Formación

 

Milcíades Peña

Introducción al pensamiento de Marx - 02

Segunda parte

(La alienación en los textos de madurez de Marx)

A propósito de la alienación, problema sobre el que tanto insistimos en la reunión anterior, señalamos esto: la alienación se revela también en que el individuo de la sociedad capitalista carece de una personalidad integrada; su personalidad es más bien una serie de máscaras. El individuo es una persona cuando trata en su trabajo a sus superiores, y otra cuando trata a los que están debajo de él; es una persona cuando está en la peluquería y otra cuando está en una reunión social; el individuo es un amante padre de familia de la noche a la mañana y un perfecto burgués de 8 de la mañana a 8 de la noche. Es decir, toda la serie de contradicciones y aberraciones que tan profundamente describía Charles Chaplin en la película "Monsieur Verdoux", donde un honorable señor amante padre de familia se mantenía explotando y asesinando mujeres.

Otro aspecto de la alienación lo señala Marx en estos términos: "El hombre se empobrece continuamente en tanto que hombre, tiene necesidad de cada vez más dinero para adueñarse de esos seres hostiles [las mercancías], y la fuerza de su dinero decrece en razón inversa a la masa de la producción, es decir que su necesidad aumenta a medida que aumenta la fuerza de su dinero. Es por ello que la necesidad de dinero es la verdadera necesidad engendrada por la economía política, la única necesidad que engendra. La cantidad de dinero se convierte cada vez más en la única necesidad esencial del hombre. La inmoderación y la falta de medida devienen de sus verdaderas medidas. En parte esta alienación del hombre se manifiesta en que engendra por un lado el refinamiento de las necesidades y de los medios para satisfacerlas y, por otro lado, la bestialización, la simplificación grosera y abstracta de las necesidades... Para el obrero, incluso la necesidad de aire puro y libre deja de ser una necesidad. El hombre se acostumbra a habitar cavernas que están envenenadas por el aroma pestilente de la civilización... La suciedad, ese signo de la caída y de la degradación del hombre, los excrementos de la civilización, se convierten en el medio vital del obrero... El hombre no solamente deja de tener necesidades humanas, sino que pierde sus necesidades animales, porque el salvaje o el animal tienen pese a todo la necesidad de cazar, de moverse" (Manuscritos, traducción de MP).

Sólo en la teoría de la alienación encontramos la clave de la insistencia marxista en considerar al proletariado como emancipación de la humanidad: "La clase poseedora y la clase proletaria representan la misma alienación humana. Pero la primera se encuentra bien; esta alienación la confirma, sabe que su fuerza está allí, que en ella bebe la apariencia de un existir humano; en tanto que la segunda (el proletariado) no ve en esta alienación sino su propio anonadamiento, su impotencia y la realidad tangible de una existencia contraria al hombre (...) La propiedad privada es empujada a su propia ruina porque crea el proletariado, la miseria física y moral conscientes, una deshumanización que se conoce y tiende por ello a suprimirse" (Manuscritos).

"Si los escritores socialistas asignan al proletariado este papel en la historia universal, no es (...) porque le tengan por una divinidad. Al contrario. Es porque la desaparición de toda humanidad, de toda sombra de humanidad, está prácticamente realizada en el proletariado, es por eso que éste puede y debe liberarse a sí mismo; porque sus condiciones de vida presentes resumen toda la inhumanidad de su vida; porque el hombre, en el proletariado, está perdido, pero ha adquirido no sólo la conciencia teórica de esta perdición sino hasta los estímulos que le llevaron a rebelarse contra la inhumanidad (...) Pero no puede libertarse sino suprimiendo sus propias condiciones de vida, y con ello la inhumana situación de toda la sociedad presente, que se resume en la suya" (La Sagrada Familia, traducción de MP).

Por otra parte, sin comprender la teoría de la alienación no puede entenderse el pensamiento económico de Marx, porque todo El capital no es más que un desenmascaramiento de la alienación humana tal cual ella aparece escondida en las categorías y leyes económicas de la sociedad capitalista.

"La Economía Política –dice Marx- parte del hecho de la propiedad privada; no nos la explica... Nosotros partimos de un hecho económico actual. El trabajador se vuelve tanto más pobre cuanto más riqueza produce, cuanto más aumenta su producción en potencia y alcance. El trabajador se transforma en una mercancía tanto más barata cuanto más mercancías crea él. Junto con la valorización del mundo de las cosas, aumenta en relación directa la desvalorización del mundo de los hombres... Este hecho expresa que el objeto que el trabajador produce, su producto, se le opone como un ser ajeno, como un poder independiente del productor... La vida que él ha otorgado al objeto se le opone de manera hostil y ajena... La Economía Política oculta la alienación en la esencia del trabajo" (Manuscritos 1844, "El trabajo alienado").

En la reunión anterior hubo aquí algunas dudas y algunas sonrisas escépticas acerca del carácter marxista de la teoría de la alienación. Pues bien: como ya dijimos, la teoría de la alienación no es una cosa de la juventud de Marx, que Marx después haya dejado de lado. La teoría de la alienación impregna todo el pensamiento de Marx en todos sus momentos.

