Transcripción del discurso
completo pronunciado por Arundhati Roy en San Francisco, California, el 16
de agosto de 2004
¿Con qué detergente lavas?
El poder público en la era del
imperio
Por Arundhati Roy (*)
ZNet, octubre 2004
Traducido por María Fernández y
revisado por Alfred Sola
Me han pedido que hable acerca del
"poder público en la era del imperio". No acostumbro hacer lo
que se me dice, pero por una feliz casualidad eso es precisamente de lo
que quiero hablar hoy.
Cuando vemos cómo se destripa y se
desangra el lenguaje, ¿qué entendemos por "poder público"?
Cuando la libertad significa ocupación; la democracia, capitalismo
neoliberal; la reforma, represión; y palabras como "emancipación"
y "misión de paz" le hielan a una la sangre, entonces una
expresión como "poder público" puede significar lo que quiera
cada uno. Por ejemplo, una máquina para desarrollar los bíceps o un
producto de limpieza. Así que voy a tener que definir el "poder público"
por el camino, digamos que arrimando el ascua a mi sardina.
En la India, la palabra "public"
está incorporada a la lengua hindú. Significa pueblo. En hindú tenemos
"sarkar" y "public", el gobierno y el pueblo. Este uso
implica la suposición de que el gobierno es algo aparte de "el
pueblo". La distinción tiene mucho que ver con el hecho de que la
lucha por la libertad en la India, aunque magnífica, no fue ni mucho
menos revolucionaria. La élite india se calzó con facilidad y elegancia
los zapatos que dejaron los imperialistas británicos. Una sociedad
extremadamente empobrecida y esencialmente feudal se convirtió en una
nación estado independiente y moderna. Hoy, cuando han pasado cincuenta y
siete años exactos, los verdaderos vencidos todavía ven al gobierno como
"mai-baap", el padre y proveedor. El sector ligeramente más
radical, los que todavía tienen fuego en las entrañas, lo ven como
"chor", el ladrón, el que arrebata todas las cosas.
Sea como sea, para la mayoría de
los indios, "sarkar" es algo muy diferente de "public".
Sin embargo, a medida que se suben los peldaños de la escala social, la
distinción entre "sarkar" y "public" se diluye. A la
élite india, como a todas las élites del mundo, le cuesta separarse del
estado. Ve lo que ve el estado, piensa como el estado, habla como el
estado.
En contraste, en Estados Unidos la
distinción entre "sarkar" y "public" se ha difuminado
a niveles mucho más profundos dentro de la sociedad. Esto podría ser
indicativo de una democracia robusta, pero desgraciadamente el asunto es
un poco más complicado y menos lindo. Entre otras cosas está relacionado
con la intrincada trama de paranoia urdida por el "sarkar"
estadounidense y difundida por las corporaciones mediáticas y por
Hollywood. Los estadounidenses normales se han visto manipulados hasta
imaginar que son un pueblo en estado de sitio cuyo único refugio y
protección provienen de su gobierno. Si no son los comunistas, es Al
Qaeda. Si no es Cuba, es Nicaragua. El resultado es que la nación más
poderosa del mundo, con su inigualable arsenal, su historial de combate y
financiación de innumerables guerras, y la única nación que ha hecho
uso de la bomba atómica, está habitada por una ciudadanía aterrorizada
que se asusta hasta de su sombra. Un pueblo atado al estado, no por las
prestaciones sociales, la sanidad pública o las garantías laborales,
sino por el miedo.
Este miedo de fabricación sintética
se utiliza para conseguir el apoyo del pueblo a más actos de agresión, y
así se va construyendo una espiral de histeria autoreplicante, ya
calibrada oficialmente por el gobierno estadounidense en su programa
Alertas Terroristas en Rutilante Tecnicolor: fucsia, azul turquesa, rosa
salmón.
A los que la miramos desde afuera,
esta fusión de "sarkar" y "public" en EEUU a veces
nos hace difícil distinguir entre las acciones del gobierno de EEUU y las
del pueblo estadounidense. Esta confusión es lo que alimenta al
antiamericanismo en el mundo. Entonces el gobierno estadounidense se
aferra al antiamericanismo y lo amplifica por medio de sus leales medios
de comunicación. Ya conocen la rutina: "¿Por qué nos odian? Odian
nuestras libertades"... etc, etc. De esta forma se refuerza la
sensación de aislamiento de la población de EEUU y hace más estrecho
todavía el abrazo entre "sarkar" y "public". Como
Caperucita Roja buscando el calorcito de la cama del lobo.
El uso de la amenaza de un enemigo
externo para unificar a la población en favor de uno es un burro viejo al
que se suben los políticos desde hace siglos para entrar por las puertas
del poder. Pero a lo mejor la gente normal está harta de ese pobre burro
y busca otra cosa. Una antigua canción de película hindú dice: "yeh
public hai, yeh sab jaanti hai" (el pueblo sí lo sabe todo). ¿No
sería estupendo si la canción tuviera razón y los políticos no?
Antes de la invasión ilegal de
Irak por Washington, una encuesta de Gallup International indicaba que en
ningún país europeo el apoyo a una guerra unilateral superaba el 11%. El
15 de febrero de 2003, pocas semanas antes de la invasión, más de diez
millones de personas se manifestaron en contra de la guerra en los
distintos continentes, América del Norte inclusive. Y aún así los
gobiernos de muchos países supuestamente democráticos se unieron a la
guerra.
La cuestión es si la
"democracia" sigue siendo democrática.
¿Los gobiernos democráticos
tienen que rendir cuentas a las personas que los eligieron? Y,
crucialmente, ¿el "public" de los países democráticos es
responsable de las acciones de su "sarkar"?
