Formación

 

Milcíades Peña

Introducción al pensamiento de Marx - 01

Primera parte

(El proceso de aprendizaje)

El marxismo rechaza la concepción tradicional de la enseñanza como un proceso en que una persona activa enseña y muchas personas pasivas aprenden. Esta concepción –que se basa en la división entre teoría y práctica, entre el trabajo intelectual y el trabajo manual- debe ser reemplazada por la enseñanza como un proceso creador en que todo el grupo, donde se enseña y se aprende, trabaja activamente, confrontando sus conocimientos e ideas, y que a través de esta confrontación logra impartir el nuevo conocimiento al que aprende y logra profundizar el conocimiento del que enseña.

Dice Hegel a sus estudiantes: "lo primero que hay que aprender aquí es a estar de pie". Es decir, en tensión, alertas, y en actividad, en actitud creadora. "Si el aprender se limitara simplemente a recibir, no daría mucho mejor resultado que escribir en el agua". El que estudia algo debe recrear ese algo dentro de sí mismo. No es cuestión de recibir algunas nociones de marxismo. Lo que hay que hacer es investigar el marxismo, enfrentarlo, penetrar intensamente en la materia que se quiere aprender y dejar que esa materia penetre profundamente en el intelecto y en la emoción del que aprende. Si no, no hay aprendizaje posible.

Sólo se aprende a través de la investigación. De modo que nuestra tarea será investigar juntos el marxismo; juntos tendremos que descubrir y redescubrir el marxismo, empezando por su esencia, que es lo más difícil de captar, y huyendo como de la peste de las vulgarizaciones y simplificaciones al estilo de los manuales como el llamado Principios de Filosofía de Politzer, que se parecen tanto al marxismo como una hoja seca a una rosa recién cortada.

(El proceso del conocimiento)

Hay algunas fórmulas básicas y elementales del marxismo, tales como la lucha de clases, la importancia de la estructura económica de la sociedad, el materialismo, etc., que han sido las más popularizadas por los divulgadores del marxismo que han escrito manuales para uso de las grandes masas. Esas fórmulas, que no son nada más que elementos del pensamiento marxista, parecen ofrecer a primera vista explicaciones maravillosamente simples y terminantes para los problemas más complejos. Y claro, las mentalidades semi-intelectualizadas se aferran con uñas y dientes a esas fórmulas, que les permiten explicarse todos los problemas – es decir, ellos creen que los explican- sin ningún esfuerzo mental. Desgraciadamente, al movimiento revolucionario, y sobre todo a los grandes movimientos de masas y a los grandes aparatos burocráticos encaramados sobre la clase obrera, se acercan infinidad de semi-intelectuales, de obreros y sobre todo de pequeños burgueses semi-intelectualizados, que toman el marxismo como un aparato que ahorra el trabajo de pensar y que da respuesta a todos los problemas. Para esa gente el marxismo es una especie de vitrola tragamonedas: se aprieta un botón y sale una respuesta para el problema que se quiere resolver.

Pues bien: el marxismo no es eso, y eso es la negación del marxismo. El marxismo exige un serio e intenso esfuerzo del pensamiento. Decía Labriola: "los doctrinarios, los que tienen necesidad de ídolos del espíritu, los hacedores de sistemas buenos para la eternidad, los compiladores de manuales y enciclopedias, buscarán a tontas y a locas en el marxismo lo que él no ha querido ofrecer jamás a nadie. Ven en pensamiento y en saber algo que existe materialmente, pero no entienden el saber y el pensamiento como actividades que son in fieri", que constantemente se están haciendo.

El pensamiento vulgar, dice Hegel, cree que lo verdadero y lo falso son entidades inmóviles, cosas con existencia propia, una de las cuales se alza del lado de allá y la otra del lado de acá, cada una de ellas aislada y fija, sin contacto con la otra. Este es también el modo de pensar del marxismo vulgar, del marxismo de los burócratas, que quieren convertir el pensamiento marxista en un diccionario donde está clasificado todo lo que es verdadero y todo lo que es falso, todo lo que hay que conocer y todo lo que no hay que conocer. Frente a esto, el pensamiento dialéctico, el auténtico pensamiento marxista, afirma con Hegel que "la verdad no es una moneda acuñada que pueda darse o recibirse sin más".

