Vida del movimiento

 

Carta de los camaradas de la LCR a Alex Callinicos (SWP)

por Daniel Bensaïd, Léon Crémieux, François Duval y François Sabado

[Los autores de esta carta son miembros de la dirección de la LCR,
sección francesa del Secretariado Unificado de la IV Internacional.]

Boletín de la International Socialist Tendency, Nº 2, enero 2003

Estimado Alex:

Algunas notas para la discusión de tus dos textos sobre la cuestión del reagrupamiento (1). Son (relativamente) breves a pesar de la importancia de la discusión, pero después de Florencia, y dada la demora acumulada, no hemos tenido tiempo de hacer más.

1. Sobre la periodización de la actual etapa

El texto “El reagrupamiento y la izquierda socialista hoy” parte del “surgimiento desde las manifestaciones en Seattle en 1999 de un movimiento mundial de oposición a la globalización y, cada vez más, también al curso guerrerista del imperialismo norteamericano”. Este fenómeno cambia sustancialmente las condiciones para la construcción de una fuerza revolucionaria. Estamos de acuerdo en este punto.

Más aún, esta cuestión ha estado en la agenda desde el punto de inflexión de 1989-91. Estaba claro que la unificación alemana, la desintegración de la Unión Soviética, el fin de la Guerra Fría, etc., marcaban el fin de un gran ciclo que comenzó con la I Guerra Mundial y la revolución rusa. Si se acepta el concepto tentativo del “siglo XX corto”, era entonces cuestión de punto de inflexión histórico que se traduciría necesariamente, con mayor o menor rapidez, en una reconfiguración del panorama geopolítico, pero también en redefiniciones y recomposiciones en las corrientes del movimiento obrero (2).

Por supuesto, este punto de inflexión fue en sí mismo la culminación de un largo proceso del cual, como recordarás, 1956 y 1968 pueden ser consideradas etapas simbólicas. En 1956, los levantamientos en Hungría y Polonia (y también la crisis de las Cien Flores en China) anunciaban la crisis de los sistemas burocráticos (más allá de cómo se los caracterizara conceptualmente) y contenían en germen el conflicto chino-soviético. El VII Congreso Mundial de la IV Internacional reconoció esto ya en 1957 en un documento titulado “Ascenso, decadencia y caída del stalinismo”. En cuanto a 1968, otro momento simbólico de unión, esta vez de la lucha de liberación vietnamita, el Mayo francés y los movimientos antiburocráticos en Polonia, dio lugar a la irrupción de una nueva generación y anunció el debilitamiento de los aparatos tradicionales (socialdemócrata y stalinista) en el movimiento obrero.

El colapso de las dictaduras burocráticas en 1989-91 constituyó el acto final de una contrarrevolución que había comenzado en los años 30. El derrocamiento de esos regímenes, más allá del resultado, era necesario para limpiar el panorama de las ruinas acumuladas y hacer posible un nuevo comienzo. En la medida en que se inscribió en el contexto de la Contrarreforma liberal, significó también, en el corto plazo, un deterioro del equilibrio de fuerzas en detrimento del movimiento obrero y de los movimientos de liberación nacional. Este hecho presentó así consecuencias contradictorias: en el corto plazo, abrió camino a una ofensiva imperialista; en el mediano plazo, preparó el terreno para una reorganización de una izquierda libre de la carga del stalinismo. ¡Un ejemplo de la “discordancia temporal”! (3).

Nos parece que, en retrospectiva, el año 2001 marcará un nuevo punto crítico y una nueva etapa. No sólo debido al 11 de septiembre. Como explica Walden Bello, además de las Torres Gemelas de Manhattan, se han derrumbado otras dos torres: la de la nueva economía (simbolizada por Enron y los escándalos financieros) y la de Argentina, que había sido presentada como la alumna dilecta del FMI en América Latina. La combinación de crisis económica, imperialismo militar y la amenaza de guerra contra Irak (además de la guerra de Sharon contra la segunda Intifada) es un poderoso factor de movilización y politización en el movimiento contra la globalización capitalista que comenzó a crecer a mediados de los 90 con el levantamiento zapatista, las huelgas del invierno de 1995 en Francia y, de manera acelerada, con las manifestaciones de Seattle, Praga, Niza, Génova, Porto Alegre, Barcelona, Florencia, etc.

El resultado es que ahora se están abriendo nuevos horizontes para la izquierda revolucionaria —el contraste con los siniestros años 80 es evidente— pero en un contexto en el que la espiral de derrotas no se ha quebrado: las huelgas de 1995 no frenaron la privatización de France Telecom y las reformas neoliberales de Alain Juppé; la intifada ha crecido, pero de hecho el estado sionista ha reocupado los territorios palestinos; el movimiento antiguerra se ha desarrollado, pero en diez años EE.UU. y la OTAN intervinieron en el Golfo Pérsico, los Balcanes y Afganistán; las crisis se acumulan en América Latina (Bolivia, Paraguay, Venezuela, Ecuador, Colombia) y Lula ganó las elecciones presidenciales en Brasil, pero el PT multiplica las garantías “preventivas” en beneficio de las instituciones financieras internacionales; la izquierda revolucionaria europea ha logrado por primera vez resultados electorales significativos, pero Le Pen pasó a la segunda ronda en las elecciones presidenciales francesas y la extrema derecha avanza en Austria, Holanda e Italia.

Estamos presenciando, entonces, una fuerte resistencia política y social y una polarización de las relaciones de clase, que se refleja en los avances electorales de la extrema derecha y la extrema izquierda. Sin embargo, el contexto global sigue siendo desfavorable para las clases populares. Las oleadas de resistencia de mediados y fines de los 90 aún no han logrado revertir la fuerte tendencia a la ofensiva neoliberal de las últimas décadas.

Ha comenzado una carrera (o una contienda a ritmo lento; quizá sea esto a lo que te refieres al describir el período actual como “los años 30 en cámara lenta”, pero es necesario ser muy cautos con las analogías históricas que tienden a enfatizar más las similitudes que las diferencias), partiendo de una relación de fuerzas desfavorable para el movimiento obrero. Sobre todo, la brecha entre las movilizaciones (o incluso explosiones) sociales, por un lado, y la recomposición política, por el otro, sigue siendo inmensa, como lo demuestran situaciones tan diferentes como Argelia y Argentina. Una vez más, la discordancia temporal: la globalización de la resistencia se mueve mucho más rápido que el reagrupamiento de las fuerzas políticas (se necesita tiempo para digerir los desastres del siglo XX, en el que se ha visto cómo los stalinistas renunciaban a la revolución mientras los socialdemócratas abandonaban las reformas por un neoliberalismo más o menos moderado).