En el Manifiesto Comunista dice Marx: "El obrero, obligado a venderse en trozos, es una mercancía como otra cualquiera, sujeta por tanto a todos los cambios y modalidades de la concurrencia, a todas las fluctuaciones del mercado. La extensión de la maquinaria y la división del trabajo quitan a éste, en el régimen actual, todo carácter autónomo, toda libre iniciativa y todo encanto para el obrero. El trabajador se convierte en un simple resorte de la máquina, del que sólo se exige una operación mecánica, monótona, de fácil aprendizaje. (...) Cuanto más repelente es el trabajo, tanto más disminuye el salario pagado al obrero. (...) Las masas obreras concentradas en la fábrica son sometidas a una organización y disciplina militares. Los obreros, soldados rasos de la industria, trabajan bajo el mando de toda una jerarquía de soldados, oficiales y jefes. No son sólo siervos de la burguesía y del Estado burgués, sino que están todos los días y a todas horas bajo el yugo esclavizador de la máquina, del contramaestre, y sobre todo del industrial burgués dueño de la fábrica. Y ese despotismo es tanto más mezquino, más execrable, cuanto mayor es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro". Esto en 1848.

En 1856, Marx dice: "Hay un gran hecho característico de este nuestro siglo XIX, un hecho que ningún partido se atreve a negar. Por una parte han nacido fuerzas industriales y científicas que jamás sospechara época alguna de la pasada historia humana. Por otra, existen síntomas de decadencia que sobrepasan en mucho los horrores registrados en los últimos tiempos del Imperio Romano. En nuestros días, todo parece estar preñado de su contrario. A la maquinaria, dotada del maravilloso poder de acortar y justificar el trabajo humano, la vemos hambrearlo y recargarlo. Por un extraño y horripilante hechizo, las fuentes de riqueza recién nacidas se transforman en fuentes de necesidad. Las victorias de la técnica parecen tener por precio la pérdida de carácter. Al mismo tiempo que la sociedad mina a la naturaleza, el hombre parece volverse esclavo de otros hombres o de su propia infamia. Incluso la vida pura de la ciencia parece incapaz de brillar si no es sobre el oscuro fondo de la ignorancia. Todas las invenciones y progresos parecen tener como resultado dotar a las fuerzas naturales de vida intelectual y estupidizar la vida humana convirtiéndola en una fuerza material" (Discurso de Marx en el People’s Paper, 1856). Es el mismo lenguaje de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, donde se formula la teoría de la alienación.

Y finalmente, es en El capital, en esta obra que corona el pensamiento marxista, en El capital, escrito no en la juventud sino en la más alta madurez de Marx, en El capital que sale a la luz en 1867, 23 años después de los Manuscritos, donde encontramos a cada paso la crítica a la alienación y el impulso hacia la desalienación del hombre, que es el motor del pensamiento marxista. Veamos:

"El carácter misterioso de la forma mercancía estriba... en que proyecta ante los hombres el carácter social del trabajo de éstos como si fuese un carácter material de los propios productos de su trabajo, un don natural de estos objetos... Lo que aquí reviste a los ojos de los hombres la forma fantasmagórica de una relación entre objetos materiales, no es más que una relación social concreta establecida entre los mismos hombres... Por eso, si queremos encontrar una analogía a este fenómeno, tenemos que remontarnos a las regiones nebulosas del mundo de la religión, donde los productos de la mente humana semejan seres dotados de vida propia, de existencia independiente y relacionados entre sí con los hombres (...) Éstas [las magnitudes del valor de la mercancía] cambian constantemente sin que en ello intervenga la voluntad, el conocimiento previo ni los actos de las personas entre quienes se desarrolla el cambio. Su propio movimiento social cobra a sus ojos la forma de un movimiento de cosas bajo cuyo control están, en vez de ser ellos quienes las controlen (...) El reflejo religioso del mundo real sólo puede desaparecer para siempre cuando las condiciones de la vida diaria, laboriosa y activa, representen para los hombres relaciones claras y racionales entre sí y respecto de la naturaleza. La forma del proceso social de vida, o lo que es lo mismo, del proceso material de producción, sólo se despojará de su halo místico cuando ese proceso sea obra de hombres libremente socializados y puestas bajo su mando consciente y racional" (El capital, I, cap. 1).

"Nos encontramos, en primer lugar, con la verdad, harto fácil de comprender, de que el obrero no es, desde que nace hasta que muere, más que fuerza de trabajo; por tanto, todo su tiempo disponible es, por obra de la naturaleza y por obra del derecho, tiempo de trabajo, y pertenece, como es lógico, al capital para su incrementación. Tiempo para formarse una cultura humana, para perfeccionarse espiritualmente, para cumplir las funciones sociales del hombre, para el trato social, para el libre juego de las fuerzas físicas y espirituales de la vida humana, incluso para santificar el domingo –aun en la tierra de los santurrones, adoradores del precepto dominical-: ¡todo una pura pamema!" (El capital, I, cap. 8).

"Los medios de producción se transforman inmediatamente en medios destinados a absorber trabajo ajeno. Ya no es el obrero el que emplea los medios de producción, sino éstos los que emplean al obrero" (El capital, I, cap. 9).