Si nos ponemos a pensar, la lógica
en la que se basa la guerra contra el terrorismo y la lógica en que se
basa el terrorismo es exactamente la misma. Ambas obligan a los ciudadanos
a pagar por las acciones de sus gobiernos. Al Qaeda obligó al pueblo de
los EEUU a pagar con sus vidas las acciones de su gobierno en Palestina,
Arabia Saudí, Irak y Afganistán. El gobierno estadounidense ha obligado
al pueblo afgano a pagar con miles de vidas las acciones de los talibanes,
y el pueblo iraquí está pagando con cientos de miles más las acciones
de Sadam Husein.
La diferencia esencial es que en
realidad nadie había votado a Al Qaeda, a los talibanes o a Sadam Husein.
Pero el presidente de los Estados Unidos sí que había ganado elecciones
(bueno, por decirlo de alguna manera).
Los jefes de gobierno de Italia,
España y Reino Unido habían ganado elecciones. ¿No podría decirse,
entonces, que los ciudadanos de estos países son más responsables de las
acciones de sus gobiernos que lo son los iraquíes de las acciones de
Sadam Husein, o los afganos de las de los talibanes?
¿Cuál de sus respectivos dioses
decide si ésta o la otra es una "guerra justa"? George Bush
padre dijo una vez: "Yo nunca pediré disculpas en nombre de EEUU. No
me importa lo que haya pasado". Cuando el presidente del país más
poderoso del mundo no necesita que le importe lo que haya ocurrido, por lo
menos podemos estar seguros de que hemos entrado en la era del imperio.
Así que, ¿qué significado tiene
el poder público en la era del imperio? ¿Tiene algún significado? ¿Existe
en realidad?
En estos tiempos presuntamente
democráticos el pensamiento político convencional afirma que el poder público
se ejerce en las urnas. Docenas de países de todo el mundo irán a las
urnas este año, y la mayoría (no todos) tendrán los gobiernos a los que
hayan votado. Pero ¿conseguirán tener los gobiernos a los que aspiran?
En la India este año votamos la
derrota de los nacionalistas hindúes. Sin embargo, mientras estábamos
celebrándolo, sabíamos ya que en lo que se refiere al armamento nuclear,
el neoliberalismo, la privatización, la censura, los grandes pantanos, es
decir, en todas las cuestiones importantes, aparte del nacionalismo hindú
descarado, el Partido del Congreso y el BJP no presentan grandes
diferencias ideológicas. Sabemos también que fueron los cincuenta años
de existencia del Partido del Congreso los que abrieron el camino,
cultural y políticamente, a la extrema derecha. También fue el Partido
del Congreso el que abrió los mercados de la India a la globalización
corporativa.
En su campaña electoral, el
Partido del Congreso aseguraba que estaba dispuesto a revisar parte de su
política económica. Millones de personas, de las más pobres de la
India, salieron a votar en masa en estas elecciones. El espectáculo de la
gran democracia india se televisó en directo: los agricultores pobres,
los ancianos y enfermos, las mujeres cubiertas de velos con sus hermosas
joyas de plata, acudiendo a los colegios electorales sobre elefantes,
camellos y carros de bueyes en un espectáculo encantadoramente anacrónico.
En contra de las predicciones de todos los expertos y encuestadores de la
India, el Congreso obtuvo más votos que ningún otro partido. Los
partidos comunistas consiguieron el mayor número de votos de su historia.
Los pobres de la India votaron claramente en contra de las
"reformas" económicas del neoliberalismo y el fascismo
creciente. En cuanto se contaron los votos, los grandes medios de
comunicación los despacharon como si fueran figurantes baratos en un
rodaje. Los canales de televisión desplegaban pantallas partidas: en la
mitad de la pantalla aparecía el caos que se había formado a la puerta
de la residencia de Sonia Gandhi, líder del Partido del Congreso,
mientras se improvisaba un gobierno de coalición.
La otra mitad mostraba, a las
puertas del Bombay Stock Exchange, a los corredores de bolsa frenéticos
por la preocupación, por si al Partido del Congreso se le ocurría
cumplir sus promesas y llevar a cabo las propuestas electorales que lo habían
llevado al poder. Vimos el índice bursátil Sensex subir, bajar y dar
tumbos. Los medios de comunicación, cuyos propios valores estaban cayendo
en picado, daban la noticia del colapso bursátil como si Pakistán
acabara de lanzar misiles balísticos intercontinentales sobre Nueva
Delhi.
Antes incluso de la toma de posesión
del nuevo gobierno, hubo políticos de primera fila del Partido del
Congreso que hicieron declaraciones públicas en las que aseguraban a los
inversores y a los medios que la privatización de los servicios públicos
continuaría. Entretanto, el BJP, al pasar a la oposición, ha comenzado a
poner objeciones, de forma tan cínica como cómica, a la inversión
extranjera directa y a una mayor apertura de los mercados indios.
Esta es la falsa dialéctica que
está adoptando la democracia electoral.
En cuanto a los indios pobres, una
vez que han suministrado los votos, carretera y manta, que la política se
decidirá sin contar con ellos.
¿Y en las elecciones de EEUU? ¿Tienen
opción los votantes?
Es cierto que si John Kerry llega a
ser presidente, cambiarán algunos de los magnates del petróleo y
fundamentalistas cristianos de la Casa Blanca. Serán pocos los que
sientan perder de vista a truhanes descarados como Dick Cheney, Donald
Rumsfeld o John Ashcroft. Lo que sí es preocupante es que la nueva
administración conservará su política. Que tendremos Bushismo sin Bush.
Los que están realmente en el
poder - los banqueros, directivos etc - no son vulnerables al voto (y de
todas formas financian a ambos lados).
Por desgracia, la importancia de
las elecciones estadounidenses ha degenerado en una contienda entre
personalidades. Una trifulca para dirimir quién sería el mejor capataz
del imperio. John Kerry cree en la idea del imperio con el mismo fervor
que George Bush.
El sistema político de EEUU está
cuidadosamente confeccionado para impedir que cualquiera que cuestione la
bondad natural de la estructura de poder militar-industrial-corporativa
pueda entrar por las puertas del poder.
