. F. Jameson, "Postmodernism, or the Cultural Logic of Late Capitalism", NLR 146, pp. 78 y passim.

26. Ibid, pp. 83, 85, 86, 88.

27. W. Benjamin, Understanding Brecht, Londres, 1973, p. 121.

28. F. Jameson, The Political Unconscious, pp. 35, 41, 52-3, 57, 75, 98.

29. L. Althusser y E. Balibar, Reading Capital, p. 94.

30. Ver, por ejemplo, G. Stedman-Jones, "The Marxism of the Early Lukács", NLR 70.

31. Para una crítica similar del artículo de Jameson sobre el postmodernismo, ver M. Davis, "Urban Renaissance and the Spirit of Postmodernism", NRL 151, 1985, pp. 106-7. Para un comentario más general sobre Jameson, T. Eagleton, "The Idealism of American Criticism", NLR 127, 1981, pp. 62-64, E. Said, "Opponents, Audiences, Constituencies and Community", en Foster, ed., Postmodern Culture, pp. 146-48, y D. Kellner, "Postmodernism as Social Theory", TCS 5, 213, 1988, pp. 258-62.

32. Jameson, "Postmodernism", p. 80.

33. Ver A. Callinicos, "¿Reactionary Postmodernism?" en R. Boyne y A. Rattansi, eds., Postmodernism and Social Theory, Houndmills, de próxima aparición.

34. Jameson, Political Unconscious, p. 53.

35. Ver especialmente Jameson, "Cognitive Mapping", en MIC.

36. Ver D. Latimer, "Jameson and Postmodernism", NLR 148,1984, y, sobre marxismo y ética, MH, capítulo 1.

37. Althusser y Balibar, op. cit., pp. 99,104; ver, en general, pp. 91-105 y P. Anderson, Arguments widtin English Marxism, Londres, 1980, pp. 73-77.

38. Ver Callinicos, "Reactionary Modernism".

39. Jameson, Marxism, pp. xvii-xviii, 36n.,105.

40. Jameson, "Postmodernism", pp. 53, 55.

41. Davis, "Urban Renaissance", pp. 106-107. Ver E. Mandel, Late Capitalism, Londres, 1975, y The Second Slump, Londres, 1980.

42. S. Lash y J. Urry, The End of Organized Capitalism, Cambridge,1987.

43. Ver especialmente M. Aglietta, A Theory of Capitalist Regulation, Londres, 1979.

44. Ver, por ejemplo, R. Murray, "Life after Henry (Ford)", Marxism Today, octubre 1988.

45. S. Hall, "Brave New World", ibid., pp. 24, 27.

46. K. Williams et al., "¿The End of Mass Production?", Economy and Society 16, 1987. Agradezco a Lindsey German el haber llamado mi atención sobre este artículo.

47. Callinicos y Harman, Changing Working Class, pp. 62-67. Para una crítica general de la tesis del postfordismo, ver J. Robertson, "Consuming Passions", Socialist Worker Review, diciembre 1988.

48. Aunque debe observarse que Lash y Urry sí identifican una tendencia hacia la "especialización flexible": ver End, p.199.

49. Ibid, pp. 208-209.

50. N. Harris, Of Bread and Guns, Harmondsworth,1983, especialmente capítulos 2, 4, 7, y End of the Third World, passim.

51. D. M. Gordon, "The Global Economy: ¿New Edifice or Crumbling Foundations?", NLR 168,1988, pp. 54, 63-64 y passim.

52. Ver A. Callinicos, "Imperialism, Capitalism and the State Today", IS, 2, 35, 1987.

53. FT, octubre 21,1987.

54. Para un análisis del Lunes Negro y sus secuelas inmediatas, ver C. Lapavitas, "Financial Crisis and the Stock Exchange Crash", IS 2, 38,1988.

55. M. Wolf, "The Need to Look to the Long Term", FT, noviembre 16,1987.

56. H. Belloc, The Servile State, Indianápolis, 1977. Para un resumen de las tendencias económicas de fines de siglo, ver E. J. Hobsbawm, The Age of Empire 1875-1914, Londres, 1987, pp. 50-73.

57. Ver N. I. Bucharin, Imperialism and World Economy, Londres, 1972, y para un análisis de la crisis ocurrida entre las dos guerras desde esta perspectiva, C. Harman, Explaining the Crisis, Londres, 1984, capítulo 2.