"La división del trabajo en la manufactura supone la autoridad incondicional del capitalista sobre hombres que son otros tantos miembros de un mecanismo global de su propiedad. Por eso la misma conciencia burguesa, que festeja la división manufacturera del trabajo, la anexión de por vida del obrero a faenas de detalle y la supeditación incondicional de estos obreros parcelados al capital como una organización del trabajo que incrementa la fuerza productiva de éste, denuncia con igual clamor todo lo que suponga una reglamentación y fiscalización consciente de la sociedad en el proceso social de producción como si se tratase de una usurpación de los derechos inviolables de propiedad, de libertad y de libérrima ‘genialidad’ del capitalista individual. Y es característico que esos apologistas entusiastas del sistema fabril, cuando quieren hacer una acusación durísima contra lo que sería una organización general del trabajo a base de toda la sociedad, digan que convertiría a la sociedad entera en una fábrica" (El capital, I, cap. 12).

La manufactura, sigue Marx, "convierte al obrero en un monstruo, fomentando artificialmente una de sus habilidades parciales, a costa de aplastar todo un mundo de fecundos estímulos y capacidades, al modo como en las estancias argentinas se sacrifica un animal entero para quitarle la pelleja o sacarle el sebo. Además de distribuir los diversos trabajos parciales entre diversos individuos, se divide al individuo mismo, se lo convierte en un aparato automático adscripto a un trabajo parcial, dando así realidad a aquella desazonadora fábula de Menenio Agripa en la que aparece un hombre convertido en simple fragmento de su propio cuerpo... Los conocimientos, la perspicacia y la voluntad que se desarrollan, aunque sea en pequeña escala, en el labrador o el artesano independiente, como en el salvaje que maneja con su astucia personal todas las artes de la guerra, basta con que las reúna ahora todo el taller en un conjunto. Las potencias espirituales de la producción amplían su escala sobre un aspecto a costa de inhibirse en los demás. Lo que los obreros parciales pierden se concentra, enfrentándose con ellos, en el capital. Es un resultado de la división manufacturera del trabajo al erigir frente a ellos, como propiedad ajena y poder dominador, las potencias espirituales del proceso material de producción. Este proceso de disociación comienza con la cooperación simple donde el capitalista representa frente a los obreros individuales la unidad y la voluntad del cuerpo social del trabajo. El proceso sigue avanzando en la manufactura, que mutila al obrero al convertirlo en obrero parcial. Y se remata en la gran industria, donde la ciencia es separada del trabajo como potencia independiente de producción y aherrojada al servicio del capital. En la manufactura, el enriquecimiento de la fuerza productiva social del obrero colectivo, y por tanto del capital, se halla condicionada por el empobrecimiento del obrero en sus fuerzas productivas individuales" (El capital, I, cap. 12).

"La especialidad de manejar de por vida una herramienta parcial se convierte en la especialidad vitalicia de servir una máquina parcial. La maquinaria se utiliza para convertir al propio obrero, desde la infancia, en una máquina parcial... En la manufactura y en la industria manual, el obrero se sirve de la herramienta; en la fábrica, sirve a la máquina. Allí los movimientos del instrumento de trabajo parten de él; aquí, es él quien tiene que seguir sus movimientos. En la manufactura los obreros son otros tantos miembros de un organismo vivo. En la fábrica, existe por encima de ellos un organismo muerto, al que se los incorpora como apéndices vivos... El trabajo mecánico ataca enormemente el sistema nervioso, ahoga el juego variado de los músculos y confisca toda la libre actividad física y espiritual del obrero. Hasta las medidas que tienden a facilitar el trabajo se convierten en medios de tortura, pues la máquina no libra al obrero del trabajo, sino que priva a éste de su contenido. Nota común a toda producción capitalista es que, lejos de ser el obrero quien maneja las condiciones de trabajo, son éstas las que le manejan a él; pero esta inversión no cobra realidad técnicamente tangible hasta la era de la maquinaria. Al convertirse en un autómata, el instrumento de trabajo se enfrenta como capital, durante el proceso de trabajo, con el propio obrero; se alza frente a él como trabajo muerto que domina y absorbe la fuerza de trabajo vivo. En la gran industria, erigida sobre la base de la maquinaria, se consuma el divorcio entre las potencias espirituales del proceso de producción y el trabajo manual, con la transformación de aquéllas en resortes del capital sobre el trabajo. La pericia detallista del obrero mecánico individual, sin alma, desaparece como un detalle diminuto y secundario ante la ciencia, ante las gigantescas fuerzas naturales y el trabajo social de masa que tiene su expresión en el sistema de la maquinaria y forman con él el poder del patrono (El capital, I, cap. 13).

"La acumulación reproduce el régimen del capital en una escala superior, crea en uno de los polos más capitalistas o capitalistas más poderosos, y en el otro más obreros asalariados. La reproducción de la fuerza de trabajo, obligada, quiéralo o no, a someterse incesantemente al capital como medio de explotación, que no puede desprenderse de él y cuyo esclavizamiento al capital no desaparece... (...) Bajo las condiciones de acumulación que hasta aquí venimos dando por supuestas, las más favorables a los obreros, el estado de sumisión de éstos al capital reviste formas algo tolerables... con el incremento del capital, en vez de desarrollarse de un modo intensivo, este estado de sumisión no hace más que extenderse; dicho en otros términos, la órbita de explotación e imperio del capital se va extendiendo con su propio volumen y con la cifra de sus súbditos. Éstos, al acumularse el capital, perciben una mayor parte de lo producido, bajo la forma de medios de pago, lo que les permite vivir un poco mejor, alimentar con un poco más de amplitud su fondo de consumo, dotándolo de ropas, muebles, etc., y formar un pequeño fondo de reserva en dinero. Pero así como el hecho de que algunos esclavos anduviesen mejor vestidos y mejor alimentados, de que disfrutasen de un trato mejor y de un peculio más abundante, no destruía el régimen de esclavitud ni hacía desaparecer la explotación del esclavo, no suprime tampoco la del obrero asalariado. El hecho de que el trabajo suba de precio por efecto de la acumulación del capital sólo quiere decir que el volumen y el peso de las cadenas de oro que el obrero asalariado se ha forjado para sí mismo pueden tenerle sujeto sin estar en tensión... Es decir, que por muy favorables que sean para el obrero las condiciones en que vende su fuerza de trabajo, estas condiciones llevan siempre consigo la necesidad de volver a venderla constantemente y la reproducción constantemente ampliada de la riqueza como capital" (El capital, I, cap. 23).