En este contexto, no sorprende a
nadie que en estas elecciones los dos contendientes sean licenciados de la
Universidad de Yale, ambos miembros de la sociedad secreta "Skull and
Bones" (La calavera), ambos millonarios que juegan a los soldaditos,
ambos pregonando la guerra y discutiendo de manera casi pueril cuál de
los dos sería el caudillo más eficiente en la guerra contra el terror.
Al igual que su predecesor el
presidente Clinton, Kerry continuará la expansión del poder económico y
militar de EEUU en el mundo. Dice que hubiera votado a favor de la guerra
de Bush en Irak aún sabiendo que Irak no tenía armas de destrucción
masiva. Promete asignar más tropas a Irak. Recientemente ha dicho que
apoya al cien por cien la política de Bush en relación con Israel y
Ariel Sharon. Dice que mantendrá el 98% de los recortes fiscales de Bush.
Así que, por debajo del histérico
intercambio de insultos, el consenso es casi absoluto. Parece que, incluso
si el electorado americano vota a Kerry, de todas formas seguirá estando
Bush: El presidente John Kerbush o el presidente George Berry.
La posibilidad de elegir no es
real, sino aparente. Es como elegir una marca de detergente. Compres Tide
o compres Ivory Snow, los dos son de Procter and Gamble.
Esto no significa que la posición
de cada uno no tenga sus matices, que el Congreso y el BJP, los
neolaboristas y los conservadores, los demócratas y los republicanos sean
lo mismo. Claro que no lo son. Tampoco lo son Tide y Ivory Snow: Tide
tiene oxígeno activo y Ivory Snow es un jabón suave.
En la India, hay diferencias entre
un partido abiertamente fascista (el BJP) y otro que taimadamente enfrenta
a una comunidad con otra (Congreso), sembrando las semillas del
comunalismo que luego cosecha hábilmente el BJP.
Existen diferencias en los niveles
de inteligencia e insensibilidad de los actuales candidatos a presidente
de los EEUU. El movimiento contra la guerra en EEUU ha realizado una labor
extraordinaria al poner de manifiesto las mentiras y la venalidad que
dieron lugar a la invasión de Irak, a pesar de la propaganda e intimidación
a las que se enfrentaban.
Esta acción prestó un gran
servicio no sólo al pueblo estadounidense, sino al mundo entero. Pero
ahora, si el movimiento contra la guerra se une abiertamente a la campaña
de Kerry, el resto del mundo pensará que está de acuerdo con su política
de imperialismo "sensible". ¿Es preferible el imperialismo de
EEUU si lo apoyan la ONU y los países europeos? ¿Es preferible que la
ONU pida soldados a India y Pakistán para que maten y mueran en Irak en
lugar de los soldados estadounidenses? ¿Es verdad que el único cambio
que pueden esperar los iraquíes es que las compañias francesas, alemanas
y rusas participen en el saqueo de su país?
¿Es esto mejor o peor para los que
vivimos en naciones vasallas? ¿es mejor para el mundo tener un emperador
más listo en el poder, o uno más tonto? ¿Es ésa nuestra única
alternativa?
Perdónenme, ya sé que estas son
preguntas incómodas, incluso brutales, pero es necesario plantearlas.
Lo cierto es que la democracia
electoral se ha convertido en un proceso de manipulación cínica. Ofrece
un espacio político muy reducido, y sería ingenuo creer que en este
espacio hay opciones reales.
La crisis de la democracia moderna
es profunda.
En el escenario global, más allá
de la jurisdicción de los gobiernos soberanos, los instrumentos
internacionales de comercio y finanzas supervisan un complejo sistema de
leyes multilaterales y acuerdos que han consolidado un sistema de
apropiación que daría vergüenza a los colonialistas. Este sistema
permite la entrada y salida sin restricciones de cantidades ingentes de
capital especulativo - dinero caliente - de los países del tercer mundo,
que acaba prácticamente por dictar su política económica. Utilizando la
amenaza de la fuga de capital como palanca, el capital internacional
penetra cada vez más en todos los niveles de estas economías. Las
gigantes corporaciones transnacionales están tomando las riendas de sus
infraestructuras esenciales y sus recursos naturales, sus minerales, su
agua, su electricidad. La Organización Mundial del Comercio, el Banco
Mundial, el Fondo Monetario Internacional y otras instituciones
financieras como el Banco Asiático de Desarrollo, prácticamente escriben
la política económica y la legislación parlamentaria. Arrogantes y
despiadados, blanden sus mazas contra sociedades históricamente
complejas, frágiles, interdependientes, y las asolan.
Todo esto, por cierto, bajo el
alegre ondear de la pancarta de la "reforma".
Como consecuencia de esta reforma,
en Africa, Asia y América latina, miles de negocios e industrias de pequeña
envergadura han quebrado. Millones de trabajadores y agricultores han
perdido sus empleos y sus tierras.
La revista "The Spectator",
de Londres, nos asegura que "vivimos en la era más feliz, sana y pacífica
de la historia de la humanidad". Miles de millones de personas
preguntarían ¿de qué "nosotros" habla? ¿Dónde viven? ¿Cómo
se llaman?
Lo que hay que comprender es que la
democracia moderna está cimentada por una aceptación casi religiosa de
la nación-estado. Pero la globalización de las corporaciones no lo está.
El capital líquido no lo está. Por tanto, aunque el capital requiera el
poder de coerción de la nación estado para acallar las revueltas en las
habitaciones de los sirvientes, el sistema garantiza que ninguna nación
pueda oponerse a la globalización por su cuenta y riesgo.
Un cambio radical no puede ser ni
será nunca algo negociado por los gobiernos: sólo lo puede ejecutar el
pueblo, el público. Un público capaz de darse la mano a través de las
fronteras.