Sigue siendo cierto, no obstante, que todos los signos indican que la izquierda revolucionaria se recupera, que se está socavando fuertemente la legitimidad del capitalismo neoliberal, que la pregunta de si otro mundo es posible se está planteando a gran escala (si bien la respuesta sigue siendo vacilante), que el debate estratégico que había estado en su lecho de muerte en las dos últimas décadas se vuelve a retomar. Para decirlo brevemente: ¿quién vencerá, el socialismo o la barbarie? La pregunta es más pertinente que nunca. Y tenemos la pesada responsabilidad de ayudar a contestarla.

2. La guerra y el islamismo radical

Estamos de acuerdo en que el actual curso guerrerista es uno de los problemas clave de la política mundial. La necesaria lucha contra las guerras imperialistas no deben llevar, no obstante, a una relativización de todas las demás cuestiones políticas y sociales.

Con todo, estamos de acuerdo en la necesidad de construir grandes movilizaciones unitarias contra la guerra y de luchar en primer lugar contra nuestro propio imperialismo, el de las metrópolis capitalistas de Occidente. Pero en cada caso debemos tener en cuenta las características específicas de cada conflicto. Si ha habido sin duda una ofensiva imperialista en la última década que ha desatado cuatro guerras desde 1991 —en el Golfo Pérsico, los Balcanes, Afganistán, y hoy los preparativos de la guerra en Irak—, debemos integrar también la totalidad de los factores que llevan a cada conflagración.

Así, en los Balcanes había dos guerras: la guerra entre las potencias de la OTAN y Serbia y la guerra de limpieza étnica de Milosevic contra el pueblo de Kosovo. Esto ha tenido consecuencias prácticas, haciendo necesario combinar la movilización contra los bombardeos de la OTAN con la exigencia de autodeterminación para el pueblo de Kosovo.

En la guerra en Afganistán nos opusimos a la intervención imperialista, pero, en tanto organización revolucionaria, también denunciamos al régimen talibán y sus masacres. La repugnancia que ambos generaban era tan grande en los sectores populares que esta postura pudo ser transformada en consignas para movilizaciones unitarias.

Hoy, en la guerra contra Irak, sin apoyar en lo más mínimo al régimen dictatorial de Saddam Hussein ni hacer de él un héroe de los pueblos que luchan contra el imperialismo, concentramos nuestros esfuerzos en la lucha contra el imperialismo norteamericano. Dados los objetivos de la guerra norteamericana y la situación de la opinión pública hacia el conflicto, nuestra crítica a Saddam no se expresó en consignas en las movilizaciones unitarias.

Por eso insistimos en la necesidad de hacer específicas nuestras posiciones generales contra las agresiones imperialistas en respuesta a cada conflicto.

Queremos también responder a una acusación que ustedes nos han formulado más de una vez, en el sentido de que la responsabilidad por la debilidad de las movilizaciones contra la guerra en Francia recae en la dirección de ATTAC o en la LCR.

De lo que se trata aquí sobre todo es de vuestra tendencia a explicar esta situación por la posición de la LCR sobre tal o cual consigna. Ustedes tienen la suficiente experiencia política como para saber que las dificultades no provienen de tal o cual consigna sino de la relación de fuerzas global y de la orientación de los grandes partidos de la izquierda tradicional. Además, esta acusación, planteada muchas veces de manera cruda, contribuye poco a crear las discusiones para una discusión real entre nosotros sobre la guerra, y también sobre nuestras antiimperialistas o sobre el surgimiento de un islamismo radical.

El segundo punto de divergencia que observamos en tus textos tiene que ver con la cuestión del Islam. Ustedes conceden gran importancia al “acuerdo que existe hoy en la IST tanto sobre el imperialismo contemporáneo como sobre el islamismo radical”. Este concepto de islamismo radical sigue siendo muy oscuro. ¿Es un sentimiento confuso de jóvenes manifestantes enfurecidos por la arrogancia imperial? ¿Es un estado de ánimo o se trata de corrientes cristalizadas, y en este último caso, cuáles? Ya tendremos oportunidad de discutir esto con detalle. Pero como una primera aproximación, nuestra posición es la que resume bien Gilbert Achcar: ni la islamofobia que ve en todo musulmán el fantasma del “fascismo verde” (sería muy bueno tener corrientes islámicas en las manifestaciones así como hay cristianos de izquierda contra la guerra) ni complacencia hacia las autoridades reaccionarias políticas y religiosas a las que nuestros compañeros en sus países combaten a veces a riesgo de sus vidas. El mundo ha cambiado desde el Congreso Oriental de la Internacional Comunista en Bakú en 1920, que llamaba a la movilización no sólo contra el imperialismo sino también contra los mullas oscurantistas, y hoy no se puede considerar a la religión, en este caso el Islam, simplemente como el envoltorio religioso de una rebelión social. Y también es necesario tener cuidado en diferenciar entre el antisionismo (político) y el antisemitismo (racial y religioso). Sí a “¡Sharon asesino!”; no a “¡Muerte a los judíos!”.

3. Un panorama político transformado

Tu texto “Reagrupamiento, realineamiento y la izquierda revolucionaria” comienza con un doble “terremoto”: los levantamientos populares y el colapso de los regímenes stalinistas en el Este, la aparición de un movimiento anticapitalista de masas y en particular la entrada a ala escena política de una nueva generación. Esta renovación se manifiesta, en diversos grados según los países y los continentes, a un nivel auténticamente global. La globalización capitalista está produciendo una globalización de la resistencia y un nuevo internacionalismo a una escala sin precedentes. Sólo hay que comparar Florencia con las movilizaciones europeas más importantes de los 60 (la manifestación en Berlín contra la guerra en Vietnam en febrero de 1968, por ejemplo, o la de Milán en 1973) para tener una idea de la diferencia. Además de las manifestaciones y contra-cumbres, la pérdida de hegemonía de las organizaciones stalinistas y socialdemócratas (por supuesto desigual conforme a las diferencias históricas y nacionales) se expresa en el movimiento sindical con la aparición de una minoría combativa, en la diversidad de los movimientos sociales,

En el cambio de las relaciones de fuerza entre los aparatos reformistas y la izquierda revolucionaria.