La verdad se alcanza por el esfuerzo militante del pensamiento, y se alcanza a través del error, de la permanente confrontación de verdad y error. El marxismo no es una moneda acuñada que se toma y se da. El marxismo es pensamiento vivo y viviente, que está en permanente confrontación con la realidad y consigo mismo, afirmándose y negándose a sí mismo a cada instante, para poder afirmarse nuevamente en un nivel superior.

El marxismo es implacable consigo mismo, porque está contra los mitos y la falsedad, contra la mistificación. El marxismo quiere sacar los disfraces, imponer la claridad. Dice Lukács: para el proletariado la verdad es el arma de la victoria, tanto más cuanto que es la verdad sin subterfugios.

Todo esto que hemos afirmado quiere decir que debemos tener en cuenta lo siguiente: aquí no vamos a recibir el marxismo en píldoras. Aquí vamos a conocer las líneas fundamentales del marxismo para investigarlo después cada uno con su pensamiento.

Tengamos en cuenta además que este salón, este grupo de gente que constituimos nosotros, constituye un sistema social, y refleja a la sociedad en que vivimos. La sociedad, sus diferencias de clase, sus desgarramientos materiales e ideológicos, están ya aquí, en este grupo, dentro de nosotros, en los conocimientos, los hábitos, la personalidad que cada uno trae ya cuando cruza esa puerta. Y la sociedad está también en este pequeño sistema social que constituye nuestro grupo porque desde este momento en que nos hemos reunido para estudiar juntos el marxismo todos estamos asumiendo roles respecto a cada uno de los demás: estamos teniendo e iremos teniendo diferencias y agrupamientos, simpatías y antipatías, prestigios y falta de prestigios. Es decir, que todas las categorías de la sociedad y los conflictos existentes en la sociedad están ya en nuestro grupo, como en todo grupo de trabajo. Y nosotros, a diferencia de lo que ocurre con la enseñanza tradicional, que finge ignorar estos problemas, tenemos que ser conscientes de ellos y hacerlos explícitos, y aprovechar las tensiones y conflictos que surgen para hacer más penetrante y más profundo nuestro estudio del marxismo.

(Esquema del curso: concreto, abstracto, concreto)

Entiendo que el objetivo que nos proponemos –es decir, tomar los hilos conductores fundamentales del pensamiento marxista que permitirán después una investigación personal del marxismo por parte de cada uno- podemos alcanzarlo en ocho reuniones básicas. En la primera, vale decir, hoy, trataremos de responder a esta pregunta: ¿qué es y qué quiere el marxismo? Esta es la gran pregunta con la cual debe iniciarse y con la cual debe terminar todo estudio de marxismo. Dentro de unos momentos vamos a enfrentar esta pregunta. Y en nuestra última reunión vamos a discutir de nuevo acerca de "qué es y qué quiere el marxismo", pero en un nivel superior, más rico en contenido.

Es decir, vamos a ir de un enfoque sintético y concreto del marxismo, que haremos hoy, a un enfoque analítico y abstracto –o sea, tomando no la totalidad sino elementos aislados- que haremos en próximas reuniones. Y finalmente volveremos a realizar un enfoque sintético y concreto, pero mucho más concreto que el que haremos hoy, porque entonces tendremos a nuestra disposición un contenido más rico, tendremos el conocimiento conceptual y el conocimiento interpersonal que iremos obteniendo en nuestras sucesivas reuniones.

El orden de los problemas que estudiaremos en las próximas reuniones está dado por la siguiente consideración: existen tres categorías –es decir, tres puntos de vista para estudiar la realidad- que son básicos para comprender el marxismo. Estas categorías son la naturaleza, el trabajo y la sociedad.

La naturaleza es la realidad fundamental de donde proviene la vida en general, la vida del hombre en particular y los elementos básicos para perpetuar la vida del hombre.

La sociedad es la realidad propiamente humana, inseparable del hombre, porque jamás ha existido el hombre como individuo aislado, y al decir hombre decimos implícitamente sociedad.

Y el trabajo es la actividad creadora mediante la cual el hombre, es decir la sociedad, actúa sobre la naturaleza y modifica al hombre mismo y a la sociedad.

Pues bien, la concepción de las relaciones entre sociedad, naturaleza y trabajo es el abecé de la filosofía marxista, y a eso nos dedicaremos en la próxima reunión.