Así, cuando hablamos del
"poder público en la era del imperio", espero que no parezca
presuntuoso asumir que lo único que vale la pena debatir en serio es el
poder de un público que disiente, un público que está en desacuerdo con
el propio concepto de imperio, un público que se enfrenta con los que
ocupan el poder: los gobiernos e instituciones internacionales,
nacionales, regionales o provinciales que apoyan y prestan servicios al
imperio.
¿Cuáles son las vías de protesta
que pueden emplear las personas que desean resistir al imperio? Cuando
digo "resistir" no me refiero sólo a expresar nuestro
desacuerdo, sino a forzar un cambio real. El imperio tiene una amplia gama
de tarjetas de visita. Utiliza distintas armas para descerrajar los
distintos mercados, ya saben, como el talonario o el misil crucero.
Para los pobres de muchos países,
el imperio no aparece siempre en forma de misiles o tanques, como en Irak,
Afganistán o Vietnam. Aparece en sus vidas en forma de avatares muy
locales: la pérdida del empleo, recibos de la luz impagables, cortes en
el suministro de agua, desahucios de viviendas, desalojos de tierras...
todo esto supervisado por la maquinaria represora del estado, la policía,
el ejército, el poder judicial. Se trata de un proceso de empobrecimiento
implacable que los pobres conocen muy bien a lo largo de su historia. Lo
que hace el imperio es reforzar y exacerbar las desigualdades existentes.
Hasta hace bastante poco a la gente
le costaba a veces verse a sí mismos como víctimas de las conquistas del
imperio. Pero actualmente los conflictos locales están viendo cada vez más
claro su propio papel. Por muy grandilocuente que suene, lo cierto es que
se están enfrentando al imperio, cada uno a su manera, que es muy
diferente en Irak, Sudáfrica, India, Argentina y, cómo no, en las calles
de Europa y de Estados Unidos.
Los movimientos de resistencia de
masas, los activistas, periodistas, artistas y cineastas se han unido para
quitarle brillo al imperio. Han atado cabos, han convertido los
flujogramas y los discursos de los consejos de administración en
historias reales sobre personas reales y desesperanzas reales. Han
demostrado cómo el proyecto neoliberal lo ha pagado la gente con sus
viviendas, sus tierras, sus empleos, su libertad, su dignidad. Han hecho
tangible lo intangible. El que antaño parecía un enemigo incorpóreo se
ha hecho carne.
Esto es una gran victoria, forjada
gracias a la unión de grupos políticos diferentes, con estrategias muy
variadas. Pero lo que todos comprendieron es que el objeto de su rabia, de
su activismo y su empeño es el mismo. Este fue el principio de la
verdadera globalización: la globalización de la inconformidad.
En general, hoy en día hay dos
tipos de movimientos de resistencia de masas en los países del tercer
mundo. El movimiento de los sin tierra de Brasil, el movimiento anti-pantanos
en la India, los zapatistas de Méjico, el foro anti-privatización de Sudáfrica
y varios cientos más están luchando contra sus propios gobiernos
soberanos, que han pasado a ser agentes del proyecto neoliberal. La mayor
parte de éstos son conflictos radicales, en los que se lucha por cambiar
la estructura y el modelo elegido para el "desarrollo" de sus
sociedades.
Los otros son los que luchan contra
ocupaciones neocoloniales tan oficiales como brutales en territorios
disputados, cuyas fronteras dibujaron las potencias imperialistas en el
siglo pasado. Los pueblos de Palestina, Tíbet, Chechenia, Cachemira y
varios estados del nordeste de la India mantienen una lucha por la
autodeterminación.
Algunas de estas luchas podrían
haber sido radicales, e incluso revolucionarias, en sus comienzos, pero a
menudo la brutalidad de la represión con que se encuentran las empuja
hacia áreas conservadoras e incluso retrógradas, en las que las
estrategias de violencia y el lenguaje de nacionalismo religioso y
cultural que se emplean son idénticos a los de los estados que pretenden
sustituir.
Muchos de los soldados rasos de
estas contiendas se encontrarán, al igual que los que lucharon contra el
apartheid en Sudáfrica, que una vez venzan a la ocupación van a tener
otra guerra en las manos, una guerra contra el colonialismo económico
encubierto.
Entretanto, a medida que el abismo
entre ricos y pobres se profundiza y la batalla por el control de los
recursos terrestres se intensifica, el colonialismo económico por medio
de la agresión militar cabalga de nuevo.
El Irak de hoy proporciona una
ilustración trágica de este proceso. Una invasión ilegal; una ocupación
brutal en nombre de la liberación. La reelaboración de leyes que
permiten la apropiación desvergonzada de la riqueza y los recursos del país
por las corporaciones aliadas a la ocupación, y ahora la farsa de un
"gobierno iraquí" local.
Por estas razones, es absurdo
condenar la resistencia a la ocupación de Irak por EEUU basándose en que
está organizada por terroristas, insurgentes o partidarios de Sadam
Husein. Después de todo, si alguien invadiera y ocupara Estados Unidos,
¿serían todos los que lucharan por su liberación terroristas,
insurgentes o bushistas?
La resistencia iraquí lucha en los
frentes de la batalla contra el imperio, y en ese caso su lucha es la
nuestra.
Como la mayoría de los movimientos
de resistencia, está formado por una serie de facciones de distinto
pelaje. Antiguos baathistas, liberales, islamistas, colaboracionistas
descontentos, comunistas etc. Como es de esperar, está plagado de
oportunismo, rivalidades locales, demagogia y delincuencia. Pero si sólo
vamos a apoyar a los movimientos inmaculados, entonces ninguna resistencia
merecerá nuestra pureza.
Esto no significa que no debamos
criticar nunca a los movimientos de resistencia. Muchos de ellos adolecen
de falta de democracia, de idolatría de sus líderes, de falta de
transparencia, de falta de visión y dirección. Pero sobre todo sufren
por la demonización, la represión y la falta de recursos.