(Marxismo y filosofía)

¿Vale la pena estudiar la filosofía marxista –lo cual significa estudiar toda la filosofía, antes y después de Marx? Una anécdota puede orientarnos: Lenin se puso a leer la Lógica de Hegel en medio del estallido de la Primera Guerra Mundial, entre setiembre y diciembre de 1914. Es que Lenin era hombre de acción, pero una acción sin verdad. Para Lenin –para el marxismo- la acción no se opone al pensamiento; la acción exige el pensamiento. Para el marxismo, la práctica política es una práctica consciente. Y para el marxismo la práctica no significa sólo adaptarse a lo existente, significa no sólo habilidad técnica para actuar sobre lo existente. Práctica quiere decir, para el marxismo, conocimiento profundo de la realidad y acción plenamente consciente –es decir, basada en el conocimiento.

Por otra parte, sin comprender el pensamiento filosófico, en particular sin comprender la filosofía de Hegel, es imposible entender a Marx. Con toda razón dice Lenin en sus comentarios a la Lógica de Hegel: "No se puede comprender completamente El capital de Marx, y particularmente el primer capítulo, si no se ha estudiado a fondo y comprendido toda la Lógica de Hegel. A esto se debe el que, desde hace medio siglo, muchísimos marxistas no hayan comprendido a Marx" (Cuadernos filosóficos, traducción de MP).

En el lenguaje popular se habla de "tomar las cosas con filosofía". Con esto se quiere decir tomar las cosas con paciencia. Pero en esta frase vulgar hay un núcleo de verdad que nos ayuda a comprender lo que es la filosofía. Porque al decir "hay que tomar las cosas con filosofía" o "filosóficamente", se hace una invitación a la reflexión, al empleo de la propia capacidad racional, para comprender los problemas. Y filosofía es precisamente eso: enfrentarse reflexivamente con la realidad, incluido en ello el propio pensamiento; ir más allá de los primeros datos que se obtienen y tratar de sacar de ellos todas las implicaciones, todas las fases, todos los momentos, todas las relaciones que en ellos se contienen. Nosotros vamos a enfrentar ahora algunos problemas y tesis fundamentales de la filosofía marxista.

Al terminar esta reunión nadie saldrá de aquí "sabiendo" filosofía marxista. Pero todos saldremos conociendo en términos generales que la filosofía marxista enfrenta tales y cuales problemas, que los enfoca de tal y cual modo, y que para conocer esto en profundidad es indispensable leer las obras fundamentales del marxismo. Esas obras son, creo yo, La ideología alemana de Marx y Engels, Lógica formal y lógica dialéctica, de Henri Lefebvre; las "Tesis sobre Feuerbach", de Marx, y Filosofía y socialismo de Antonio Labriola. Y creo que hay que leerlas en ese orden, para captar con claridad qué es la filosofía marxista (se entiende que en un plano elemental).

(La dialéctica)

Vamos a enfrentar ahora el problema de la dialéctica. La dialéctica es un enfoque que trata de captar toda la realidad exactamente como es, y a la vez como debiera ser, de acuerdo a lo que ella misma contiene en potencia. La dialéctica significa conocer las cosas concretamente, con todas sus características, y no como entes abstractos, vacíos, reducidos a una o dos características. Por eso la dialéctica significa ver las cosas en movimiento, es decir, como procesos; por eso la dialéctica descubre y estudia la contradicción que hay en el seno de toda unidad, y la unidad a la que tiende toda contradicción.

El pensamiento formal común, que tiene su coronación en la lógica formal, tiende a despojar a la realidad de su inmensa riqueza de contenido, de su infinita complejidad, y reduce todo a esquemas y fórmulas vacías de contenido. Por eso la lógica formal dice "toda cosa es igual a sí misma" y dice también "una cosa es o no es". Así se ahorra el trabajo de tomar en cuenta que en la realidad viva toda cosa a la vez es y no es, porque en todo hay movimiento; y toda cosa es igual a sí misma pero a la vez es distinta de sí misma, porque en su seno hay diferencias, y al haber diferencias hay el germen de contradicciones. Tomar en cuenta esta realidad, no renunciar a su conocimiento ni falsear su conocimiento olvidando la riqueza del contenido del real, contentándose con conocer partes aisladas y disociadas excepto de una o dos características; al contrario, penetrar a fondo en la realidad, captarla tal cual es, con su infinita complejidad, con su inagotable riqueza de contenidos, eso es dialéctica.