La concepción marxista de la relación entre trabajo y sociedad, y de la relación de la sociedad consigo misma, es el tema que podemos denominar sociología marxista, y la veremos en la tercera reunión.

El problema de la evolución de la sociedad en el tiempo es el tema de la concepción marxista de la historia, y lo veremos en la cuarta reunión.

Ahora bien, de esta crítica de la sociedad se desprendió un pronóstico marxista sobre la evolución del capitalismo y sobre la nueva sociedad que nacería de la sociedad capitalista. Y se desprendió también una política marxista tendiente a destruir la sociedad capitalista. El problema del pronóstico marxista, es decir, la teoría del socialismo, lo veremos en la sexta reunión; el problema de la política marxista, en la séptima reunión.

Y finalmente, en la última reunión, veremos cuáles son los problemas actuales, los nuevos problemas y los nuevos enfoques para los viejos problemas con que se enfrenta hoy en día el marxismo. Y así responderemos nuevamente, pero disponiendo de nuevos elementos, a la pregunta que vamos a enfrentar por primera vez ahora mismo:

¿Qué es y qué quiere el marxismo?

El marxismo es: 1) una concepción general y total del hombre y del universo; 2) es, en función de esa concepción del mundo, una crítica de la sociedad en que nació el marxismo, es decir, la sociedad capitalista, y 3) en función de esa crítica y como resultado de ella, es una política, es un programa de acción para la transformación revolucionaria de la sociedad, para la creación de un nuevo tipo de relación entre los hombres.

En general, para el público, incluso para el público que supone ser marxista, el marxismo es sólo una crítica de la sociedad capitalista y un programa de lucha por el socialismo. Pero en realidad estas son sólo partes del marxismo, y partes subordinadas a la concepción marxista del hombre, que es la esencia y el punto de partida del marxismo, lógica y cronológicamente. Por eso, para responder a la pregunta de qué es el marxismo y qué quiere hay que comenzar, imprescindiblemente, por la parte esencial y menos conocida –más oculta, podría decirse- del marxismo, que es la concepción marxista del hombre.

El marxismo afirma que nada hay en la tierra y sus alrededores superior al hombre mismo. El único creador que el marxismo reconoce es el hombre, que con su trabajo crea un mundo nuevo y modifica a la naturaleza y se modifica a sí mismo. El marxismo rechaza el concepto de Dios y de cualquier fuerza extrahumana o sobrehumana, situada por encima del hombre y que domine al hombre, se la llame Dios, Historia, Destino o Espíritu Santo. "La historia", dice Marx, "no hace nada, ‘no posee una riqueza inmensa’, ‘no libra combates’. Ante todo es el hombre, el hombre real y vivo, quien hace todo eso y libra combates; estemos seguros de que no es la historia la que se sirve del hombre como un medio para realizar (...) sus fines; no es más que la ctividad del hombre que persigue sus objetivos" (La Sagrada Familia). El hombre es el autor y el actor de su historia. Y en otra parte señala Marx: "toda la pretendida historia del mundo no es otra cosa que la producción del hombre por el trabajo humano, y por consiguiente el devenir de la naturaleza por obra del hombre" (Manuscritos económico-filosóficos, Tercer Manuscrito, traducción de MP) (Nota de MP).

Para el marxismo, todo el poder que las religiones atribuyen a los dioses no es más que poder humano que el hombre, por diversas circunstancias, ha proyectado fuera de sí mismo y las atribuye a seres o cosas existentes fuera de él. El marxismo quiere reivindicar para el hombre, como propiedad del hombre, "los tesoros que han sido dilapidados en el cielo" (Hegel) (Nota de MP).

El marxismo cree que el paraíso y el infierno no están fuera del mundo, en el más allá, sino aquí, en la tierra. Y que el creador y el amo del paraíso y del infierno es el hombre, que los crea con su trabajo. El marxismo niega el más allá y, en consecuencia, afirma la capacidad creadora de este mundo. El marxismo niega una vida mejor en el cielo y por lo tanto afirma lo siguiente: la vida debe y tiene que mejorar en la tierra. El futuro mejor, que es para las religiones el objeto de fe ociosa en lo que vendrá después de la muerte, se transforma con el marxismo en el objeto del deber, de la actividad humana (Nota de MP).