Antes de decidir cómo debería
dirigir una resistencia iraquí inmaculada su batalla laica, feminista,
democrática y no violenta, deberíamos apuntalar la resistencia por
nuestro lado obligando a EEUU y sus aliados a retirarse de Irak.
El primer enfrentamiento militar
que se dio en EEUU entre el movimiento para la justicia global y la junta
neoliberal tuvo lugar en la famosa conferencia de la OMC en Seattle en
diciembre de 1999. Para muchos movimientos de masas en países en vías de
desarrollo que llevaban mucho tiempo librando batallas aisladas y
solitarias, Seattle fue la primera señal de alivio, que demostraba que su
rabia y su visión de un mundo distinto también existían entre la gente
de los países imperialistas.
En enero de 2001, en Porto Alegre,
Brasil, se reunieron 20.000 activistas, estudiantes, cineastas - algunas
de las mejores mentes del mundo - para poner en común sus experiencias e
intercambiar ideas sobre cómo hacer frente al imperio. Así nació el ya
histórico Foro Social Mundial. Esta era la primera reunión oficial de un
tipo distinto de "poder público": estimulante, anárquico, nada
indoctrinado, activo. El lema del FSM es "Otro mundo es
posible". El foro se ha convertido en una plataforma en la que
cientos de conversaciones, debates y seminarios han ayudado a templar y
refinar una visión de cómo sería ese mundo.
En enero de 2004, se celebró el
cuarto FSM en Mumbai, India, al que acudieron 200.000 delegados. Yo nunca
había participado en una reunión tan vibrante. Una de las pruebas del éxito
del foro social es que los medios de comunicación principales de la India
lo ignoraron completamente. Pero ahora el FSM está amenazado por su
propio éxito. El ambiente seguro, abierto y lúdico del foro ha permitido
participar y ha dado voz a políticos y organizaciones no gubernamentales
implicados en los sistemas políticos y económicos a los que se opone el
foro.
Otro peligro es que el FSM, cuyo
papel ha sido tan vital en el movimiento por la justicia global, corre el
riesgo de convertirse en un fin en sí mismo. Solamente organizarlo todos
los años consume las energías de algunos de los mejores activistas que
tenemos. Si las conversaciones en torno a la resistencia sustituyen a la
auténtica desobediencia civil, el FSM podría tornarse en algo valioso
para aquéllos contra los que se creó. El foro se debe celebrar y tiene
que crecer, pero tenemos que encontrar formas de canalizar esas
conversaciones hacia acciones concretas.
A medida que los movimientos de
resistencia se han estirado cruzando fronteras y han comenzado a suponer
una amenaza real, los gobiernos han desarrollado sus propias estrategias
para derrotarlos, sea por medio de la asimilación o la represión.
Voy a hablar de tres de los
peligros actuales que afectan a los movimientos de resistencia: el difícil
punto de encuentro entre los movimientos de masas y los medios de
comunicación de masas; los riesgos de la ONG-ización de la resistencia;
y el enfrentamiento entre los movimientos de resistencia y los estados
cada vez más represivos.
El lugar en que los medios masivos
se encuentran con los movimientos de masas es bastante complicado.
Los gobiernos se han dado cuenta de
que unos medios que funcionan de crisis en crisis no se pueden permitir
quedarse mucho tiempo en el mismo sitio. Al igual que los negocios
requieren liquidez de dinero, los medios requieren liquidez de crisis. Países
enteros se convierten en noticias pasadas: dejan de existir y la oscuridad
se vuelve más profunda que antes de que los focos se detuvieran
brevemente sobre ellos. Lo vimos en Afganistán cuando se retiraron los
soviéticos, y ahora, una vez que la operación Libertad Duradera puso a
Hamid Karzai, de la CIA, en el poder, Afganistán ha quedado una vez más
en manos de sus guerreros feudales.
En Irak se ha instalado otro agente
de la CIA, Iyad Allawi, así que quizá haya llegado la hora de que los
medios se vayan también de allí.
Mientras los gobiernos refinan el
arte de esperar a que pase cada crisis, los movimientos de resistencia se
están enmarañando cada vez más en una espiral de producción de crisis,
buscando las formas de fabricarlas en formatos de fácil consumo a medida
de los espectadores.
Todo movimiento popular que se
respete, todo "tema", ha de tener su propio globo publicitario
en el aire anunciando su marca y su propósito.
Por esta razón, los muertos de
hambre son más eficaces a la hora de dar publicidad a la pobreza que
millones de personas desnutridas, que no llegan a dar la talla. Los
pantanos no dan mucho juego como noticia hasta que la devastación que
producen queda bien en televisión - cuando ya es demasiado tarde.
Pasarse días de pie en el agua
mientras se va llenando el pantano, viendo cómo tu casa y tus posesiones
se van flotando, solía ser una estrategia eficaz, pero ya no lo es. Ya
aburre mortalmente a los medios. Así que, para capturar su atención, los
cientos de miles de personas desplazadas por las presas tendrán que
buscarse nuevos trucos o abandonar la lucha.
Las concentraciones coloridas y las
manifestaciones de fin de semana son esenciales, pero por sí solas no son
lo bastante potentes para parar las guerras. Las guerras sólo terminarán
cuando los soldados se nieguen a luchar, cuando los trabajadores se
nieguen a cargar armas en los buques y aviones, cuando el pueblo boicotee
los centros económicos del imperio diseminados por todo el globo.
Si queremos reclamar el espacio de
la desobediencia civil, tenemos que liberarnos de la tiranía del
periodismo de crisis con su miedo a lo mundano. Tenemos que usar nuestra
experiencia, nuestra imaginación y nuestro arte para interrogar a los
instrumentos del estado que garantizan que la "normalidad" sea
lo que es: cruel, injusta, inaceptable. Tenemos que sacar a la luz las políticas
y procesos que hacen que las cosas de cada día - la comida, el agua, la
vivienda y la dignidad - sean un sueño distante para la gente normal. El
verdadero ataque preventivo es comprender que las guerras son el resultado
final de una paz imperfecta e injusta.