Con respecto a estos aparatos, la agonía mortal de los partidos comunistas parece irreversible. Privados de la referencia al "campo socialista", no han sido capaces de renovar su base social tras los cambios en el aparato productivo, y se han inclinado a prácticas de gestión empresaria [gestionnaires] que los acercan a la socialdemocracia. Sólo el PC griego logró conservar una inserción de masas. Lo preocupante es que esta crisis histórica casi no ha producido (con la excepción de Italia) corrientes significativas hacia la izquierda. La sangría de activistas ha dio más allá de lo esperado.

En cuanto a la evolución de la socialdemocracia, hay que tomar en cuenta las transformaciones cualitativas de los últimos 20 años bajo la presión del neoliberalismo. Los cambios en el capitalismo en los últimos 20 ó 30 años han socavado las bases sociales y materiales del reformismo clásico. Nos enfrentamos a un “reformismo sin reformas”, o reformismo socioliberal, que ha tenido sus consecuencias en la estructura de la socialdemocracia, expresadas en una cierta separación de los sectores populares y una creciente integración de sus aparatos a los puestos decisivos del estado y a los directorios de las grandes empresas industriales y financieras privadas. Sin acordar del todo con el punto de vista de Murray Smith al que haces referencia, parece no obstante que su texto, siempre que se le dé al concepto de “burguesificación” o aburguesamiento un valor más descriptivo que conceptual, señala un fenómeno real (4).

·         ¿”Aburguesamiento”? Una vez más, el término carece de rigor conceptual. Sin embargo, describe un aspecto de la evolución de algunos partidos socialdemócratas, sobre todo en el sur de Europa. Después de gobernar 15 de los últimos 20 años en Francia, el PS francés declara sólo entre 150 y 180 mil miembros (y no militantes) en los períodos de Congreso, cuando hay que acreditar cada carnet de afiliación para elegir delegados. Aproximadamente la mitad detentan cargos electos. Seguramente la gran mayoría son pequeños funcionarios, pero sigue siendo cierto que la vida partidaria depende más de su relación con las instituciones que de su relación con las organizaciones sociales. Agreguemos que hace falta medir las profundas y duraderas consecuencias de la evolución de las dos últimas décadas. En la cima del aparato del PS, las privatizaciones han terminado en una especie de fusión de las élites del sector público y del gran capital privado (los directores son las mismas personas). Esto se refleja en vínculos orgánicos en entidades como el Club de la Industria en Francia o en la composición de los gobiernos de Blair y Schroeder. La “tercera vía” tiene también un vínculo sociológico (Daniel escribió un artículo sobre este tema hace unos años en Le Monde Diplomatique).

·         ¿Los sindicatos? Este es el segundo aspecto sobre el cual tu texto requiere aclaraciones o correcciones. Resumes tu posición con la expresión “dicho simplemente, la socialdemocracia es la expresión política de la burocracia sindical”. Como decía Trotsky en su discusión con Yvon Craipeau, hace falta agregar “en cierta forma y hasta cierto punto”. Porque este lazo orgánico entre la burocracia sindical y la socialdemocracia es claramente diferente en el sur de Europa, con una minoría militante y un sindicalismo muy dividido, y en Alemania, el Reino Unido o Bélgica. Además, queremos ser muy cautos al caracterizar fenómenos políticos (en este caso la socialdemocracia) como la expresión o el reflejo de un sustrato social (obrero o burocrático): las mediaciones, como seguramente reconocerás, son mucho más complejas que lo que sugieren esas simplificaciones.

·         Por último, si es cierto que los partidos socialdemócratas no van a quedarse quietos y dejar el campo libre a la izquierda radical o revolucionaria, un golpe de timón hacia la izquierda (anunciado por los discursos neokeynesianos y los llamados a nuevas formas de regulación para corregir los excesos del neoliberalismo) sigue siendo problemático. Más allá de la retórica de dirigentes del PS como Emmanuelli o Mélenchon, un giro keynesiano a escala europea significaría no sólo romper con el Pacto de Estabilidad y estimular el poder de compra, sino también adoptar coordinadamente una política fiscal fuertemente redistributiva, el relanzamiento de los sistemas de protección social, el restablecimiento del control político sobre los bancos centrales y la creación o relanzamiento de servicios públicos. En otras palabras, un giro radical para revertir la lógica de construcción de Europa tal como se ha concebido y practicado desde que comenzó. Esto no significa que tiene que ser todo o nada, que no hay margen de maniobra, pero las diferencias entre la socialdemocracia de hoy y la de los años 30 son al menos tan grandes como las coincidencias.

Pero todas estas tendencias no son procesos terminados. Escribes que “las relaciones entre la socialdemocracia y la clase obrera organizada se han vuelto significativamente más laxas” y que “todo proyecto alternativo basado en la creencia de que el reformismo está muerto irá peligrosamente a la deriva”. De acuerdo. El desgaste (también desigual) de los partidos socialdemócratas no es ni mecánico ni irreversible; estos aparatos van a intentar revertir su decadencia y sus derrotas electorales, tendrán iniciativas y tratarán de forjar nuevos lazos con ciertos sectores de los movimientos sociales, etc.

Escribes también que “el reformismo es un fenómeno más amplio que los partidos socialdemócratas organizados”. Es cierto. El reformismo puede sin duda tomar formas distintas a la de la socialdemocracia tradicional o incluso a los partidos organizados. Siempre existen corrientes reformistas en los movimientos sociales (acaso sea a esto a lo que te refieres con la expresión “reformismo hágalo usted mismo”) (5). Si bien autores como Toni Negri o John Holloway dicen no haber renunciado a la perspectiva revolucionaria, su teorización de la impotencia y su mitología (de la multitud, en un caso; de un zapatismo imaginario, en el otro) puede muy bien alimentar corrientes reformistas de izquierda en el movimiento antiglobalización (6). Numerosos artículos demuestran que estamos en lo esencial de acuerdo en este punto.