El marxismo no cree que la historia se detendrá un día, que vendrá un diluvio y luego la humanidad se precipitará en un infierno eternamente lleno de torturas o en un paraíso donde no habrá problemas de ninguna naturaleza. El marxismo cree que siempre habrá problemas, luchas y conflictos. Pero es profundamente optimista, porque cree que el hombre es capaz de forjar un destino cada vez más humano; es decir, un destino en el que el hombre no explote a otro hombre, en el que el hombre pueda aplicar el grueso de su capacidad creadora no a luchar contra otros hombres para comer y vestirse, sino crear una vida más llena de confort y belleza, de solidaridad y libertad, es decir, una vida más propiamente humana. Es decir, que ese futuro venturoso que las religiones ponen en el cielo y para después de la muerte, el marxismo lo pone en el "más acá" y sobre la tierra, no como producto de la muerte sino como producto de la vida creadora del hombre.

Es decir que el marxismo es profundamente optimista, y esta sola característica basta para hacerlo irreductiblemente enemigo de toda religión. Pero atención. El optimismo revolucionario del marxismo no tiene nada que ver con el "progresivismo". El "progresivismo" cree que las contradicciones se resuelven por sí mismas a lo largo del tiempo. Así, oculta al hombre su propio papel y anula el elemento humano activo, sin el cual no puede haber ningún progreso (Lukács). La confianza en el ilimitado progreso del "campo de la URSS y del socialismo", por ejemplo, es la réplica pseudo marxista de la confianza que tenían los liberales spencerianos del siglo pasado en la paz perpetua y el mundo de fraternidad librecambista que se alcanzaría con el comercio universal. El marxismo tiene optimismo y confía en el porvenir. Pero su optimismo no es el optimismo ciego y complaciente del "progresivismo". El marxismo sabe que la categoría de peligro es esencial, es parte integrante y fundamental de todo proceso de avance y desarrollo, y también del proceso de desarrollo de la humanidad. Y por lo tanto sabe que el término de ese proceso puede ser la catástrofe, y que las más grandes posibilidades de crear un mejor destino humano van incesantemente acompañadas por las más tremendas posibilidades de volver hacia atrás y anular todo destino humano. Y el único que tiene la llave de cambios para indicar el camino que se tomará es el hombre. Sólo la voluntad activa y consciente del hombre decidirá. Por ejemplo, si construiremos un nuevo mundo con el átomo o si semi-destruiremos al mundo también con el átomo.

(La alienación)

Las religiones creen que los sufrimientos del hombre, la explotación del ser humano por otro ser humano, existen porque el hombre es hombre, y sólo pueden dejar de existir cuando el hombre muere. Por eso hablan de la salvación del hombre post mortem, en el más allá. El marxismo, al contrario, afirma que el sufrimiento humano y la explotación del ser humano existen porque el hombre todavía no es plenamente humano, porque se ha alienado, y sólo dejarán de existir cuando el hombre sea plenamente hombre y se desaliene. Por eso no habla de salvaciones en el más allá sino del rescate del hombre, del reencuentro del hombre con sus nuevas cualidades.

Hemos utilizado las palabras alienación y desalienación. Estas dos palabras sintetizan los dos conceptos fundamentales del marxismo. El concepto de alienación y de la lucha por la desalienación son la esencia, el corazón del pensamiento marxista.

Alienación quiere decir que el hombre está dominado por cosas que él creó. Alienación quiere decir que el hombre ha proyectado partes de sí mismo, las ha transformado en cosas, y que esas cosas dominan al hombre. Alienación es eso que Heine describía en Inglaterra, "donde las máquinas se comportan como seres humanos y los hombres como máquinas". "La acción conjunta de los individuos –dice Marx- va creando mil fuerzas productivas. Pero una vez creadas, estas fuerzas dejan de pertenecer a los que la crean, se les vuelven hostiles y los tiranizan". "Así como en las religiones el hombre está dominado por las criaturas de su propio cerebro, en la producción capitalista lo vemos dominado por los productos de su propio brazo (El capital, I). Los precios de las mercancías "cambian constantemente, sin que en ello intervengan la voluntad y el conocimiento previo ni los actos de las personas entre quienes se realiza el cambio. Su propio movimiento social cobra a sus ojos la forma de un movimiento de cosas bajo cuyo control están, en vez de ser ellos quienes lo controlen (El capital, I) (Nota de MP).