En lo que se refiere a los
movimientos de resistencia, lo cierto es que no hay cobertura de los
medios comparable a la fuerza de las masas en acción sobre el terreno. No
hay otra opción, de veras, que la agotadora movilización política.
La globalización de las
corporaciones ha aumentado la distancia entre los que toman las decisiones
y los que sufren las secuelas de esas decisiones. Los foros como el FSM
permiten a los movimientos locales de resistencia reducir esa distancia y
tomar contacto con los movimientos correspondientes en los países ricos.
Esta es una alianza importante y formidable. Por ejemplo, cuando el primer
pantano privado de la India, el Maheshwar Dam, estaba en construcción,
las alianzas creadas entre la Narmada Bachao Andolaan (NBA), la organización
alemana Urgewald, la Declaración de Berna en Suiza y la Red Internacional
sobre Ríos de Berkeley en EEUU, se unieron para conseguir que una serie
de bancos internacionales y corporaciones abandonaran el proyecto. Esto no
hubiera sido posible si no hubiera existido sobre el terreno un movimiento
de resistencia sólido como una piedra. La voz de ese movimiento local se
vio amplificada por los que los apoyaban a nivel global, causando la
deserción de los inversores, avergonzados.
Si se formaran infinitas alianzas
similares, dirigidas a proyectos específicos y a corporaciones específicas,
se podría crear un mundo diferente. Deberíamos empezar por las
corporaciones que hacían negocios con Sadam Husein y ahora se aprovechan
de la devastación y ocupación de Irak.
Otro peligro que amenaza a los
movimientos de masas es la ONG-ización de la resistencia. Será fácil
distorsionar lo que voy a decir para que parezca una acusación a todas
las ONG. Eso sería falso. En las sucias aguas de las ONG de pega montadas
para chupar subvenciones o eludir impuestos (en estados como Bihar se
regalan como dote) también existen ONG que realizan labores valiosas.
Pero es importante observar el fenómeno de las ONG en un contexto político
más amplio.
En la India, por ejemplo, el apogeo
de las ONG subvencionadas comenzó a finales de los años 80 y en los 90,
coincidiendo con la apertura de los mercados indios al neoliberalismo. En
aquel momento, el estado indio, cumpliendo los requisitos del ajuste
estructural correspondiente, estaba retirando su apoyo financiero al
desarrollo rural, la agricultura, la energía, el transporte y la sanidad
pública. A medida que el estado abdicaba su función tradicional las ONG
se pusieron a trabajar en estas áreas específicas. La diferencia,
evidentemente, es que los fondos que tienen a su disposición son una
fracción minúscula del recorte que se realizó en el gasto público. La
mayoría de las grandes ONG subvencionadas están financiadas y
patrocinadas por las agencias de ayuda y desarrollo, que a su vez dependen
para su financiación de los gobiernos occidentales, el Banco Mundial, la
ONU y algunas corporaciones multinacionales. Aunque no sean exactamente
las mismas agencias, siguen siendo parte del mismo mundillo político que
supervisa el proyecto neoliberal y que exige el recorte drástico del
gasto público.
¿Cuál es la razón por la que
estas agencias financian a las ONG? ¿Podría ser a causa del anticuado afán
misionero? ¿Será el sentido de culpabilidad? En realidad, es algo más
que eso. Las ONG dan la impresión de estar llenando el vacío creado por
el estado en retirada. Sí que lo hacen, pero de forma materialmente
inconsecuente. Su contribución real es que por medio de ellas se descarga
la rabia política y que reparten como asistencia o caridad lo que
corresponde al pueblo por derecho.
Las ONG alteran la psique pública.
Convierten a las personas en víctimas desvalidas y mellan las puntas de
la resistencia política. Las ONG forman una especie de parachoques entre
el "sarkar" y el "public". Entre el imperio y sus súbditos.
Se han convertido en árbitros, intérpretes, mediadores.
En última instancia, las ONG son
responsables de sus acciones ante los que las financian, no ante las
personas con las que trabajan. Son lo que llamarían los botánicos
especies indicadoras. Es como si, cuanto más devastación produzca el
neoliberalismo, más ONG surgen. No hay ilustración más pertinente que
el fenómeno de EEUU preparándose a invadir un país y simultáneamente
preparando a las ONG para que fueran a limpiar los despojos.
Con el fin de asegurarse la
financiación y conseguir que los gobiernos de los países donde trabajan
les permitan actuar, las ONG tienen que presentar su trabajo dentro de un
marco superficial más o menos exento de contexto histórico o político.
Por lo menos, de un contexto histórico o político inconveniente.
Las llamadas de socorro apolíticas
(y, por lo tanto, extremadamente políticas en realidad) que envían los
países pobres y las regiones en guerra acaban por formar una imagen en la
que aquellas gentes (oscuras) de aquellos países (oscuros) aparecen como
víctimas patológicas. Otro indio desnutrido más, otro etíope que se
muere de hambre, otro campo de refugiados afganos, otro sudanés
mutilado... todos los cuales necesitan la ayuda del hombre blanco. Estas
imágenes refuerzan sin querer los estereotipos racistas y reafirman las
hazañas, las comodidades y la compasión ("es todo por tu
bien") de la civilización occidental. Son los misioneros seglares
del mundo moderno.
A la larga, a menor escala pero de
una forma más traicionera, el capital de que disponen las ONG tiene la
misma función en la política alternativa que el capital especulativo que
entra y sale de las economías de los países pobres: empieza a dictar el
orden del día, convierte el conflicto en negociación, despolitiza a la
resistencia, interfiere con los movimientos populares locales que
tradicionalmente se han mantenido por sí solos. Las ONG disponen de
fondos para dar empleos a personas que, de no ser así, trabajarían en
los movimientos de resistencia, pero que de esta manera sienten que están
haciendo algo inmediata y creativamente bueno, y encima se ganan la vida.