4. Frente único y reagrupamiento

“La persistencia del reformismo en formas tanto organizadas como no organizadas tiene ... consecuencias políticas importantes. Primera, que es una tarea estratégica esencial de la izquierda radical ganar a la base obrera de los partidos socialdemócratas. La herramienta clave forjada en los primeros años de la Internacional Comunista para alcanzar este objetivo, la táctica del frente único, mantiene su significación histórica” (Alex Callinicos, “El reagrupamiento y la izquierda socialista hoy”).

A diferencia de las sectas de ultraizquierda, también estamos de acuerdo en la importancia presente de la táctica de frente único. Pero en el caso de una táctica, todo el problema reside en su aplicación en situaciones concretas sumamente variables. La base política del frente único depende de las relaciones de fuerza y de los posibles aliados. Nos atendremos aquí a una cuestión de método: si el compromiso posibilita la movilización, entonces se justifica, siempre que, una vez más, tengamos plena independencia para expresarnos sobre sus límites y desventajas. Sobre este punto, podemos tener apreciaciones distintas sobre la situación y las posibles alianzas, pero no un desacuerdo de principios.

Por otro lado, pareciera que no tenemos siempre el mismo concepto de lo que es el frente único. Ustedes consideran tanto a la Stop the War Coalition como a Globalise Resistance como organizaciones de frente único. La primera es una coalición amplia. Si Globalise Resistance es un frente único que agrupa a distintas corrientes del movimiento obrero alrededor de un programa limitado, nos resultó sumamente sorprendente el discurso de Chris Nineham en nombre de esa organización en el debate en Florencia sobre movimiento y partido (al menos, para los franceses formados en la tradición de la Carta de Amiens y de la independencia de las organizaciones de masas con respecto a los partidos): ¡Chris empezó su discurso en nombre de Globalise Resistance y terminó más o menos llamando a la construcción del partido revolucionario! De hecho, existen formas intermedias entre el frente único y el partido, como las campañas por un solo punto, que son frentes únicos a punto tal que ciertos miembros de partidos reformistas están asociados con ellas; por ejemplo, ATTAC o el movimiento antifascista Ras L’Front.

Quizá esto tenga que ver con diferencias de enfoque históricas y culturales, pero estas concepciones diferentes del frente único también tienen relación con prácticas diferentes en el trabajo de masas. Para nosotros, la intervención de los revolucionarios en los sindicatos o en movimientos sociales unitarios no es la proyección mecánica de su trabajo político partidario. No consiste en imponer las posiciones del partido de manera forzada en las organizaciones de masas, sino en convencer a los sectores más amplios posibles de esas posiciones sobre la base de su propia experiencia práctica. La intervención de los revolucionarios busca construir organizaciones de masas para desarrollar la movilización unitaria y la autoorganización. Queremos, de este modo, transformar los sindicatos y los movimientos unitarios en organizaciones de combate contra la patronal. En resumen, “alentamos posiciones clasistas”, pero sobre la base de las experiencias de sectores del movimiento de masas, y no mediante la simple adopción formal de las consignas del partido por parte de esas organizaciones...

En la actual situación, las campañas de frente único que están en la agenda política son:

- Contra la guerra imperialista

- Por la anulación de la deuda del Tercer Mundo

- Por el retiro inmediato e incondicional de Israel de los Territorios Ocupados

- Contra la “reconstrucción social” de los patrones (privatizaciones, seguridad social)

- Por los derechos de los inmigrantes, etc.

5. Partido y reagrupamiento

La cuestión del reagrupamiento y la del partido están por supuesto en diferente orden. En la actual situación, organizaciones revolucionarias pequeñas pueden encontrar la manera de escapar de su situación marginal, relacionarse con sectores del movimiento de masas y disputar la dirección de las movilizaciones con los partidos reformistas. Tu texto distingue tres concepciones o modelos de cómo responder a estos desafíos en términos de recomposición y reagrupamiento:

— la concepción atribuida a Rifondazione Comunista (PRC), que privilegia el reagrupamiento del viejo movimiento comunista y permanece en él;

— la concepción atribuida a Murray Smith, que hace del “partido no delimitado estratégicamente” un modelo generalizable, en virtud del vacío a la izquierda que deja la burguesificación de la socialdemocracia;

— y finalmente, la “defendida por el SWP”, cuyo objetivo sería “unir a todos aquellos que se identifican con la tradición marxista revolucionaria tal como fue desarrollada y defendida por Marx y Engels, Lenin y los bolcheviques, Trotsky y la Oposición de Izquierda, y que quieran construir hoy el movimiento sobre una base no sectaria”.

Cada tipología tiene sus ventajas (ser pedagógicas) y sus inconvenientes (simplificar en exceso). Pero las cosas pueden ser más complejas e incluso combinar más de una fórmula. En todo caso, y también aquí, se trata de hacer un análisis concreto de la situación concreta.

Defines el proyecto del PRC como un intento de unir a los principales PCs de Europa que quedan, las principales organizaciones de la izquierda revolucionaria y los elementos autonomistas del movimiento anticapitalista. Este es, de hecho, un poco el panorama doméstico del PRC. Pero esas es una situación específica relacionada con la historia de la izquierda italiana. ¿Se trata realmente de un proyecto europeo? ¿Y seguirá siendo así después de Florencia? No parece ser ése el sentido de los discursos del secretario general del PRC, Fausto Bertinotti, quien subrayó con toda fuerza el daño causado  por las coaliciones de centroizquierda y contrapuso la necesidad de una izquierda alternativa frente a la izquierda tradicional que sólo busca alternar en el gobierno con la derecha. Esta cuestión está abierta, porque es difícil ver cómo los PCs europeos que han quedado reducidos a satélites de la socialdemocracia van a embarcarse en esa dinámica. Las condiciones italianas, en este sentido, son demasiado específicas como para aportar un modelo válido a escala continental. En todo caso, estamos de acuerdo contigo en que los PCs sobrevivientes son socios evidentes para una política de frente único pero que, con raras excepciones, no son socios prioritarios, o ni siquiera útiles, para la construcción de un partido revolucionario. Nuestra preocupación en Francia es más bien evitar ser tragados por la agonía mortal del PCF en nombre de una mítica “casa de los comunistas” [maison des communistes] donde sólo contribuiríamos a apuntalar un aparato moribundo.