Desalienación quiere decir que el hombre ponga bajo su control esas cosas que le oprimen y que son partes de sí mismo, productos de su trabajo. Desalienación quiere decir que, al dominar esas partes de sí mismo que se han convertido en cosas que hoy lo oprimen, el hombre se reencuentre consigo mismo, se rescate a sí mismo.

¿Cómo se produce la alienación del hombre? Desde que existe, el hombre está ligado a tres realidades que se vinculan intensamente entre sí. Ellas son el trabajo, la reproducción de necesidades nuevas y la familia.

El trabajo es la suma de todos los esfuerzos, ante todo prácticos, y después también teóricos, que el hombre tiene que realizar para poder sostener su vida en general. La producción de necesidades nuevas es producto del trabajo realizado para satisfacer las necesidades primarias, porque para satisfacer una necesidad el hombre crea un instrumento, y esto a su vez origina una nueva necesidad, y así hasta el infinito. Pero los hombres no sólo trabajan para satisfacer sus necesidades elementales, no sólo se crean nuevas necesidades, sino que también hacen otros hombres, es decir, se reproducen. Se entra así en la relación entre hombre y mujer, padres e hijos, es decir, la familia.

Pues bien: en estas tres realidades, trabajo, producción de necesidades nuevas y producción de hombres o familia, están dados todos los elementos que originan la alienación del hombre a lo largo de la historia hasta nuestros días.

Por el trabajo nacen objetos, que poseen una especie de existencia independiente respecto de su creador, que es el hombre. En las sociedades primitivas, donde el productor consumen sus propios productos, esta independencia del objeto se agota rápidamente en el momento en que su creador lo consume. Pero cuando comienza la producción de mercancías, sobre todo en la sociedad capitalista, los objetos, convertidos en mercancías, escapan al control del productor –que ya no los consume él mismo- y adquieren independencia, dominando al hombre a través de la ley del valor, del dinero, del precio y demás categorías y leyes económicas.

Por otra parte, tanto la producción de objetos como la producción de otros hombres sólo pueden hacerse por la cooperación de distintos individuos. De esta cooperación surge una maraña de relaciones sociales y de instituciones que van aumentando en extensión y complejidad y terminan por dominar al hombre, apareciéndosele como cosas tan naturales y alejadas de su control como los astros o los otros planetas.

Además, ya en la producción de otros hombres existe una situación que cada vez se desarrolla más a medida que progresa el dominio de la humanidad sobre la naturaleza. Se trata de la división del trabajo. Hombre y mujer tienen distintas funciones en el trabajo de la reproducción, y esta es la primera división del trabajo que conoce el hombre. Pero después surgen nuevas divisiones. Surge la tremenda división entre el trabajo manual y el intelectual. Y surge la posibilidad –y luego la realidad- de que una parte de la humanidad se convierta en beneficiaria del trabajo de la otra parte. Surge la posibilidad para algunos hombres de apropiarse del producto del trabajo ajeno.

Y con la división del trabajo comienza el desarrollo unilateral del hombre. Desde el comienzo de la división del trabajo cada uno tiene una ubicación determinada y exclusiva, que le es impuesta y de la cual ya no puede salir. El hombre ya no es más primordialmente hombre; es ante todo obrero o campesino o burgués o artesano, y tiene que seguir siéndolo si no quiere perder sus medios de vida.

Y bien, la división del trabajo, el trabajo productivo y la producción de nuevas necesidades se desarrollan a través de la historia, y con ellas crecen los objetos producidos por el hombre pero que el hombre no domina. Se acentúa la unilateralidad del desarrollo de cada hombre. El hombre se aliena respecto de sus obras, de las cosas que él creó, es decir, se le aparecen como objetos extraños regidos por leyes propias que se le imponen pese a su voluntad. Y finalmente, al dividirse la sociedad en clases, el hombre se aliena respecto de sí mismo, y se produce la alienación entre el hombre y el hombre. Así como los productos de su trabajo le resultan cosas cuyo control se le escapa, el hombre comienza a utilizar a otros hombres como un medio o instrumento, como una cosa para la satisfacción de sus necesidades propias.

