Formación

 

Milcíades Peña

Introducción al pensamiento de Marx - 04

Cuarta parte

(Marxismo y ciencias sociales)

En reuniones anteriores señalamos cómo la ciencia oficial tergiversa el pensamiento marxista, sea intencionalmente o por ignorancia. Veamos un ejemplo: "Tampoco están dispuestos los antropólogos –dice un científico norteamericano- a dejar que los marxistas u otros deterministas culturales hagan de la cultura otro absoluto tan autocrático como el Dios o el Destino de algunas filosofías" (Kluckhohn, Antropología).

Pues bien, nosotros hemos visto cómo el marxismo, el auténtico marxismo, rechaza todo determinismo extrahumano. Para el marxismo lo único que "determina" es la actualidad del hombre. De modo que este antropólogo yanqui –que por lo demás es un hombre de ciencia muy respetable-, cuando pretende criticar al marxismo, actúa como un vulgar charlatán que no sabe de qué habla.

El marxismo señala que las ciencias humanas, las dificultades para la investigación son inmensas, pero no son del mismo orden que las que se presentan en las ciencias naturales. El marxismo es alertamente consciente de que, además de las dificultades comunes a todas las ciencias y a todo conocimiento de las relaciones humanas, en todos sus niveles, tiene dificultades específicas. Y estas dificultades provienen de la interferencia de la lucha de clases en la conciencia de los hombres (Lucien Goldmann).

Los sociólogos no marxistas objetan a "las tomas de posición política y a los juicios de valor que cabe señalar y criticar en la concepción marxista sobre las clases", y por su parte dicen: "Ensayaré eliminar todo juicio de valor subyacente, en cuanto sea consciente (George Gurvitch).

El marxismo sostiene que esta eliminación de los juicios de valor no es posible ni deseable. La sociología no es ciencia, es conciencia (ya conversamos sobre esto en una reunión anterior). El estudio de las ciencias humanas no puede ser "objetivo" en el sentido en que son objetivas las ciencias naturales. Se puede estudiar el movimiento de los astros, o de los electrones y protones, sin tomar partido, porque esas realidades no son producidas por el hombre y por lo tanto es absurdo decir que "está bien", que es "bueno" o "malo" que un planeta gire en ésta o en aquélla órbita. Pero las ciencias del hombre actúan sobre una realidad que es producto de la acción del hombre y ante la cual es imposible no hacer juicios de valor y no tomar posición. Por ejemplo: al estudiar la esclavitud, el "no tomar partido" es tomar partido a favor, porque la indiferencia equivale a sancionar lo que existe.

Lo que habitualmente se denomina "sociología", esa supuesta ciencia que intenta agrupar y clasificar las relaciones entre los hombres según modelos y categorías tomadas de las ciencias naturales, es despreciada por el marxismo. La pretensión de reducir la experiencia humana a "leyes" de tipo mecánico fatalista –como la ley de dilatación de los cuerpos, etc.- es rechazada también por el marxismo. La pretensión de tratar los hechos sociales, es decir, las relaciones entre los hombres, como "cosas", también es extraña al marxismo, que demuestra que el intento de tratar las relaciones interhumanas como "cosas" es un producto de la alienación.

Cuando el Diccionario de Filosofía staliniana de Rosental y Iudin dice que "Marx demostró que el curso de las ideas dependen del de las cosas" está demostrando en realidad que este diccionario no tiene nada que ver con el marxismo. En el lenguaje diario, e incluso en el lenguaje de la lucha política o de la interpretación de un fenómeno histórico particular, podemos decir que "las cosas vienen mal o bien", que "el curso de las cosas" obliga a esto o lo otro. Podemos decir, por ejemplo, que "por el curso de las cosas" el establecimiento de una universidad privada favorecerá a las clases privilegiadas. Esto es así porque en el lenguaje de todos los días, incluso en lenguaje político, nos movemos en el terreno de la alienación, en el terreno en que las relaciones entre los hombres aparecen como relaciones entre cosas, que no están sometidas al control del hombre sino que lo dominan. Pero cuando planteamos la cuestión en el terreno del marxismo, que es el terreno en que se rompe con la alienación, en que se ve más allá de las cosas para descubrir las relaciones humanas que hay detrás de ellas, en este terreno es infinitamente erróneo decir que "el curso de las ideas depende del curso de las cosas". El curso de las ideas depende del contexto social en que se desenvuelven, y este contexto social no consiste en "cosas" –como las estrellas, o la lluvia, o la cordillera de los Andes-, sino en relaciones entre hombres.

El pensamiento vulgar contrapone "la sociedad" y "el individuo", y supone que la sociedad es un agregado de individuos que, en sí mismos, son distintos de la sociedad. Marx, por el contrario, señala: "Es necesario evitar hacer de la sociedad una abstracción enfrentada al individuo. El individuo es el ser social. Sus manifestaciones de vida son una expresión y una confirmación de la vida social" (Manuscritos..., traducción de MP).

Esto es así porque para vivir hay que producir. Y no se puede producir sino en colaboración con otros hombres. Para reproducirse se necesitan dos personas de distinto sexo. Es decir, ya en las necesidades más íntimamente individuales está contenida la absoluta necesidad de la relación social con otras personas.