En el tiempo de que dispongamos para nuestro trabajo no podremos estudiar la dialéctica. Para eso -mejor dicho, para una introducción al estudio de la dialéctica- necesitaríamos por lo menos tantas reuniones como las que dedicaremos a todo el estudio del marxismo. Pero lo importante es que de aquí salga en limpio lo siguiente:

La realidad es maravillosa e infinitamente rica en complejidad, en contradicciones, en movimiento. Hay dos enfoques para conocerla:

- el enfoque más elemental, más simple: el enfoque del pensamiento común. Este enfoque dice: la realidad es demasiado compleja; no puedo captarla tal cual es, porque entonces no entiendo nada. Para entenderla tengo que tomar las cosas una por vez, separándolas, poniéndolas una al lado de otra, evitando que se mezclen o cambien de lugar o se transformen. Este pensamiento, que es abstracto, es decir, que separa, que desgaja lo que en realidad está unido, es el pensamiento formal abstracto;

- por el contrario, hay un enfoque que trata de captar la realidad tal cual es: rica, contradictoria, móvil. Este enfoque no se conforma con entender la realidad en partes y vaciada de contenido; al contrario, exige aprehender a la realidad con todo lo que ella tiene. Este enfoque es precisamente el pensamiento dialéctico.

Con esto, queda dicho que la dialéctica no se reduce en modo alguno a la serie de "leyes" que los manualitos presentan como dialéctica: la transformación de la cantidad en calidad, la unidad de los contrarios, etc. Estas son solamente algunas partes de la dialéctica, que es la lógica, y nada más que partes. Y ponerlas separadas del conjunto, como recetas a aplicar a la realidad, es lo más antidialéctico que pueda concebirse. Recién entramos en el terreno de la dialéctica cuando nos esforzamos por comprender cuándo, dónde y en qué condiciones una cantidad se transforma en calidad, o un polo se transforma en su opuesto, etc. Es decir, sólo entramos en el terreno de la dialéctica cuando nos esforzamos por captar la realidad viva, en su totalidad, con su movimiento, sus contradicciones y sus mutaciones.

En las sociedades primitivas el hombre pensaba concretamente. Para el hombre primitivo, en cada elemento de la realidad se encuentran lo uno y lo múltiple, el quietismo y el movimiento, la identidad y la diferencia. El hombre primitivo pensaba dialécticamente porque pensaba en concreto, es decir, veía las cosas como totalidades, en el conjunto, con toda la riqueza de su contenido. Por eso el lenguaje del hombre primitivo pinta y describe a la realidad en toda su riqueza: el primitivo no dice "esto" en abstracto, dice "esto que toco", "esto que está muy cerca", "esto que está de pie" o "esto que está al alcance de mi vista". El primitivo no entiende cosas aisladas; ve situaciones, conjuntos, totalidades. Del mismo modo, los niños pequeños no entienden letras, pero entienden palabras, es decir, conjuntos concretos que tienen un sentido.

Pero cuando la humanidad comenzó a dominar la naturaleza y a conocerla mejor, pudo y debió crearse una formidable herramienta intelectual, que es el concepto abstracto. El hombre pudo dejar de ver las cosas en su totalidad, pudo descomponerlas en partes, pudo analizarlas, pudo hacer abstracción. El hombre aprendió a decir "este" en abstracto y "este árbol", sin decir "este árbol verde aquí sobre la colina" como decía el primitivo. Así, desmenuzando la realidad en partes, pudo avanzar el conocimiento. Así avanzaron las ciencias naturales. La lógica formal, con su afirmación de que una cosa es o no es, coronó esta aspiración del pensamiento abstracto y fue un formidable paso adelante... pero a la vez un formidable paso atrás. Un formidable paso adelante porque permitió aplicarse al análisis minucioso de los elementos y partes integrantes de la realidad; permitió el estudio intensivo de los mismos y aportó así la inmensa masa de conocimientos que constituyen las ciencias naturales. Pero el pensamiento abstracto y la lógica formal significaron también un formidable paso atrás, en el sentido de que se perdió para muchos siglos esa riqueza que caracterizaba el pensamiento del primitivo, esa frescura de la capacidad para aprehender la realidad como es, como un todo complejo y cambiante, lleno de cualidades y atributos.

La dialéctica recupera para el pensamiento esa riqueza de contenido, esa creación, esa frescura del pensamiento del hombre primitivo, pero le incorpora el rigor, la precisión, la exactitud que han aportado siglos de pensamiento abstracto y lógica formal.

Como dice Lefebvre, la dialéctica es la plena captación por el pensamiento de toda la efervescencia tumultuosa de la materia, el ascenso de la vida, la epopeya de la evolución, interrumpida de pronto por catástrofes; todo el drama cósmico, en fin. "La verdad está en la totalidad", dice Hegel. Es decir, la idea verdadera es superación de las verdades limitadas y parciales, que se transforman en errores al considerarlas inmóviles. Sólo la captación de la totalidad, donde se unen lo idéntico y lo distinto, la quietud y el movimiento, lo uno y lo múltiple –es decir, sólo la captación de lo concreto-, sólo eso nos muestra la verdad. En estas fórmulas –que no son fórmulas, sino la síntesis de toda la prodigiosa evolución del pensamiento humano- se contiene todo el pensamiento dialéctico y esta es la genial aportación de Hegel al pensamiento humano.