El hombre se convierte en una cosa, en mercancía que otros hombres compran para sus fines. Y todo lo que el hombre trabajador produce ya no sólo se le aparece como una cosa extraña que él no domina; ahora ese producto de su trabajo se convierte en un poder extraño, en el poder de otra clase, de otros hombres que se encuentran sobre él. Y desde entonces, al quedar alienado, el hombre queda alienado de su trabajo. Ya no sólo los productos de su trabajo aparecen ante el hombre como cosas y poderes extraños. Ahora es su propio trabajo el que le resulta algo extraño, externo. El hombre ya no trabaja porque trabajar es la esencia humana y sólo en el trabajo se realiza el hombre. Ahora el hombre alienado trabaja para vivir. El trabajo ya no es la condición y el supuesto superior de la vida, sino que es simplemente un medio, un instrumento, no para realizar la vida sino para satisfacer las necesidades biológicas más importantes. Este es el panorama general –muy a vuelo de pájaro- de lo que el marxismo llama la alienación del hombre, y que podemos resumir en unos pocos puntos. La alienación se revela en que:

- los productos del trabajo del hombre cobran existencia independiente; el mundo de las cosas creadas por el hombre se mueve independientemente de la voluntad humana;

- las relaciones sociales entre los hombres aparecen como cosas que escapan también al control del hombre y parecen regirse por leyes propias, casi "naturales";

- el producto del trabajo de una parte de la humanidad se transforma en poder de la otra parte de la humanidad;

- el hombre ya no existe como "hombre" sino como parte de hombre, como obrero o tendero, como intelectual o picapedrero, como parte de hombre, nunca como totalidad humana;

- el hombre mismo se convierte en cosa, en instrumento que otros hombres utilizan para sus propios fines,

- y, en fin, el trabajo mismo también se separa del hombre y se convierte en cosa. Ya no es la realización de la capacidad creadora del hombre sino un instrumento para satisfacer necesidades.

¿Y en qué consiste la alienación del trabajo? "Consiste ante todo –dice Marx- en que el trabajo es externo al obrero, es decir, no pertenece a su ser, y por tanto en su trabajo el obrero no se afirma, sino que se niega, se siente insatisfecho, infeliz, no desarrolla una libre energía física y espirituaal, sino que agota su cuerpo y destruye su espíritu. Por eso sólo fuera del trabajo el obrero se siente dueño de sí, y en cambio se siente fuera de sí en el trabajo. Está en su casa si no trabaja, y si trabaja no está en su casa. Por lo tanto su trabajo no es voluntario, sino obligado. Es un trabajo forzado. No es la satisfacción de una necesidad, sino tan sólo un medio para satisfacer necesidades extrañas. Tan extraño es el trabajo, tan poco pertenece al obrero, que apenas desaparece la coacción física o de otro orden, el trabajador escapa del trabajo como de la peste. El trabajo alienado es un trabajo de sacrificio de sí mismo, de mortificación... Ciertamente el trabajo produce para los ricos cosas maravillosas, pero para el obrero, deformaciones. Sustituye el trabajo por máquinas, pero arroja a una parte de los obreros a un trabajo bárbaro, y transforma a la otra parte en máquina. Produce cosas espirituales, pero para el obrero produce idiotismo y cretinismo" (Manuscritos..., traducción de MP).

Esto decía Marx en 1844. Pues bien, los mejores sociólogos norteamericanos están llegando en nuestros días, por vía empírica, a las mismas conclusiones, y ellos redescubren el problema de la alienación del hombre. Ely Chinoy, Automobile Workers and the American Dream [Los trabajadores automotrices y el Sueño Americano], New York, 1955; Charles Walker, The Man on the Assembly Line [El hombre de la línea de montaje], Massachussetts, 1952; C. Wright Mills, Las clases medias en Norte América, Madrid, 1957 (Nota de MP).

La película "La mujer del prójimo" –que debería llamarse "A sola firma sin anticipo, puesto que su título en inglés es "No down payment"- merece verse porque es una excelente y descarnada manifestación de la forma en que vive la clase media yanqui, y allí se ven claramente algunos aspectos esenciales de la alienación de un pequeño pueblo burgués contemporáneo en un país capitalista privilegiado.