El segundo punto de vista sobre el reagrupamiento sería el de un partido amplio, “no delimitado estratégicamente”, que deje abierta la cuestión del clivaje entre reforma y revolución. Esta formulación es confusa desde el principio. En la medida en que un partido se define por su programa, éste es siempre necesariamente delimitado, en cierto grado y hasta cierto punto. Preferimos la fórmula “partido con delimitaciones estratégicas incompletas o inacabadas” [non achevées]. La cuestión es precisamente saber por dónde se trazará la delimitación, de acuerdo a la situación concreta y a los socios de que se trate.

Nuestra orientación debe partir del nuevo período. El fin de todo un ciclo histórico y político del movimiento obrero —el derrumbe del stalinismo y la transformación social-liberal de la socialdemocracia— pone en el orden del día una reorganización del movimiento obrero y le da toda su relevancia a la construcción de una nueva fuerza política que busque romper con el sistema capitalista. Esto no implica necesariamente un programa acabado en lo estratégico, en particular en cuanto a las formas y modalidades de la conquista del poder político. Se trata más bien de retomar nuevamente una serie de problemas políticos y estratégicos relacionados con la necesaria preparación para grandes batallas de clase: exigencias políticas y sociales, tanto inmediatas como transicionales; la cuestión de la propiedad pública y social; la independencia de las instituciones burguesas y la problemática del gobierno de los trabajadores. Por eso, en Francia, no puede situarse ningún acuerdo por fuera de un compromiso programático y práctico contra la “reconstrucción social” que reclama la organización patronal MEDEF (empleo, flexibilidad, salarios, servicios públicos, seguridad social), contra las instituciones de la V República, contra la guerra imperialista y contra la globalización capitalista. En otras palabras: debe haber un corte con las políticas de los últimos 20 años de la izquierda gubernamental. Por el momento, esta fórmula sigue siendo algebraica. Si se desprenden corrientes del PC el PS o los movimientos sociales, podemos proponer una convocatoria a los “Estados Generales” y ver qué bases políticas se adoptan.

Por nuestra parte, tenemos una herencia y un programa (por definición siempre en renovación). Pero, en la medida en que consideramos el programa siempre como herramienta (y que no lo veamos como una forma de identificación sectaria y artificial), no debemos autolimitarlo, recortarlo ni disfrazarnos de lo que no somos, esperando alcanzar de esa manera una hipotética ampliación del partido que queremos construir. Defendemos nuestras ideas porque las creemos correctas. Y estamos abiertos a considerar posibles acuerdos en respuesta a corrientes realmente existentes u organizaciones con las cuales podemos converger alrededor de los grandes problemas del momento. Este fue, según nos parece, el punto de vista de Trotsky entre 1933 y 1938 (en condiciones muy desfavorables) (8).

En lo que hace a alcanzar un acuerdo aceptable, todo depende de saber en qué dirección evolucionan las corrientes con las que estamos discutiendo; desde la caída del gobierno de Prodi, el PRC ha girado claramente a la izquierda, mientras que los “renovadores” del PCF, que apoyaron el gobierno Jospin hasta el final, han ido hacia la derecha, a pesar de discursos a veces radicales pero sin consecuencias prácticas. Y, sobre todo, se trata de saber si en ese reagrupamiento ganaremos en inserción social, capacidad de acción y experiencia lo que perderemos en precisión programática. Las experiencias negativas en este terreno suelen remitir a revolucionarios que diluyeron su identidad en aras de aventuras de grupos pequeños que, en vez de fortalecer su capacidad de intervención, aumentan su confusión teórica sin enriquecer su práctica.

Hemos notado que, a la vez que niegas que la experiencia del SSP de Escocia pueda ser planteada  como modelo general, agregas una aclaración: “Nada de esto significa que en ciertas circunstancias no pueda ser razonable construir un partido ‘no delimitado estratégicamente’ que evite tomar partido entre reforma y revolución”. En este contexto, citas el caso hipotético de que “un sector significativo de la... burocracia sindical” rompiera hacia la izquierda. Así es. Esto es justamente lo que ocurrió en Brasil en los últimos años de la dictadura y lo que dio nacimiento al PT. Y esa es la razón por la cual en la Cuarta Internacional tenemos un compromiso leal de construir el PT, convencidos de que en un partido de masas ni cuyo programa ni cuya dirección estaban cristalizados, las definiciones vendrían poco a poco a través de la experiencia, con la condición de que preserváramos un medio de expresión propio y que existiéramos como corriente, más allá de la forma que ésta adopte.

Este nuevo período exige que nos pronunciemos por una reorganización de fuerzas y la construcción de un nuevo partido, de un partido grande, a partir de las luchas clasistas y democráticas. Se requiere entonces determinar las mediaciones tácticas sobre la base de las fuerzas reales. La brecha existente en Francia entre las movilizaciones sociales y la representación política plantean la cuestión de un nuevo partido o de una nueva fuerza, especialmente después de las elecciones de abril y mayo pasados. ¿Sobre qué bases y con quién?

Pero no vemos en esta etapa corrientes o grupos de activistas ya cristalizados que quieran comprometerse en un proceso de estas características. Aunque participemos en todas las discusiones alrededor de una nueva fuerza política, por el momento no hay posibilidad de un nuevo marco de construcción que represente una superación real de la LCR.

En ausencia de tales corrientes, sería una pérdida de tiempo dejar de construir la Liga mientras corremos detrás de quimeras y aliados imaginarios. Sólo una modificación real de las relaciones de fuerza podrá en el futuro atraer esos aliados. Que esas corrientes no existan está relacionado quizá con algo más importante: la ausencia hasta ahora de un hecho fundacional lo suficientemente fuerte como para superar las orientaciones, las identidades, las trayectorias de cada uno, y permita su reagrupamiento en una nueva formación política que supere los límites de cada organización. Puede haber coincidencias en el terreno de acción y convergencias en las luchas, pero no existen contradicciones, al menos en Francia, que puedan dar lugar a nuevas organizaciones.