La lógica formal dice que toda cosa es idéntica consigo misma. Pero para esto es preciso que sea diferente de todas las demás, de modo que la identidad más pura supone ya la diferencia, pero la lógica formal no toma nota de esto.

Por otra parte, el hecho de que la identidad, aun la identidad más abstracta, contiene en sí la diferencia, se revela en todo juicio en que el predicado es distinto del sujeto. Al decir, por ejemplo, la rosa es roja, decimos que la rosa, sin dejar de ser una rosa, es roja, vale decir, algo distinto que la rosa. Si quisiéramos evitar esa diferencia en el seno de la unidad, si quisiéramos cumplir rigurosamente con el principio lógico formal de que toda cosa es idéntica a sí misma y no puede ser a la vez idéntica y diferente, entonces el pensamiento sería algo completamente vacío, y los únicos juicios serían juicios propios de retardados al estilo de "la rosa es... la rosa"; "la vida es... la vida", etc. En cuanto queremos hacer juicios inteligentes, en cuanto queremos conocer las cualidades de lo real y captar su complejidad, entonces fatalmente rompemos con la lógica formal y manejamos a la vez la identidad y la diferencia de cada cosa consigo misma.

Por eso explica Hegel que "quien postula que no existe nada que lleve dentro de sí la contradicción, como la identidad de los contrarios, postula, al mismo tiempo, que no existe nada vivo. Pues la fuerza de la vida consiste precisamente en llevar dentro de sí la contradicción, es soportarla y superarla. Este poner y quitar de la contradicción de unidad ideal y disgregación real de los términos forma el proceso constante de la vida, y la vida no es más que como proceso".

Y en otro lugar dice Hegel: "nada hay en lo que no se pueda y se deba mostrar la contradicción, es decir, las determinaciones opuestas; el abstraer del intelecto es el aferrarse violentamente a una determinación, un esfuerzo para oscurecer y alejar la conciencia de la otra determinación que allí se encuentra" (Lógica, parágrafo 89). Y más adelante: "la proposición que expresa la identidad es: toda cosa es idéntica a sí misma: A=A, y negativamente, A no puede ser a la vez A y no-A. Esta proposición, en vez de ser una verdadera ley del pensamiento, no es sino la ley del intelecto abstracto. (...) Cuando se afirma que el principio de identidad no puede ser probado, sino que toda conciencia le presta su adhesión y que la experiencia lo confirma, a dicha pretendida experiencia hay que oponer la experiencia universal de que ninguna conciencia piensa, ni tiene representaciones, ni siquiera habla según esa ley; y que ninguna existencia, cualquiera que sea, existe según ella. El hablar según esta pretendida ley de la verdad (un planeta es... un planeta; el magnetismo es... magnetismo; el espíritu es... el espíritu) pasa, con plena razón, como un hablar estúpido, y ésta sí que es una experiencia universal" (Lógica, parágrafo 115).

Hemos dicho que la dialéctica es pensamiento concreto, y hemos señalado las limitaciones del pensamiento abstracto. ¿Qué quiere decir "pensamiento abstracto"? Oigamos a Hegel: "¿Quién piensa en abstracto? El hombre inculto, no el culto. Me limitaré a poner algunos ejemplos: un asesino es conducido al cadalso. Para el pueblo común no es otra cosa que un asesino. Tal vez las damas, al verlo pasar, comenten su aspecto físico, digan que es un hombre fuerte, hermoso, interesante. Al escuchar esto, el hombre de pueblo exclamará indignado: ¡Cómo! ¡Un asesino hermoso! Un conocedor del hombre tratará de indagar la trayectoria seguida por la educación de este criminal; descubrirá tal vez en su historia, en su infancia o en su primera juventud, o en las relaciones familiares del padre y de la madre; descubrirá que una ligera transgresión de este hombre fue castigada con una fuerza exagerada que le hizo rebelarse contra el orden existente, que lo hizo colocarse al margen de este orden y acabó empujándolo al crimen para poder subsistir". Pues bien; pensar así, ver todo el proceso con todos sus elementos, es pensar en concreto. En cambio, pensar en abstracto es el pensamiento vulgar, que no ve en el asesino más que esa nota única y aislada, abstracta, la de que es un asesino, de tal modo que esta simple cualidad destruye y no deja ver cuanto hay en él de naturaleza humana.

Como modelo de pensamiento dialéctico, de pensamiento concreto, que se mueve a través de la inseparable unidad de los contrarios, veamos estas líneas de Trotsky:

"Interdependencia dialéctica del fin y de los medios

El medio sólo puede ser justificado por el fin. Pero éste, a su vez, debe ser justificado. Desde el punto de vista del marxismo (...) el fin está justificado si conduce al acrecentamiento del poder del hombre sobre la naturaleza y a la abolición del poder del hombre sobre el hombre.

¿Esto significa que para alcanzar tal fin todo está permitido? (...) Está permitido lo que conduce realmente a la liberación de la humanidad. (...)