(La concepción marxista de la libertad)

Proponiéndose llegar a las masas más atrasadas, y precisamente para poder llegar a las masas, el marxismo se vulgarizó, se simplificó. Y pagó un precio tremendo, porque se desnaturalizó y perdió su riqueza, y llegó a ser confundido con una simple interpretación económica de la historia, o con un programa de mejoras para la clase obrera. A eso quedó reducido.

Y luego, los aparatos burocráticos que se erigieron sobre la clase obrera y que adoptaron el marxismo como un instrumento para la justificación de su política, ayudaron con todo su poderío material a mantener las nociones vulgares del marxismo y a ocultar su esencia, esto es, la lucha contra la alienación, la lucha para desalienar al hombre. Claro, los aparatos burocráticos tienen que ocultar esto porque equivale a su propia liquidación. Si el marxismo fuera sólo luchas por mejoras económicas, o por la reorganización de la economía, los aparatos burocráticos no correrían ningún peligro, y hasta podrían presentarse como fieles ejecutores del marxismo. Pero si el marxismo es –y efectivamente eso es- lucha permanente contra la alienación, es decir, contra todas las potencias materiales y místicas que oprimen al hombre, entonces los aparatos burocráticos están absolutamente condenados, y no hay convivencia posible entre ellos y el marxismo.

Se explica así que en el llamado Diccionario filosófico marxista de M. Rosental y P. Iudin el concepto de alienación no aparezca en ningún modo, ni explícita ni implícitamente, ni directa ni indirectamente.

En un texto de 1842 Marx escribió que "la libertad es la esencia del hombre". Henri Lefebvre ha retomado esta cita olvidada y afirma con profunda razón que "el marxismo nace de una aspiración fundamental a la libertad, de una exigencia impaciente, de un deseo de florecimiento". Un crítico stalinista le reprocha que con esto quiere fundar al marxismo "no sobre el materialismo y la ciencia sino sobre una exigencia moral". En realidad, tiene razón Lefebvre: la concepción de la desalienación, de la liberación del hombre, es la esencia del marxismo.

En 1857, mientras prepara El capital, Marx escribe un trabajo sobre economía política que se publicó en Moscú en 1939. En ese trabajo, dice Marx que hasta ahora la historia ha registrado dos tipos de sociedad: uno en el cual existen relaciones personales de dependencia; otro, como en el capitalismo, en que existe la independencia personal basada en la dependencia material. La próxima etapa, el socialismo, será aquella, dice Marx, en que existirá "la individualidad libre, fundada sobre el desarrollo universal de los individuos y la subordinación a ellos de su producción social". Es decir, la misión de la sociedad socialista es inaugurar el reino de la individualidad humana libre sobre la tierra.

"El reflejo religioso del mundo real –dice Marx- sólo puede desaparecer por siempre cuando las condiciones de la vida diaria, laboriosa y activa, representen para los hombres relaciones claras y racionales, entre sí y respecto a la naturaleza. La forma del proceso social de vida, o lo que es lo mismo, el proceso material de producción, sólo se despojará de su halo místico cuando ese proceso sea obra de hombres libremente socializados y puesta bajo su mando de modo consciente y racional" (Marx, El capital, I, 1). Obsérvese: hombres libremente socializados.

Por su parte, Engels dice en el AntiDühring que, con el socialismo, "cesa la producción de mercancías y con ella el imperio tiránico del producto sobre el productor (...) Cesa la lucha por la existencia individual, y con ello puede decirse, en cierto sentido, que el hombre sale definitivamente del reino animal y se sobrepone a las condiciones animales de existencia, para someterse a condiciones de vida verdaderamente humanas. Las condiciones de vida que rodean al hombre y que hasta ahora le dominaban se colocan a partir de ese instante bajo su dominio y mando, y el hombre se convierte por primera vez en señor consciente y efectivo de la naturaleza, al convertirse en señor y dueño de los medios naturales socializados. Las leyes de su propia vida social, que hasta ahora se alzaban frente al hombre como poderes extraños, como leyes naturales que le sometían a su imperio, son aplicadas ahora por él con pleno conocimiento de causa y por tanto sometidas a su poderío. La asociación humana que hasta aquí se le imponía por decreto ciego de la naturaleza y de la historia es a partir de ahora obra suya. Por vez primera, éste comienza a trazarse su historia con plena consciencia de lo que hace. La humanidad salta del reino de la necesidad al reino de la libertad".