58. Harris, op. cit, capítulo 2, suministra el mejor estudio general sobre estos cambios.

59. Ver, por ejemplo, D. Filtzer, Soviet Workers and Stalinist Industrialization, Londres, 1986, pp. 91, y M. Ellman, "¿Did the Agricultural Surplus Provide the Resources for the Increase in Investment in the USSR during the First Five-Year Plan?", Economic Journal 85, 1975.

60. J. M. Keynes, The General Theory of Employment Interest and Money, Londres, 1970, p. 313.

61. Ver especialmente Harman, Explainin, capítulo 3.

62. A. Kaletsky, "The Triumph of John Maynard Reagan", FT, mayo 3,1986.

63. P. Green, "Contradictions of the American Boom", IS 2, 26, 1985. Otro caso extraordinario de intervencionismo en Estados Unidos fue el rescate de las compañías de ahorros y de las lonjas en quiebra por parte del Federal Home Loan Bank Board, en cooperación con corporaciones como Ford y Revlon, a un costo eventual estimado en US$ 38.6 mil millones para el gobierno de los Estados Unidos: ver The New York Times, diciembre 31, 1988.

64. Para un estudio general, ver P. Green, "British Capitalism and the Thatcher Years", IS 2, 35, 1987. No todos los principales Estados capitalistas occidentales han seguido el modelo de los Estados Unidos; la excepción más importante es Alemania Occidental que, bajo la dirección del Bundesbank, ha seguido políticas de restricción monetaria. Sobre las diferentes trayectorias de las economías occidentales, ver M. Aglietta, "World Capitalism in the Eighties", NLR 136, 1982.

65. M. Davis, Prisioners of the American Dream, Londres, 1986, p. 233; ver ibiá, capítulo 6, passim.

66. Citado por R. Brenner, "The Roots of US Economic Decline", Against the Current 2, 1986, p. 27.

67. FT, abril 18 de 1987.

68. Ibid, agosto 13, 1988.

69. F.Nietzsche, El eterno retorno, Buenos Aires, 1949, § 383.

70. C. Lash, The Culture of Narcissim, Londres, 1980, p. xvi.

71. D. Bell, The Cultural Contradictions of Capitalism, Londres, 1979.

72. S. Bellow y M. Amis, "The Moronic Inferno", en B. Brooks et aL, eds., Modernity and Its Discontents, Nottingham,1987, transcripción de una discusión moderada por Michael Ignatieff en la serie de televisión Voices, ahora desaparecida, en la primavera de 1986.

73. G. Lipovetsky, L'Ere du vide, París, 1983. Ver también Bell, op. cit., capítulo 3.

74. J. Baudrillard, Simulations, Nueva York, 1983, pp. 12, 48, 53-54,143,146.

75. J. Baudrillard, In the Shadow of the Silent Minorities, Nueva York, 1983.

76. J. Baudrillard, Simulations, p.115.

77. J. Baudrillard, Mirror, p.122.

78. J. Baudrillard, Simulations, pp. 99,150-52.

79. Baudrillard, Amérique, París, 1986, pp. 21, 32,143,150,151,178,194-95, 150, 195.

80. J. Baudrillard, Shadow, pp. 83-84.

81. J. Bouveresse, "Why I Am so very UnFrench", en A. Monteflore, ed., Philosophy in France Today, Cambridge,1983, p. 15.

82. DFM, p. 228; ver en general ibid, pp. 225-254.

83. R. Sennet, The Fall of Public Man, Londres, 1986, pp. 19, 21, 23, 261-62.

84. K. Marx, El capital, I, México, 1968, p. 37.

85. Citado en D. Frisby, p.11; ver, acerca de Simmel, Kracauer y Benjamin, D. Frisby, Fragments of Modernity, Cambridge,1985. Simmel ejerció una importante influencia sobre Lukács y Benjamin.

86. Ver, por ejemplo, Simmel, Philosophy, pp. 472 ss.

87. W. Benjamin, Charles Baudelaire, Londres, 1973, p.172. Comparar con su definición de la modernidad como "lo nuevo en el contexto de lo que siempre ha estado allí", citada y discutida en Frisby, Fragments, pp. 207, ss.

88. G. Debord, The Society of the Spectacle, Detroit,1970, § 1, 4, 6, 36.

89. Baudrillard, Simulations, p. 54. Ver, acerca de la influencia de los situacionistas, Baudrillard, "Lost in the Hipermarket", City Limits, diciembre 8 de 1988, p. 88.