¿Eso significa, a pesar de todo, que en la lucha de clases contra el capitalismo todos los medios están permitidos: la mentira, la falsificación, la traición, el asesinato, etc.? (...) Sólo son admisibles y obligatorios los medios que acrecen la cohesión revolucionaria del proletariado, inflaman su alma con un odio implacable por la opresión, le enseñan a despreciar la moral oficial y a sus súbditos demócratas, le impregnan con la conciencia de su misión histórica, aumentan su bravura y su abnegación en la lucha. Precisamente de eso se desprende que no todos los medios están permitidos. Cuando decimos que el fin justifica los medios resulta para nosotros la conclusión de que el gran fin revolucionario rechaza, en cuanto medios, todos los procedimientos y métodos indignos que alzan a un parte de la clase obrera contra las otras, o que intentan hacer la dicha de las demás sin su propio concurso, o que reducen la confianza de las masas en ellas mismas y en su organización, sustituyendo tal cosa por la adoración de los ‘jefes’. (...)

El materialismo dialéctico desconoce el dualismo de medios y fines. El fin se deduce naturalmente del movimiento histórico mismo. Los medios están orgánicamente subordinados al fin. El fin inmediato se convierte en medio del fin ulterior. En su drama Franz von Sickingen, Ferdinand Lasalle pone las palabras siguientes en boca de uno de sus personajes:

No muestres sólo el fin, muestra también la ruta
Pues el fin y el camino tan unidos se hallan
que uno en otro se cambian
y cada ruta descubre un nuevo fin

(...) La interdependencia del fin y de los medios está expresada, en el caso de los versos reproducidos, de un modo enteramente exacto. Es preciso sembrar un grano de trigo para cosechar una espiga de trigo" (Su moral y la nuestra).

En 1922 Lenin afirmó que "debemos organizar un estudio sistemático, dirigido desde el punto de vista de la dialéctica de Hegel". Esta es, efectivamente, una gran tarea abierta ante el pensamiento marxista.

Pero las burocracias son conservadoras y antidialécticas por definición. Su prosperidad depende de la administración de lo que existe, no de su modificación. Por eso su "filosofía" es la escolástica y el dogmatismo que codifican y repiten lo ya pensado, y no admiten innovación ni problema nuevo alguno. Se explica así que la "filosofía" inspirada en Stalin y compañía haya tratado a la dialéctica y a Hegel como a un perro muerto.

El espíritu de la burocracia es ferozmente estático y antidialéctico. No quiere innovaciones ni discusiones. Veamos el trabajo de Zhdanov "Sobre la historia de la filosofía". Zhdanov era secretario del Comité Central del Partido Comunista ruso, y este es un discurso suyo con el cual se clausuró el congreso de filosofía realizado en Rusia en 1947. Zhdanov vapulea terriblemente al autor de una historia de la filosofía y dice que "el autor comete errores esenciales que afectan inclusive a los principios". ¿Cuáles son esos "errores esenciales" que "afectan a los principios"? Son, dice Zhdanov, "por ejemplo", la afirmación de que "el camino al método dialéctico fue preparado por las conquistas de las ciencias naturales desde la segunda mitad del siglo XVIII. Esto está en radical contradicción con la célebre tesis de Engels, según la cual el camino al método dialéctico fue preparado por la estructura celular del organismo, por la teoría de la conservación y la transformación de la energía y por la teoría de Darwin. Todos estos descubrimientos corresponden al siglo XIX". Es decir, que la burocracia moscovita prohibe a un filósofo decir que el método dialéctico fue preparado por las conquistas científicas del siglo XVIII, y se lo prohibe porque Engels dijo que las conquistas en cuestión eran del siglo XIX, y la burocracia entiende que disentir con Engels en esta cuestión cronológica es "un error esencial que afecta a los principios". Desde luego, en semejante clima no es posible que se desarrolle el pensamiento dialéctico, y ni siquiera los estudios sobre la dialéctica. Y si acaso estos estudios surgen, la burocracia los extirpa rápida y radicalmente. En este mismo discurso, Zhdanov no deja lugar a dudas: "la discusión que ha tenido lugar aquí a propósito de Hegel es bastante extraña. Hace tiempo que está resuelta la cuestión de Hegel. No hay ninguna razón para plantearla de nuevo". Efectivamente, para la burocracia no hay ninguna razón para plantear de nuevo el problema de la dialéctica, "el álgebra de la revolución", como la llamó el gran revolucionario ruso Herzen. Nosotros en cambio recordamos a Lenin: "debemos organizar el estudio sistemático de la dialéctica de Hegel". Para iniciar este estudio yo sugiero el libro de Ernst Bloch El pensamiento de Hegel, editado por el Fondo de Cultura Económica.

En una frase famosa, Marx y Engels hablaron de "poner a la dialéctica de Hegel sobre sus pies". Esto no quiere decir que de la dialéctica hegeliana puedan tomarse dos o tres cosas aisladas y agregárselas a una concepción materialista vulgar del mundo. No. El pensamiento dialéctico de Hegel impregna totalmente el marxismo.

Hegel efectuó –en términos idealistas y con lenguaje muy oscuro, hablando del "en sí", de la "negatividad", del "ser otro", etc.- un análisis muy riguroso del pensamiento humano a través de la contradicción. Poner la dialéctica sobre sus pies quiere decir estudiar concretamente, en la realidad del desarrollo, cómo se han ido produciendo esas fases, esos estados del desarrollo, esas transiciones que Hegel analiza en términos idealistas pero con una tremenda capacidad para comprender el elemento de contradicción y del movimiento. Y esta es una tarea que el marxismo tiene que realizar. Yo sólo conozco dos obras en que el pensamiento marxista ha realizado este "enderezamiento" de la dialéctica, donde la realidad ha sido captada en su evolución, en sus contradicciones, en sus diversas fases cuantitativas y cualitativas. Esas obras son El capital de Marx y la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky. Pero el campo a explorar es inmenso todavía; prácticamente es toda la realidad.