Se pueden considerar muchas formas concretas. Sin embargo, hay que subrayar una condición esencial (que corresponde, si no nos falla la memoria, al último de los 11 puntos de la Oposición de Izquierda): que la democracia interna en la organización común permita, mediante el debate y la confrontación de posiciones, sacar conclusiones colectivamente de las experiencias atravesadas en común. Sin duda, no existe régimen democrático ideal ni garantías estatutarias absolutas. Pero se puede decir que, siendo un partido de masas, y a pesar de algunos intentos de prohibir las tendencias y corrientes, el PT brasileño sigue siendo un partido pluralista y relativamente democrático. Análogamente, Rifondazione Comunista tiene un régimen interno que se parece mucho al de las organizaciones revolucionarias.

6. Partido y programa

Una vez separado lo que tiene que ver con el frente único y lo relacionado con la construcción de un partido propiamente dicho, una vez admitida la posibilidad de delimitaciones parciales y compromisos en una política de reagrupamiento, nos queda el nivel específico del reagrupamiento entre fuerzas que consideramos revolucionarias. Este reagrupamiento puede constituir un buen fermento para la construcción sobre nuevas bases y sobre nuevas relaciones de fuerza de  un fuerte movimiento social. Es en esta  perspectiva de un “proceso crucial de redefinición en curso” que planteas las relaciones específicas entre la LCR y el SWP, la CI y la IST. Al considerar que el SSP es “un partido dirigido por revolucionarios serios”, estás reconociendo el hecho de que nuestras dos corrientes no son las únicas revolucionarias.

Debemos empezar por señalar en este contexto que si la diferencia entre reformistas (que sólo quieren mejorar el orden establecido) y revolucionarios (que quieren cambiarlo) no está pasada de moda, su significado práctico merece ser reexaminado. ¿Qué significa ser revolucionario en los albores del siglo XXI, después de la amarga experiencia de las derrotas del siglo pasado, después de un largo período en el que las victorias revolucionarias han sido muy escasas, de cara a las metamorfosis del capitalismo globalizado? Muchas cosas están incluidas (y mezcladas) en la idea de Revolución con R mayúscula heredada del siglo XIX: una concepción estratégica de la emancipación tanto como una imagen mítica de  la humanidad liberada.

Cuando trazamos una línea de demarcación entre reformistas y revolucionarios, tenemos que tratar de ser precisos en cuanto a de qué estamos hablando. Podemos distinguir al menos tres significados actuales de la palabra “revolución”.

En primer lugar, es el nombre propio que ha expresado en la época moderna un anhelo muy antiguo de liberación y bienestar. En segundo lugar, en el siglo XIX adquirió un sentido más preciso, el de “revolución social” (“Vive la sociale!”), de un cambio radical de lógica: el derecho a la existencia contra el derecho de propiedad, la necesidad contra la ganancia, el bien común contra el autointerés egoísta, la democracia contra el mercado. Es  la oposición entre estas dos lógicas sociales incompatibles lo que se expresa en la famosa exhortación a cambiar el mundo, no sólo a interpretarlo. Nos parece que el contenido de esta idea de revolución es hoy el menos oscurecido, el más claramente relevante.

Finalmente, a comienzos del siglo XX y con la revolución rusa, el término adquirió una carga estratégica: no se trataba sólo de derribar el orden establecido sino de definir cómo se lograba eso: reforma o revolución. Sin duda este es el sentido de las grandes polémicas que conmovieron a la II Internacional antes de la I Guerra Mundial, resumidas en la oposición entre Bernstein y Rosa. Este sentido estratégico del término resume una serie de problemas y experiencias (a veces tomados, significativamente, del léxico militar): estrategia y táctica, guerra de posición y guerra de movimiento, huelga general e insurrección, poder dual, etc. Es aquí que el contenido del concepto se empieza a oscurecer, en parte seguramente debido a las derrotas que hemos sufrido, pero también gracias a las modificaciones en las coordenadas estratégicas de las que, en los comienzos de un nuevo ciclo de experiencias, apenas hemos empezado a tener una medida.

Los más recientes trabajos de Negri o de Holloway atestiguan, a su manera, esta confusión estratégica sin responder a ella, salvo mediante artilugios teóricos. Ya hemos tenido oportunidad de constatar en diversas ocasiones, en discusiones y artículos, un alto grado de acuerdo entre nosotros alrededor de este punto. Es necesario al menos decir también estos libros, testigos del clima intelectual, del espíritu de resistencia y de sus límites, ayudan a relanzar un debate estratégico que se había hundido por debajo de cero desde fines de los 70.

Permítasenos agregar que la caracterización de una organización como revolucionaria, sobre la base de nuestro programa y de nuestra práctica, tiene sólo un valor provisional y sujeto a confirmación. Si el deber de los revolucionarios es hacer la revolución, es sólo a través de la prueba de los hechos como se puede corroborar la línea de demarcación. Incluso las organizaciones con intenciones más revolucionarias tienen sus conservatismos y sus vacilaciones; nunca escapamos completamente a la subordinación al orden dominante que queremos derrocar.

Por lo tanto, es necesario reconocer lo que resulta obvio: que la revolución futura, como las revoluciones pasadas, tendrá sus elementos desconocidos e inesperados. No deja de ser cierto que la perspectiva revolucionaria sigue siendo una idea regulativa necesaria alrededor de la cual se agrupan las fuerzas militantes. No se trata sólo de un mito —en el sentido que le daba Georges Sorel al concepto— sino de un hilo conductor o guía práctica que nos permite establecer una relación entre el objetivo final y el movimiento, separar los compromisos aceptables y necesarios de las traiciones inaceptables, distinguir lo que nos acerca hacia la meta final de lo que nos aleja de ella, etc.

La delimitación estratégica entre reforma y revolución, entonces, no está grabada sobre mármol de una vez y para siempre. Cambia en función de la experiencia histórica. Tiene una historia, que es la de las grandes polémicas fundacionales del movimiento (reforma o revolución, revolución permanente versus revolución por etapas). Así, tu texto cita tres grandes momentos constitutivos de una corriente revolucionaria, tres encrucijadas: la revolución rusa, la situación del movimiento comunista frente a la contrarrevolución stalinista y las divisiones históricas de la izquierda trotskista, esencialmente alrededor de la cuestión de cómo caracterizar al stalinismo y la URSS. Podemos estar de acuerdo en el método. Es más; esa es la razón por la que los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista y los 11 puntos de la Oposición de Izquierda, o el Programa de Transición, fueron siempre parte de nuestra necesaria herencia programática. Trazan una línea de demarcación política sobre la base de eventos trascendentales. El tercer momento, la polémica entre los trotskistas sobre la naturaleza de la URSS, aun sin minimizar su significación teórica y práctica, no nos parece del mismo orden de importancia. Además, se refiere a organizaciones pequeñas que nadaban contra la corriente, y que se inclinaban por tanto a exagerar su identidad ideológica por razones de supervivencia.