90. Debord, op. cit., § 7, 9.

91. Ver A. Callinicos, Marxism and Philosophy, Oxford,1983, pp.127-36.

92. Ver Harman, Explaining, pp. 143-47, y M. Glick y R. Brenner, "The Regulation Approach to the History of Capitalism", de próxima aparición en NLR; su dependencia de la teoría de las crisis propuesta por la escuela regulacionista es la falla principal de los escritos de Davis acerca del capitalismo estadounidense.

93. Aglietta, Theory, pp.158-61.

94. Bell, The Coming, p. 318, n. 30.

95. Lipovetsky, Ere, pp. 7, 14, 4?-48,142-43.

96. Hobsbawm, Empire, pp. 220,237-38.

97. MR, 329.

98. T. W., Adorno, Aesthetic Theory, Londres, 1984, pp. 83-84.

99. Greenberg, "Avant Garde and Kitsch", Partisan Review VI: 5,1939, p. 49.

100. Ver S. Guilbaut, How New York Stole the Idea of Modem Art, Chicago, 1983, y J. D. Herbert, "The Political Origins of Abstract Expressionist Art Criticism", Telos 62, 1984/85.

101. Adorno, op. cit., p. 44.

102. R. A. Berman, "Modem Art and Desublimation", Telos 62, 1984/85, p. 41.

103. P. Bürger, Theory of the Avant Garde, Manchester,1984, pp. 17, 80, 81.

104. Citado en C. Ratcliff, "The Marriage of Art and Money", Art in America, julio 1988, p. 78.

105. Citado en E. Hartney, "Art vs. Market", ibid, p. 31.

106. C. Schorske, op, cit., p. 58; ver en general ibid, capítulo 2.

107. K. Frampton, Modere Architecture: A Critical History, edición revisada, Londres,1985, pp. 231, 237.

108. Berman, op. cit, p. 43.

109. Ibid, p. 45-46. Bürger sostiene que esta "falsa superación" de arte y vida es un peligro inherente al proyecto vanguardista, pues "la relativa libertad del arte frente a la praxis vital es a la vez la condición que debe ser satisfecha si ha de haber un conocimiento crítico de la realidad. Un arte que no se distingue ya de la praxis vital sino que se ve completamente absorbido por ella perderá la capacidad de criticarla". (Theory, p. 50). Pero ciertamente mucho depende de las condiciones bajo las cuales se da la integración entre arte y vida. Los movimientos de vanguardia aspiran a reintegrar el arte a una vida social transformada; en ausencia de una transformación semejante, sus miembros sólo pueden continuar como artistas, en términos de la sociedad burguesa, con todas las contradicciones que esto implica, algunas de las cuales se describen en el texto. Todo intento por estetizar de nuevo la vida social sobre la base de un control colectivo y democrático de los recursos por parte de los productores directos no tendría como consecuencia la supresión del papel crítico desempeñado históricamente por el arte en la discusión permanente de alternativas. La exploración que hace Trotsky de algunos de estos problemas en Literatura y revolución (Ann Arbor,1971) preserva toda su pertinencia. Por otra parte, pareciera que el proyecto vanguardista no ha sido realizado y no porque esté mal concebido. Ver las observaciones algo ambiguas de Habermas en Autonomy, p.173.

110. P. Bürger, "The Decline of Modern Age", Telos 62, 1984/85, pp. 117-18.

111. Ibid, pp.120-21.

112. Greenberg, op. cit, p. 37; ver también Greenberg, "Towards a Newer Lacoon", Partisan Review VII, 4, 1940.

113. Ver J. Willet, The New Sobriety 1917-1933, Londres, 1978.

114. Greenberg, "Avant Garde", p. 37.

115. Ver, por ejemplo, C. Jenks, "The Prince Versus the Architects", Observer, junio 12, 1988.

116. Para un resumen de estas tendencias, ver Lash y Urry, End, pp. 99 ss.; sobre los Estados Unidos ver, por ejemplo, D. Smith, Social Theory and the City, Oxford, 1980, pp. 236 ss., y sobre Gran Bretaña, D. Massey, Spatial Divisions of Labour, Londres, 1984.