La auténtica resistencia política no tiene atajos de esos.
La
ONG-ización de la política
amenaza con hacer de la resistencia un trabajo cortés, razonable, con su
salario y su jornada de 9 a 5, más algunos extras. La verdadera
resistencia tiene consecuencias de verdad. Y no paga salarios.
Así llegamos a un tercer peligro
que quiero mencionar hoy: el carácter letal del enfrentamiento real entre
los movimientos de resistencia y los estados cada vez más represivos.
Entre el poder público y los agentes del imperio.
Siempre que la resistencia civil ha
mostrado la más mínima señal de pasar de la acción simbólica a
parecer, aunque sea remotamente, una amenaza, la represión se vuelve
despiadada. Ya hemos visto lo que ocurrió en las manifestaciones de
Seattle, Miami, Göthenberg, Génova.
En Estados Unidos tienen el USA
PATRIOT Act, que se ha convertido en un esquema para la elaboración de
leyes antiterroristas promulgadas en todo el mundo. Se recortan las
libertades con el pretexto de proteger la libertad. Y una vez que cedemos
nuestras libertades, será necesaria una revolución para conseguir que
nos sean devueltas.
Algunos gobiernos tienen mucha
experiencia en recortar libertades y seguir quedando bien. El gobierno
indio, veterano en este juego, alumbra el camino.
A lo largo de los años el gobierno
indio ha promulgado infinidad de leyes que le permiten tratar a casi
cualquier persona de terrorista, insurgente, militante. Tenemos la Ley de
Poderes Especiales de las Fuerzas Armadas, la Ley de Seguridad Pública,
la Ley de Seguridad de Areas Especiales, la Ley de Gangsters, la Ley de
Areas Terroristas y Levantiscas (que oficialmente ya no está en vigor,
pero todavía hay personas a la espera de juicio por su causa) y, la más
reciente, la POTA, Ley de Prevención del Terrorismo, el antibiótico de
amplio espectro para curar la inconformidad.
También se están tomando otras
medidas, como sentencias de tribunales cuyo efecto es sustraer la libertad
de expresión, el derecho de los funcionarios a la huelga, el derecho a la
vida y al sustento. En la India los tribunales han comenzado a
microgestionar nuestras vidas. Y encima, criticar a los tribunales es un
delito.
Sin embargo, volviendo a las
iniciativas contra el terrorismo, en los últimos diez años el número de
personas que han muerto a manos de la policía y las fuerzas de seguridad
alcanza las decenas de miles. En el estado de Andhra Pradesh (la niña
bonita de la globalización corporativa en la India) muere cada año una
media de 200 "extremistas" en lo que se suelen llamar
"encuentros". La policía de Bombay presume del número de
"gangsters" que han matado en estos "tiroteos". En
Cachemira, cuya situación es casi de guerra, han muerto unas 80.000
personas desde 1989. Miles de personas simplemente han
"desaparecido". En las provincias del nordeste la situación es
similar.
En los últimos años la policía
india ha abierto fuego contra personas desarmadas, en su mayoría de las
castas dalit y adivasi. Su método preferido es matarlos y a continuación
llamarlos terroristas. India no es la única, por cierto. Hemos visto
ocurrir lo mismo en países como Bolivia, Chile y Sudáfrica. En la era
del neoliberalismo, la pobreza es un crimen y protestar contra ella se
define cada vez más a menudo como terrorismo.
En la India, la POTA (Ley de
Prevención del Terrorismo) se denomina a menudo Ley de Producción del
Terrorismo. Es una ley versátil, un patrón único que puede aplicarse a
cualquiera, desde un agente de Al Qaeda a un conductor de autobús
descontento. Como es el caso de todas las leyes contra el terrorismo, lo
genial de la POTA es que puede ser lo que quiera el gobierno. Tras el
pogromo de 2002 en Gujarat ayudado por el gobierno, en el que se calcula
que 2.000 musulmanes fueron asesinados brutalmente por multitudes hindúes
y 150.000 tuvieron que abandonar sus hogares, 287 personas han sido
acusadas bajo la POTA, de las cuales 286 son musulmanas y una es sikh.
La POTA permite utilizar como
evidencia en un juicio las confesiones extraídas mientras el reo se
encuentra en custodia de la policía. En la práctica, la tortura tiende a
sustituir a la investigación. El Centro de Documentación sobre Derechos
Humanos del Sur de Asia informa que la India presenta el número más alto
del mundo de fallecimientos en custodia y bajo tortura. Los archivos del
gobierno indican que sólo en 2002 hubo 1.307 muertes en custodia
judicial.
Hace unos meses formé parte de un
jurado bajo la POTA. A lo largo de dos días escuchamos testimonios
espeluznantes de lo que está ocurriendo en nuestra magnífica democracia.
Hay de todo: desde las personas a las que obligan a beber orina, a las que
desnudan, humillan, aplican electroshock, queman con colillas o insertan
barras de hierro en el ano, hasta las que matan a palos y patadas.
El nuevo gobierno ha prometido
abolir la POTA. Me sorprendería que esto se llevara a cabo antes de
aprobar otra legislación con un nombre diferente. Si no es la POTA será
la MOTA o algo así.
Cuando se cierran todas las vías
al inconformismo no violento y se acusa de terrorista a toda persona que
protesta contra la violación de los derechos humanos, ¿de verdad deberíamos
sorprendernos al ver que amplias zonas del país están cuajadas de
personas que creen en la lucha armada y están más o menos fuera del
control del estado? Esto ocurre en Cachemira, en las provincias del
nordeste, en grandes comarcas de Madhia Pradesh, Chattisgarh, Jharkhand y
Andhra Pradesh. La gente normal de estas regiones está atrapada entre la
violencia de los militantes y la del estado.