Esto es lo que se desprende de tu texto, si bien de otra manera, cuando dices que “las diferencias teóricas” sobre la naturaleza de la URSS, aunque puedan discutirse, constituyen hoy una polémica histórica y no un punto de división entre revolucionarios que justifique la existencia de organizaciones separadas. Desde los años 60 hemos creído, además, que las diferencias sobre la caracterización de la URSS, con lo importantes que puedan ser, no significaban necesariamente  para nuestras dos corrientes diferencias de principios con respecto a nuestras tareas en la lucha por el derrocamiento revolucionario de la burocracia.

Si queremos poner en marcha decididamente una política de reagrupamiento, debemos saber distinguir (lo que no siempre es fácil) lo importante de lo secundario, las cuestiones estratégicas de las tácticas, so pena de quedar atrapados en una lógica sectaria de fragmentación al infinito sobre la base de diferencias que tras unos años, y a veces meses, de reflexión, aparecen como de importancia muy relativa. Así, hoy estamos seguramente de acuerdo con los camaradas de la ex OCT-Revolution, hoy militantes de la Liga, en que —sin negar en absoluto que había serias diferencias— la división de 1971 fue injustificada, y que todos hemos pagado el precio por ello. Análogamente, la mayoría de la Liga no tiene ni la misma historia ni la misma práctica que los compañeros que vienen de Lutte Ouvrière con Voix des Travailleurs, pero si queremos preparar reagrupamientos más ambiciosos debemos demostrar que nos podemos encontrar y actuar juntos en la misma organización en la medida en que ésta sea democrática (10). En contraste, y sobre la base de los textos escritos, no hemos podido entender por qué las diferencias entre el SWP y la ISO de EE.UU. podían ser tan grandes como para justificar una ruptura tan brutal y precipitada. La acusación de sectarismo sobre la base de que los compañeros habían subestimado el movimiento antiglobalización en el momento de Seattle es poco convincente. Lo mismo puede decirse de la mayor parte de la izquierda (¡incluyendo los sindicatos de EE.UU.!) Los compañeros dicen que después ingresaron al movimiento, sin abandonar su participación en la campaña contra la pena de muerte; llamaron a votar por Ralph Nader en las elecciones presidenciales de 2000 (cosa que, más allá de que se esté  de acuerdo o no, está lejos de ser una prueba de sectarismo); están trabajando en el movimiento antiguerra...

También debemos ser prudentes antes de sacar conclusiones sobre nuestras organizaciones cuando éstas son tan pequeñas, cuando la verificación práctica de las disputas teóricas es muy parcial, cuando hechos nuevos pueden servir, y a veces muy rápidamente, para disolver la desconfianza y la sospecha. Entre revolucionarios tenemos que tener la prudencia de entender antes de juzgar, o antes de explicar una diferencia en base a intereses sociales (es decir, posiciones de clase). Por nuestra parte, muchas experiencias desdichadas nos han llevado a que, cuando comienza una polémica, partamos de la idea de que los compañeros obran de buena fe (a riesgo de cometer un error), antes que hacerlos sospechosos de traición. Un error no es un crimen. Si la cuestión de la guerra es indudablemente un criterio programático importante, la demora de esta o aquella organización en participar del movimiento antiglobalización no justifica juicios apresurados. Análogamente, los compañeros de SPEB [Socialisme Par En Bas, organización simpatizante de la IST en Francia] cometieron un serio error al llamar a votar, en la campaña electoral, exclusivamente a Lutte Ouvrière, cuando lo más razonable hubiera sido llamar a votar a los candidatos de la izquierda revolucionaria en general. Han cometido otros errores; por ejemplo, al intervenir en ATTAC con la ilusión de transformar a esa asociación en un partido revolucionario. Pero de esto no hemos sacado —¡felizmente!— ninguna conclusión definitiva sobre la trayectoria política de SPEB.

De modo que debemos discutir fraternalmente los desacuerdos que surjan, dándoles el lugar apropiado. Ustedes nunca han dejado de reprocharle a la Liga sus supuestas ambigüedades en relación con la guerra. Pero, desde la guerra del Golfo hasta la de Afganistán, pasando por la intervención de la OTAN en los Balcanes, nos hemos opuesto siempre a todas las guerras imperialistas, con matices que no resultan nada escandalosos en una organización viva.

Para resumir: de cara a la nueva situación que se ha abierto en los últimos diez años, desde nuestro punto de vista nada justifica en principio la existencia organizacional separada entre nuestras corrientes, sobre todo si queremos dar un ejemplo que abra camino a realineamientos más amplios entre corrientes que vienen de historias y culturas diferentes. Esto no significa que no haya obstáculos entre nosotros. Pero es necesario darles su ubicación correcta a fin de superarlos.

Pareciera que esos obstáculos se centran sobre todo en la cuestión de la relación entre la construcción del partido y las organizaciones de masas y en el régimen interno de nuestras organizaciones. Esta cuestión es tanto más delicada cuanto se halla en la frontera entre culturas políticas y posiciones programáticas diferentes, que se hacen difíciles de desentrañar. Así, por ejemplo, la relación entre partido y sindicato no se plantea en los mismo términos en la tradición británica (debido a la historia de su movimiento obrero) que en la francesa, tempranamente signada por la desconfianza del sindicalismo revolucionario del movimiento obrero a la representación política (de allí la Carta de Amiens, aunque estamos abiertos a la discusión). Más allá de estas diferencias, debe ser posible, no obstante, separar los grandes principios de la independencia de los sindicatos y de las organizaciones sociales con relación a los partidos, del respeto por su pluralismo y su democracia interna. A la luz de la experiencia stalinista, es en esta dirección que se orientan los textos de Trotsky, desde La revolución traicionada hasta el Programa de Transición. Desde este punto de vista, estos textos aclaran las cosas en comparación con la confusión que aún marcaban los primeros congresos de la Internacional Comunista sobre las relaciones partido-clase-estado.