117. D. Harvey, The Urbanization of Capital, Oxford,1985, pp. 205-6,207,215.

118. Ibid, pp. 215-17.

119. Davis, "Urban Renaissance", pp. 109-110, 111-12. Ver también los comentarios críticos a la presentación que hace Jameson del Hotel Bonaventure en R. Jacoby, The Last Intellectuals, Nueva York, 1987, pp. 168-72.

120. P. Towsend et aI, Poverty and Labour in London, Londres, 1987.

121. D. Davis, "Late Postmodern: the End of Style", Art in America, julio,1987. Agradezco a Margie Robertson el haberme indicado este artículo.

122. D. Ghirardo, "Past or Postmodern in Architectural Fashion", Telos 62, 1984/85, p. 190.

123. Ver S. Zukin, "The Postmodern Debate on Urban Form", TCS 5,2-3,1988, pp. 437-38.

124. Frampton, op. cit., p. 306.

125. MR, pp. 329.

126. PMC, p. 76.

127. J. Goldthorpe, "On the Service Class, its Formation and Future", en A. Giddens y G. Mackenzie, eds., Social Class and the Division of Labour, Cambridge, 1982, p. 172.

128. E. O. Wright, Class, Crisis and the State, Londres, 1978, capítulo 2 y Callinicos y Harman, Changing Working Class.

129. Lash y Urry, en mi opinión, exageran demasiado la importancia de la "nueva clase media", pues le atribuyen la iniciativa principal en la organización del capitalismo del siglo XX, especialmente en los Estados Unidos, y luego la de su desorganización; ver End, pp. 163 ss.

130. R. Samuel, "The SDP and the New Political Class", New Society, 22, abril 1982.

131. Para un intento de hacerlo que, en mi concepto, es en gran parte una oportunidad malgastada ver F. Pfeil, "Postmodemism as a Structure of Feeling", en MIC.

132 Ver Callinicos y Harman, Changing Working Class, pp. 37-49.

133. Davis, Prisioners, pp. 21 l, 212, 218, 234.

134. Ver, sobre la desintegración de la izquierda intelectual francesa, A. Callinicos, ¿Is There a Future for Marxism?, Londres, 1982, y P. Anderson, In the Tracks of Historical Materialism, Londres, 1983. Chris Harman analiza la crisis general de la extrema izquierda europea en The Fire Last Time, Londres, 1988, capítulo 16.

135. Harman, Fire, p. viii.

136. Para una visión general del debate francés sobre 1968, ver L. Ferry y A. Renaut, La Pensée 1968, París, 1985, cap. 2.

137. R. Debray, "A Modest Contribution to the Rites and Ceremonies of the Tenth Anniversary", NLR, 115, 1979, p. 47.

138. Lipovetsky, Ere, pp.119,143.

139. Debray, op. cit, p. 48.

140. Ver H. Weber, "Reply to Debray", NLR 115,1979.

141. A. Krivine y D. Bensaid, ¡Mai Si!, Paris,1988, p. 59.

142. H. Weber, Vingt ans aprés, Paris,1988, pp.166,177; ver, en general, ibid, capítulo 6. Ver Krivine y Bensaid op. cit., pp. 59-61 para la discusión crítica de los análisis de 1968 ofrecidos por Weber de parte de sus antiguos camaradas.

143. Harman, Fire, p. 339. Ver ibid., passim, para el análisis que se presenta a continuación.

144. Business Week, abril 27, 1987.

145. En términos más generales, pienso que la teoría marxista de la ideología debe ocuparse de explicar por qué ciertas creencias se aceptan, y no cómo se originan: ver MH, p.139.

146. R. Shusterman, "Postmodernist Aesthetics: A New Moral Philosophy", TCS 5, 2-3,1988, p. 337.

147. Ver F. Kermode, History and Value, Oxford,1988.

148. Baudrillard, "Lost", p. 88.

149. S. Sontag, "Notes on Campo", en A Susan Sontag Reader, Harmondsworth, 1983, p.107.

150. Callinicos, "Reactionary Postmodernism".

151. Ver A. Bloom, Prodigal Sons, Nueva York, 1986, y A. Wald, The New York Intellectuals, Chapel Hill,1987.

152. Ver C. Hill, The Experience of Defeat, Londres, 1984.

153. Ver, por ejemplo, sobre la vanguardia norteamericana de los años sesentas, A. Huyssen, "Mapping the Postmodern", NGC 33, 1984, pp. 20 ss.

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