Poner la dialéctica sobre sus pies es lo que hace Marx en El capital, es decir, desarrollar dialécticamente una ciencia, en este caso el análisis económico de la sociedad capitalista. En cambio, tomar alguno de los fenómenos naturales, o un conjunto de conocimientos científicos, y utilizarlos como ejemplos de que la cantidad se transforma en cualidad, o de alguna otra ley de lógica dialéctica, eso –que hacen los manualitos que pretenden enseñar marxismo- es una insolente caricatura del pensamiento dialéctico y por lo tanto del marxismo.

(El materialismo)

Enfoquemos ahora el tema del materialismo. "El materialismo inteligente -dice Lenin- se halla más cerca del idealismo inteligente que del materialismo necio". Esto es asó porque el marxismo tomó como elemento esencial la actividad creadora del hombre –que es el tema en el que ha insistido el idealismo- y rechaza absolutamente la concepción del hombre como mero ente totalmente producido por circunstancias externas, que es lo que cree el materialismo vulgar.

Por su parte, señala Engels que "la aplicación exclusivista del rasero de la mecánica a los fenómenos que eran de naturaleza química y orgánica y en los que, aunque rigieran leyes mecánicas, éstas pasaban a segundo plano ante otras superiores a ellas, constituye una de las limitaciones específicas" del materialismo clásico. Efectivamente, el materialismo clásico sólo reconoce como "materia" a lo mecánico, incluido lo físico y lo químico, pero ignorando totalmente esa materia constituida fundamentalmente por relaciones interhumanas, sociales y psicológicas.

Tengamos entonces bien presente que la materia que toma como base el marxismo no es la materia física o la naturaleza mecánica, ni una materia general carente de cualidades. La materia de que parte el marxismo es el conjunto de relaciones sociales que presuponen ciertamente una naturaleza mecánica y, sobre todo, fisiológica, pero que no coinciden, ni mucho menos, con ella. La materia de que toma su nombre el materialismo histórico no es nada más ni nada menos que la relación de unos hombres con otros y con la naturaleza (Bloch).

El materialista vulgar no ve, dice Marx, que "el mundo sensible que lo rodea no es una cosa dada inmediatamente desde la eternidad, siempre igual a sí misma. Es un producto histórico: el resultado de una actividad de una larga serie de generaciones, de las cuales cada una se apoya sobre las espaldas de la precedente, y va desenvolviendo su industria y su comercio y modificando su organización social de acuerdo con las necesidades nuevas que se suscitan. Aun los objetos de la ‘certidumbre sensible’ más inmediata le son dados (...) sólo graxias al desarrollo de la sociedad, la industria y el comercio" (La ideología alemana).

Y en sus "Tesis sobre Feuerbach", que ya citamos en la reunión anterior, Marx dice: "El defecto fundamental de todo materialismo anterior (...) es que sólo concibe la cosa, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de intuición, pero no como actividad sensorial humana, como práctica, no de un modo subjetivo" (Tesis I). "La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y por lo tanto hombres modificados, producto de circunstancias distintas y de una educación distinta, olvida que las circunstancias son cambiadas precisamente por los hombres y que el propio educador necesita ser educado" (Tesis III).

El materialismo vulgar –que es lo que los stalinistas pretenden hacer pasar por marxismo- cae en la metafísica de la materia, y aun de la materia mecánica, no de la materia constituida por las relaciones sociales y la actividad del hombre. Este materialismo vulgar considera a la materia como una cosa totalmente aislada, perennemente aislada del sujeto, del hombre, siempre condicionando al hombre y nunca condicionada por el hombre.

En realidad, la metafísica de la materia, la creencia en que la materia tiene una independencia absoluta respecto del sujeto que conoce –es decir, que la transforma- tiene un origen religioso, y por eso precisamente el materialismo vulgar se lleva tan bien con el sentido común. Todas las religiones han enseñado y enseñan que el mundo, la naturaleza, el universo, han sido creados por Dios antes de la creación del hombre, y por lo tanto el hombre ha encontrado el mundo ya acabado, catalogado y definido de una vez y para siempre. Por eso cuando el materialismo vulgar dice que la materia existe absolutamente independiente del sujeto que conoce, no hace más que confirmar esa creencia religiosa en que "Dios creó al mundo antes que al hombre".

El marxismo, por el contrario, afirma que desde luego el mundo físico existió antes que el hombre; el universo existió antes de la aparición del hombre. Pero si bien esto es cierto, el marxismo enseña que desde que el hombre aparece sobre la tierra, la materia deja de existir independientemente de la conciencia del hombre, porque desde el primer momento el hombre actúa en y sobre la materia, y la transforma. De modo que si es cierto que el objeto existió por sí solo antes de la aparición del sujeto, desde la aparición del sujeto el objeto pierde su independencia, entra en permanente relación con el sujeto, y sujeto y objeto sólo existen en función y a través del otro, sin que ninguno pueda concebirse "independientemente" del otro.

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