Nuestras diferencias sobre esta cuestión se hacen globalmente coherentes cuando llegamos al rol de la democracia interna en el partido, en las relaciones entre partido y movimiento de masas y, acaso, en nuestras concepciones mismas de la democracia socialista.

Para ir al fondo de la cuestión: no estamos de acuerdo con una concepción de partido que no contemple la posibilidad de un pluralismo organizado. Dicho brevemente: derechos de tendencia. Si el régimen de tendencias permanentes sin duda presenta muchos inconvenientes y, llevado al extremo, a hacer que la democracia resulte formal al vaciarla de su contenido, una concepción de “partido-fracción” no permite la libre discusión y puede llevar a una lógica de rupturas sucesivas sin fin, según el viejo adagio de que el partido se hace más fuerte al “purificarse”. En la base de esta concepción está la identificación entre la construcción de una tendencia o fracción y la construcción del partido. Para nosotros, la organización o el partido, aunque sea pequeño, siempre debe prefigurar las condiciones de un partido grande. Subrayamos este punto para dejar claro que defender los derechos de tendencia no significa un territorio de tendencias permanentes. La Liga, que defiende el derecho de tendencia, ha visto hacer y deshacer infinidad de tendencias, en respuesta a distintos problemas políticos y coyunturas. Pero si las diferencias cristalizadas expresan un malestar o una crisis, la separación organizativa no es siempre la mejor manera superarlas, restableciendo la “homogeneidad” del partido. Las divisiones tienen su precio, que suele ser más alto que los desórdenes internos de los debates entre tendencias o fracciones.

¿Cómo no relacionar vuestro rechazo casi como una cuestión de principios al pluralismo interno con una concepción del frente único y del trabajo de masas que tiende a hacer que las organizaciones de masas asuman las posiciones que son las del partido que se está construyendo? En realidad, ¿cómo se pueden construir organizaciones pluralistas con organizaciones de masas claramente alineadas a priori con la concepción general del SWP? Estos derrapes pueden llegar al sectarismo no entre organizaciones revolucionarias, sino hacia el movimiento de masas.

 Esta no es una cuestión secundaria, después del siglo que hemos atravesado y del balance de las experiencias stalinistas y socialdemócratas. Mientras ustedes sostienen, correctamente,  la democracia soviética y el “socialismo desde abajo” defendido por Hal Draper, ¿cómo reconciliar esta referencia a la democracia socialista de base con el funcionamiento de un partido fuertemente verticalista en su relación con los movimientos unitarios? Aquí hay un problema serio que debe ser objeto de discusión exhaustiva, en el marco de las relaciones fraternales que hemos empezado a establecer.

Lo que debemos aclarar entre nosotros, para evitar empantanarnos en casos específicos y ejemplos, son los principios comunes. Porque la cuestión de la democracia, en el partido y en su relación con los movimientos de masas, es una prueba para nuestra concepción más general de la democracia socialista.

Unas palabras finales, aunque provisorias, a falta de una conclusión definitiva. Uno de tus textos finaliza así: “Desde Seattle la izquierda revolucionaria se ha embarcado... en un nuevo viaje. No hay mapa que nos guíe; no hay un conjunto de reglas o un punto de referencia histórico evidente que nos dicte qué debemos hacer. La recompensa es potencialmente enorme. La historia no nos perdonará si dejamos pasar esta oportunidad”. Encaremos este desafío seriamente, con paciencia, sin precipitarnos, pero también con audacia, porque la carrera entre socialismo y barbarie es más actual que nunca.

Fraternalmente,

Daniel Bensaïd, Léon Crémieux, François Duval, François Sabado

Los autores de esta carta son miembros de la dirección de la LCR, sección francesa de la IV Internacional.

Traducida del francés por Alex Callinicos

Notas:

[salvo las notas 5 y 8, todas las demás son notas del traductor Callinicos]

1) A. Callinicos, “Reagrupamiento, realineamiento y la izquierda revolucionaria” (julio 2002) y “El reagrupamiento y la izquierda socialista hoy”.

2) Véase E. Hobsbawm, Age of Extremes (Londres, 1994}

3) Véase D. Bensaïd, Marx for Our Times (Londres, 2002).

4) M. Smith, “¿Adónde va el SWP?”, Frontline 8, (2002).

5) En este contexto, que hables de “la cristalización de un ala reformista dentro del movimiento anticapitalista alrededor de la dirección de ATTAC” parece una formulación mala. Quizá se trate de una reacción irritada después de la descripción que diste de ATTAC, en una reunión de Marxismo 2001, como un movimiento anticapitalista. Te habíamos advertido contra lo exagerado de esa formulación (que pudo haber alimentado las ilusiones de SPEB sobre la posible transformación de ATTAC en una organización revolucionaria). ATTAC no es un partido, sino un movimiento por un solo punto (al menos originariamente). Es bastante lógico que coexistan allí corrientes francamente moderadas y reformistas y corrientes radicales y revolucionarias, sobre la base de un acuerdo contra la deuda del Tercer Mundo, por impuestos al capital, contra los paraísos fiscales. Las relaciones entre esas corrientes son fluctuantes, y el microaparato dirigente goza de una posición privilegiada.

6) Hardt y Negri, Imperio (Cambridge, 2000), y J. Holloway, Cómo cambiar el mundo sin tomar el poder (Londres, 2002).

7) En octubre de 1906, la CGT francesa adoptó la Carta de Amiens, que declara la independencia de los sindicatos de todos los partidos políticos, incluidos los socialistas.

8) Véase D. Bensaïd, Los años de formación de la IV Internacional (Amsterdam, 1988).

9) La Organización de Comunistas Trabajadores (OCT), conocida también como Revolution!, después de romper con la LCR, desarrolló una política en cierto modo similar a la del “semi-maoísmo” de la organización de extrema izquierda italiana Avanguardia Operaia (ella misma formada en parte por militantes de origen trotskista). Fue una de las víctimas de la crisis de la izquierda revolucionaria europea en la segunda mitad de los años 70. Algunos dirigentes de la OCT más tarde se reintegraron a la LCR, donde hoy cumplen un rol activo y en algunos casos dirigente.

10) Durante los años 90, un pequeño grupo de oposición rompió con Lutte Ouvrière y se integró a la LCR, donde mantienen su propia identidad como Voix des Travailleurs (VdT).

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