"El hombre, por el doble conato que lo caracteriza: de una parte el de conservar la propia vida, de otra, el de prolongarse en otros seres, pertenece desde luego a la naturaleza. Pero, por este mismo doble conato, viene a hallarse engranado también en la sociedad. Y es que para lograr sus propósitos ha de unirse a otros individuos que con él colaboren, sean cuales fueren las condiciones, el método y el objeto de la colaboración. De ahí el recíproco enlace entre la forma determinada que reviste la producción y el tipo de colaboración vigente y el grado de desarrollo de la sociedad (Marx, La ideología alemana, subrayado de MP).

"La organización social y el Estado brotan de la vida de determinados individuos. Pero de la vida de esos individuos considerados no según ellos se conciben en su propia mente o según los conciben los demás, sino como son en realidad, esto es, según obran, producen materialmente; según como despliegan –refrenados por determinadas barreras, bajo imposición de determinados presupuestos y bajo condiciones de que no son dueños- la actividad que les es propia. El nacimiento de las representaciones, las ideas, la conciencia, se halla inmediatamente enlazada desde sus comienzos con la actividad y las relaciones materiales de los hombres, con su vida real. Lo que los individuos se representan, lo que piensan, lo que ponen de manifiesto en el trato espiritual con sus semejantes es el resultado de su vida material. Y lo dicho de los productos espirituales de los individuos aplícase asimismo a los de un pueblo entero, en los diversos órdenes de la lengua, la política, la legislación, la moral, la religión, la metafísica, etc. Pero –insistimos- los individuos a que nos referimos son los individuos reales y activos, sujetos en su acción al grado de desarrollo de sus fuerzas productivas y a las relaciones (...) que los ligan los unos a los otros, desde los que rigen en los grupos pequeños hasta los que se extienden a las agrupaciones más amplias" (La ideología alemana).

Destaquemos la importancia particular de la afirmación "desde las que rigen en los pequeños grupos", en vista de las modernas investigaciones sobre dinámica de los grupos.

La conciencia brota en el terreno de esta estructura de relaciones interhumanas. En términos de Marx: "La conciencia es, desde un comienzo, un producto social, y lo seguirá siendo mientras haya hombres" (La ideología alemana).

Todo el comportamiento del hombre es decisivamente plasmado por lo que los antropólogos llaman "cultura". Por "cultura" la antropología quiere significar la manera total de vivir de un pueblo, el legado social que el individuo recibe de su grupo. O bien puede considerarse la cultura como "aquella parte del medio ambiente que ha sido creada por el hombre" (Kluckhohn, 1951).

Lo más íntimo de cada individuo, lo que se supone más individual y más privado, en realidad no es tan individual ni tan privado. La psicología de nuestros días comprueba científicamente que "las manifestaciones exteriores de nuestros afectos aparecen como deberes impuestos por el grupo, como también lo que son propios afectos. Para innumerables circunstancias de la vida diaria la colectividad nos fija a la vez los sentimientos que debemos tener y la manera en que tenemos que expresarlos (Blondel, 1952).

"Nuestro régimen de concepto, con sus compatibilidades y sus incompatibilidades, sus atracciones y sus repulsiones, su jerarquía, su orden y su escala de valores, nos viene del grupo del que formamos parte. Se graba en nosotros, sin que podamos eludirlo, mediante el lenguaje que aprendemos desde nuestra primera infancia, por la disciplina colectiva que soportamos sin tregua desde el nacimiento hasta la muerte. No captamos la realidad tal como es, sino tal cual se la concibe y quiere la colectividad a la que pertenecemos. La realidad vista con los ojos del grupo, si así puede decirse, es para nosotros indiscernible de la realidad misma. Y esto vale no sólo para la realidad exterior, sino también para la vida interior. Reflexionar es hablarse su propio pensamiento; tratar de tener conciencia clara de un estado de alma, por personal que en apariencia sea, es captarlo dentro del cuadro que la colectividad le ha fijado, afectado con el valor que ella le atribuye; es confundirlo con ese cuadro y ese valor mismos. El régimen de conceptos que debemos a nuestro grupo tiene, pues, como primer efecto, introducir la objetividad propia de las representaciones colectivas en todo el dominio de nuestra experiencia, tanto interna como externa" (Blondel, citado por Dumas, 1948).

Dice Margaret Mead: "La prueba que nos suministran las sociedades primitivas sugiere que las suposiciones que cualquier cultura hace acerca del grado de frustración o satisfacción contenido en las formas culturales, puede resultar más importante para la felicidad que la cuestión de cuáles estímulos biológicos se ocupa de desarrollar y cuáles de suprimir o dejar sin desarrollo. Podemos tomar como ejemplo la actitud de la mujer en la era victoriana, de la que no se esperaba que gozara en la experiencia sexual y que en realidad no gozaba".

En la reunión anterior, al terminar, yo le decía a uno de ustedes que a estas reuniones nuestras no las denominara "clases". Y le explicaba algo que considero vale la pena repetir para todo el grupo. Sobre el marxismo no pueden darse "clases". Pueden exponerse principios y problemas. Pero no puede darse clase en el sentido estricto de la palabra. Y esto no por un problema de técnica didáctica, sino por una razón esencial, que está en la naturaleza misma del marxismo. Y es la siguiente: el marxismo no es una "materia" ya terminada, que del período de lucha y la polémica –hacia fuera y hacia dentro- haya entrado en la etapa de una expansión orgánica. El marxismo no es una cosa terminada. El marxismo está haciéndose. Y precisamente el más grande peligro de los clásicos cursos y manualitos tipo los de Politzer y compañía reside en que tienden a dar la impresión de que el marxismo es algo que ya está listo para aprenderse en cierto número de lecciones, como se aprende geografía o aritmética.

Volver