En Cachemira, el ejército indio
calcula que hay entre 3.000 y 4.000 militantes activos en un momento dado.
Con el objeto de controlarlos el gobierno indio envía unos 500.000
soldados. Está claro que el ejército no sólo pretende controlar a los
militantes, sino a la población entera de infelices que ven al ejército
indio como una fuerza de ocupación.
La Ley de Poderes Especiales de las
Fuerzas Armadas permite no sólo a los oficiales de alto rango, sino
incluso a los suboficiales del ejército, utilizar la fuerza y hasta matar
a cualquier persona bajo sospecha de alterar el orden público. Primero se
impuso en ciertos distritos del estado de Manipur en 1958. Hoy en día se
aplica en prácticamente todo el nordeste y en Cachemira. La documentación
de casos de tortura, desapariciones, muertes en custodia, violaciones y
ejecuciones sumarias a manos de las fuerzas de seguridad es capaz de
revolverle el estómago a cualquiera.
En Andhra Pradesh, en el corazón
de la India, el grupo militante Marxist-Leninist People's War Group, que
llevaba años en la lucha armada violenta y ha sido el principal foco de
atención de muchos de los falsos "encuentros" que cita la policía
de Andhra, celebró su primer mítin público el día 28 de julio de 2004,
en la ciudad de Warangal.
Asistieron a la concentración
cientos de miles de personas. Según la POTA, todos ellos son terrorristas.
¿Van a detenerlos a todos en algún equivalente indio a Guantánamo?
Todo el nordeste de la India y el
valle de Cachemira están a punto de explotar. ¿Qué va a hacer el
gobierno con estos millones de personas?
Hoy por hoy no hay en el mundo un
tema de debate tan crucial como la cuestión de las estrategias de
resistencia, y la elección de estrategias no está enteramente en manos
del "public": también está en manos del "sarkar".
Después de todo, cuando EEUU
invade y ocupa Irak como lo ha hecho, con una fuerza militar tan
desmesurada, ¿se puede pedir que la resistencia sea de tipo militar
convencional? Para empezar, incluso si fuera convencional seguiría siendo
calificada como terrorista. Parece extraño, pero el arsenal armamentístico
del gobierno de EEUU, su potencia aérea y su artillería hacen del
terrorismo una reacción prácticamente ineludible. El pueblo compensa la
falta de dinero y poder con estrategias y astucias.
En estos tiempos de ansiedad y
desesperación, si los gobiernos no hacen lo posible por respetar la
resistencia no violenta, están favoreciendo por omisión a los que optan
por la violencia. La condena del terrorismo por los gobiernos no es creíble
si no se muestran dispuestos a cambiar ante el inconformismo no violento.
Sin embargo se hace lo contrario:
reventar los movimientos de resistencia; comprar, destruir o sencillamente
ignorar cualquier movilización u organización política de masas.
Entretanto, los gobiernos y los
grandes medios de comunicación, sin olvidar la industria cinematográfica,
prodigan su tiempo, atención, tecnología, investigación y admiración
en la guerra y el terrorismo. Es la deificación de la violencia.
El mensaje que lanzan es angustioso
y peligroso: si quieres expresar una queja de carácter público, la
violencia es más eficaz que la no violencia.
A medida que se ensancha el abismo
entre el rico y el pobre; a medida que se hace más urgente la necesidad
de adueñarse de los recursos mundiales y controlarlos con el fin de
alimentar a la ingente maquinaria capitalista, el descontento no hará más
que aumentar.
Para aquellos de nosotros que nos
encontramos en el bando contrario al imperio, la humillación se está
haciendo insoportable.
Cada uno de los niños iraquíes
asesinados por Estados Unidos era hijo nuestro. Cada uno de los
prisioneros torturados en Abu Ghraib era compañero nuestro. Cada uno de
sus gritos era nuestro. Cuando se les humillaba, se nos humillaba a
nosotros. Los soldados estadounidenses que luchan en Irak, la mayoría
voluntarios reclutados en los pueblos y en los barrios pobres, son tan víctimas
como los iraquíes del horrendo proceso que les exige morir por una
victoria que nunca será la suya.
Los mandarines del mundo de las
corporaciones, los directivos, los banqueros, los políticos, los jueces y
los generales nos observan desde arriba meneando la cabeza con severidad:
"No Hay Alternativa", sentencian, y sueltan a los perros de la
guerra.
Y entonces, de las ruinas de
Afganistán, de los escombros de Irak y Chechenia, de las calles de
Palestina y las montañas de Cachemira, de los montes y altiplanos de
Colombia y de las selvas de Andhra Pradesh y Assam, surge una
escalofriante respuesta: "No hay otra alternativa que el
terrorismo". Terrorismo. Lucha armada. Insurgencia. Llámenle como
quieran.
El terrorismo es desalmado, feo y
deshumanizante tanto para los que lo perpetran como para sus víctimas.
Pero también lo es la guerra. Podría decirse que el terrorismo es la
guerra privatizada. Los terroristas son los comerciantes en el libre
mercado de la guerra. Personas que no creen que el estado tenga el
monopolio del uso legítimo de la violencia.
La sociedad humana se dirige a un
lugar terrible.
Evidentemente, hay una alternativa
al terrorismo: se llama justicia.
Ha llegado la hora de reconocer que
por muchos armamentos, segadoras de margaritas, sistemas de dominación
total o falsos consejos de gobierno y loya jirgas que se tengan, la paz no
se puede comprar a costa de la justicia.
La ambición de algunos por la
hegemonía y la preponderancia tendrá como contrapartida el anhelo, aún
más intenso, de los otros por la dignidad y la justicia.
La forma en que se manifieste la
batalla, el que sea hermosa o cruenta, depende de nosotros.
(*) Arundhati Roy es una escritora
de la India.
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