Y Lenin dice en El Estado y la revolución que "el gobierno de los hombres será sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción". Y en otro tramo: "El fin último que nos proponemos es la destrucción del Estado, esto es, de toda violencia sistemática y organizada, de toda violencia sobre los hombres en general... Al luchar por el socialismo estamos persuadidos de que desaparecerá toda necesidad de violencia sobre los hombres en general, de la subordinación de un hombre a otro, de una parte de la sociedad a otra".

Como se ve, los clásicos marxistas insisten decisivamente en que la libertad del hombre es la aspiración fundamental del marxismo. El marxismo quiere hombres plenamente humanos, hombres libres de cosas y fetiches opresores. Mejorar el nivel de vida es un paso absolutamente necesario, y el primer paso hacia esta liberación del hombre, pero sólo el primer paso.

El marxismo comprende que la producción de la vida material y la satisfacción de las necesidades es una actividad natural e indispensable. El comer, el beber y el procrear son funciones auténticamente humanas. Pero –dice Marx- en ellas no se revela lo que hay de específicamente humano en el hombre. Porque también el animal come y se reproduce. De modo que si la satisfacción material es separada del resto de la actividad humana, y se la convierte en propósito único y último, entonces esas funciones son propias del animal y no tienen en sí nada de humanas. Por eso, agrega Marx, mientras exista un régimen social en que para el hombre el comer, el beber y el reproducirse aparezcan como los propósitos exclusivos de sus deseos, el hombre será apenas superior al animal y estará verdaderamente lejos de alcanzar su verdadero estado humano.

"Un violento aumento de salarios –dice Marx- no sería otra cosa que una mejor remuneración de los esclavos, y no elevaría al obrero ni al trabajo a su función humana y a su dignidad" (Manuscritos). Esto, en 1844. En El capital, Marx dice que "a medida que se acumula el capital, tiene necesariamente que empeorar la situación del obrero, cualquiera que sea su retribución, ya sea ésta alta o baja" (El capital, I, 23).

El marxismo no es simplemente materialismo, aunque lo ignore el crítico stalinista de Lefebvre. El marxismo niega que el hombre sea, así sin más, producto directo de las circunstancias y del medio. El marxismo reivindica la autonomía creadora del hombre. Tanto la burocracia de los partidos de la II Internacional como la burocracia soviética practicaban y practican esta reducción del marxismo a un materialismo de trocha angosta. Esta es la concepción de las burocracias porque reduce a nada la iniciativa creadora del hombre y por lo tanto eleva a las nubes el conservadurismo de los aparatos burocráticos, caracterizados por su apego y su sumisión rastrera a las circunstancias, rechazando la lucha por modificar las circunstancias.

Marx ha explicado todo esto muy netamente en sus "Tesis sobre Feuerbach": "La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación olvida que las circunstancias son cambiadas precisamente por los hombres, y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la división de la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad" (Tesis III).

(Conclusión)

Y bien: ¿qué es, entonces, el marxismo? El marxismo es, como ya dijimos, una concepción del mundo, es una crítica a la sociedad capitalista, y es un programa de lucha para transformar la sociedad. Y como eje de esos tres aspectos, y como objetivo único y decisivo del marxismo, está la lucha para desalienar al hombre, la aspiración a rescatar para el hombre su plenitud humana.

En el marxismo, todo lo demás son sólo medios para este fin. El desarrollo material de las fuerzas productivas y la elevación del nivel de vida es importante, porque constituye la base material para la desalienación del hombre. La liquidación del capitalismo es fundamental porque constituye a su vez la condición básica para un mayor desarrollo de las fuerzas productivas. El ascenso de la clase obrera al poder es imprescindible porque constituye a su vez el requisito básico para la liquidación del capitalismo. Todo esto es fundamental y está muy bien, como están muy bien los satélites y las grandes centrales eléctricas y los tractores, etc. Pero, para el marxismo, todo eso son medios y nada más. Porque lo que el marxismo quiere – y esto es su esencia- es un nuevo tipo de relaciones entre los hombres, en las que los hombres no estén dominados por cosas ni fetiches; en las que el hombre sea el amo absoluto, dueño soberano de sus facultades y productos, y no esclavo de la mercancía y el dinero, de la propiedad y el capital, del estado y la división del trabajo.

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